He aquí mi problema: mi alma se ha roto y se ha hecho más pedazos que loza había en el jarrón.
Un corazón de Nadie. Fernando Pessoa.
"(...) Ese es el problema de los héroes. Su única finalidad es frustrar a los demás. No trazan planes, no idean estrategias. Solo reaccionan. Sin villanos, los héroes se estancarían. Sin héroes, los villanos dirigirían el mundo. Los héroes cultivan la moral, los villanos la ética."
Kang, La Última Historia de los Vengadores, Peter David, 1995
Los que no habían podido adherirse a Napoleón por su gloria, los que no habían podido ser fieles por gratitud al benefactor de quien habían recibido sus riquezas, sus honores y hasta sus nombres, ¿iban a inmolarse ahora a sus escasas esperanzas?
¿Iban a encadenarse a una suerte precaria y renaciente los ingratos a quienes no hizo comprometerse una suerte consolidada por unos éxitos inauditos y por un bagaje de dieciséis años de victorias?
Tantas crisálidas que, entre dos primaveras, se habían despojado y revestido, dejado y recuperado la piel del legitimista y del revolucionario, del napoleónico y del borbónico; tantas palabras dadas y desmentidas; tantas cruces pasadas del pecho del caballero a la cola del caballo, y de la cola del caballo al pecho del caballero; tantos valientes cambiando de paveses, y sembrando el palenque de prendas fementidas; tantas nobles damas, azafatas alternativamente de María Luisa y de María Carolina, no habían de dejar en el fondo del alma de Napoleón sino desconfianza, horror y desprecio; este gran hombre envejecido estaba solo en medio de todos estos traidores, hombres y suerte, sobre un suelo que temblaba, bajo un cielo enemigo, enfrente de su destino cumplido y del juicio de Dios.
Memorias de Ultratumba. Chateaubriand
cada día, todos los días.
Nació en la ciudad de Orly en Francia y tenía nada más que 14 años cuando empezaron a construir la Torre Eiffel.
Muy joven se puso de novia con el pintor Vincent Van Gogh y en 1988 en una entrevista dijo de él, que “Era sucio, siempre estaba mal vestido y era sombrío y mal humorado ” ---
A los 85 años practicaba esgrima, y a los 100 andaba todo el día en bici.
A los 90 años a Jeanne Louise, ya no le quedaban herederos, entonces llegó a un acuerdo con André-François Raffray (un abogado de 47 años), e hicieron un contrato en el que se acordaba que éste heredaría su casa si le pagaba 2500 francos al mes.
Raffray ( El abogado) pagó durante 30 años esa suma pero por esas cosas de la vida, se murió antes, y entonces su esposa continuó pagando.
Madame Calment, con la experiencia que le dan los años a las mujeres inteligentes dijo con total y plena autoridad.
-La juventud es un estado del alma, no del cuerpo, por eso yo sigo siendo una chica. Sencillamente no he lucido tan bien los últimos 70 años.
-Sonreír siempre!! -- Esa es la razón de mi longevidad.
-Si no puedes hacer nada con respecto a algo, no te preocupes mas por eso.
-Tengo una sola arruga y estoy sentada en ella.!!!
-Nunca uso rimel porque me río hasta llorar con mucha frecuencia.
-Y la verdad, Creo que me voy a morir de risa.

Fuente: Msavira ar
Su única manera de amar a Dios es crucificar a un vecino.
Así habló Zaratustra. Friedrich Nietzsche.
Llamadme Ismael. Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un nuevo noviembre húmedo y lluvioso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondría me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sustituto de la pistola y la bala. Catón se arroja sobre su espada, haciendo aspavientos filosóficos; yo me embarco pacíficamente. No hay en ello nada sorprendente. Si bien lo miran, no hay nadie que no experimente, en alguna ocasión u otra, y en más o menos grado, sentimientos análogos a los míos respecto del océano.
(...)
Probablemente habréis visto muchas embarcaciones extrañas, lugres de pies cuadrados, montañosos juncos japoneses, galeotas como latas de manteca, y cualquier cosa; pero os aseguro que nunca habréis visto una extraña vieja embarcación como esta misma extraña y vieja Pequod. Era un barco de antigua escuela, más bien pequeño si acaso, todo él con un anticuado aire de patas de garra. Curtido y atezado por el clima, entre los ciclones y las calmas de los cuatro océanos, la tez del viejo casco se había oscurecido como la de un granadero francés que ha combatido tanto en Egipto como en Siberia. Su venerable proa tenía aspecto barbudo. Sus palos -cortados en algún punto de la costa del Japón, donde los palos originarios habían salido por la borda en una galerna-, sus palos se erguían rígidamente como los espinazos de los tres antiguos reyes en Colonia. Sus antiguas cubiertas estaban desgastadas y arrugadas como la losa, venerada por los peregrinos, de la catedral de Canterbury donde se desangró Becket.
(...)
Las aguas que le rodeaban se iban hinchando en amplios círculos; luego se levantaron raudas, como si se deslizaran de una montaña de hielo sumergida que emergiera rápidamente a la superficie. Se intuía un rumor sordo, un zumbido subterráneo...Todos contuvieron el aliento al surgir oblicuamente de las aguas una mole enorme, que llevaba encima cabos enmarañados, arpones y lanzas. Se elevó un instante en la atmósfera irisada, como envuelta en una grasa de finísima textura, y volvió a sumergirse en el océano. Las aguas, lanzadas a treinta pies de altura, fulgieron como enjambres de surtidores, para caer luego en una vorágine que circuía el cuerpo marmóreo de la ballena.
Alrededor del jardín había un seto de avellanos, y al otro lado del seto se extendían los campos y praderas donde pastaban las ovejas y las vacas. Pero en el centro del jardín crecía un rosal todo lleno de flores, y a su abrigo vivía un caracol que llevaba todo un mundo dentro de su caparazón, pues se llevaba a sí mismo.
-¡Paciencia! -decía el caracol-. Ya llegará mi hora. Haré mucho más que dar rosas o avellanas, muchísimo más que dar leche como las vacas y las ovejas.
-Esperamos mucho de ti -dijo el rosal-. ¿Podría saberse cuándo me enseñarás lo que eres capaz de hacer?
-Me tomo mi tiempo -dijo el caracol-; vosotros siempre tenéis prisa. No, así no se preparan las sorpresas.
Un año más tarde el caracol se hallaba tomando el sol casi en el mismo sitio que antes, mientras el rosal se afanaba en echar capullos y mantener la lozanía de sus rosas, siempre frescas, siempre nuevas. El caracol sacó medio cuerpo afuera, estiró sus cuernecillos y los encogió de nuevo.
