Ante la crisis demográfica, los conservadores suelen rechazar la inmigración masiva y apostar por reforzar la familia tradicional: hogares estables, roles claros y expectativas firmes. En teoría, debería favorecer la natalidad. Sin embargo, esa receta descansa sobre un supuesto caducado: que la familia tradicional encaja sin fricciones con la economía actual. Estar en casa implica perder dinero. La conclusión es incómoda: no se puede querer igualdad laboral, alta natalidad y familias tradicionales sin pagar un precio.