Taxonomía del desencanto

Marcos había desarrollado una taxonomía personal del desencanto. Llevaba un cuaderno -porque era de esos que todavía escribían a mano, como afirmación contra algo indefinido- donde catalogaba expresiones que funcionaban como señales de advertencia. "Ya no estoy para tonterías" ocupaba el primer lugar, con diecisiete apariciones en tres meses.

Cada frase venía acompañada de una foto que él nunca guardaba, solo observaba el tiempo suficiente para confirmar su hipótesis: que la belleza era el único baremo moral que la gente respetaba de verdad. Una cucaracha aplastada era higiene; una mariposa muerta, tragedia. Lo mismo aplicaba a los humanos, pensaba mientras cerraba otra aplicación que prometía conexiones y entregaba inventarios.

Su hermana trabajaba en oncología infantil. A veces comían juntos y ella no hablaba, simplemente masticaba despacio, mirando un punto indefinido más allá de la ventana. Una tarde rompió el silencio:

-Si existe algún plan divino, es de un arquitecto mediocre.

Marcos esperó.

-Hoy perdimos a una niña de siete años. Leucemia. Sus padres rezaban en la sala de espera -hizo una pausa-. Qué clase de diseñador omnipotente incluye el cáncer infantil en su proyecto?

Marcos no tenía respuesta. Nunca la tenía cuando ella hablaba así. Solo podía pensar que el mundo era un estercolero bellamente iluminado, donde la gente se aferraba a narrativas reconfortantes mientras la realidad los trituraba con indiferencia.

Había empezado a experimentar con inteligencia artificial. Le fascinaba y le aterraba a partes iguales. Le pedía que escribiera poemas, que compusiera música, que creara arte. Y lo hacía. No siempre bien, pero lo suficientemente bien como para exponer una verdad incómoda: que gran parte de lo que considerábamos valioso era, en realidad, patrón reconocible, fórmula reproducible.

Cuántos poetas de domingo descubrirían que sus versos sobre el otoño y la melancolía valían exactamente lo que tardaba un algoritmo en generarlos? La IA no creaba valor; lo revelaba en su ausencia.

Marcos se preguntaba si él mismo sería sustituible. No como programador -eso era inevitable-, sino como conciencia. Cuánto de su desencanto era genuinamente suyo y cuánto era el resultado predecible de su edad, su género, su contexto socioeconómico?

En las noches de insomnio navegaba foros donde hombres como él -aunque él insistía en que no era exactamente como ellos- destilaban su amargura en frases cada vez más concentradas. Algunos culpaban a las mujeres. Otros al feminismo. Algunos más a la modernidad completa.

Marcos los leía con una mezcla de reconocimiento y repulsión. Entendía la frustración, la sensación de haber llegado tarde a una fiesta que nunca fue para gente como él. Pero le disgustaba la certeza con la que convertían su dolor en sistema, en ideología.

"Las ideologías", había leído una vez, "son la forma de organización de la ignorancia colectiva". Le pareció tan preciso que lo copió en su cuaderno.

El problema de las ideologías era que funcionaban. Ofrecían estructura al caos, villanos identificables, soluciones simples. Te ahorraban el trabajo brutal de pensar caso por caso, de aceptar contradicciones, de vivir en la ambigüedad.

Su hermana volvió a romper el silencio:

-Sabes qué me asusta de mi trabajo?

Marcos negó con la cabeza.

-Que me estoy acostumbrando. Que una niña muere y yo ya sé exactamente qué papeles rellenar, qué decirle a los padres, cómo gestionar mi propio dolor para llegar al siguiente paciente. Me estoy convirtiendo en una máquina eficiente de procesar tragedias.

-Quizá sea la única manera de sobrevivir.

-Lo sé. Por eso me asusta.

Marcos entendió entonces algo sobre sí mismo: que él también se había vuelto eficiente en procesar decepciones. Que había convertido el rechazo en estadística, la soledad en análisis, el deseo en cinismo. Había construido una armadura de desencanto para no sentir cada golpe individualmente.

Pero las armaduras son pesadas. Y tarde o temprano, te aplasta lo que te protege.

Borró las aplicaciones de citas. No como acto revolucionario, sino como admisión de derrota silenciosa. Dejó de buscar porque buscar implicaba querer encontrar, y querer encontrar significaba exponerse a la esperanza, y la esperanza era el único lujo que realmente no podía permitirse.

Una noche anotó: "Quizá el problema no sea que el mundo carezca de sentido, sino que queremos que tenga uno específico. El nuestro."

Y cerró el cuaderno.