-Nada ha cambiado -dijo-. No se advierte el más insignificante progreso. El rosal sigue con sus rosas, y eso es todo lo que hace.
Pasó el verano y vino el otoño, y el rosal continuó dando capullos y rosas hasta que llegó la nieve. El tiempo se hizo húmedo y hosco. El rosal se inclinó hacia la tierra; el caracol se escondió bajo el suelo.
Luego comenzó una nueva estación, y las rosas salieron al aire y el caracol hizo lo mismo.
-Ahora ya eres un rosal viejo -dijo el caracol-. Pronto tendrás que ir pensando en morirte. Ya has dado al mundo cuanto tenías dentro de ti. Si era o no de mucho valor, es cosa que no he tenido tiempo de pensar con calma. Pero está claro que no has hecho nada por tu desarrollo interno, pues en ese caso tendrías frutos muy distintos que ofrecernos. ¿Qué dices a esto? Pronto no serás más que un palo seco… ¿Te das cuenta de lo que quiero decirte?
-Me asustas -dijo el rosal-. Nunca he pensado en ello.
-Claro, nunca te has molestado en pensar en nada. ¿Te preguntaste alguna vez por qué florecías y cómo florecías, por qué lo hacías de esa manera y de no de otra?
-No -contestó el caracol-. Florecía de puro contento, porque no podía evitarlo. ¡El sol era tan cálido, el aire tan refrescante!… Me bebía el límpido rocío y la lluvia generosa; respiraba, estaba vivo. De la tierra, allá abajo, me subía la fuerza, que descendía también sobre mí desde lo alto. Sentía una felicidad que era siempre nueva, profunda siempre, y así tenía que florecer sin remedio. Tal era mi vida; no podía hacer otra cosa.
-Tu vida fue demasiado fácil -dijo el caracol.
-Cierto -dijo el rosal-. Me lo daban todo. Pero tú tuviste más suerte aún. Tú eres una de esas criaturas que piensan mucho, uno de esos seres de gran inteligencia que se proponen asombrar al mundo algún día.
-No, no, de ningún modo -dijo el caracol-. El mundo no existe para mí. ¿Qué tengo yo que ver con el mundo? Bastante es que me ocupe de mí mismo y en mí mismo.
-¿Pero no deberíamos todos dar a los demás lo mejor de nosotros, no deberíamos ofrecerles cuanto pudiéramos? Es cierto que no te he dado sino rosas; pero tú, en cambio, que posees tantos dones, ¿qué has dado tú al mundo? ¿Qué puedes darle?
-¿Darle? ¿Darle yo al mundo? Yo lo escupo. ¿Para qué sirve el mundo? No significa nada para mí. Anda, sigue cultivando tus rosas; es para lo único que sirves. Deja que los castaños produzcan sus frutos, deja que las vacas y las ovejas den su leche; cada uno tiene su público, y yo también tengo el mío dentro de mí mismo. ¡Me recojo en mi interior, y en él voy a quedarme! El mundo no me interesa.
Y con estas palabras, el caracol se metió dentro de su casa y la selló.
-¡Qué pena! -dijo el rosal-. Yo no tengo modo de esconderme, por mucho que lo intente. Siempre he de volver otra vez, siempre he de mostrarme otra vez en mis rosas. Sus pétalos caen y los arrastra el viento, aunque cierta vez vi cómo una madre guardaba una de mis flores en su libro de oraciones, y cómo una bonita muchacha se prendía otra al pecho, y cómo un niño besaba otra en la primera alegría de su vida. Aquello me hizo bien, fue una verdadera bendición. Tales son mis recuerdos, mi vida.
Y el rosal continuó floreciendo en toda su inocencia, mientras el caracol dormía allá dentro de su casa. El mundo nada significaba para él.
Y pasaron los años.
El caracol se había vuelto tierra en la tierra, y el rosal tierra en la tierra, y la memorable rosa había desaparecido… Pero en el jardín brotaban los rosales nuevos, y los nuevos caracoles se arrastraban dentro de sus casas y escupían al mundo, que no significaba nada para ellos.
¿Empezamos otra vez nuestra historia desde el principio? No vale la pena; siempre sería la misma.
Hans Christian Andersen, "El caracol y el rosal."
Los perfeccionistas son gente triste que entristetece su entorno, haciendo que nadie pueda disfrutar de nada.
La justicia de Selb. Bernhard Schlink.
Hoy a mi pesar me encuentro en el tema de querer desmontar mitos. Mitos sobre el posmodernismo y su supuesto anti-intelectualismo y anti-cientifismo. Y bueno... a mi pesar vamos a analizar deconstructivamente el artículo que @feindesland ha publicado de un tal Adriano Erriguel. El artículo en concreto está aquí aunque lo iré citando párrafo por párrafo. Y todos mis respetos tanto a Adriano como a @feindesland. Pero bueno... ¡Vamos allá!
Es bien sabido que, desde un punto de vista filosófico, la posmodernidad irrumpió como la muerte de los llamados “grandes relatos”: las construcciones ideológicas que suministraban explicaciones omnicomprensivas de la realidad: las religiones, el patriotismo, el marxismo, el progresismo, etc. Todas estas construcciones ideológicas eran, huelga decirlo, mortalmente serias
Desde el inicio, el texto incurre en una generalización abusiva y engañosa: afirma que “es bien sabido que la posmodernidad trajo consigo la implosión de la Verdad”, como si de una ley aceptada universalmente se tratase. Esa fórmula –“es bien sabido”– no es inocente: actúa como dispositivo de autoridad, como si la afirmación no necesitara ser argumentada porque pertenece ya al sentido común. Pero lo que sigue es todo menos incuestionable.
La afirmación de que la posmodernidad eliminó la verdad es una distorsión forzada del pensamiento posmoderno. La crítica que autores como Lyotard, Foucault o Derrida realizaron no se dirigía contra las verdades verificables mediante el método científico, sino contra los “grandes relatos” legitimadores: es decir, las ideologías totalizantes que pretendían ofrecer un sentido universal y definitivo de la historia, del progreso, de la moral o de la identidad. Cuestionar el colonialismo, el patriarcado o el cientificismo como formas de poder no es negar que el agua hierva a 100 °C a una atmósfera de presión.
👉 En ningún momento estos pensadores sostuvieron que las ciencias formales como las matemáticas, o las ciencias naturales como la física, fueran "relatos" intercambiables con la astrología o la religión. De hecho, la matemática sigue funcionando con lógica deductiva y principio del tercero excluido, y la física mantiene su estructura falsable basada en modelos predictivos y estadística empírica. Eso no cambió, ni se implosionó.
