LITERATOS. Compartimos fragmentos.
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No, Gracias

Qué quieres que haga? Buscar un protector, un amo tal vez?

Y como hiedra oscura, que sobre la pared medra sibilina y con adulación,

cambiar de camisa para obtener posición?

NO, GRACIAS.

Dedicar si viene al caso versos a los banqueros,

convertirme en payaso? Adular con vileza los cuernos de un cabestro

por temor a que me lance un gesto siniestro?

NO, GRACIAS.

Desayunar cada día un sapo? Tener el vientre panzón?

Un papo que me llegue a las rodillas con dolencias

pestilentes de tanto hacer reverencias?

NO, GRACIAS.

Adular el talento de los canelos, vivir atemorizado por infames libelos, y repertir sin tregua

“Señores, soy un loro, quiero ver mi nombre en letras de oro”?

NO, GRACIAS.

Sentir temor a los anatemas? Preferir las calumnias a los poemas, coleccionar medallas, urdir falacias?

NO, GRACIAS; NO, GRACIAS; NO GRACIAS...

Pero cantar... soñar.... reir, vivir,

estar solo, ser libre…

Tener el ojo avizor,

la voz que vibre.

Ponerme por sombrero el universo,

por un sí o un no batirme o hacer un verso.

Despreciar con valor la gloria y la fortuna,

viajar con la imaginación a la luna.

Sólo al que vale reconocer méritos,

no pagar jamás por favores pretéritos.

Renunciar para siempre a cadenas y protocolo,

Posiblemente… no volar muy alto,

pero solo.

Edmond Rostand - Cyrano de Bergerac

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La idiotez en grupo

Si dices idioteces eres un idiota, pero si formas parte de un grupo de veinte idiotas que constituyen una academia, entonces recibes la aprobación de tus pares, publicas, y creas un departamento universitario.

Jugarse la piel. Nassim Taleb

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Dientes de perro

I

Vayan o no incluidas en el sueldo, las llamadas a las seis de la mañana no son bien recibidas en ninguna parte. A las seis y veinte tampoco.

Precisamente a tan mal afinada hora sonó el teléfono del comisario García, y el sobresalto despegó unos milímetros más el papel pintado de la pared. El funcionario, que había colocado un teléfono en la mesilla de noche, y no precisamente por lo extraordinario de aquella clase de llamadas, cogió el auricular con un gesto automático mientras su mujer, víctima también de tales sobresaltos sin que se tomaran en consideración en su paga de maestra, daba media vuelta en la cama absolutamente decidida a no enterarse de qué nueva calamidad reclamaba la urgente presencia del comisario.

—García. Dígame.

—Un muerto— empezó el agente al otro lado de la línea, tratando de ése modo de justificar, antes que nada, la urgencia de la llamada.

—¿Dónde?

—En el depósito de cadáveres.

—Mire Gómez, no son horas de tocar....

—El forense, para ser más exactos. En un charco de sangre— se apresuró a explicar el tal Gómez —. Lo ha encontrado la mujer de la limpieza hace cosa de un cuarto de hora.

—Voy ahora mismo. Retengan a la limpiadora hasta que yo llegue.

—No hará falta. Nada más vernos se desmayó y aún no ha vuelto en sí.

Tal y como manda la norma no escrita del Cuerpo, el comisario se vistió sin encender la luz, salió sin hacer ruido y llamó al sargento Saelices desde el teléfono de la salita.

—Tenemos al forense muerto en el depósito de cadáveres —le dijo escuetamente.

—¡Jo-der!

También a escueto hay quien gane.

—Te paso a buscar en diez minutos y vamos para allá.

El comisario había dejado el coche tres calles más allá, y el frío de diciembre tuvo tiempo de acabar de despertarlo mientras llegaba. Como no podía ser de otro modo, se había cruzado bastantes veces con el forense en los últimos años y recordaba perfectamente a aquel hombre pulcro y educado, con sus peculiares gafas redondas de montura de oro, su mirada huidiza y su perenne nerviosismo. No podía decir que le fuera simpático, ni siquiera que se alegrara de verlo cuando se presentaba en comisaría, pero reconocía su eficiencia en el trabajo. Blas Campano se llamaba, recordó al fin, pero tampoco el nombre sirvió para aclarar el difuso recuerdo de los rasgos que guardaba en la memoria.

Saelices tenía todavía peor opinión del difunto, y hasta confesaba que era hombre que siempre le había producido cierta desazón, pero ni él ni el comisario tenían la más remota idea de las causas que podían haber llevado al asesino a acabar con la vida de aquel individuo gris, sin vicios conocidos. Cualquiera que lo hubiese matado tenía que estar loco o necesitar que desapareciese alguna prueba.

El comisario y el sargento repasaron de memoria el par de casos pendientes y concluyeron que la última posibilidad no podía ser la buena. En aquella ciudad, gracias a Dios, sólo habían tenido cuatro casos de muertes violentas en diez años y ninguno lo bastante reciente como para que el culpable quisiera quitarse de en medio al forense. 

—También puede ser un suicidio —sugirió el sargento.

García frunció el ceño.

