Cuenta la tradición hebrea que, justo antes de morder la manzana, Adán estornudó. En ese momento parece que no le preocupó mucho, pero después de la que se lio con la dichosa quinta pieza de fruta al día lo acabó interpretando como "un signo del mal y un presagio de muerte". El runrún quedó ahí, claro, y cuando al ya viejísimo Jacob le preocupaba no llegar a ver a su hijo, suplicaba a Dios que cambiara el orden natural de las cosas no fuera que un mal estornudo se lo llevara al otro barrio.