LITERATOS. Compartimos fragmentos.
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La estupidización de EE.UU, por Carl Sagan

Pero hay otra razón: la ciencia es más que un conjunto de conocimientos; es una forma de pensar. Tengo el presentimiento de una América en tiempos de mis hijos o nietos -cuando EE.UU sea una economía de servicios e información, cuando casi todas las industrias manufactureras importantes se hayan desplazado a otros países; cuando los increíbles poderes tecnológicos estén en manos de unos pocos y nadie que represente al interés público pueda incluso entender las cuestiones; cuando la gente pierda la habilidad de establecer sus propias prioridades o de cuestionar con conocimiento a quienes tienen autoridad; cuando agarrando nuestros cristales y consultando nerviosamente nuestros horóscopos, nuestras facultades mentales ya en declive, incapaces de distinguir entre lo que se siente bien y lo que es verdad, nos deslicemos, casi sin darnos cuenta, de nuevo hacia la superstición y la oscuridad. La estupidización de EE.UU se hace más evidente en el lento declive de contenido sustancioso en los enormemente influyentes medios, los fragmentos de sonido de 30 segundos (ahora reducidos a 10 segundos o menos), programación para el mínimo común denominador, presentaciones crédulas sobre pseudociencia y superstición, pero sobre todo una especie de celebración de la ignorancia.

Carl Sagan, El mundo y sus demonios, 1995.

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Sobre qué es ganar una guerra (saga de Geralt de Rivia)

—Por el Gran Sol, señor Leuvaarden, ¿es que en la capital nunca meditáis las consecuencias de vuestras decisiones? ¡Los norteños ya andan murmurando a estas horas que nuestro imperio es un coloso con los pies de barro! ¡Ya están proclamando que nos han vencido, que nos han derrotado, que nos han expulsado! ¿Es que no entiende el emperador que prestarse a nuevas concesiones significa aceptar su arrogante y desmedido ultimátum? ¿Es que no comprende el emperador que ellos lo van a interpretar como una muestra de debilidad, lo cual podría tener consecuencias deplorables de cara al futuro? Y, por último, ¿es que no se da cuenta el emperador de la suerte que aguarda a varios millares de colonos nuestros en Brugge y en Lyria?

Berengar Leuvaarden dejó de menear la copa y clavó en Shilard sus ojos, negros como el carbón.

—Los malentendidos —empezó a decir el enviado, meciendo la copa— han obedecido a que el señor barón es de la opinión de que la victoria y la conquista se basan en un disparatado genocidio. En poder clavar el mástil de una bandera en mitad de la tierra ensangrentada, gritando: «¡Hasta aquí todo es mío! ¡Lo he conquistado!». Semejante opinión, por desgracia, está bastante extendida. Para mí, sin embargo, señor barón, como para las personas que me han investido de plenos poderes, la victoria y la conquista dependen de factores extremadamente cambiantes. La victoria puede consistir en algo como lo siguiente: los derrotados se verán obligados a adquirir los bienes producidos por los vencedores, e incluso lo harán de buena gana, porque los bienes de los vencedores son mejores y más baratos. La divisa de los vencedores es más fuerte que la de los vencidos y los vencidos tienen mucha más confianza en ella que en la divisa propia. ¿Me entendéis, señor barón Fitz-Oesterlen? ¿Empieza poco a poco el señor barón a diferenciar a los vencedores de los vencidos? ¿Entiende de quién hay que sentir lástima?

El embajador asintió con la cabeza.

—Pero, para fortalecer y legitimar la victoria —prosiguió, tras una pausa, Leuvaarden, alargando las sílabas—, se debe firmar la paz. Inmediatamente, y al precio que sea. No un armisticio ni una tregua, sino la paz. Un compromiso creativo. Un acuerdo constructivo. Que no introduce bloqueos económicos, retorsiones aduaneras ni medidas proteccionistas en el comercio.

Shilard, con un nuevo gesto con la cabeza, aseguró que sabía a qué se refería.

—Si hemos destruido su agricultura y hemos arruinado su industria no ha sido sin motivo —siguió Leuvaarden con su voz tranquila, pausada e impasible— Lo hemos hecho para que, ante la falta de productos propios, tengan que comprar los nuestros. Pero nuestros mercaderes y nuestros productos no van a cruzar a través de unas fronteras cerradas y hostiles. ¿Y qué va a pasar entonces? Yo os diré, querido barón, lo que va a pasar. Va a tener lugar una crisis de sobreproducción, porque nuestras manufacturas están trabajando a pleno rendimiento, con vistas a la exportación. También sufrirían grandes pérdidas las sociedades de comercio marítimo, fruto de la cooperación con Novigrado y Kovir. Vuestra influyente familia, querido barón, tiene una notable participación en tales sociedades. Y la familia, como sin duda sabrá el señor barón, es la célula básica de la sociedad. ¿Lo sabíais?