—Pues sí que era pulcro el individuo si ha ido a suicidarse al depósito de cadáveres... —ironizó con la peor intención.

—Ya sabe: siempre hay gente que prefiere no causar molestias en ninguna circunstancia.

El comisario echó mano al bolsillo para buscar el paquete de tabaco pero recordó que estaba dejando de fumar.

—¿Y qué podía estar haciendo el forense a estas horas en el depósito de cadáveres?

—Todavía no sabemos a qué hora ha sucedido —repuso el sargento.

—Ya, pero de todos modos, murió después de la hora de cerrar, porque si no, lo hubiera visto el vigilante. Si lo ha encontrado la mujer de la limpieza, como me dijo Gómez por teléfono, es que entró después del cambio de turno. ¿A qué carajo se puede ir al depósito de cadáveres después de las diez de la noche?

—Otro cualquiera, a nada, pero el forense se pudo dejar alguna cosa olvidada.

El comisario asintió, reconociendo el punto de vista de su compañero.

—En cuanto estemos allí nos enteramos —sentenció.

Diez minutos escasos después estaban ya en el depósito de cadáveres, y tras saludar brevemente a los agentes que los esperaban se encaminaron a la para ellos conocida sala donde se guardaban los restos de los últimos fallecidos. Era una pieza vacía, cubierta hasta media altura de azulejos blancos, demasiado limpios, demasiado tersos, sin más luz que un ventanuco raras veces auxiliado por la lámpara oxidada que colgaba aún del techo. Sobre una mesa, obscenamente desnuda, se hallaba una mujer joven, treinta y pocos años a lo sumo, sin señales evidentes que delataran la causa de su muerte, y en el suelo, rodeado por un grueso charco de sangre, el médico forense, con las ropas desgarradas y el cuerpo encogido en un gesto de agonía crispada. Tenía una gran herida en el cuello que dejaba ver la blanca urdimbre de la tráquea y había quedado con los ojos abiertos, desmesuradamente abiertos, dispuestos a llevar su sorpresa al camposanto.

—Llamad al juez— ordenó el comisario —. Y que venga la mujer de la limpieza si está en condiciones.

—¿No sería mejor que fuéramos nosotros a verla? —sugirió Saelices, que no quería asistir a otro desmayo.

García asintió con un gesto y se encaminaba hacia el pasillo cuando algo le llamó la atención. Aunque los hombres de la brigada científica no se alegrarían de encontrar huellas de sus pisadas en el lugar del crimen, atravesó la estancia hasta la mesa donde reposaba la mujer y confirmó su impresión: allí estaban, perfectamente plegadas, las gafas del forense. Limpias, pulidas, casi expectantes; allí estaban, como si esperaran a que alguien les tomara declaración: ellas, sin duda, lo habían visto todo.

—¿Y a esta qué le habrá pasado? —preguntó el sargento señalando a la muchacha muerta con un gesto de barbilla.

—Esa no es asunto nuestro— atajó el comisario volviendo la vista a la repulsiva semidesnudez del forense. Mirar el cadáver de una vieja no le producía ninguna impresión, pero mirar el cadáver desnudo de aquella muchacha le suscitaba sensaciones y pensamientos demasiado complejos, más ambiguos de lo que estaba dispuesto a admitir.

—Todo muy raro, ¿verdad?— comentó Saelices, cambiando de tema.

—Mucho. Vamos a ver que nos cuenta la limpiadora.

Y a pesar de sus largos años de servicio, cuando apagó la luz, el comisario no pudo evitar echar la vista atrás con cierto atávico recelo.

La mujer de la limpieza se encontraba ya bastante recuperada pero no les contó gran cosa. Fue a trabajar a las seis porque su marido estaba enfermo y quería terminar a tiempo para llevar a los niños al colegio. Entró en el edificio, saludó al vigilante nocturno, cogió escoba, caldero y fregona en el cuarto de siempre; cuando entró en la sala de autopsias se encontró al forense en el suelo tal y como ellos lo habían visto. Acto seguido corrió a dar aviso para que el vigilante llamase a la policía y se quedó en la calle esperando al coche patrulla. No recordaba nada más.

El vigilante, como era de prever, dijo que había comenzado su turno a las diez y cuarto, porque se había retrasado un poco. Su compañero se fue a toda prisa y le dijo que estaba por ahí el forense, trabajando con la ahogada. No se había movido en toda la noche de su cuartito, junto a la puerta de entrada y no había oído nada sospechoso, aunque el oído, lo reconocía abiertamente, no era el mejor de sus sentidos, y menos estando acatarrado como estaba. No le había extrañado que el forense no hubiese salido por la puerta principal porque tenía llave de la puerta trasera y solía dejar su coche aparcado por aquel lado. Para él, había sido una noche de vigilancia normal, de lo más tranquilo, hasta que apareció la mujer de la limpieza dando voces, diciendo que había un hombre muerto en el suelo, con mucha sangre.

El juez llegó un par de horas más tarde; se limitó a ordenar el levantamiento del cadáver y a llamar a un colega del finado para que hiciera la autopsia. Los resultados estarían listos aquella misma tarde.

