El nacionalista es, por definición, un ignorante. El nacionalismo es la vía de menor resistencia, el camino fácil.
El nacionalista no tiene problemas. Sabe, o cree saber, cuáles son sus valores, es decir, los valores nacionales, es decir, los valores de la nación a la que pertenece, éticos y políticos. No está interesado en los demás, los demás no son de su incumbencia. Diablos, es otra gente (otras naciones, otras tribus). Ni siquiera hay que aprender nada acerca de ellos.
El nacionalista ve a los demás a su imagen y semejanza: como nacionalistas. Un punto de vista cómodo, como hemos señalado. Miedo y envidia. Un compromiso y una implicación que no requieren esfuerzo. No sólo el infierno son los demás, en clave nacional, por supuesto, sino también: todo lo que no es mío (serbio, croata, francés…) me resulta ajeno.
El nacionalismo es una ideología de la banalidad. Como tal, el nacionalismo es una ideología totalitaria.
Con todo, el hecho de que Letonia se presente o se considere una especie de virgen democrática (y, por tanto, rusófoba) no deja de ser desconcertante. Es cierto que un nacionalismo intrínseco permitió a las repúblicas bálticas librarse de la dominación rusa tras la Primera Guerra Mundial. Pero Estonia y Letonia (esta última se correspondía aproximadamente, en la época zarista, con Livonia, que también incluía una parte de la actual Estonia) destacaron por su apoyo al bolchevismo, muy superior a la media rusa. En las elecciones a la Asamblea Constituyente de 1917, la media de los bolcheviques en el conjunto del antiguo Imperio zarista fue del 24% de los votos[1]. ¡En Estonia, obtuvieron el 40% y en Livonia, el 72%! También debemos recordar a la Guardia letona, mimada por Lenin y que desempeñó un papel tan importante durante la Revolución rusa como fuerza encargada de mantener el orden. Una encuesta realizada en 1918 entre los primeros miembros de la Cheka, la policía política bolchevique, precursora del KGB, luego FSB, revela la afinidad de los letones con el comunismo. De una muestra de 894 individuos (los escalafones superiores de la jerarquía), sólo 361 eran rusos y 124 letones, 18 lituanos, 12 estonios, 21 ucranianos, 102 polacos y 116 judíos[2]. La sobrerrepresentación de minorías en una institución revolucionaria es de por sí normal, pero ese 13,8% de letones, que no representaban más del 2% de la población en el Imperio ruso, no está nada mal. Desde un punto de vista antropológico, no hay sorpresas: la estructura familiar tradicional de los Estados bálticos, en particular Estonia y Letonia, era comunitaria de tipo ruso, productora espontánea de autoritarismo e igualitarismo, así pues, de comunismo. Este fondo antropológico báltico se integró en la OTAN y en la Unión Europea en 2004.
Volvamos a las antiguas democracias populares, Hungría al margen. Hay un contraste sorprendente entre, por un lado, su resentimiento hacia Rusia y, por otro, la forma en que perdonaron a Alemania, a pesar de que había arrasado la región durante la Segunda Guerra Mundial y de que la Wehrmacht tuvo un comportamiento más despiadado que el Ejército Rojo. El entusiasmo con que los checos vendieron Skoda a Volkswagen en lugar de a Renault fue asombroso. Dada la importancia de la industria automovilística, se eligió entrar en la misma esfera germánica de la que tanto le había costado salir a Bohemia. De hecho, que países que a menudo fueron mártires del nazismo tomaran decisiones de este tipo plantea un verdadero interrogante al historiador. En momentos de abatimiento y mal humor, a veces me pregunto si, en ciertas naciones de Europa del Este, no hay un reconocimiento más o menos consciente hacia Alemania por haberlos librado de su «problema judío».
La derrota de Occidente. Emmanuel Todd.
La soledad es un concepto anglosajón. En Ciudad de México, si eres el único pasajero en un autobús y alguien sube, no solo se sentará a tu lado sino que se recostará en ti.
Manual para mujeres de la limpieza. Lucía Berlín
Miré el valle a mis pies. Sobre los ríos que lo atraviesan se levantaba una espesa niebla, que serpenteaba en espesas columnas alrededor de las montañas de la vertiente opuesta, cuyas cimas se escondían entre las nubes. Los negros nubarrones dejaban caer una lluvia torrencial que contribuía a la impresión de tristeza que desprendía todo lo que me rodeaba. ¿Por qué presume el hombre de una sensibilidad mayor a la de las bestias cuando esto sólo consigue convertirlos en seres más necesitados? Si nuestros instintos se limitaran al hambre, la sed y el deseo, seríamos casi libres. Pero nos conmueve cada viento que sopla, cada palabra al azar, cada imagen que esa misma palabra nos evoca.
Descansamos; una pesadilla puede envenenar nuestro sueño.
Despertamos; un pensamiento errante nos empaña el día.