Confundir ese tipo de conocimiento con “narrativas” al estilo mitológico o ideológico es caer en un relativismo que los propios posmodernos habrían criticado si se les hubiera atribuido con justicia. Además, esta confusión mina cualquier posibilidad de análisis serio, porque equipara la estructura epistemológica de la ciencia con las estructuras de poder simbólico que la posmodernidad buscó desmantelar.
En resumen: el texto se presenta como “analítico” pero incurre, ya de entrada, en un abuso de autoridad discursiva, en una falsa atribución (la posmodernidad niega la verdad), y en una comparación tramposa entre niveles de realidad radicalmente distintos. Y eso no es "bien sabido". Eso es desinformación.
A partir de los años setenta del pasado siglo la posmodernidad introdujo un elemento de juego, de aleatoriedad y de cinismo en un mundo en el que la Verdad había implotado, y en el que los metarrelatos daban paso a una miríada de microrrelatos, todos ellos tan válidos como irrelevantes. Conviene tener presente que la posmodernidad filosófica se define, ante todo y por encima de todo, por los juegos de lenguaje . Desde sus presupuestos casi todo se reconduce a una cuestión de semiótica , al libre juego entre el significante y el significado , a la desacralización del lenguaje, que se ve expuesto como envoltura retórica con infinitos niveles de lectura. Nada hay, por tanto, que pueda salvarse de la quema: todo es susceptible de ser deconstruido en inacabables juegos lingüísticos con un horizonte de autonomía absoluta desde el momento en que ninguno de ellos remite a una realidad trascendente .
Claaaaro, el problema es que el posmodernismo juega con el lenguaje. ¡Qué travesura! Como si antes del posmodernismo todo el mundo hubiera usado el lenguaje con bisturí quirúrgico y respeto sagrado. Pobrecito el significante, desamparado, sin su significado, vagando por los márgenes de la historia mientras Derrida se ríe con voz de villano.
Y por supuesto, la... ¡chan chan cháaaaan! semiótica... esa cosa malvada que vino a decirnos que el lenguaje es una herramienta y no una paloma blanca enviada por los dioses. ¡Escándalo! ¿Cómo se atreven a decir que antes de contar vacas necesitamos comunicarnos para que no nos maten mientras las contamos? Pero bueno… sigamos culpando al posmodernismo de todo: del caos, del lenguaje, de la alergia primaveral y de que se nos quemen las tostadas. Porque sí, el lenguaje es una herramienta, y además una de las más antiguas, versátiles y democráticas que tenemos. No hay nada que “desacralizar” porque nunca fue sagrado: fue útil. Antes de contar ovejas ya nos comunicábamos y hasta hay gente que dice que para tener una propiedad pública y común que arrastrábamos en caravanas, cuando las riquezas y lo no prescindible pesaban demasiado.
El lenguaje sirve para sobrevivir, para coordinar, para amar, para engañar, para imaginar… ¿y ahora resulta que jugar con él es algo peligroso o radical? No, lo peligroso sería no poder jugar con él.
👉 Que haya quien use el lenguaje para provocar, crear, subvertir o simplemente decir estupideces… pues claro. Para eso sirve. Como cualquier herramienta: depende de quién la use y para qué. ¿O acaso el martillo es malo porque alguien lo usó para romper una ventana?
Toda esta cocción deconstruccionista –cuyas cabezas pensantes serían conocidas en América como la “french theory”– pasaría a proporcionar, en los años setenta, cierta credencial teórica al vendaval de gamberradas y de provocaciones que pasó a alojarse bajo el nombre de contracultura . Tomando el relevo de los situacionistas de los años 1950 y 60 (que estaban todavía lastrados de utopismo marxista) los “jóvenes airados” de la posmodernidad se alzaban sobre la quiebra del sistema valorativo burgués, al tiempo que cabalgaban las angustias e incertidumbres de la nueva sociedad posindustrial. En cierto modo estos jóvenes representaban la inversión nihilista y sarcástica del activismo progresista de 1968
Con la llegada de la posmodernidad, los dogmatismos ideológicos cedían el paso a una época en la que los punk se adornaban con esvásticas (corte de mangas al establishment de la Segunda Guerra Mundial), en la que las bandas de rock tenían nombres fascistas o anarquistas –Joy Division , New Order , Durruti Column –, en la que el “sex pistol” Sid Vicious disparaba sobre el público en un concierto y en la que el rockero Alice Cooper anunciaba que iba a colgar a un enano en el escenario. Provocaciones que hoy serían imposibles, pero que entonces a nadie se le ocurría tomar demasiado en serio. Al fin y al cabo, todo era una gigantesca broma –los punk eran compulsivos bromistas (pranksters )–, una distorsión irónica entre significantes y significados. Siguiendo la semiótica posmoderna todo parecía indicar que, al negarse la univocidad y la objetividad del lenguaje, al reivindicarse su inagotable polisemia, se llegaría a un estadio de libertad absoluta en que sería posible decirlo todo, cualquier cosa, anything goes . Y sin embargo …
Eeeem... aquí se están mezclando churras con merinas. A ver:
La contracultura de los 60 y 70 NO fue un producto directo del posmodernismo filosófico. Más bien, fue un movimiento social y cultural popular que emergió de la protesta contra la guerra de Vietnam, la injusticia racial, el consumismo, y la rigidez moral de la posguerra. El posmodernismo filosófico, en cambio, fue un desarrollo mucho más académico, elitista y teórico, que en esos años florecía en universidades europeas mayormente (e incluso algunas estadounidenses) con pensadores como Foucault, Derrida, Lyotard, que trabajaban sobre análisis del lenguaje, el poder y las estructuras culturales, pero sin un impacto masivo inmediato en la calle. El posmodernismo es, sobre todo, occidental. Tal y como puedan serlo también el marxismo y por desgracia el fascismo y la frenología.
Sí, hubo cierta coincidencia temporal y alguna influencia mutua, pero no es correcto ni serio decir que la contracultura fue la “manifestación popular del posmodernismo” o que el movimiento punk o las provocaciones eran esencialmente posmodernas. Más bien, fueron respuestas rebeldes, con un carácter político claro y ancladas en realidades concretas, como la resistencia contra la guerra y la autoridad, no en juegos semióticos o deconstructivos. El posmodernismo llegó después para teorizar, analizar y criticar la modernidad desde la academia, mientras que la contracultura fue más bien la explosión social y cultural que expresaba el malestar de la época.
Por cierto: lo que también destila el último párrafo ¿no es un poco peligroso? Lo que se está insinuando aquí es, en realidad, bastante serio: que no hay ningún terreno firme desde el cual discutir o poner a prueba las afirmaciones. Pero todo puede (y debe) ser puesto en cuestión: ya sea mediante el método científico —que, por cierto, no es rechazado por el pensamiento posmoderno, aunque sí cuestionado en su pretendida objetividad y en su papel como único garante de verdad— o a través de la argumentación racional, basada en el lenguaje, que también tiene sus reglas.
