Este accidente demuestra que la liberalización del sector es un desastre. Prioriza la lógica de mercado y los beneficios privados por encima de la seguridad de los pasajeros y la garantía de un servicio público esencial. La competencia ha bajado precios y aumentado la oferta, pero a costa de saturar una infraestructura no preparada, generando un caos sobre raíles que compromete la viabilidad del sistema. En lugar de fomentar una mejora sostenible, ha derivado en una guerra de precios que reduce ingresos y desincentiva inversiones en seguridad.
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