El sargento y el comisario llamaron al guardia del primer turno y al marido de la mujer de la limpieza, y ambos corroboraron lo ya sabido. Luego, tras comprobar que poco más podrían ventilar ya en el depósito de cadáveres, se fueron a desayunar a una cafetería, forzándose a tomar un bollo y un café que aún les supieron a formol y desinfectante.

—¿Cómo lo ves?— preguntó García, tratando de abordar el tema de manera más o menos directa.

—Muy extraño. Esa herida no era ni de fuego, ni de arma blanca.

El comisario asintió,

—Parecía una mordedura.

—Sí, o algo por el estilo. Puede ser que algún perro vagabundo, atraído por el olor del cadáver entrara de alguna manera en el depósito y se lanzara sobre el forense al verse acosado —propuso Saelices.

—Pero aún falta por saber a qué hora tuvieron lugar los hechos. No me acabo de explicar qué hacía Campano en el depósito a las tantas de la noche.

—No tuvo por que ser a las tantas....

—No, pero el primer vigilante no se fue hasta las diez y ya oíste lo que dijo el segundo: que el difunto forense tenía llave y a veces salía por la puerta trasera sin despedirse.

—Seguramente para no molestar —propuso el sargento.

—O sea que piensas, como yo, que el vigilante del turno de noche duerme como una piedra en su puesto.

—Por supuesto. ¿Qué haríamos cualquiera si trabajásemos en un sitio como el depósito de cadáveres? Dormir a pierna suelta cuando nos tocara noche.

El comisario asintió con la cabeza, pero sus pensamientos habían cambiado ya de punto de objetivo.

—Pudo salir por la puerta de atrás y volver a entrar por esa misma puerta. Hasta que no tengamos los resultados de la autopsia no podemos saber la hora en que murió: sabemos que entró a las nueve y media o diez menos cuarto, pero si tenía llave, eso no nos sirve de nada.

—¿Y si entró de nuevo, a qué entro?, ¿a buscar algo? —preguntó el sargento.

El comisario chasqueó la lengua, preocupado. Algo no le encajaba.

—No lo sé. No hemos visto instrumentos quirúrgicos por ninguna parte...

—Ya. Es verdad. Entonces, no sé...

García recapacitó unos instantes, se frotó lo ojos tratando de alejar otros pensamientos y regresó a la primera teoría en un desesperanzado intento de salvar su último gramo de cordura.

—Será mejor seguir la línea del perro —acotó con un suspiro.

—Sin embargo, la mujer dijo que abrió la puerta de la calle. ¿Por dónde entró entonces el animal?

—Esperamos el resultado de la autopsia y vamos a echar un vistazo.

II

Y así lo hicieron.

A primera hora de la tarde, el forense tenía ya concluido su informe. La herida era efectivamente un mordisco, pero podía descartarse con casi total seguridad que se tratara de un perro o cualquier otro animal carnívoro: ni había señales de colmillos prominentes ni la forma de la herida se correspondía con la de una boca de perro. Por escalofriante que pudiera resultar, lo más probable era que aquella barbaridad hubiera sido obra de un ser humano.

No obstante y para asegurarse, el sargento y el comisario se pasearon por el deposito en busca de un lugar por el que hubiera podido entrar un perro o cualquier otro animal por el estilo. Estaba a punto de encenderse el alumbrado público cuando encontraron, en la parte de atrás, una ventana a la que le faltaba un cristal. Dijera lo que dijese el informe del forense, existía una posibilidad de que un perro vagabundo hubiera penetrado en el edificio y hubiese vuelto a salir luego por el mismo sitio. En pocas horas podrían saber si los de la brigada científica habían encontrado pisadas de perro en la sala de autopsias y el caso estaría cerrado. Los dos estaban seguros de que aparecerían esas pisadas.

Confiados en que su tesis se verificase, los dos policías regresaron a sus casas, felicitándose de antemano de haber mantenido el caso dentro de los cauces rutinarios. Pero nada más abrir la puerta de su casa, el comisario se encontró con que acababa de llamar el vigilante del depósito para pedirle que acudiera enseguida. Había cogido un intruso y lo tenía retenido.

Sin molestarse siquiera en llamar por teléfono, García pasó por casa del sargento y ambos se dirigieron, por tercera vez en aquella larga jornada, al depósito de cadáveres.

Allí, con una venda en la mano, los esperaba el vigilante. Había visto algo moviéndose en el suelo y al incorporarse de su silla sorprendió a un hombre cubierto de harapos arrastrándose por el piso hacia el interior del edificio. El vigilante no tenía ni idea de cómo había entrado aquel hombre, pero suponía que había aprovechado el cambio de turno, porque en esos momentos la puerta quedaba abierta unos minutos. Debió de aprovechar algún descuido mientras se marchaba el del turno de tarde y el vigilante de noche dejaba la fiambrera con la cena sobre su mesa y cubría las hojas de servicio preceptivas. Eso era lo único que se le ocurría. El caso es que intentó detenerlo pero el vagabundo se revolvió con un mordisco y el vigilante no tuvo más remedio que reducirlo a palos y encerrarlo en la sala de las autopsias.