Sentimos, concebimos o razonamos, reímos o lloramos.
Abrazamos una tristeza querida o desechamos nuestra pena;
Todo es igual; pues ya sea alegría o dolor,
El sendero por el que se alejará está abierto.
El ayer del hombre no será jamás igual a su mañana.
¡Nada es duradero salvo la mutabilidad!
Mary W. Shelley, "Frankenstein o el moderno Prometeo."
29/08/91------------------------22,55h.
"Un día lento hoy en el hipódromo, mi maldita vida colgada de un gancho. Voy todos los días. No veo a nadie por allí que vaya todos los días excepto los empleados. Problablemente tenga alguna enfermedad. Saroyan perdió el culo en el hipódromo, Fante con el póquer, Dostoievski con la ruleta. Y realmente no es cuestión de dinero, a menos que se te acabe. Yo tenía un amigo jugador que me dijo una vez:"No me importa ganar o perder, lo único que quiero es jugar." Yo le tengo más respeto al dinero. He tenido muy poco la mayor parte de mi vida. Sé lo que es el banco de un parque, y los golpes del casero en la puerta. Con el dinero sólo hay dos problemas: tener demasiado o tener demasiado poco.
Supongo que siempre hay algo ahí fuera con lo que queremos torturarnos. Y en el hipódromo sientes a los demás, esa desesperada oscuridad, y la facilidad con que tiran la toalla y se rinden. La gente que va a las carreras es el mundo en pequeño, la vida rozándose con la muerte y perdiendo. Nadie gana finalmente; no hacemos más que buscar un aplazamiento, guarecernos un momento del resplandor.[-]
Ahora me siento mejor, aquí arriba, en el primer piso, con mi Macintosh. Mi compañero.
Y Malher suena en la radio, se desliza con tanta fluidez, corriendo grandes riesgos; a uno le hace falta eso, a veces. Luego te mete esas largas subidas de potencia. Gracias, Malhler, tomo prestado de ti pero nunca te lo puedo devolver.
Fumo demasiado, bebo demasiado, pero no puedo escribir demasiado, no hace más que seguir fluyendo, y yo pido más, y viene más y se mezcla con Mahler. A veces me obligo a pararme. Me digo, espera un momento, échate a dormir o quédate mirando tus 9 gatos o siéntate con tu mujer en el sofá. Siempre estás en el hipódromo o delante del Macintosh. Y entonces me paro, echo los frenos y paro la maldita máquina. Hay gente que me ha escrito para decirme que mi escritura les ha ayudado a seguir adelante. A mí también me ha ayudado. La escritura, los caballos, los 9 gatos.
Hay un pequeño balcón ahí fuera, la puerta está abierta y veo las luces de los coches en la Harbor Freeway, hacia el sur, nunca se detienen, ese flujo de luces sin principio ni fin. Toda esa gente. ¿Qué hace? ¿Qué piensa? Todos vamos a morir, todos nosotros, ¡menudo circo! Debería bastar con eso para que nos amáramos unos a otros, pero no es así. Nos aterrorizan y aplastan las trivialidades, nos devora la nada.
¡Sigue dándole Mahler! Tú has hecho que esta noche sea maravillosa. ¡No pares , hijo de puta! ¡No pares!"
-- Charles Bukowski, El Capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco --
I
Vayan o no incluidas en el sueldo, las llamadas a las seis de la mañana no son bien recibidas en ninguna parte. A las seis y veinte tampoco.
Precisamente a tan mal afinada hora sonó el teléfono del comisario García, y el sobresalto despegó unos milímetros más el papel pintado de la pared. El funcionario, que había colocado un teléfono en la mesilla de noche, y no precisamente por lo extraordinario de aquella clase de llamadas, cogió el auricular con un gesto automático mientras su mujer, víctima también de tales sobresaltos sin que se tomaran en consideración en su paga de maestra, daba media vuelta en la cama absolutamente decidida a no enterarse de qué nueva calamidad reclamaba la urgente presencia del comisario.
—García. Dígame.
—Un muerto— empezó el agente al otro lado de la línea, tratando de ése modo de justificar, antes que nada, la urgencia de la llamada.
—¿Dónde?
—En el depósito de cadáveres.
—Mire Gómez, no son horas de tocar....
—El forense, para ser más exactos. En un charco de sangre— se apresuró a explicar el tal Gómez —. Lo ha encontrado la mujer de la limpieza hace cosa de un cuarto de hora.
—Voy ahora mismo. Retengan a la limpiadora hasta que yo llegue.
—No hará falta. Nada más vernos se desmayó y aún no ha vuelto en sí.
Tal y como manda la norma no escrita del Cuerpo, el comisario se vistió sin encender la luz, salió sin hacer ruido y llamó al sargento Saelices desde el teléfono de la salita.
—Tenemos al forense muerto en el depósito de cadáveres —le dijo escuetamente.
—¡Jo-der!
También a escueto hay quien gane.