👉¿No es eso, al fin y al cabo, lo que algunos llaman el “mercado libre de ideas”? La posibilidad de debatir, de contrastar perspectivas, de criticar incluso los marcos desde los que criticamos. Ese es el verdadero escepticismo, el que nos ha hecho desechar científicamente tanto cuentos de hadas como la astrología, mala ciencia soviética como la que se opuso a Nikolái Vavílov o puro racismo hecho ciencia como la frenología.
Sin embargo, sucedió justamente lo contrario. Al cabo de dos décadas un nuevo puritanismo –la corrección política– desencadenó una purga inquisitorial sobre el vocabulario; listas enteras de palabras quedaron proscritas, malditas, para ser sustituidas por una una orwelliana “Nuevalengua” destinada a blindar los dogmas del sistema. La risa pasó a contemplarse con desconfianza, en cuanto casi siempre es irrespetuosa, suele ser cruel y es además susceptible de ofender a alguna minoría. Por eso la risa pasó a enlatarse en las fórmulas previsibles y pasteurizadas de los guiñoles televisivos y del “entretenimiento informativo” (infotainment ). Las sofisticaciones posmodernas cedieron al paso a un furor moralista y justiciero que todo lo invadía y que no toleraba ambigüedades. La empresa positiva de unificación benéfica de la humanidad no tolera bromas fuera del guión: autocensura y vigilancia, todos somos pecadores.
Aquí todo bien, ¿no? Hablando de “purga inquisitorial” y de una “Nuevalengua orwelliana” como si la corrección política fuera un mal absoluto que impone censura masiva. Pero hay que distinguir bien las cosas. La censura auténtica, como la histórica lista Haines en la televisión norteamericana, sí existió: prohibían palabras y contenidos para no ofender al “público general” según criterios muy conservadores y muchas veces arbitrarios. Eso era censura, punto. Pero lo que hoy llamamos corrección política, en realidad, no es censura sino la negativa a tolerar discursos de odio y discriminación. No se trata de silenciar opiniones o pensamientos críticos, sino de no darle espacio social a la intolerancia y la violencia simbólica. No es cerrar bocas, sino establecer límites para que la convivencia sea posible.
Ser intolerantes con la intolerancia no es censura; es una cuestión de justicia social y respeto básico a la dignidad de personas y grupos LQTBiQa+ y otras minorías. El lenguaje del odio no debe tener cabida en una sociedad que se dice democrática. Así que hablar de “purga” y “Nuevalengua” es confundir intencionadamente la legítima lucha contra la discriminación con un supuesto totalitarismo lingüístico.
¿Cómo va a ser la risa “pasteurizada” y vigilada la que llaman woke o posmoderna? ¿Acaso no hemos visto suficientes sitcoms estadounidenses? Esa es una crítica demasiado simplista y un poco desconectada de la realidad histórica del humor en la televisión. Ese humor “neutro” del que hablan no es woke ni mucho menos progresista; más bien era el humor conservador, encorsetado en normas de la época, que apuntaba a mantener el orden social tradicional. Se regía por un sentido “familiar” que, lejos de ser inocente, actuaba como un filtro para evitar cuestionamientos profundos y para mantener en su sitio a “los sospechosos habituales”: minorías, disidentes, grupos marginados.
Este humor edulcorado no es producto de la corrección política moderna, sino un reflejo del control social previo, que limitaba la libertad de expresión a la comodidad del statu quo y la complacencia con estructuras opresivas. Lejos de promover un debate real o una crítica social, ese tipo de humor funcionaba para domesticar, para evitar que la gente se cuestionara lo esencial.
Por eso, atribuir este tipo de humor a un furor moralista y justiciero posmoderno es confundirse y olvidar que ese control del humor ya venía de mucho antes, desde una cultura televisiva bastante conservadora y rígida, nada que ver con la crítica progresista que intenta abrir espacios de diversidad y respeto.
¿Eso era, a fin de cuentas, la posmodernidad? Si en sus inicios ésta se presentaba como un horizonte de posibilidades infinitas, desde el punto de vista de las libertades concretas –libertad de pensar, libertad de disentir, libertad de crear, libertad de provocar– el experimento desembocó en todo lo contrario: en el Imperio del Bien (Philippe Muray) con sus devotos, sus capillas y sus “ligas de la Virtud”. Un monumental fiasco. Cabe por tanto preguntarse si la posmodernidad –que al fin y al cabo anunciaba el fin de los “grandes relatos”– no fue adulterada o traicionada, hasta ser reconducida hacia un nuevo/viejo “gran relato” progresista, biempensante y mundialista, nada cínico y mortalmente serio.
Vamos a dejar las tonterías de comparar el progresismo con una religión, ¡que ya cansa! Es la misma retórica vieja que usan los más retrógradas, esos mismos que se autodenominan “Alt-right en EEUU” y que se quejan de las “capillitas” progresistas como si el activismo por la justicia social fuera una secta. Lo que pasa es que no quieren perder privilegios ni que se cuestione su poder. Lo de “lo bienpensante” se usa como insulto para desacreditar cualquier postura que defienda la inclusión, como si eso fuera algo negativo. Pero pregunto yo: ¿no es mucho mejor tener una cultura que lucha contra el odio, que protege a las minorías y que pone límites claros al discurso de la intolerancia? ¿Desde cuándo defender la empatía, la diversidad y el respeto se volvió algo malo? ¿Y desde cuándo eso fue posmoderno, que no es más que una rama de la filosofía que se ocupa del conocimiento e indirectamente del problema de la demarcación? ¿También nos damos cuenta que la mayor parte de lo que en derecha se llaman "políticas identitarias" no tienen ninguna cabida en el posmodernismo más clásico igual que no lo tienen Marx y otras identidades como las nacionales?
Lo que el texto llama un “fiasco” es en realidad una batalla constante por expandir libertades reales, no una traición ni una vuelta a ningún “gran relato” dogmático (sobre todo si es posmodernismo) sino la lucha por una sociedad más justa, plural y humana.
Como final: Y por si queda alguna duda: el posmodernismo y el escepticismo científico no son enemigos. De hecho, comparten algo esencial: la desconfianza ante los relatos únicos, cerrados, que pretenden explicarlo todo.
👉 El escepticismo científico parte de la duda. No da nada por sentado, somete las ideas a revisión constante, y asume que el conocimiento siempre es provisional.
El posmodernismo, por su parte, invita a poner en cuestión los discursos dominantes. No para negar la realidad, sino para entender quién habla, desde dónde, y a quién beneficia esa "verdad".