Cuando fueron a por él vieron que se trataba de un hombre de mediana edad, greñudo y sin afeitar, con los ojos entreverados de sangre y cubierto por algo que debió de ser un abrigo alguna vez. A todo lo que le preguntaron respondió únicamente con gruñidos y no llevaba encima documentación alguna.

Saelices sacó las esposas del bolsillo del abrigo y sólo con la ayuda de los otros dos hombres consiguió colocárselas al demente.

—Ya tenemos a nuestro hombre— anunció el sargento con satisfacción. —Se coló en el cambio de turno y escapó luego por el ventanuco roto.

El comisario, que empezaba dos días después sus vacaciones, estaba aún más ansioso que el sargento por acabar aquello cuanto antes, así que pensó dar un empujoncito al asunto.

—¿Hay por aquí yeso, plastilina o lo que sea? Quiero tomarle un molde de los dientes.

—Masilla para los cristales— dijo el vigilante. 

—Valdrá.

Entre el comisario y el vigilante lograron a duras penas que el loco mantuviera la boca abierta unos instantes, mostrándoles unos dientes escasos y ralos, pero suficientes para infligir otro mordisco al guarda, que respondió a golpes antes de ir en busca de otra venda.

El sargento volvió para ayudar a su jefe pero ya no era necesario.

—Déjame a solas con éste a ver si se calma y puedo sacarle algo.

Saelices no podía creer que nadie quisiera quedarse solo en aquel sitio, con la sangre del forense aún pegada a las baldosas y un cadáver hinchado que por falta de atenciones empezaba a deshacerse en fétidas viscosidades. 

—¿No sería mejor llevarlo a comisaría?

—¡Que te largues, coño!

El sargento cerró la puerta tras de sí con un encogimiento de hombros, dejando a García con la vista clavada donde por la mañana habían estado las gafas del forense. A esas horas reposarían sin duda en una bolsa, esperando a quien supiera interpretarlas. El loco rezongaba en un rincón una incomprensible letanía y el comisario ni siquiera hizo ademán de dirigirse a él. En vez de eso manipuló unos instantes el cadáver de la mujer. Encontró lo que buscaba en sus uñas y en su pelvis, pero ni siquiera se molestó en guardarlo en una bolsa. Luego levantó al loco por el pelo y lo llevó al despacho, donde aguardaban el sargento y el vigilante. Esta vez ni siquiera apagó la luz.

Y así acabó todo, al menos hasta que tuviera lugar el juicio. Al día siguiente el forense confirmó que la dentadura de la masilla tenía grandes, muy grandes posibilidades de ser la misma que desgarró el cuello de su difunto colega. Los principales puntos característicos coincidían a la perfección. El indigente, un pobre loco, no era imputable por la muerte del forense y sería internado en un centro asistencial.

Todo fue como la seda.

Sólo el comisario supo que no había entregado el molde de los dientes del pobre vagabundo, sino el que había sacado de la dentadura de la otra hermosa y fría ocupante de la sala de autopsias: la muchacha ahogada.

Y no durmió en quince días.

Hombres, cadáveres y Fantasmas. Feindesland. 2005

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Te lo haremos con cuidado

La sociedad capitalista relega a sectores enteros de su ciudadanía al vertedero, pero muestra una delicadeza exquisita para no ofender sus convicciones ni cuestionar su afirmación identitaria.

T. Eagleton. Cultura.

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El sádico

Me pidieron que construyese un laberinto y lo hice en forma de línea recta.

¿Quién puede escapar de una eterna línea recta?

Plaza de Dante. Dragan Velikic

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Reflexiones de Warren Buffet en su carta de despedida

Warren Buffet escribió una carta a los inversores de Berkshire Hathaway a causa de su retiro. Creo que contiene unos aforismos bastante prácticos.

Una observación, quizás un tanto egoísta. Me complace decir que me siento mejor con la segunda mitad de mi vida que con la primera. Mi consejo: no te castigues por los errores del pasado; aprende al menos un poco de ellos y sigue adelante. Nunca es demasiado tarde para mejorar. Elige a los héroes adecuados e imítalos. Puedes empezar con Tom Murphy; él fue el mejor.

Recuerda a Alfred Nobel, quien más tarde daría nombre al famoso Premio Nobel y que, según se cuenta, leyó su propio obituario,publicado por error cuando su hermano murió y un periódico se confundió. Quedó horrorizado por lo que leyó y se dio cuenta de que debía cambiar su comportamiento.

No cuentes con una confusión en la redacción de un periódico: decide qué te gustaría que dijera tu obituario y vive la vida que lo merezca.

La grandeza no se consigue acumulando grandes cantidades de dinero, una gran publicidad o un gran poder en el gobierno. Cuando ayudas a alguien de cualquiera de las miles de maneras posibles, ayudas al mundo. La amabilidad no cuesta nada, pero no tiene precio. Seas religioso o no, es difícil superar la Regla de Oro como guía de comportamiento.

Escribo esto como alguien que ha sido desconsiderado innumerables veces y ha cometido muchos errores, pero que también tuvo la gran suerte de aprender de algunos amigos maravillosos a comportarse mejor (aunque todavía estoy muy lejos de ser perfecto). Ten presente que la señora de la limpieza es un ser humano tanto como lo es el presidente de la compañía.