—Te paso a buscar en diez minutos y vamos para allá.
El comisario había dejado el coche tres calles más allá, y el frío de diciembre tuvo tiempo de acabar de despertarlo mientras llegaba. Como no podía ser de otro modo, se había cruzado bastantes veces con el forense en los últimos años y recordaba perfectamente a aquel hombre pulcro y educado, con sus peculiares gafas redondas de montura de oro, su mirada huidiza y su perenne nerviosismo. No podía decir que le fuera simpático, ni siquiera que se alegrara de verlo cuando se presentaba en comisaría, pero reconocía su eficiencia en el trabajo. Blas Campano se llamaba, recordó al fin, pero tampoco el nombre sirvió para aclarar el difuso recuerdo de los rasgos que guardaba en la memoria.
Saelices tenía todavía peor opinión del difunto, y hasta confesaba que era hombre que siempre le había producido cierta desazón, pero ni él ni el comisario tenían la más remota idea de las causas que podían haber llevado al asesino a acabar con la vida de aquel individuo gris, sin vicios conocidos. Cualquiera que lo hubiese matado tenía que estar loco o necesitar que desapareciese alguna prueba.
El comisario y el sargento repasaron de memoria el par de casos pendientes y concluyeron que la última posibilidad no podía ser la buena. En aquella ciudad, gracias a Dios, sólo habían tenido cuatro casos de muertes violentas en diez años y ninguno lo bastante reciente como para que el culpable quisiera quitarse de en medio al forense.
—También puede ser un suicidio —sugirió el sargento.
García frunció el ceño.
—Pues sí que era pulcro el individuo si ha ido a suicidarse al depósito de cadáveres... —ironizó con la peor intención.
—Ya sabe: siempre hay gente que prefiere no causar molestias en ninguna circunstancia.
El comisario echó mano al bolsillo para buscar el paquete de tabaco pero recordó que estaba dejando de fumar.
—¿Y qué podía estar haciendo el forense a estas horas en el depósito de cadáveres?
—Todavía no sabemos a qué hora ha sucedido —repuso el sargento.
—Ya, pero de todos modos, murió después de la hora de cerrar, porque si no, lo hubiera visto el vigilante. Si lo ha encontrado la mujer de la limpieza, como me dijo Gómez por teléfono, es que entró después del cambio de turno. ¿A qué carajo se puede ir al depósito de cadáveres después de las diez de la noche?
—Otro cualquiera, a nada, pero el forense se pudo dejar alguna cosa olvidada.
El comisario asintió, reconociendo el punto de vista de su compañero.
—En cuanto estemos allí nos enteramos —sentenció.
Diez minutos escasos después estaban ya en el depósito de cadáveres, y tras saludar brevemente a los agentes que los esperaban se encaminaron a la para ellos conocida sala donde se guardaban los restos de los últimos fallecidos. Era una pieza vacía, cubierta hasta media altura de azulejos blancos, demasiado limpios, demasiado tersos, sin más luz que un ventanuco raras veces auxiliado por la lámpara oxidada que colgaba aún del techo. Sobre una mesa, obscenamente desnuda, se hallaba una mujer joven, treinta y pocos años a lo sumo, sin señales evidentes que delataran la causa de su muerte, y en el suelo, rodeado por un grueso charco de sangre, el médico forense, con las ropas desgarradas y el cuerpo encogido en un gesto de agonía crispada. Tenía una gran herida en el cuello que dejaba ver la blanca urdimbre de la tráquea y había quedado con los ojos abiertos, desmesuradamente abiertos, dispuestos a llevar su sorpresa al camposanto.
—Llamad al juez— ordenó el comisario —. Y que venga la mujer de la limpieza si está en condiciones.
—¿No sería mejor que fuéramos nosotros a verla? —sugirió Saelices, que no quería asistir a otro desmayo.
García asintió con un gesto y se encaminaba hacia el pasillo cuando algo le llamó la atención. Aunque los hombres de la brigada científica no se alegrarían de encontrar huellas de sus pisadas en el lugar del crimen, atravesó la estancia hasta la mesa donde reposaba la mujer y confirmó su impresión: allí estaban, perfectamente plegadas, las gafas del forense. Limpias, pulidas, casi expectantes; allí estaban, como si esperaran a que alguien les tomara declaración: ellas, sin duda, lo habían visto todo.
—¿Y a esta qué le habrá pasado? —preguntó el sargento señalando a la muchacha muerta con un gesto de barbilla.
—Esa no es asunto nuestro— atajó el comisario volviendo la vista a la repulsiva semidesnudez del forense. Mirar el cadáver de una vieja no le producía ninguna impresión, pero mirar el cadáver desnudo de aquella muchacha le suscitaba sensaciones y pensamientos demasiado complejos, más ambiguos de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Todo muy raro, ¿verdad?— comentó Saelices, cambiando de tema.
