Imagínate la escena. Es sábado por la mañana. El Arc de Triomf de Barcelona está en su máximo esplendor rutinario: guiris sacando fotos, abuelos leyendo el periódico en los bancos, y algún carterista. Una estampa idílica. Y de repente, rompiendo la paz del paseo Lluís Companys, aparece un grupo de veinteañeros con orejas de zorro de peluche, colas sintéticas y una necesidad imperiosa de aullarle a las palomas en plena quedada Therians Barcelona.
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