La carta completa la podeis leer aquí: www.berkshirehathaway.com/news/nov1025.pdf

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El Regreso de Don Quijote

—Quiero decir que la vieja sociedad fue veraz y sincera, y quiero decir también que usted anda enredado en una maraña de mentiras, o por lo menos de falsedades —respondió Herne—. Eso no supone que la vieja sociedad llamara siempre a las cosas por su nombre real, entendámonos... Aunque entonces se hablaba al menos de déspotas y vasallos, como ahora se habla de coerciones y desigualdad. Vea usted que, así y todo, se falsea ahora más que entonces el nombre cristiano de las cosas. Todo lo defienden aludiendo a los nuevos tiempos, a las cosas diferentes. Tienen un rey, pero dicen que ese rey no puede serlo como es debido. Tienen una Cámara de los Lores y dicen que viene a ser lo mismo que la Cámara de los Comunes. Cuando quieren adular a un obrero o a un campesino lo llaman caballero, que es como tratarlo de vizconde. Y cuando quieren adular a un caballero dicen que no hace uso de su título nobiliario. Dejan a un millonario sus millones y luego lo ensalzan diciendo que es un hombre la mar de sencillo... Creen, en fin, que hay algo bueno en el oro, y no es precisamente su brillo. Excusan a los clérigos diciendo que ya no existe la clerecía, y nos aseguran enfáticamente que está bien que los clérigos jueguen al cricket como cualquiera... Tienen maestros que desprecian la doctrina de enseñar, y doctores de las cosas divinas que en realidad se mofan de todo lo divino... Todo es falso, cobarde, vergonzoso... En este tiempo cada cosa prolonga su existencia mediante la negación de que existe.

El Regreso de Don Quijote Gilbert Keith Chesterton

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Enemigos de la civilización

La fuerza juega un papel mucho mayor en el gobierno del mundo que antes de 1914 y, lo que es especialmente alarmante, la fuerza tiende cada vez más a caer en manos de aquellos que son enemigos de la civilización. El peligro es profundo y terrible; no puede dejarse a un lado con simple optimismo. La causa fundamental del problema es que en el mundo moderno los estúpidos están seguros de sí mismos mientras que las personas inteligentes se encuentran llenas de dudas. Incluso aquellos de los inteligentes que creen tener un remedio son demasiado individualistas como para unirse a otros hombres inteligentes de los que difieren en puntos de menor importancia. Esto no fue siempre así.

Bertrand Russell, El triunfo de la estupidez (1933)

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L'Étranger

(...) Oía el corazón. No podía imaginar que aquel leve ruido que me acompañaba desde hacía tanto tiempo pudiese cesar nunca. Nunca he tenido verdadera imaginación. Sin embargo, trataba de construir el segundo determinado en que el latir del corazón no se prolongaría más en mi cabeza. Pero en vano. (...)

El Extranjero - Albert Camus

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Fiódor Mijáilovich Dostoyevski - Crimen y castigo

Nos imaginamos la eternidad (...) Como algo inmenso e inconcebible. Pero ¿Por qué ha de ser así necesariamente? ¿Y si, en vez de esto, fuera un cuchitril, uno de esos cuartos de baño lugareños, ennegrecidos por el humo y con telas de araña en todos los rincones? Le confieso que así me la imagino yo a veces.

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El príncipe feliz y otros cuentos

"Soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una palabra de lo que digo."

Oscar Wilde, "El príncipe feliz y otros cuentos"

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Napoleón y los chaqueteros

Los que no habían podido adherirse a Napoleón por su gloria, los que no habían podido ser fieles por gratitud al benefactor de quien habían recibido sus riquezas, sus honores y hasta sus nombres, ¿iban a inmolarse ahora a sus escasas esperanzas?

¿Iban a encadenarse a una suerte precaria y renaciente los ingratos a quienes no hizo comprometerse una suerte consolidada por unos éxitos inauditos y por un bagaje de dieciséis años de victorias?

Tantas crisálidas que, entre dos primaveras, se habían despojado y revestido, dejado y recuperado la piel del legitimista y del revolucionario, del napoleónico y del borbónico; tantas palabras dadas y desmentidas; tantas cruces pasadas del pecho del caballero a la cola del caballo, y de la cola del caballo al pecho del caballero; tantos valientes cambiando de paveses, y sembrando el palenque de prendas fementidas; tantas nobles damas, azafatas alternativamente de María Luisa y de María Carolina, no habían de dejar en el fondo del alma de Napoleón sino desconfianza, horror y desprecio; este gran hombre envejecido estaba solo en medio de todos estos traidores, hombres y suerte, sobre un suelo que temblaba, bajo un cielo enemigo, enfrente de su destino cumplido y del juicio de Dios.

Memorias de Ultratumba. Chateaubriand

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Solo cantos de independencia y libertad

Solo cantos de independencia y libertad

"Jamás ha dominado en mi alma la esperanza de la gloria, ni he soñado nunca con laureles que oprimiesen mi frente. Solo cantos de independencia y libertad han balbucido mis labios, aunque alrededor hubiese sentido, desde la cuna ya, el ruido de las cadenas que debían aprisionarme para siempre, porque el patrimonio de la mujer son los grillos de la esclavitud.

