“Parece que para tomar un café con ellas tenga que pedir cita como si fuera a hacerme la manicura”, dice Mar, 34 años, de Barcelona. Durante años fue inseparable de su grupo de amigas, pero ahora las ve “una vez cada dos meses, y eso a las que viven en la misma ciudad”. Las conversaciones cuando quedan, explica, se han vuelto funcionales: un repaso rápido de las últimas semanas, un resumen de lo que cada una ha hecho y lo que planea hacer.
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