La sensualidad contrastaba marcadamente con los estrictos códigos morales de los siglos XVIII y XIX, cuando se realizaron las excavaciones. La respuesta a este choque cultural fue la censura. Impulsados por la sensibilidad moral de la monarquía borbónica y de las autoridades victorianas, se retiraron, cubrieron u ocultaron sistemáticamente los objetos más explícitos. Al clasificar estos objetos como «obscenos» o «pornográficos», los descubridores aplicaron etiquetas anacrónicas sin equivalente directo en la cosmovisión romana.
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