Ambas posturas comparten una actitud crítica: la resistencia a aceptar verdades absolutas sin examen, ya sean científicas, políticas o culturales.
No se trata de relativismo sin brújula, sino de una conciencia más profunda de los límites del saber. De que incluso nuestras certezas están enmarcadas en contextos, intereses y perspectivas.
En el fondo, no hay tanto abismo entre ambos enfoques. Solo distintas maneras de hacerse una misma pregunta:
¿cómo es que sabemos lo que creemos saber?
Y sin más aquí tenéis mi problemática y deconstrucción al articulete de marras. Un abrazo a todas, todos y todes.
Edit: en artículos no sé cómo poner etiquetas, voy a ponerlas como hargstags...
#Posmodernismo #Crítica #Conocimiento #Problematización #Woke #Progresdemierda #regres
¿Pero quién hace más mal,
aunque cualquiera mal haga?
¿La que peca por la paga
o el que paga por pecar?
Sor Juana Inés de la Cruz
«Moralmente, un filósofo que emplea su competencia profesional para algo que no sea la búsqueda desinteresada de la verdad, es reo de una especie de traición. Y cuando da por supuesto, antes de haberlo indagado, que ciertas creencias, verdaderas o falsas, son capaces de fomentar la buena conducta, está limitando de ese modo el alcance de la especulación filosófica y haciendo filosofía trivial; el verdadero filósofo está dispuesto a examinar todos los conceptos previos. Cuando se ponen límites, consciente o inconscientemente, a la búsqueda de la verdad, la filosofía se paraliza por el temor y se prepara el terreno para una censura gubernamental que castigue a los que expresan "pensamientos peligrosos" —de hecho, el filósofo ha establecido ya tal censura sobre sus propias investigaciones»
Bertrand Russell «Historia de la filosofía occidental» capítulo XXXI
No preguntes a los hombres lo que quieren. ¿Acaso le preguntas a la tierra si quiere concebir el trigo? ¿Acaso le preguntas al trigo si quiere convertirse en pan?
Ciudadela. Antoine de Saint Exupery.
"Las lágrimas se han secado, pero nos queda la risa. La risa es más fuerte que las lágrimas, y su resultado más positivo. Reíros desde el fondo del corazón, reíros hasta que nos oigan los dueños de las tiendas de nuestra calle feliz".

Encerrados tras las rejas del pensamiento único que acepta su propio vocabulario, los neoinquisidores se han lanzado incluso en contra de las ciencias exactas cuando sus conclusiones rompen los dogmas establecidos que promueven. Si la Inquisición en 1600 ejecutó al filósofo y científico Giordano Bruno haciéndolo arder en la hoguera, entre otras razones, por enseñar que los planetas orbitaban el sol, hoy día los neoinquisidores persiguen a académicos y científicos que intentan demostrar asuntos como que el género no es totalmente una construcción social, que la brecha salarial entre hombres y mujeres como producto de la discriminación es un mito, que la narrativa del patriarcado como figura únicamente abusadora de la mujer merece serias dudas, que la genética es uno de los factores que más inciden en la inteligencia, que el Islam podría ser incompatible con occidente, que las potencias coloniales hicieron grandes aportes a sus colonias o que la migración puede tener efectos negativos para la sociedad que la recibe, entre muchos otros temas. Todos estos son verdaderos tabúes que no pueden osar transgredirse sin ser arrasado en el intento. Como bien advirtió Sigmund Freud en su libro Totem und Tabu, «la violación de un tabú convierte al propio violador en tabú». Algunos de los peligros que esa violación puede generar, dice Freud, solo «pueden evitarse mediante actos de expiación y purificación»[18]. Y más adelante añade: «Cualquiera que haya violado un tabú se convierte en tabú porque posee la cualidad peligrosa de tentar a otros a seguir su ejemplo: ¿por qué se le debe permitir hacer lo que se les prohíbe a otros? Por eso es verdaderamente contagioso, porque cada ejemplo fomenta la imitación, y por esa razón él mismo debe ser rechazado»
La epidemia de disculpas, de castigos y de ostracismo social que han experimentado tantas personas, de izquierda y derecha, en tiempos recientes por opiniones o conductas que han quebrado tabúes hablan de la forma irracional y primitiva en la que podemos actuar colectivamente. Se trata de verdaderas hordas que encuentran éxtasis en el castigo y el daño que pueden generar sin ser conscientes de que exista una razón para ello. Como explicó Freud, en una sociedad de tabúes «todo tipo de cosas están prohibidas, las personas no tienen idea de por qué, y no se les ocurre plantear la pregunta. Por el contrario, se someten a las prohibiciones como si fueran una cuestión evidente y se sienten convencidas de que cualquier violación de ellas se resolverá automáticamente con el castigo más grave». Este aspecto es esencial para entender por qué, una vez que un tema se ha convertido en tabú, es decir, en un objeto sagrado y a la vez peligroso y prohibido, se produce una espiral del silencio de la cual resulta casi imposible salir. Como veremos más adelante, la característica distintiva de la era de corrección política que estamos viviendo es precisamente la autocensura, que en muchos sentidos es peor que la censura oficial impuesta por el Estado, pues se basa en el triunfo del miedo a un castigo y enemigo tan difuso que no se le puede enfrentar. Sin embargo, el mismo Freud explica que los pueblos que cultivan los tabúes tienen una relación ambivalente con ellos. De un lado les temen y por otro los quieren romper, solo que el miedo es más fuerte que las ganas inconscientes de transgredirlo. Ahora bien, esta ambivalencia, dice Freud, implica que la realidad psicológica tras los tabúes sea comparable a una neurosis. Más aún, Freud sostiene que en el caso de las personas privilegiadas, es decir, por las que se tiene un exagerado afecto —como podría ser un líder— «junto con la veneración y la idolatría, sentidas hacia ellas, hay en el inconsciente una corriente opuesta de hostilidad intensa que nos enfrenta a una situación de ambivalencia emocional»[. Cabe preguntarse, siguiendo a Freud, si acaso la «ideología políticamente correcta» y su retórica de victimización, además de mostrar afecto desmedido hacia las supuestas víctimas que pretende defender, oculta al mismo tiempo una profunda hostilidad hacia ellas. Si ello fuera así, significaría que los inquisidores de hoy proyectan inconscientemente en otros aquel rechazo y desprecio con el que no quieren tener nada que ver, pero que de todos modos habita en ellos. «El tabú emerge de la ambivalencia emocional», insiste Freud, y agrega que «el proceso se resuelve en lo que en psicoanálisis se denomina proyección […] la hostilidad, de la cual no saben nada y además no desean saber nada, es expulsada de la percepción interna hacia el mundo externo y, por lo tanto, se separa de ellos y es atribuida a otro». Las acusaciones de racismo, xenofobia, sexismo, homofobia, etc., que fácilmente hacen estos defensores del discurso inclusivo y de las minorías serían, bajo esta lectura, en muchos casos nada más que esfuerzos por alejarse del racismo, xenofobia, sexismo y homofobia que los mismos acusadores sienten.