Yo, sin embargo, soy libre, libre como los pájaros, como las brisas; como los árboles en el desierto y el pirata en la mar.

Libre es mi corazón, libre mi alma, y libre mi pensamiento, que se alza hasta el cielo y desciende hasta la tierra, soberbio como el Luzbel y dulce como una esperanza.

Cuando los señores de la tierra me amenazan con una mirada, o quieren marcar mi frente con una mancha de oprobio, yo me río como ellos se ríen y hago, en apariencia, mi iniquidad más grande que su iniquidad. En el fondo, no obstante, mi corazón es bueno; pero no acato los mandatos de mis iguales y creo que su hechura es igual a mi hechura, y que su carne es igual a mi carne".

Rosalía de Castro

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La oveja negra

En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada.

Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.

Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

La oveja negra. Augusto Monterroso

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Metáfora de la boñiga

Se quejaba hace poco un conocido mío, judío, de que los recientes acontecimientos de Gaza han hecho que se empiece a menospreciar el sufrimiento de su pueblo en el Holocausto. Tenía razón, en parte, porqu elo uno no quita lo otro, ni unos muertos resucitan a los anteriores.

La cuestión es que, los que somos de campo, sabemos que no huele peor la boñiga más gorda, sino la más fresca.

Y nuestro estado de ánimo, lamentablemente, no está a día de hoy para considerar a los judíos víctimas de nada.

Injusto, por supuesto. Pero decir otra cosa sería hipócrita.

Johan Löffler.

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Virgen santa...

No, yo no creo que sea racista para nada: me gusta ver series de negros como The Wire, Bill Cosby o el Planeta de los Simios...

Barcelona. En un bar cerca de la Sagrada Familia. 2017.

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Combinación fatal

Los médicos de más edad tienden a equivocarse más y reconocerlo menos.

La insensatez de los necios. Robert Trivers

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Las mil y una noches

Nos cuentan que dijo Hassán Al-Bassrí: No hay nadie que antes de entregar el alma no eche de menos tres cosas: no haber podido gozar por completo lo que había ganado durante su vida, no haber podido alcanzar lo que había esperado con constancia, y no haber podido realizar un proyecto largamente pensado

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La nueva lucha de clases. Definiciones

“La lucha de clases es un mito del pasado”, eso es lo que afirman las narrativas oficiales. “Lo que toca hoy es hablar de las luchas feministas, poscoloniales, ecologistas, LGTBIQ”, eso es lo que afirma la izquierda posmoderna. Hablemos de la “sociedad civil”, hablemos de los “ciudadanos”, hablemos de la “gente”. No hablemos de “los trabajadores”, no hablemos del “pueblo” (hablar del pueblo es populista, fascista…).

Pero la lucha de clases existe y en eso Marx tenía razón. Son los dominadores los que la están ganando mientras los dominados pierden el tiempo en contradicciones artificiales u obsoletas. La lucha de clases existe y no hay más que seguir sus metamorfosis. ¿Dónde podemos encontrarla?

La lucha de clases se encuentra en las mil y una prerrogativas que los de arriba organizan en perjuicio de los de abajo. Hay lucha de clases en la precarización del trabajo, en las burbujas especulativas, en las deslocalizaciones, en las fortunas que crecen más rápido que la economía general, en la evasión de impuestos, en las desigualdades que no permean en el bienestar general, en la secesión de los ricos respecto a sus países de procedencia. Hay lucha de clases en los desahucios por los fondos buitre, en la privatización de beneficios y en la socialización de pérdidas, en la gentrificación de las ciudades, en la flexiseguridad y en las “reformas”. Pero no sólo ahí se encuentra la lucha de clases. También se encuentra en otros aspectos.

Cuando las patronales importan mano de obra barata de otros países, ahí hay lucha de clases .

Cuando se impone el multiculturalismo a las clases populares autóctonas, ahí hay lucha de clases.

Cuando las ayudas a los foráneos se hacen en detrimento de los autóctonos (que son siempre los más humildes), ahí hay lucha de clases.

Cuando los financieros internacionales apoyan a la migración ilegal (y las ONGs hacen un negocio de ello), ahí hay lucha de clases.

Cuando una casta burocrática impone un Pacto Global de Migraciones sin consultar ni a los parlamentos ni a los pueblos, ahí hay lucha de clases.

Cuando las élites que predican la “diversidad” viven en barrios segregados y con seguridad privada, ahí hay lucha de clases.

Cuando se permite la proliferación del lumpen, la delincuencia y las okupaciones en los barrios populares, ahí hay lucha de clases.

Cuando se solicita la abolición de las fronteras y se atenta contra la cohesión social, ahí hay lucha de clases.

Cuando se rechaza en referéndum la adopción de un Tratado europeo (Tratado de la Constitución europea) y las élites lo reintroducen por la puerta de atrás (Tratado de Lisboa), ahí hay lucha de clases.

