La belleza de la palabra
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Ese gran pintor

Me gusta pintar cuadros

con chicles revenidos

poniendo mil sentidos

en tan bella labor. 

Me gusta ver las musas

huir, acojonadas,

si añado pinceladas

de aceite de tractor.

**

Me gusta que los lienzos

parezcan estropajos

con mil espumarajos,

con trozos de pulmón,

y si alguien me critica

decir que su ignorancia

no alcanza la fragancia

de tanta inspiración.

**

Me gusta pintar perstes

berridos y estertores

poniendo mil colores

por ahí, al buen tun tun,

y un día, si es posible,

pintar la sodomía

en la radiografía

de una fosa común.

**

Me gusta ver artistas

que van sin disimulo

de porros hasta el culo

mostrarme la verdad,

decirme que han sentido

sus vidas traspasadas

por fuertes oleadas

de amor y libertad.

***

Me gusta que los hippies

se vistan de marranos

y untándose las manos

de tiza o de carbón

proclamen la grandeza

de un mundo donde el arte

no deba tomar parte

del agua y del jabón.

**

Me gusta ver la vida

sin cielo y sin sentido,

oyendo el alarido

del genio en mi interior,

me gustan las ideas

que presta la cerveza

y pierdo la cabeza

por ser un gran pintor.

Feindesland. 1997.

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Profecía (Rafael de León)

I

Me lo contaron ayé

las lenguas de doble filo,

que te casaste hase un mé…

y me quedé tan tranquilo.

Otro cualquiera, en mi caso,

se hubiera echao a llorá,

Yo, crusándome de braso,

dije que me daba iguá.

Nada de pegarme un tiro

ni enredarme en mardisiones

ni apedreá con suspiros.

los vidrios de tus balcones.

¿Que te has casao? -¡Buena suerte!

¡Vive cien años contenta

y a la hora de la muerte…

Dios no te lo tenga en cuenta!

Que si ar pié de los altares

mi nombre se te borró,

por la gloria de mi mare

que no te guardo rencó.

Porque sin sé tu marío,

ni tu novio, ni tu amante,

yo soy… quien más t’ha querío,

¡con eso tengo bastante!

II

-¿Qué tiene er niño, Malena?

Anda como trastornao…

le encuentro cara de pena

y el colorsillo quebrao.

Y ya no juega a la tropa,

ni tira piedras al río,

ni se destrosa la ropa

subiéndose a coger níos.

¿No te parese a ti extraño?

¿No es una cosa mu rara

que un chavá de dose años

lleve tan triste la cara?

Mira que soy perro viejo…

y estás demasiao tranquila.

¿Quieres que te dé un consejo?

Vigila, mujé… ¡vigila!

Y fueron dos centinelas

los ojitos de mi mare:

-¡Cuando sale de la escuela

se va pa los Olivares!

-Y ¿qué busca allí?

-Una niña. Tendrá el mismo tiempo que é...

¡José Migué, no le riñas,

que está empezando a queré!

Mi pare ensendió un pitillo,

se enteró bien de tu nombre…

y te compró unos sarsillos

y, a mí, un pantalón de hombre.

III

Yo no te dije: ¡te adoro!

pero amarré en tu balcón

mi laso de seda y oro

de primera comunión.

Y tú, fina y orgullosa,

me ofreciste en recompensa

dos sintas color de rosa

que engalanaban tus trensas.

-Voy a misa con mis primos.

-Güeno… te veré en la Ermita.

¡Y qué serios nos pusimos

al darte el agua bendita!

Mas, luego, en er campanario,

cuando rompimos a hablar…

-Dice mi tita Rosario

que la cigüeña es sagrá,

- ¡y er colorín, y la fuente,

y las flores, y el rosío,

y aquel torito valiente

que está bebiendo en el río,

-Y er bronse de esa campana y el romero de los montes

y aquella cinta lejana

que la llaman horizonte.

¡Todo es sagrao! ¡tierra y sielo!

porque too lo hiso Dió...

¿Qué te gusta má? ¡Tu pelo!

¡Qué bonito le salió!

-Pos, ¡y tu boca! ¡y tus brazos!

¡y tus manos reonditas!

¡y tus pies fingiendo er paso

de las palomas suritas!

Con la puresa de un copo

de nieve te comparé…

te revestí de piropos

de la cabesa a los pies…

A la güerta te hise un ramo

de pitimin, presioso,

y luego nos retratamos

en el agüita del poso…

Y hablando de estas pamplinas

que se inventan las criaturas,

llegamos hasta la esquina

cogidos por la sintura.

Yo te pregunté: -¿En qué piensas?

Tú dijiste: -En darte un beso.

¡Y yo sentí una vergüenza

que me caló hasta los güesos!

De noche, muertos de luna,

nos vimos por la ventana…

-Mi hermaniyo está en la cuna,

le estoy cantando la nana.

"Quítate de la esquina,

chiquillo loco,

que mi mare no quiere

ni yo tampoco."