—Mucho. Vamos a ver que nos cuenta la limpiadora.
Y a pesar de sus largos años de servicio, cuando apagó la luz, el comisario no pudo evitar echar la vista atrás con cierto atávico recelo.
La mujer de la limpieza se encontraba ya bastante recuperada pero no les contó gran cosa. Fue a trabajar a las seis porque su marido estaba enfermo y quería terminar a tiempo para llevar a los niños al colegio. Entró en el edificio, saludó al vigilante nocturno, cogió escoba, caldero y fregona en el cuarto de siempre; cuando entró en la sala de autopsias se encontró al forense en el suelo tal y como ellos lo habían visto. Acto seguido corrió a dar aviso para que el vigilante llamase a la policía y se quedó en la calle esperando al coche patrulla. No recordaba nada más.
El vigilante, como era de prever, dijo que había comenzado su turno a las diez y cuarto, porque se había retrasado un poco. Su compañero se fue a toda prisa y le dijo que estaba por ahí el forense, trabajando con la ahogada. No se había movido en toda la noche de su cuartito, junto a la puerta de entrada y no había oído nada sospechoso, aunque el oído, lo reconocía abiertamente, no era el mejor de sus sentidos, y menos estando acatarrado como estaba. No le había extrañado que el forense no hubiese salido por la puerta principal porque tenía llave de la puerta trasera y solía dejar su coche aparcado por aquel lado. Para él, había sido una noche de vigilancia normal, de lo más tranquilo, hasta que apareció la mujer de la limpieza dando voces, diciendo que había un hombre muerto en el suelo, con mucha sangre.
El juez llegó un par de horas más tarde; se limitó a ordenar el levantamiento del cadáver y a llamar a un colega del finado para que hiciera la autopsia. Los resultados estarían listos aquella misma tarde.
El sargento y el comisario llamaron al guardia del primer turno y al marido de la mujer de la limpieza, y ambos corroboraron lo ya sabido. Luego, tras comprobar que poco más podrían ventilar ya en el depósito de cadáveres, se fueron a desayunar a una cafetería, forzándose a tomar un bollo y un café que aún les supieron a formol y desinfectante.
—¿Cómo lo ves?— preguntó García, tratando de abordar el tema de manera más o menos directa.
—Muy extraño. Esa herida no era ni de fuego, ni de arma blanca.
El comisario asintió,
—Parecía una mordedura.
—Sí, o algo por el estilo. Puede ser que algún perro vagabundo, atraído por el olor del cadáver entrara de alguna manera en el depósito y se lanzara sobre el forense al verse acosado —propuso Saelices.
—Pero aún falta por saber a qué hora tuvieron lugar los hechos. No me acabo de explicar qué hacía Campano en el depósito a las tantas de la noche.
—No tuvo por que ser a las tantas....
—No, pero el primer vigilante no se fue hasta las diez y ya oíste lo que dijo el segundo: que el difunto forense tenía llave y a veces salía por la puerta trasera sin despedirse.
—Seguramente para no molestar —propuso el sargento.
—O sea que piensas, como yo, que el vigilante del turno de noche duerme como una piedra en su puesto.
—Por supuesto. ¿Qué haríamos cualquiera si trabajásemos en un sitio como el depósito de cadáveres? Dormir a pierna suelta cuando nos tocara noche.
El comisario asintió con la cabeza, pero sus pensamientos habían cambiado ya de punto de objetivo.
—Pudo salir por la puerta de atrás y volver a entrar por esa misma puerta. Hasta que no tengamos los resultados de la autopsia no podemos saber la hora en que murió: sabemos que entró a las nueve y media o diez menos cuarto, pero si tenía llave, eso no nos sirve de nada.
—¿Y si entró de nuevo, a qué entro?, ¿a buscar algo? —preguntó el sargento.
El comisario chasqueó la lengua, preocupado. Algo no le encajaba.
—No lo sé. No hemos visto instrumentos quirúrgicos por ninguna parte...
—Ya. Es verdad. Entonces, no sé...
García recapacitó unos instantes, se frotó lo ojos tratando de alejar otros pensamientos y regresó a la primera teoría en un desesperanzado intento de salvar su último gramo de cordura.
—Será mejor seguir la línea del perro —acotó con un suspiro.
—Sin embargo, la mujer dijo que abrió la puerta de la calle. ¿Por dónde entró entonces el animal?
—Esperamos el resultado de la autopsia y vamos a echar un vistazo.
II
Y así lo hicieron.
A primera hora de la tarde, el forense tenía ya concluido su informe. La herida era efectivamente un mordisco, pero podía descartarse con casi total seguridad que se tratara de un perro o cualquier otro animal carnívoro: ni había señales de colmillos prominentes ni la forma de la herida se correspondía con la de una boca de perro. Por escalofriante que pudiera resultar, lo más probable era que aquella barbaridad hubiera sido obra de un ser humano.
