Si por una de esas casualidades de la vida te ves con la oportunidad de decirle a los cargos de tu empresa que no estás a gusto en tu trabajo, y que te quieres ir, los jefes –coprófagos irredentos– te escucharán, y, muy condescendientes, te dirán: “Claro, claro... Normal que no estés contento: es que no te gusta tu trabajo”. En otras palabras: si no estás bien, la culpa es tuya. Ese desencanto, esa desmotivación, vienen de algo en ti que no funciona, que te hace estar mal y desanimado en las ocho horas de tus compromisos laborales.