Y. mientras que tú cantabas

yo - inosente - me pensé

que la nana nos casaba

como a marío y mujé.

IV

¡Pamplinas, figuraciones

que se inventan los chavales!

después la vía se impone…

¡tanto tienes, tanto vales!

Por eso yo, al enterarme

que llevas un mes casá,

no dije que iba a matarme,

sino que me daba iguá.

Mas, como es rico tu dueño,

te vendo esta profesía:

Tú, cada noche, entre sueños

soñarás que me querías.

Y recordarás la tarde

que tu boca me besó.

Y te llamarás cobarde

como te lo llamo yo…

Y verás, sueña que sueña,

que me morí siendo chico.

Y se llevó la sigüeña

mi corazón en er pico.

Pensarás: ¡no es sierto nada!

¡Yo sé que lo estoy soñando!

Pero allá, a la madrugada,

te despertarás llorando

por el que no es tu marío,

ni tu novio, ni tu amante,

sino el que más t’ha querío…

¡con eso tengo bastante!

Rafael de León.

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Lo que no es del todo real....

Las grandes obras que solo son planes,

pero no se llegan a crear;

las palabras sabias que solo se intuyen,

pero no se llegaran a expresar;

las rimas que no se cantan..

Las semillas sin fertilizar...

¿Quién sabe si este mundo a medio hacer no será

el mayor tesoro por descubrir?

Oscar Blumenthal

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Elogio de la mercromina

Química sangre arrumbada

en siniestros botiquines,

salvación menospreciada,

auxilio de paladines

y consuelo de criaturas.

Tú que sabes que no curas

cáncer, évola ni SIDA,

eres caricia sincera

que reconforta al que espera

que no se infecte la herida.

Tú que no eres engreída

y sabes bien lo que vales,

tú que te mides en gotas

y te importan tres pelotas

los cuarenta principales

del mundo de la farmacia,

tú que paseas la gracia

de tu fogoso color

por medio mundo y aún más,

te merecías quizás

un nombre con más honor.

-

Te llamaron mercromina,

y como aun se pronunciaba

guisaron en la cocina

de los nombres otra aldaba

con que atar tu maldición.

Así fue como un cabrón,

un cabrón de tomo y lomo

te llamo MERCUROCROMO. 

Feindesland, 1994

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Mi brújula

En los ásperos muelles del puerto

Mi ardiente corazón aún te busca.

La aguja imantada del recuerdo

No tiene más norte que tú cuerpo

Y en todos los cuadrantes te dibuja.

Feindesland 1999

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Era más de media noche...

 Era más de media noche,

antiguas historias cuentan,

cuando en sueño y en silencio

lóbrego, envuelta la tierra,

los vivos muertos parecen,

los muertos la tumba dejan.

Era la hora en que acaso

temerosas voces suenan

informes, en que se escuchan

tácitas pisadas huecas,

y pavorosas fantasmas

entre las densas tinieblas

vagan, y aúllan los perros

amedrentados al verlas;

en que tal vez la campana

de alguna arruinada iglesia

da misteriosos sonidos

de maldición y anatema,

que los sábados convoca

a las brujas a su fiesta.

El cielo estaba sombrío,

no vislumbraba una estrella,

silbaba lúgubre el viento,

y allá en el aire, cual negras

fantasmas, se dibujaban

las torres de las iglesias,

y del gótico castillo

las altísimas almenas,

donde canta o reza acaso

temeroso el centinela.

Todo en fin a media noche

reposaba, y tumba era

de sus dormidos vivientes

la antigua ciudad que riega

el Tormes, fecundo río

nombrado de los poetas,

la famosa Salamanca,

insigne en armas y letras,

patria de ilustres varones,

noble archivo de las ciencias.

    Súbito rumor de espadas

cruje y un «¡ay!» se escuchó;

un «¡ay!» moribundo, un «¡ay!»

que penetra el corazón,

que hasta los tuétanos hiela

y da al que lo oyó temblor.

Un «¡ay!» de alguno que al mundo

pronuncia el último adiós.

                  El ruido

             cesó,

             un hombre

             pasó

             embozado,

             y el sombrero

             recatado

             a los ojos

             se caló.

             Se desliza

             y atraviesa

             junto al muro

             de una iglesia,

             y en la sombra

             se perdió.

El estudiante de Salamanca. José de Espronceda (fragmento)

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Cuando el dulce silencio (Shakespeare)

Cuando el dulce silencio al pensamiento

me trae los recuerdos del ayer,

y al ver lo que he perdido me atormento,

y en mi antiguo dolor vuelvo a caer,

mis ojos, que ya el llanto han olvidado,

baño por los amigos que amé un día,

y lloro nuevamente lo llorado

cuando me los quitó la muerte impía.

Y entonces, al gemir lo ya gemido,

de dolor en dolor, dejo saldada

la triste cuenta del dolor sufrido,

cual si no la dejara antes pagada.

Pero al pensar en ti, prenda querida,

todo lo hallo y mi pena se me olvida.

Traducción de Federico Maristany.

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