—Sí, lo sabía —dijo Shilard Fitz-Oesterlen en voz baja, a pesar de que la habitación estaba herméticamente asegurada contra el espionaje—. Entiendo, lo he captado. No obstante, querría tener la seguridad de que cumplo órdenes del emperador... Y no de alguna... corporación...

—Los emperadores pasan —dijo Leuvaarden, arrastrando las palabras—. Y las corporaciones permanecen. Y permanecerán. Pero eso no en más que una obviedad. Entiendo muy bien las reservas del señor Mirón. Y podéis estar seguro, señor barón, de que vais a cumplir una orden dada por el emperador. Que tiene por objeto el bien y el interés del imperio. Dada, no lo niego, como resultado de los consejos que ha recibido el emperador de cierta corporación.

La Dama del Lago, Andrej Sapkowski

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Ayudando a comprender el tema de los derechos civiles en EEUU (más bien su falta de ellos)

¿Por qué el Departamento de Policía de Ferguson hostigaba tanto a los ciudadanos negros de la ciudad? La respuesta breve es: el dinero, sin duda mezclado con racismo. Ferguson utilizaba a su Departamento de Policía para recaudar ingresos. Se ordenaba a los agentes poner tantas multas como fuera posible para aumentar mucho los ingresos de la ciudad. Esto significaba que podía usarse cualquier pretexto para ponerle una multa a alguien, una multa enorme. El Departamento de Justicia documentó casos en los que a la gente se le cobraron 302 dólares por una infracción en la manera de caminar, 427 dólares por una violación de la perturbación de la paz, 531 dólares por hierbas altas y maleza, 777 dólares por resistirse a la detención, 792 dólares por no obedecer y 527 dólares por no acatar, acusaciones que los agentes parecían usar indistintamente. Una vez multado, si no comparecías ante el tribunal, se te ponían más multas. El informe recogía un ejemplo representativo:

Una mujer afroamericana tiene un caso abierto que se inició en 2007, cuando, en una única ocasión, aparcó su coche de manera ilegal. Recibió dos citaciones y una multa de 151 dólares, más tasas. La mujer, que durante varios años pasó por dificultades económicas y períodos en los que no tenía vivienda, fue acusada de siete delitos por falta de comparecencia, por no acudir a citas del juzgado o por multas de aparcamiento entre 2007 y 2010. Por cada falta de comparecencia, el juzgado emitió una orden de detención e impuso nuevas multas y tasas. De 2007 a 2014 la mujer fue detenida dos veces, pasó seis días en la cárcel y pagó 550 dólares al juzgado por los sucesos derivados de este único caso de aparcamiento ilegal. Las actas judiciales muestran que en dos ocasiones intentó realizar pagos parciales de 25 y 50 dólares, pero el juzgado devolvió esos pagos, negándose a aceptar nada que no fuera el pago completo […]. En diciembre de 2014, siete años después, a pesar de deber inicialmente una multa de 151 dólares y haber pagado ya 550 dólares, aún debía 541 dólares.

Como estos abusos se dirigían contra la comunidad afroamericana, esto condujo a un serio deterioro de la confianza de ésta en las instituciones del Estado y de su cooperación con ellas. El Departamento de Policía de Ferguson no administraba justicia, administraba multas. La función básica de aplicación de la ley se desmoronó y la policía paso a ser vista con suspicacia y pavor.

Pero ¿cómo podía el Departamento de Policía de Ferguson violar los derechos constitucionales de los habitantes de su ciudad con tal impunidad? ¿No se supone que la Carta de Derechos los protege?[4] Bien, en realidad sólo hasta cierto punto. El acuerdo que dio lugar a la Carta de Derechos sólo se aplica al Gobierno federal, no a los estados; a fin de cuentas, fue una concesión de los creadores del Estado federal a las legislaturas estatales. Los estados acabaron teniendo algo llamado «poder policial», lo que les concede una inmensa discrecionalidad. Aunque el texto real de la Carta de Derechos no lo explica con detalle, en su momento se entendió así. En 1833, el Tribunal Supremo resolvió definitivamente el asunto, al dictaminar que la Carta de Derechos sólo es aplicable a las medidas que puede adoptar la legislatura nacional. Por ejemplo, la primera enmienda declara que:

El Congreso no hará ley alguna por la que adopte una religión como oficial del Estado, o se prohíba practicarla libremente; o que coarte la libertad de expresión o de prensa; o el derecho del pueblo a reunirse pacíficamente y a pedirle al gobierno la reparación de agravios.