En Busca de la política. Zygmunt Baumann
Ultimamente he dejado de ver los telediarios, total pa qué si ya me los sé.
Drip Pop-Miguel Ángel Hernando Trillo
Nuestros sentidos surgieron por pura adaptación y supervivencia, se basan y trabajan en conjunto con la alerta para tener más posibilidades de sobrevivir. Una vez adaptados y acomodados encima de la pirámide alimenticia, sucedió el milagro de usar los sentidos para el placer; y con ello nació el arte.
Aplicar los sentidos a una función que no les corresponde es todo un desafío para con la naturaleza, y eso en cierto modo nos hace libre.
Tenía el corazón cerrado, como un bolso, y en vez de gastar la vida, la llevó usureramente hasta la muerte.
El grande. William McIlvanny
"... quien llevó sus exigencias de veracidad incondicional hasta el extremo extravagante de afirmar que si alguien ve a una persona inocente que huye de un asesino y éste último la interroga, su deber será contestar la verdad y señalar el escondite de la persona inocente, aunque tenga la certeza de que con ello será causa de un asesinato. Y para que no se creyera que tal doctrina se le había escapado con el calor de la controversia, al reprochársela un célebre autor francés, Kant la reiteró solemnemente y expuso sus razones."
Thomas de Quincey "Del asesinato considerado como una de las bellas artes".
Una vez, un ratón, en pleno invierno, encontró un diminuto agujero en las paredes de un granero. Se estrujó, y se estrujó hasta que consiguió entrar. Aquello era el Paraíso. No había aves de rapiña, ni gatos, ni hurones... Y en cambio, se amontonaban allí verdaderas cordilleras de comida. El ratón pasó semanas caliente, comiendo a sus anchas... y engordó. Y cuando quiso salir, ya no cupo por el agujero. Por más que lo intentó, fue imposible.
Murió de pena.
¿Para qué entrar al granero, si el agujero es demasiado pequeño y si te sacias nunca podrás salir? No entres.
Diccionario Jázaro. Milorad Pavic.
Helen Remington estaba sola entre las butacas y nos observaba. Vaughan clavó los ojos en el coche destruido, casi como si fuera a abrazarlo. Acarició los desgarrones del capó y el techo. Mientras, los músculos de la cara se le abrían y cerraban como pinzas. Se inclinó a mirar dentro de la cabina, inspeccionando los maniquíes. Yo esperaba que les dijera algo, y mis ojos pasaban de las melladas curvas del capó y los guardabarros a la raya entre las nalgas de Vaughan. La destrucción de este coche y sus ocupantes parecía autorizar la penetración sexual del cuerpo de Vaughan; en ambos casos, se trataba de actos conceptualizados y despojados de todo sentimiento, cargados con cualquier idea o emoción que nosotros quisiéramos ponerles.
Vaughan raspó las astillas de fibra de vidrio en el rostro del conductor. Abrió de un tirón la portezuela y acomodó el muslo en el asiento, aferrando con una mano el volante retorcido.
—Siempre quise conducir un coche chocado.
Tomé la observación como una broma, pero Vaughan estaba serio. En realidad parecía más tranquilo, como si este choque de coches le hubiera aflojado algunas tensiones corporales, o hubiese expresado para él algún acto violento reprimido hasta ahora.
—Muy bien —anunció Vaughan, sacudiéndose las astillas de las manos—. Nos vamos ya… Te llevo.
—Viendo que yo titubeaba, afirmó–: Créeme, Ballard, todos los accidentes se parecen.
¿Llegaba a advertir que yo estaba duplicando en mi mente una seria de posturas sexuales donde participábamos él y yo, Helen Remington y Gabrielle, y que reactualizaría la prueba mortal de los maniquíes y el motociclista de fibra de vidrio? En los mingitorios del parque, Vaughan expuso con deliberación el pene semierecto, dando un paso atrás y dejando caer en el suelo embaldosado las últimas gotas de orina.
Cuando nos alejamos del Laboratorio, recobró la agresividad de costumbre, como si los coches que pasaban le despertaran el apetito. Tomó la ruta de acceso a la autopista, hostigando con los destartalados y pesados paragolpes a los vehículos más pequeños, hasta que los apartaba del camino.
Señalé el tablero de instrumentos.
—Este coche… un Continental de hace diez años. ¿He de entender que tomas el asesinato de Kennedy como una especie de accidente automovilístico?
—Es posible.
—¿Pero por qué Elizabeth Taylor? Mientras corres de aquí para allá en este coche, ¿no la pones en peligro?
—¿Por qué?
—Por Seagrave. Está medio loco.
Vi cómo conducía a lo largo de los últimos tramos de la autopista, sin tratar de aminorar la velocidad, pese a los letreros de advertencia.
—Vaughan… ¿ella tuvo algún choque?
—Nada serio… Es decir que en el futuro la espera todo un mundo. Con un poco de organización, podría morir en una colisión única, que transformaría nuestras fantasías y nuestros sueños. El hombre que muera con ella en un accidente…
—¿Seagrave está de acuerdo?
—A su manera.
Nos acercamos a una rotonda. Casi por primera vez desde la salida del Laboratorio, Vaughan aplicó los frenos. El coche pesado resbaló y patinó un poco hacia la derecha, poniéndose en el camino de un taxi que ya había empezado a virar. Vaughan apretó el acelerador y dobló frente al taxi. El chillido de los neumáticos sofocó la bocina enardecida. Vaughan le gritó por la ventanilla al chófer, y corrió hacia el estrecho ramal del norte.
Ya más tranquilos, tomó un maletín del asiento de atrás.
—He estado haciendo una encuesta entre la gente del proyecto. Dime si olvidé algo.
J. G. Ballard, “Crash”.
Cada persona vale tanto en este mundo como ella misma se hace valer. Esta es una regla de oro, un tema que podría llenar todo un volumen en folio: hablar sobre el esprit de conduite y sobre los medios de lograr nuestros propósitos en el mundo; una máxima cuya verdad queda confirmada por la experiencia de todas las épocas. Esta experiencia enseña al aventurero y al fanfarrón a persuadir a la multitud de que es un hombre importante, a hablar de sus conexiones con príncipes y estadistas, con hombres que con frecuencia ni siquiera saben que ellos existen, en términos que les procuren, al menos, alguna comida gratis y acceso a las mejores familias. Conocí a un hombre que hablaba de esta manera del Emperador José y del Príncipe Kaunitz, aunque yo sabía de sobra que ellos apenas le conocían por el nombre y le tenían por un hombre turbulento y un panfletista. Entretanto, como nadie inquiría la verdad de sus pretensiones, obtuvo durante un breve periodo de tiempo tal crédito que gente que quería pedir algo a Su Majestad, el Emperador, se dirigía a él. En estas ocasiones solía escribir de la manera más desvergonzada a algún personaje importante de Viena, y en estas cartas se preciaba tanto de sus otros amigos nobles que, si no conseguía su propósito, al menos obtenía alguna respuesta cortés de la que luego se aprovechaba.