No obstante y para asegurarse, el sargento y el comisario se pasearon por el deposito en busca de un lugar por el que hubiera podido entrar un perro o cualquier otro animal por el estilo. Estaba a punto de encenderse el alumbrado público cuando encontraron, en la parte de atrás, una ventana a la que le faltaba un cristal. Dijera lo que dijese el informe del forense, existía una posibilidad de que un perro vagabundo hubiera penetrado en el edificio y hubiese vuelto a salir luego por el mismo sitio. En pocas horas podrían saber si los de la brigada científica habían encontrado pisadas de perro en la sala de autopsias y el caso estaría cerrado. Los dos estaban seguros de que aparecerían esas pisadas.
Confiados en que su tesis se verificase, los dos policías regresaron a sus casas, felicitándose de antemano de haber mantenido el caso dentro de los cauces rutinarios. Pero nada más abrir la puerta de su casa, el comisario se encontró con que acababa de llamar el vigilante del depósito para pedirle que acudiera enseguida. Había cogido un intruso y lo tenía retenido.
Sin molestarse siquiera en llamar por teléfono, García pasó por casa del sargento y ambos se dirigieron, por tercera vez en aquella larga jornada, al depósito de cadáveres.
Allí, con una venda en la mano, los esperaba el vigilante. Había visto algo moviéndose en el suelo y al incorporarse de su silla sorprendió a un hombre cubierto de harapos arrastrándose por el piso hacia el interior del edificio. El vigilante no tenía ni idea de cómo había entrado aquel hombre, pero suponía que había aprovechado el cambio de turno, porque en esos momentos la puerta quedaba abierta unos minutos. Debió de aprovechar algún descuido mientras se marchaba el del turno de tarde y el vigilante de noche dejaba la fiambrera con la cena sobre su mesa y cubría las hojas de servicio preceptivas. Eso era lo único que se le ocurría. El caso es que intentó detenerlo pero el vagabundo se revolvió con un mordisco y el vigilante no tuvo más remedio que reducirlo a palos y encerrarlo en la sala de las autopsias.
Cuando fueron a por él vieron que se trataba de un hombre de mediana edad, greñudo y sin afeitar, con los ojos entreverados de sangre y cubierto por algo que debió de ser un abrigo alguna vez. A todo lo que le preguntaron respondió únicamente con gruñidos y no llevaba encima documentación alguna.
Saelices sacó las esposas del bolsillo del abrigo y sólo con la ayuda de los otros dos hombres consiguió colocárselas al demente.
—Ya tenemos a nuestro hombre— anunció el sargento con satisfacción. —Se coló en el cambio de turno y escapó luego por el ventanuco roto.
El comisario, que empezaba dos días después sus vacaciones, estaba aún más ansioso que el sargento por acabar aquello cuanto antes, así que pensó dar un empujoncito al asunto.
—¿Hay por aquí yeso, plastilina o lo que sea? Quiero tomarle un molde de los dientes.
—Masilla para los cristales— dijo el vigilante.
—Valdrá.
Entre el comisario y el vigilante lograron a duras penas que el loco mantuviera la boca abierta unos instantes, mostrándoles unos dientes escasos y ralos, pero suficientes para infligir otro mordisco al guarda, que respondió a golpes antes de ir en busca de otra venda.
El sargento volvió para ayudar a su jefe pero ya no era necesario.
—Déjame a solas con éste a ver si se calma y puedo sacarle algo.
Saelices no podía creer que nadie quisiera quedarse solo en aquel sitio, con la sangre del forense aún pegada a las baldosas y un cadáver hinchado que por falta de atenciones empezaba a deshacerse en fétidas viscosidades.
—¿No sería mejor llevarlo a comisaría?
—¡Que te largues, coño!
El sargento cerró la puerta tras de sí con un encogimiento de hombros, dejando a García con la vista clavada donde por la mañana habían estado las gafas del forense. A esas horas reposarían sin duda en una bolsa, esperando a quien supiera interpretarlas. El loco rezongaba en un rincón una incomprensible letanía y el comisario ni siquiera hizo ademán de dirigirse a él. En vez de eso manipuló unos instantes el cadáver de la mujer. Encontró lo que buscaba en sus uñas y en su pelvis, pero ni siquiera se molestó en guardarlo en una bolsa. Luego levantó al loco por el pelo y lo llevó al despacho, donde aguardaban el sargento y el vigilante. Esta vez ni siquiera apagó la luz.
Y así acabó todo, al menos hasta que tuviera lugar el juicio. Al día siguiente el forense confirmó que la dentadura de la masilla tenía grandes, muy grandes posibilidades de ser la misma que desgarró el cuello de su difunto colega. Los principales puntos característicos coincidían a la perfección. El indigente, un pobre loco, no era imputable por la muerte del forense y sería internado en un centro asistencial.
Todo fue como la seda.
