La democracia no puede delegar su sistema de verdad en empresas cuyo negocio depende de la atención —no de la veracidad— y que deciden qué vemos sin transparencia ni rendición de cuentas. La crisis del periodismo y la erosión del debate público a la que asistimos es una consecuencia directa de la concentración de poder digital y de la enorme asimetría entre quienes producen conocimiento y quienes lo explotan sin límites, que es imperativo contrarrestar.
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