Esta experiencia hace tan atrevido al hombre de conocimientos superficiales como para que decida sobre cosas de las que, una hora antes, apenas había leído u oído algo; y a dar su opinión de una manera tan decidida que ni siquiera el modesto literato presente se atreve a contradecirle ni a plantear preguntas que expondrían al charlatán.
Esta es la experiencia por la cual el arribista incompetente va escalando puestos en el Estado, pisoteando a hombres de mérito, y sin encontrar a nadie que le ponga en su sitio.
Es la experiencia por la cual los ingenios más inútiles y perversos, personas sin talento ni conocimientos, fanfarrones y soplagaitas, se las arreglan para hacerse imprescindibles a los grandes de esta tierra.
Es la única experiencia por la cual la mayoría de los eruditos, músicos y pintores adquieren la fama.
Apoyándose en esta experiencia el artista extranjero reclama cien luises de oro por una pieza que un nativo haría cien veces mejor por la mitad de precio; no obstante, la gente pierde los papeles por las obras del extranjero; pero él no puede satisfacer toda la demanda de sus numerosos clientes, así que a la postre emplea a nativos para que trabajen para él, y vende los productos con su nombre en el extranjero.
Alentado por esta experiencia, el escritor consigue subrepticiamente una reseña favorable al hablar en el prefacio de la segunda parte de su aburrido libro, con el mayor descaro, sobre la buena acogida que tuvo la primera parte entre los especialistas en la materia, vanagloriándose de su amistad con ellos.
Esta experiencia anima al noble insolvente, que quiere tomar prestado dinero sin la intención de devolverlo, a pedir créditos con tales expresiones que el rico usurero considera un honor dejarse estafar por él.
Todas las peticiones de ayuda y protección expuestas con ese tono, encuentran una acogida positiva y nunca son rechazadas, mientras que el cliente modesto y temeroso casi siempre lo único que recibe es desprecio, reservas y frustración.
Esta experiencia enseña al sirviente a creerse el más importante en casa de su señor, y al que ha recibido un favor a considerarse tan poderoso como para hacer creer al benefactor que es muy afortunado por haber tenido la posibilidad de servir a hombres semejantes.
¡En suma!, la máxima de que cada uno vale ni más ni menos que lo que se hace valer es la gran panacea de los aventureros, los fanfarrones, los soplagaitas y otras cabezas de poco fuste para medrar en este mundo nuestro, así que no doy un centavo por ese remedio universal. ¡Pero alto!, ¿realmente no nos sirve de nada esa máxima? ¡Sí, amigos míos!, nos puede enseñar a no revelar nuestras debilidades económicas, físicas, morales o intelectuales, a menos que sea por necesidad urgente o porque así nos lo exija nuestra profesión. Así pues, sin caer en la fanfarronería ni en las mentiras infames, no se ha de desperdiciar la oportunidad de mostrarnos por nuestras facetas más ventajosas.
Esto, sin embargo, no puede hacerse de una manera grosera, demasiado evidente, vanidosa o llamativa, pues así perderemos más que ganaremos; sino que más bien habremos de inducir a los demás, imperceptiblemente, a que piensen que poseemos más habilidades y méritos de los que se pueden ver a primera vista. Si nos colgamos un cartel demasiado espléndido, despertaremos por ello una atención excesiva, y ello invitará a otros a investigar más a fondo esos pequeños defectos de los que ningún ser humano está libre, y así perderemos de golpe todo nuestro esplendor. Muéstrate, por lo tanto, con cierta conciencia modesta de dignidad interna y ante todo haz que resplandezca en tu frente la conciencia de la verdad y de la honestidad. Muestra sensatez y conocimientos cuando se presente la ocasión adecuada; sin exagerar, para no provocar envidia o no caer en la sospecha de tener pretensiones desmesuradas, ni muy poco como para ser ignorado o callado. Muéstrate reservado, pero evita que se te tome por un original o un tímido o por arrogante.
De cómo tratar con las personas. Adolph Knigge
Las esclusas de Epifano es la historia de un proyecto hidráulico demencial que concluye con una decapitación en el Kremlin. El proyecto es idea de Pedro el Grande, y la acción empieza cuando un tal Bertrand Perry, ingeniero de Newcastle, se presenta en el Instituto para Canales y Obras Hidráulicas de San Petersburgo. El zar Pedro quiere que el Volga y el Don «se comuniquen» mediante una conexión fluvial permanente: «Es nuestro propósito unir para siempre los principales ríos del Imperio en un sistema hidráulico único». El dirigente anuncia la inauguración de la era de las Grandes Construcciones. «El guerrero manchado de sangre o el explorador fatigado será desplazado por el ingeniero inteligente». Para hacerse cargo de esta ofensiva de progreso y de civilización (más concretamente, para la construcción y el trazado del sistema de canales) «nos llega de Inglaterra el ingeniero Bertrand».
Al ingeniero extranjero se le conceden los poderes de un general; se le permite organizar todo un ejército de trabajadores para las obras de excavación. Así y todo, Bertrand se enfrentará en la Rusia profunda con «una sucesión de desgracias». Sus mejores colaboradores mueren de paludismo. Personas de su confianza desertan. Todo lo que han logrado construir el primer verano amenaza con desaparecer bajo las lluvias de primavera. Sin embargo, una vez eliminada el agua del deshielo, el nivel del Don desciende alarmantemente. Debido a la primavera seca, el nivel es demasiado bajo para llenar de agua el canal de enlace. Para colmo de males, Bertrand recibe una carta de su amada desde Newcastle: está embarazada de otro. En un intento por olvidarse de sus desdichas personales, Bertrand se consagra en cuerpo y alma a su trabajo. Con la esperanza de facilitar el suministro de agua al Don, ordena excavar un pozo en el lago Ivan que sirva de manantial, pero mientras sus hombres taladran la tierra desde una balsa, el agua del manantial desciende hacia capas terrestres más profundas e inalcanzables.
Al realizar la inspección de las construcciones hidráulicas encomendadas, resulta que ni un barquito de remo puede navegar del Don al Volga. El ingeniero británico es conducido a Moscú, esposado, donde se le notificará la sentencia del zar: muerte por decapitación.