Sólo el comisario supo que no había entregado el molde de los dientes del pobre vagabundo, sino el que había sacado de la dentadura de la otra hermosa y fría ocupante de la sala de autopsias: la muchacha ahogada.
Y no durmió en quince días.
Hombres, cadáveres y Fantasmas. Feindesland. 2005
El hombre más fácil de asustar es, ciertamente, quien cree que todo ha acabado cuando se ha extinguido su fugaz apariencia. El que piensa que no hay mundo tras él: el hombre sin futuro, ni proyecto, ni hijos, que se considera nudo final de su hilo. Ese es el hombe terminal. El vanidoso supremo, que no considera que nada importante pueda hacerse tras su paso.
Los nuevos mercaderes de esclavos saben eso y en ello es en lo que se funda la importancia que para esa gente tienen las doctrinas materialistas.
Ernst Jünger. La Emboscadura

A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer.
Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí sólo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo.
Imagínate una tormenta como esta. "
Haruki Murakami
—Quiero decir que la vieja sociedad fue veraz y sincera, y quiero decir también que usted anda enredado en una maraña de mentiras, o por lo menos de falsedades —respondió Herne—. Eso no supone que la vieja sociedad llamara siempre a las cosas por su nombre real, entendámonos... Aunque entonces se hablaba al menos de déspotas y vasallos, como ahora se habla de coerciones y desigualdad. Vea usted que, así y todo, se falsea ahora más que entonces el nombre cristiano de las cosas. Todo lo defienden aludiendo a los nuevos tiempos, a las cosas diferentes. Tienen un rey, pero dicen que ese rey no puede serlo como es debido. Tienen una Cámara de los Lores y dicen que viene a ser lo mismo que la Cámara de los Comunes. Cuando quieren adular a un obrero o a un campesino lo llaman caballero, que es como tratarlo de vizconde. Y cuando quieren adular a un caballero dicen que no hace uso de su título nobiliario. Dejan a un millonario sus millones y luego lo ensalzan diciendo que es un hombre la mar de sencillo... Creen, en fin, que hay algo bueno en el oro, y no es precisamente su brillo. Excusan a los clérigos diciendo que ya no existe la clerecía, y nos aseguran enfáticamente que está bien que los clérigos jueguen al cricket como cualquiera... Tienen maestros que desprecian la doctrina de enseñar, y doctores de las cosas divinas que en realidad se mofan de todo lo divino... Todo es falso, cobarde, vergonzoso... En este tiempo cada cosa prolonga su existencia mediante la negación de que existe.
El Regreso de Don Quijote Gilbert Keith Chesterton
La fuerza de un país o de una cultura no reposa sobre su tecnología y sus inventos, sino sobre su voluntad de conocer e inventar.
Ciudadela. Antoine de Saint Exupery.
¿Crees que un Gobierno cualquiera se alegrará de que los ciudadanos organicen manifestaciones de apoyo? Pues te equivocas. Los Gobiernos detestan las manifestaciones, incluidas las de apoyo, incluidas las que se muestran a favor de sus medidas.
Lo que de veras desean los gobernantes y su Propaganda es la pasividad de la población. Incluso si la gente se organiza en favor del régimen, esto causa preocupación. De lo que se trata es de que no se organicen para nada. Lo ideal es la pasividad.
La borrachera democrática. Alain Minc.
Levántate y no lo pienses más,
si crees en ti, lo conseguirás.
Solamente hazlo.
No tienes ni que pensarlo,
no lo dejes pasar de largo.
Primera norma: si lo ves pasar agarrarlo.
¡Todos nacimos creando!
Si puedes imaginarlo, puedes hacerlo.
Si me caigo, me levanto y de nuevo vuelvo al intento.
Y en la segunda, antes de acabar en la tumba,
procura que el tiempo te rinda, no abandones nunca a tu musa.
Que no te importe nada de lo que te digan.
Solo levántate y hazlo.
Sabes muy bien lo que hablo.
No pierdes nada por intentarlo,
no tengas miedo al fracaso.
Cuánto tiempo necesitarás, para actuar.
Deja ya de pensar, déjalo que salga con naturalidad.
Cuánto más estarás, esperando, mientas el tiempo va pasando.
Somos lo que somos, somos lo que hacemos, somos lo que estamos creando.
No existe el dolor eterno que no vaya curándose con el tiempo,
No le des la espalda al amor por miedo o temor a que te hagan daño.
No existe otra forma de hacerlo, sólo confía en tu talento,
y espera el momento, estate atento,
recuerda mantenerte siempre en movimiento.
Si no es el primero, tranquilo, entonces será al segundo intento.
No dejes pasar la oportunidad, mucho menos dejes pasar el tiempo.
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"No me cansaba de mirar a Denna. Estaba sentada a mi lado, abrazándose las rodillas. Su piel era más luminosa que la luna, y sus ojos más enormes que el cielo, más profundos que el agua, más oscuros que la noche.