La cuarta enmienda afirma que:

El derecho de la gente a que sus personas, viviendas, papeles y efectos se hallen a salvo de inquisiciones e incautaciones arbitrarias será inviolable, y no se expedirán al efecto mandamientos que no se apoyen en un motivo verosímil, estén corroborados mediante juramento o protesta y describan con particularidad el lugar que deba ser registrado y las personas o cosas que han de ser detenidas o embargadas.

Pero el dictamen de 1833 dejó claro que los estados podían aprobar leyes que coartaran la libertad de expresión y permitieran inquisiciones e incautaciones arbitrarias puesto que no les afectaba la Carta de Derechos. Sólo se le prohibió a la legislatura nacional hacer tales leyes. En los estados del Sur, el objetivo principal de esta interpretación de la Carta de Derechos era garantizar que los esclavos no tuvieran ninguno de los derechos que tenían los «ciudadanos libres».

El intento de secesión del Sur de Estados Unidos y su derrota al final de la guerra civil en 1865 deberían haber sido la sentencia de muerte para esta visión de la Carta de Derechos. De hecho, la decimocuarta enmienda, aprobada en 1868, incluía la frase:

Ningún estado podrá dictar ni dar efecto a cualquier ley que limite los privilegios o inmunidades de los ciudadanos de Estados Unidos; tampoco podrá estado alguno privar a cualquier persona de la vida, la libertad o la propiedad sin el debido proceso legal; ni negar a cualquier persona que se encuentre dentro de sus límites jurisdiccionales la protección de las leyes, iguales para todos.

Pero el Tribunal Supremo decidió repetidamente que esto no invalidaba el poder policial de los estados. En 1885, el juez asociado Stephen Field sostuvo que «ni la decimocuarta enmienda, amplia y completa como es, fue concebida para interferir en el poder de un estado, denominado a veces su poder policial».

El Pasillo estrecho. Robinson y Acemoglu.

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Sobre la importancia del parlamento

Para aquellos que piensan que es importante que la nación imponga más aranceles, entiendo que la decisión de hoy resultará decepcionante. Todo cuanto puedo ofrecerles es que la mayor parte de las decisiones que afectan a los derechos y responsabilidades de los estadounidenses (incluyendo el deber de pagar impuestos y aranceles) se canalizan a través del proceso legislativo con razón. Sí, legislar puede ser difícil y llevar tiempo. Y sí, puede ser tentador dar esquinazo al Congreso cuando surge algún problema acuciante. Pero la naturaleza deliberativa del proceso legislativo era la entera razón de su diseño. A través de ese proceso, la nación puede usar la sabiduría conjunta de los representantes electos del pueblo, no sólo la de una facción o un hombre. Ahí, la deliberación templa el impulso, y el compromiso martillea desacuerdos hasta convertirlos en soluciones viables. Y puesto que las leyes tienen que alcanzar un apoyo tan amplio para sobrevivir al proceso legislativo, éstas tienden a perdurar, permitiendo que la gente planee sus vidas de maneras que no podrían si las reglas cambian de un día para otro. En conjunto, el proceso legislativo ayuda a asegurar que cada uno de nosotros diga su parte en las leyes que nos gobiernan y en el futuro de la nación. Para algunos, hoy el peso de esas virtudes se vuelve aparente. Para otros puede no parecer tan obvio. Pero si la historia es guía alguna, las tornas cambiarán y llegará el día en que los decepcionados por el resultado de hoy apreciarán el proceso legislativo como baluarte de la libertad que es.

Neil Gorsuch, voto particular en la sentencia Learning Resources v. Trump, página 46.

www.supremecourt.gov/opinions/25pdf/24-1287_4gcj.pdf

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Oda a la ciencia, de Richard P. Feyman

Oda a la ciencia, de Richard P. Feyman

He ahí las olas presurosas

montañas de moléculas,

cada una estúpidamente ocupada en lo suyo,

separadas por trillones,

y empero,

formando blanca espuma al unísono.

Edad tras edad

antes que ojo alguno pudiera ver;

año tras año

golpeando atronadoras en la orilla, como ahora.

