El nombre de Pasolini ya no remite a la obra o a la experiencia intelectual de uno de los autores más significativos del siglo XX, sino a un personaje de ficción, a una figura opaca que ha dejado de ser fuente de sentido, espacio de interrogación. La función de su legado es, en efecto, como mucho, la de pantalla, es decir, la de catalizador de las identidades ajenas, la de espacio de enmascaramiento de significados dispares y contradictorios que mezclan viejas frustraciones políticas y nuevos tabúes intelectuales.
|
etiquetas: arte , compromiso político , literatura