Poco a poco reparé en que llevaba largo rato mirándola fijamente sin hablar. Absorto en mis pensamientos perdido en su contemplación. Pero Denna no parecía ofendida, ni extrañada. Era como si estudiara las líneas de mi cara, casi como si esperase algo.
Quería cogerle una mano. Quería acariciarle la mejilla con las yemas de los dedos. Quería decirle que era la primera mujer hermosa que veía desde hacía años. Que verla bostezar tapándose la boca con el dorso de la mano bastaba para que se me cortara la respiración. Que a veces no captaba el sentido de sus palabras porque me perdía en las ondulaciones de su voz. Quería decirle que si estuviera conmigo, nunca volvería a pasarme nada malo.
Estuve a punto de pedírselo. Notaba la pregunta burbujeando en mi pecho. Recuerdo que tomé aliento y que, en el último momento, vacilé. ¿Qué podía decir?¿Ven conmigo? ¿Quédate conmigo? No. Una repentina certeza se tensó en mi pecho como un frío puño. ¿Qué podía ofrecerle? Nada. Cualquier cosa que dijera parecería estúpida, una fantasía infantil.
Cerré la boca y miré más allá del agua. Denna, a solo unos centímetros de mí, hizo lo mismo. Notaba su calor. Olía a polvo del camino, a miel, y a ese olor que hay en la atmósfera segundos antes de un aguacero de verano.
No dijimos nada. Cerré los ojos. Su proximidad era lo más dulce y lo más intenso que yo había sentido jamás."
Capítulo 33 - "Un mar de estrellas"

El misterio del destino de la leche se aclaró pronto. Se mezclaba todos los días en la comida de los cerdos. Las primeras manzanas ya estaban madurando, y el pasto de la huerta estaba cubierto de la fruta caída de los árboles. Los animales creyeron, como cosa natural, que éstas serían repartidas equitativamente; un día, sin embargo, apareció la orden de que todas las manzanas caídas de los árboles debían ser recolectadas y llevadas al granero para consumo de los cerdos. A raíz de eso, algunos de los otros animales comenzaron a murmurar, pero en vano. Squealer fue enviado para dar las explicaciones necesarias.
- Camaradas, gritó, vosotros no supondréis, me imagino, que nosotros los cerdos estamos haciendo esto con un espíritu de egoísmo y de privilegio. Muchos de nosotros, en realidad, tenemos aversión a la leche y las manzanas. A mí personalmente no me agradan. Nuestro único objeto al tomar estas cosas es preservar nuestra salud. La leche y las manzanas (esto ha sido demostrado por la ciencia, camaradas) contienen sustancias absolutamente necesarias para el bienestar del cerdo. Nosotros, los cerdos, somos trabajadores del cerebro. Toda la administración y organización de esta granja depende de nosotros. Día y noche estamos velando por vuestra felicidad. Por vuestro bien tomamos esa leche y comemos esas manzanas. ¿Sabéis lo que ocurriría si los cerdos fracasáramos en nuestro deber?
Mira nena, aquí hay una cuestión: el concepto es el concepto. Ésa es la cuestión. Por ejemplo, tú eres una mujer con estudios, y yo no objeto nada al respective porque soy liberal, y no soy de ésos que andan diciendo que sois todas más putas que las gallinas, aunque lo piense. Pero... y el concepto? eh?... eh? Aaah... Amiga! A los hechos me repito!
Pazos
¿Que qué quiero decir?
Estaba haciendo ovillos con torpes recuerdos del lugar donde nací.
Aunque ya no me siento de allí, tampoco de aquí,
tristeza feliz la de aquel que no tiene un país.
Y digo triste y feliz pues cuando tienes que expatriarte
dejas de ser de un sitio para ser de todas partes.
Volví años más tarde
y todo estaba donde lo dejé,
aunque de pequeño parecía más grande.
Rafael Lechowsky, De paso por lo eterno (canción del extranjero)
La fuerza juega un papel mucho mayor en el gobierno del mundo que antes de 1914 y, lo que es especialmente alarmante, la fuerza tiende cada vez más a caer en manos de aquellos que son enemigos de la civilización. El peligro es profundo y terrible; no puede dejarse a un lado con simple optimismo. La causa fundamental del problema es que en el mundo moderno los estúpidos están seguros de sí mismos mientras que las personas inteligentes se encuentran llenas de dudas. Incluso aquellos de los inteligentes que creen tener un remedio son demasiado individualistas como para unirse a otros hombres inteligentes de los que difieren en puntos de menor importancia. Esto no fue siempre así.
"Soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una palabra de lo que digo."
Oscar Wilde, "El príncipe feliz y otros cuentos"
Si por la mañana sabes con cierta precisión cómo será tu día, es que estás un poco muerto: cuanta más precisión, más muerto estás.
El lecho de Procusto. Nassim Taleb
En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada.
Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.
Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.
