No fue un “gran golpe”. Fue más silencioso: dormir peor, levantarme ya con la cabeza acelerada, ir tirando de café, notar que cualquier imprevisto me dejaba tensa. Por fuera funcionaba, pero por dentro todo costaba más. Al principio me dije lo típico: “es una época”. Pensé que con descansar se me pasaría. No se pasó. Empecé a estar irritable, a concentrarme peor y, sobre todo, a sentirme siempre en alerta, como si el cuerpo no supiera bajar el volumen.
|
etiquetas: estrés , ansiedad , salud mental , trastorno del sueño , depresión