Cuando un pueblo vota su salida de la Unión Europea y una élite política, económica y mediática boicotea el resultado, ahí hay lucha de clases.

Cuando la élite hace votar a un pueblo dos veces sobre el mismo tema para que “corrija” su voto, ahí hay lucha de clases.

Cuando la élite se niega a hacer referéndums sobre las cuestiones más esenciales, ahí hay lucha de clases .

Cuando las burguesías locales fomentan secesionismos para eximirse de la solidaridad con las regiones más débiles –como está sucediendo en una de las más viejas naciones de Europa–, ahí hay lucha de clases.

Cuando se crean impuestos para las clases medias y trabajadoras que serán inocuos para las multinacionales y las grandes fortunas, ahí hay lucha de clases.

Cuando se practica la denigración cultural de franjas enteras de la población (medios rurales, poblaciones autóctonas, votantes “populistas”), ahí hay lucha de clases.

Cuando se presentan propuestas para limitar la democracia porque “los problemas son demasiado complejos y la gente demasiado ignorante”, ahí hay lucha de clases.

Cuando los medios de comunicación ocultan los problemas, tergiversan y mienten para “no alimentar el populismo”, ahí hay lucha de clases.

Cuando se destruye a la familia y se ataca la cohesión entre las clases trabajadoras, ahí hay lucha de clases.

Cuando se destruye la autoridad de los profesores y se arruina la educación de los alumnos, ahí hay lucha de clases.

Cuando se imponen ingenierías sociales alumbradas en universidades elitistas norteamericanas, ahí hay lucha de clases.

Cuando las universidades masificadas se convierten en fábricas de precariado, ahí hay lucha de clases.

Cuando la lucha contra el cambio climático recae sobre los más pobres (impuestos al diésel, a las autovías, al consumo de carne), ahí hay lucha de clases.

Cuando el suicidio es la segunda causa de muerte entre los agricultores detrás del cáncer (datos de la Mutualidad Social Agrícola en Francia), ahí hay lucha de clases.

Cuando desde el poder mediático se impone la corrección política y se aliena el lenguaje de la gente corriente, ahí hay lucha de clases.

Cuando se deconstruye un país y se aliena la identidad de sus habitantes, ahí hay lucha de clases.

Cuando se denigra a una civilización y se aliena la identidad de sus pueblos, ahí hay lucha de clases.

Cuando una oligarquía transnacional globalizada se impone sobre las naciones y los pueblos, ahí hay lucha de clases.

Adriano Erriguel.

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Por qué no vemos marcianos

Si nunca hemos entrado en contacto con extraterrestres es porque en nuestra simulación su existencia no está programada.

La anomalía. Herve Le Tellier

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Consumismo según Paul Lutus

"Consumerism is the voluntary suspension of disbelief in the value of material goods." (El consumismo es la suspensión voluntaria de la incredulidad en el valor de los bienes materiales.)

Paul Lutus. (2001)

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El Monte de las Ánimas

La noche de difuntos me despertó, a no sé qué hora, el doble de las campanas; su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.

Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca, y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato, me decidí a escribirla, como, en efecto, lo hice.

Yo no la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza, con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche.

Sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas.

- I -

-Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas.

-¡Tan pronto!

-A ser otro día no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.

-¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?

-No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua; yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré la historia.

Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia.

Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:

«Ese monte que hoy llaman de las Ánimas pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla, que así hubieran sabido solos defenderla como solos la conquistaron.

»Entre los caballeros de la nueva y poderosa orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos.

»Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres; los lobos, a quienes se quiso exterminar, tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey; el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte, y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.

»Desde entonces dicen que, cuando llega la noche de Difuntos, se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche».

La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporársele los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.

- II -

Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor, iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del salón.

Sólo dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso. Beatriz seguía con los ojos, absortos en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.

Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.

Las dueñas referían, a propósito de la noche de Difuntos, cuentos tenebrosos en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel, y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste.

-Hermosa prima -exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que se encontraban-: pronto vamos a separarnos, tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío.

Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo su carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.

-Tal vez por la pompa de la corte francesa, donde hasta aquí has vivido -se apresuró a añadir el joven-. De un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte... Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía... ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada: mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar... ¿Lo quieres?

-No sé en el tuyo -contestó la hermosa-, pero en mi país, una prenda recibida compromete la voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo..., que aún puede ir a Roma sin volver con las manos vacías.

El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven, que después de serenarse dijo con tristeza:

-Lo sé prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo entre todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?

Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una palabra.

Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a oír la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos, y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste y monótono doblar de las campanas.

Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a anudarse de este modo:

-Y antes de que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? -dijo él, clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.

-¿Por qué no? -exclamó ésta, llevándose la mano al hombro derecho como para buscar alguna cosa entre los pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro... Después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió:

-¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?

-Sí.

-Pues... ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un recuerdo.

-¡Se ha perdido! ¿Y dónde? -preguntó Alonso, incorporándose de su asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.

-No sé...; en el monte acaso.

-¡En el Monte de las Ánimas -murmuró palideciendo y dejándose caer sobre el sitial-, ¡en el Monte de las Ánimas!

Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda:

-Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad, en toda Castilla me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendientes, he llevado a esta diversión imagen de la guerra todos los bríos de mi juventud, todo el ardor hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir el peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; esta noche..., esta noche, ¿a qué ocultarlo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas...; ¡las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento, sin que se sepa adónde.

Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que cuando hubo concluido exclamó, con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la leña arrojando chispas de mil colores:

-¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de Difuntos, y cuajado el camino de lobos!

Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía; movido como por un resorte, se puso de pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza, y no en su corazón, y con voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar entreteniéndose en revolver el fuego:

-¡Adiós Beatriz, adiós! Hasta... pronto.

-¡Alonso, Alonso! -dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso, o aparentó querer, detenerle, el joven había desaparecido.

A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho, que coloreó sus mejillas, prestó atento oído a aquel rumor, que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último.

Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcón, y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.

- III -

Había pasado una hora, dos, tres; la media roche estaba a punto de sonar, y Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos de una hora pudiera haberlo hecho.

-¡Habrá tenido miedo! -exclamó la joven cerrando su libro de oraciones y encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar algunos de los rezos que la iglesia consagra en el día de Difuntos a los que ya no existen.

Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.

Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de la campana, lentas, sordas, tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído, a par de ellas, pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz apagada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana.

-Será el viento -dijo; y poniéndose la mano sobre el corazón procuró tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo prolongado y estridente.

Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación iban sonando por su orden; éstas con un ruido sordo y suave; aquéllas con un lamento largo y crispador. Después, silencio; un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la media noche, con un murmullo monótono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi no se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota, no obstante, en la oscuridad.

Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinillas y escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar; nada, silencio.

Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas direcciones; y cuando, dilatándose, las fijaba en un punto, nada; oscuridad, las sombras impenetrables.

-¡Bah! -exclamó, yendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada, de raso azul, del lecho-. ¿Soy yo tan miedosa como estas pobres gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura, al oír una conseja de aparecidos?

Y cerrando los ojos intentó dormir...; pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse, más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría escondió la cabeza y contuvo el aliento.

El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas del aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblaban tristemente por las ánimas de los difuntos.

Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al fin despuntó la aurora; vuelta de su temor, entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal decoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto, sangrienta y desgarrada, la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso.

Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del primogénito de Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las Ánimas, la encontraron inmóvil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca, blancos los labios, rígidos los miembros: muerta, ¡muerta de horror!

- IV -

Dicen que después de acaecido este suceso un cazador extraviado que pasó la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las Ánimas y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas horribles. Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos Templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla, levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y caballeros sobre osamentas de corceles perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, pálida y desmelenada que, con los pies desnudos y sangrientos y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.

Gustavo Adolfo Bécquer

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'Estar bien y mal' Juan Tallón

Cuando preguntas a alguien qué tal está, en el fondo solo le estás pidiendo que te diga que está bien y que olvide los detalles, que solo van a servir para recordarte que tú, que también estás bien, en realidad están al mismo tiempo fatal. 

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Kafka en la orilla

Kafka en la orilla

 “Y solo una persona que haya sido discriminada sabe lo que eso representa y lo profundamente que hiere. La herida es diferente en cada persona y en cada persona deja una huella distinta. Así que a mí nadie me gana en lo que se refiere a pedir justicia o equidad. Solo que ya estoy más que harto de la gente sin imaginación. De ese tipo de gente que T.S. Eliot llama “hombre huecos”. Personas que suplen su falta de imaginación, esa parte vacía, con filfa insensible y que van por el mundo sin percatarse de ello. Personas que intentan imponer a la fuerza a los demás esa insensibilidad soltando, una tras otra, palabras huecas.”

Kafka en la orilla, Haruki Murakami

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Solamente hazlo

Levántate y no lo pienses más,

si crees en ti, lo conseguirás.

Solamente hazlo.

No tienes ni que pensarlo,

no lo dejes pasar de largo.

Primera norma: si lo ves pasar agarrarlo.

¡Todos nacimos creando!

Si puedes imaginarlo, puedes hacerlo.

Si me caigo, me levanto y de nuevo vuelvo al intento.

Y en la segunda, antes de acabar en la tumba,

procura que el tiempo te rinda, no abandones nunca a tu musa.

Que no te importe nada de lo que te digan.

Solo levántate y hazlo.

Sabes muy bien lo que hablo.

No pierdes nada por intentarlo,

no tengas miedo al fracaso.

Cuánto tiempo necesitarás, para actuar.

Deja ya de pensar, déjalo que salga con naturalidad.

Cuánto más estarás, esperando, mientas el tiempo va pasando.

Somos lo que somos, somos lo que hacemos, somos lo que estamos creando.

No existe el dolor eterno que no vaya curándose con el tiempo,

No le des la espalda al amor por miedo o temor a que te hagan daño.

No existe otra forma de hacerlo, sólo confía en tu talento,

y espera el momento, estate atento,

recuerda mantenerte siempre en movimiento.

Si no es el primero, tranquilo, entonces será al segundo intento.

No dejes pasar la oportunidad, mucho menos dejes pasar el tiempo.

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Rubén David Morodo Ruiz

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