¿Para quién? ¿para qué?

En un planeta muerto

sin vida que entretener.

Jamás en reposo

torturado por la energía

prodigiosamente derrochada por el Sol

lanzada hacia el espacio.

Una pizca hace rugir al mar.

En lo profundo del mar

todas las moléculas repiten

los patrones de otra

hasta formar otras nuevas más complejas.

Ellas hacen otras como ellas

y un nuevo baile comienza.

Creciendo en tamaño y complejidad

cosas vivas

masas de átomos

ADN, proteínas,

bailando una danza aún más intrincada.

Abandona la cuna

para pisar tierra firme,

ahí está de pie:

átomos con conciencia;

materia con curiosidad.

Plantado frente al mar

se pregunta por qué se pregunta:

un universo de átomos,

un átomo en el universo.

Richard P. Feyman (Nueva York, 1918 - Los Ángeles, 1988)

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Ovejas negras

En la grey de los colonos del Congo me he encontrado, como en cualquier otra grey que se precie, con ovejas negras y blancas. Gentes honradas, trabajadoras, de espíritu abierto, y también auténticos delincuentes, trabucaires de la peor calaña, estafadores, vagos, etcétera. Esta última especie constituye, por desgracia, un grupo muy numeroso.

Son los detritus de media docena de países europeos. Hombres inadaptados a todo molde de convivencia que, incapacitados para abrirse paso en una sociedad normalmente organizada, han tenido que buscar en el "Far West" africano la promoción social y económica que en sus propios países no encontraban.

Al oveja negra se le tropieza en cualquier lugar del Congo y se le reconoce tras un breve intercambio de palabras. El prójimo, para él, es sinónimo de enemigo. A quien no rechaza por esto, lo anatematiza por aquello. Y al negro lo considera, por principio, una pura bestia a la que hay que uncir al yugo siempre que sea posible. En esta época su frase favorita es: "un negro muerto vale más que un negro vivo". Y también: "los mejores negros son los que están muertos".

Todos estos individuos, salvo excepciones, trabajan con el sello de la mediocridad más acongojante. Su escaso mérito profesional les relegaría en Europa a los últimos puestos, pero aquí, en donde casi no hay nada, en donde falta casi todo, son considerados elementos útiles. Un mal mecánico en Bélgica se convierte en jefe de taller en el Congo. Un médico fracasado en una aldea de Gran Bretaña abre una consulta abre una consulta cara en Leopoldville si las cosas le ruedan medianamente bien. Al final de cuentas se trata de la vieja historia del tuerto en el reino de los ciegos.

Yo he sufrido todo un haz de experiencias lamentables en mis relaciones con estos personajes. Por ejemplo, con el fin de ilustrar gráficamente la primera entrevista que sostuve con Tshombe, contraté los servicios de un portugués, con treinta años de residencia congoleña, que trabajaba nada menos que como fotógrafo de la Embajada Norteamericana. El hombre tomó su cámara y durante la entrevista, que fue muy larga y sin agobios de ninguna clase, impresionó un rollo completo. Al día siguiente, cuando fui a recoger las fotografías, me comunicó que en razón de un descuido suyo había malogrado el reportaje entero. "¡Pamba! ¡pamba!", repetía el cretino sonriendo alegremente. Luego me contaron otros desaguisados profesionales de este individuo, pese a lo cual se le consideraba como uno de los mejores fotógrafos de la capital.

Un punto muy característico en la mentalidad de los ovejas negras consiste, sin excepción, en su tendencia a menospreciar los juicios que sobre el Congo aventure cualquier persona con menos años que ellos en el país. Es corriente escuchar frases de éste tenor: -¿Eso le ha dicho? No le haga caso. ¡Qué sabrá él! Fíjese que llegó aquí en 1952 y yo me encuentro aquí desde 1948. Yo le voy a explicar...

Y la verdad es que los más ignoran por completo la realidad congoleña, la cual únicamente conocen a través de campos visuales ceñidísimos y meramente anecdóticos, sin profundidad ni trascendencia alguna.