La oveja negra. Augusto Monterroso
(...) Oía el corazón. No podía imaginar que aquel leve ruido que me acompañaba desde hacía tanto tiempo pudiese cesar nunca. Nunca he tenido verdadera imaginación. Sin embargo, trataba de construir el segundo determinado en que el latir del corazón no se prolongaría más en mi cabeza. Pero en vano. (...)
El Extranjero - Albert Camus
Como en todo proyecto colonial, los colonos israelíes hubieron de cerrar deliberadamente los ojos a realidades de varios tipos. El legendario periodista de investigación estadounidense I. F. Stone apoyó la creación de una patria judía en Palestina, y hasta llegó a embarcarse en una de las naves clandestinas, llenas de supervivientes del Holocausto, que en 1946 llegaron por fin a un puerto seguro en «una Haifa de color de estuco».[29] Pero, tras la guerra de 1967, admitió: «Para los sionistas, el árabe era el hombre invisible. Desde el punto de vista psicológico, no estaban allí».[30] Lo dijo aún más claro la primera ministra Golda Meir: «Los palestinos eran una ficción […]. No existían».[31] El gran poeta palestino Mahmoud Darwish trazó el mapa de ese estatus espectral —el de ser un «presente ausente»— en su libro En presencia de la ausencia.[32] Sostener la mentira de la ausencia de población autóctona, bien conocida por todos los proyectos de asentamiento colonial, requería no poco esfuerzo. La Fundación Nacional Judía plantó pinos encima de aldeas palestinas y de sistemas de terrazas agrícolas con siglos de antigüedad. Los topónimos hebreos reemplazaron a los árabes. Se arrancaron, y se siguen arrancando, olivos, algunos de ellos milenarios. Como explica el periodista Yousef Al Jamal, «los colonos israelíes siguen adelante con su incansable campaña de arranque de olivos porque ese árbol les recuerda la existencia de los palestinos».[33]
Se daban, no obstante, diferencias esenciales en esta versión doppelganger del asentamiento colonial. Una era el momento. Tras la Segunda Guerra Mundial, cobraron fuerza por todo el sur mundial movimientos anticolonialistas, con una ola tras otra de fuerzas nacionalistas que alzaban la voz para rechazar los mandatos coloniales y reclamar el derecho de autodeterminación. En los primeros años de la posguerra, en torno a lo que más tarde sería el Estado de Israel, las antiguas colonias proclamaban su independencia: los franceses se vieron obligados a renunciar definitivamente a la administración de Siria y el Líbano y a retirar sus tropas en 1946; ese mismo año, Jordania conquistó su independencia de Gran Bretaña; los egipcios se rebelaban abiertamente contra la presencia permanente de los británicos. Israel, que se convirtió en Estado en 1948, fue a la vez fruto y llamativa excepción entre aquellas fuerzas. El Gobierno de Londres revocó su mandato colonial en el contexto, más amplio, de la reducción de un Imperio que en su cénit se había extendido por todo el planeta. Aprovechando que una discreta población de judíos había vivido en Palestina de manera continuada, los sionistas catalogaron su lucha como de liberación nacional: al igual que otros pueblos oprimidos, aspiraban a un Estado propio. Claro que, desde el punto de vista de la población palestina, mucho más numerosa, y que estaba siendo expulsada de sus hogares, de sus tierras y de sus comunidades para hacer sitio a un país de nuevo cuño, Israel era lo menos parecido a un proyecto anticolonialista. Era, de hecho, lo contrario: un asentamiento de colonos en un momento en que el resto del mundo caminaba en la dirección opuesta. Y eso solo podía tener efectos incendiarios.
El asentamiento colonial de Israel se distinguía de sus predecesores en otro aspecto. Si las potencias europeas habían colonizado desde una posición de fuerza y con la justificación de una superioridad conferida por Dios, la reivindicación sionista de Palestina tras el Holocausto se basaba en lo contrario: en la victimización y la vulnerabilidad de los judíos. El argumento tácito que muchos proponían en aquella época era que los judíos se habían ganado el derecho a que se hiciera con ellos una excepción al consenso colonial: una excepción que derivaba de haber estado muy recientemente al borde de la extinción. La versión sionista de la justicia estaba diciendo a las potencias coloniales: si vosotros pudisteis establecer vuestros imperios y vuestras naciones coloniales mediante la limpieza étnica, las matanzas y el robo de tierras, decir que nosotros no podemos es discriminación. Si vosotros barristeis de vuestras tierras a sus habitantes originarios, o hicisteis eso mismo en vuestras colonias, decir que nosotros no podemos es antisemitismo.
Doppleganger. Naomi Klein.
No, yo no creo que sea racista para nada: me gusta ver series de negros como The Wire, Bill Cosby o el Planeta de los Simios...
Barcelona. En un bar cerca de la Sagrada Familia. 2017.
El sistema neoliberal no convierte al explotado en revolucionario, sino en depresivo.
Psicopolítica. Byung Chul Han
menéame