Basta mentar El corazón de las tinieblas en cualquier tertulia académica o literaria para que surja el asentimiento unánime, esa inclinación de cabeza que no dice “qué gran libro”, sino “yo también sé que hay que decir que es un gran libro”. Nadie cita una escena concreta, nadie recuerda un pasaje con precisión; se repite, eso sí, el ritual: profundidad, oscuridad, condición humana, imperialismo. Palabras que pasan de boca en boca como monedas gastadas, sin que nadie se pregunte quién las acuñó ni si todavía valen algo.