Por cierto que algunos observadores achacan a la presencia de estos individuos el odio y el desprecio que en amplios sectores de la población africana se le tiene al blanco. En un recorte de un diario italiano que conservo, aunque sin cita de procedencia alguna, se lee:

Aunque no tienen derechos, aunque ya no pueden abusar como en tiempos de la colonia, siguen cometiendo excesos, creando problemas, y no desaprovechan ocasión alguna para chocar con el elemento autóctono. Sus vidas íntimas, por lo general, también ofrecen un lamentable espectáculo que induce al negro a pensar que el mundo del blanco es así: podrido y carente de moral. Bastantes congoleños saben distinguir y evitan caer en el fácil cauce de las generalizaciones, pero para la mayoría el ejemplo de los europeos arrogantes y depravados es el que uniforma sus criterios a la hora de juzgar al blanco. El mal que tales gentes están haciendo es muy grave y, de momento, irremediable.

Diario de la Guerra del Congo - Vicente Talón (2013)

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Historias de viejos psiquiatras

En 1886, el psiquiatra Richard von Krafft-Ebing describió un extraño caso: el marido de una pareja de recién casados se conformó la primera y segunda noche con besar a su esposa y «revolverle» el cabello. Luego se dormía. La tercera noche le pidió que se pusiera una peluca con la melena larga. «Ella accedió y entonces él cumplió con creces sus descuidados deberes maritales», escribe el psiquiatra. A partir de entonces, el hombre siempre tenía a mano una peluca que primero acariciaba y luego le ponía en la cabeza a su esposa. En cuanto ella se la quitaba «perdía todo atractivo para su marido». Las pelucas perdían su «eficacia» al cabo de diez o doce días, entonces había que sustituirlas por otras, «siempre de cabello abundante».

En los primeros cinco años de matrimonio tuvieron dos hijos y el marido reunió una colección de setenta y dos pelucas.

Cafe y cigarrillos. Ferdinand Von Schirach

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En vuelo hacia el Paleolítico

Con las primeras luces del alba el mapa africano surgió, puro y nítido, de entre la calima. A bordo de nuestro reactor la mayoría del pasaje dormía. De París habíamos salido casi en lastre, vacíos por docenas los asientos; pero en Tel-Aviv, escala inopinada que alargaba en más de nueve horas la duración del vuelo, un centenar de jóvenes congoleños a los que acompañaban algunos oficiales de las fuerzas armadas israelíes, subieron al aparato con sus bártulos y sus anchas sonrisas plateadas.

Los jóvenes, como pude averiguar al poco, eran paracaidistas del Ejército Nacional Congoleño que acababan de superar un cursillo de formación acelerada en Israel y que ahora se disponían a alcanzar sus bases de origen para enfrentarse de inmediato a los rebeldes lumumbistas del Ejército Popular de Liberación.

El paisaje de África, amarillento y plano, seguía discurriendo con una cansina monotonía. De vez en cuando la corriente de un río segaba la sabana; de tarde en tarde una delgada columna de humo se elevaba hacia lo alto, denunciando una presencia humana... Aquello era ya el Congo, un nombre que desde hacía semanas se repetía a lo largo del mundo entero; el país donde estaban reverdeciendo páginas que hubiesen encontrado el marco más apropiado en una narración del paleolítico cuando el ser humanoera poco más que una bestia desarrollada, con un lenguaje hecho de gritos animales, con una ley de vida basada en el culto a la fiereza y en la sublimación de los más despiadados instintos.

Por fin Leopoldville apareció bajo los planos del Boeing, flanqueando el curso anchuroso del Río Congo. El aparato empezó a perder altura y, pocos instantes después de rozar la copa de unos árboles crecidos enrtre aguazales, se posó suavemente sobre el cemento de la pista.

Ignoro qué tipo de misión conducía hasta Leopoldville a cada uno de los pasajeros civiles del avión pero, afectados o no por lo que en el Congo estaba ocurriendo, todos torcieron el gesto al observar los féretros que, bañados por el Sol, aparecían junto a un DC-4 de transporte. Aquel puñado de cadáveres, como no tardaron en explicarnos, eran europeos caídos a manos de los rebeldes. Sus cuerpos, terriblemente destrozados, por lo general habían sido recuperados por las tropas gubernamentales y evacuados hasta aquí para continuar viaje, convenientemente compuestos, hacia sus países de origen.

Durante varios minutos, insensible a la brillantez de la recepción militar que se les estaba ofreciendo a los paracaidistas, permanecí con la vista clavada en aquellos toscos ataúdes. Sus ocupantes habían estado ante los "simbas", les habían conocido y sufrido, habían recibido de ellos la muerte. La Guerra del Congo era ya pues una realidad concreta, desabrida, luctuosa. Dejaba de convertirse en pedazos de papel impreso y en boletines de radio para ofrecer su feo rostro ensagrentado.

Diario de la Guerra del Congo - Vicente Talón, 2013

menéame