Uno a veces no sabe —y quizá nunca sabrá del todo— si lo que ve es una escena de violencia o una de deseo, o ambas cosas a la vez, que en el fondo no se excluyen. A veces el amor no se manifiesta como caricia, sino como herida; a veces el deseo se vuelve hambre, y el hambre, furia; y a veces —como en este cuadro— lo que parece castigo eterno es también, secretamente, una forma desesperada de no olvidar. Eso sucede en Dante y Virgilio de Bouguereau, o al menos eso es lo que a mí me parece cada vez que lo miro.