Las fotografías de Andrés, recibiendo una flor colorada de la Reina Isabel en Londres y la medalla del Atlántico por la victoria, recorrieron el planeta. Se puso la rosa en la boa, entre sus dientes. Era el héroe. A la corona del Reino Unido le iba a corresponder por herencia al amargo, antipático y menos popular Carlos, pero Andrés se quedaba con los honores. Nada puede más en el imaginario británico que un miembro de la familia real con el uniforme militar. Fue su momento de máximo esplendor. Joven, exitoso y con sangre real.
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