Un agente de policía entrega al prisionero a un «tipo siniestro de gran estatura» en la mazmorra de la torre del Kremlin.
—¿Dónde tienes el hacha? —alcanza aún a preguntarle Bertrand.
—¿El hacha? —responde el verdugo—. Contigo me las apañaré perfectamente sin hacha.
Las esclusas de Epífano. Andrei Platonov
Los que creen que serán reconocidos por la posteridad no es que se sobrevaloren a sí mismos, es que sobrevaloran la posteridad.
La ignorancia. Milan Kundera.
Los fueros de la Corona de León (Gallecia, Asturias y Legione, o reino de León, que incluía Asturias, reino de Galicia, y condados de Portugal y Castilla) son las disposiciones legales redactadas en astur-leonés y galaico-portugués durante algo más de dos siglos, empezando el segundo milenio. Los del siglo XIII emanan directamente de las primeras cortes democráticas y constituyen «el testimonio documental más antiguo del sistema parlamentario europeo» según la UNESCO.
En ellos podemos encontrar este fragmento en asturiano antiguo:
Si barallar vezino con vezino et el uno denostar al otro per uno destos quatro denuestos: fodidenculo, siervo, çigulo, traydor, sil firier sobre aquesto una vez con lo que toviere en mano que non se baxe por prender alguna cosa et non vaya a su casa por armas con quel fiera, lógrelo sin calonna et qui emprimar postea pecte ço que fizier et lógrelas aquellas que él fizier; et por estos quatro denuestos, por qual quier que il diga, et non lo enviar ferir una vez aquel quel denostó, postea le quesier venir a derecto por foro dela villa, paresse en conçello et diga: «lo que dixe, dixelo contro el mal taliento et non por tal que verdat sea et mentí por esta boca, et saqué el dedo por los dientes»; et por estos otros denuestos non traya el dedo por la boca, mas planamientre se desmienta.
Que sería en castellano:
"Si riñere vecino con vecino y uno injuriase de palabra al otro por uno de estos cuatro denuestos: sodomita, siervo, cornudo, traidor, si además le hiriere una vez con lo que tuviese a mano, no bajándose para coger alguna cosa y no vaya a casa por armas con que le hiera, hagálo sin multa, y quien empezara después pague lo que hiciere y lógrelas (sin multa) aquellas que él hiciera; y por estos cuatro denuestos, por cualquiera que le diga, y no le hubiese herido una vez aquel que denostó, después quisiera venir a derecho por fuero de la villa, preséntese en concejo y diga: «lo que dije, díjelo contra mal talento y no porque fuera verdad y mentí por esta boca, y saqué el dedo por los dientes»; y por estos denuestos no extraiga el dedo por la boca, sino desmiéntase llanamente."
Trurl y Clapaucio eran alumnos del gran Cerebrón Emtadrata, quien durante cuarenta y siete años había enseñado en la Escuela Superior de Neántica la Teoría General de Dragones. Como sabemos, los dragones no existen. Esta constatación simplista es, tal vez, suficiente para una mentalidad primaria, pero no lo es para la ciencia. La Escuela Superior de Neántica no se ocupa de lo que existe; la banalidad de la existencia ha sido probada hace demasiados años para que valiera la pena dedicarle una palabra más. Así pues, el genial Cerebrón atacó el problema con métodos exactos descubriendo tres clases de dragones: los iguales a cero, los imaginarios y los negativos. Todos ellos, como antes dijimos, no existen, pero cada clase lo hace de manera completamente distinta.
Los dragones imaginarios y los iguales a cero, a los que los profesionales llaman Imaginontes y Ceracos, no existen, pero de modo mucho menos interesante que los Negativos. Desde hace mucho tiempo se conoce en la dragonología una paradoja, consistente en el hecho de que, si se herboriza a dos negativos -operación correspondiente en el álgebra de dragones a la multiplicación en la aritmética corriente- se obtiene como resultado un infradragón en la cantidad 0,6 aproximadamente. A raíz de este fenómeno, el mundillo de los especialistas se dividía en dos campos, de los cuales uno sostenía que se trataba de la parte de dragón contando desde la cabeza, y el segundo afirmaba que había que contar desde la cola.
Trurl y Clapaucio tuvieron el gran mérito de esclarecer lo erróneo de ambas teorías. Fueron ellos quienes aplicaron por vez primera el cálculo de probabilidades en esta rama de ciencia, creando, gracias a ello, la dragonología probabilística. Esta última demostró que el dragón era termodinámicamente imposible sólo en el sentido estadístico, al igual que los elfos, duendes, gnomos, hadas, etc. Los dos científicos calcularon en base a la fórmula general de la improbabilidad los coeficientes del duendismo, de la elfiación, etc. La misma fórmula demuestra que para presenciar la manifestación espontánea de un dragón, habría que esperar dieciséis quintocuatrillones de heptillones de años, más o menos.
No cabe duda de que el problema hubiera quedado como un simple curiosum matemático, si no fuera por la conocida pasión constructora de Trurl, quien decidió investigar la cuestión empíricamente. Y puesto que se trataba de fenómenos improbables, inventó un amplificador de la probabilidad y lo comprobó; primero en el sótano de su casa, luego en un Polígono Dragonífero especial, Dragoligón, costeado por la Academia.
Las personas no iniciadas en la teoría general de la improbabilidad preguntan hasta hoy en día por qué, de hecho, Trurl probabilizó al dragón y no al elfo o al gnomo. Lo hacen por ignorancia, ya que no saben que el dragón es, sencillamente, más probable que el gnomo. Es posible que Trurl haya querido avanzar más en sus experimentos con el amplificador, pero ya en el primero sufrió graves contusiones, puesto que el dragón, aun en vías de virtualización, quiso merendárselo. Por fortuna, Clapaucio -presente en oportunidad de la experimentación- redujo la probabilidad y el dragón desapareció.
Varios científicos volvieron a hacer luego experimentos con un dragotrón, pero como les faltaba rutina y sangre fría, una buena parte de la prole dragonera logró la libertad, no sin antes dejar en sus creadores muchos chichones y cardenales. A raíz de esos acontecimientos, se descubrió que los abyectos monstruos existían de manera muy diferente de como lo hacían -por ejemplo- armarios, cómodas o mesas, ya que lo que más caracteriza a un dragón una vez realizado es su notable naturaleza probabilística. Si se da caza a un dragón de esta clase, y sobre todo con batida, el cerco de cazadores con el arma pronta para disparar encuentra solamente un sitio quemado y maloliente en el suelo, dado que el dragón, al verse en dificultades, escapa del espacio real refugiándose en el configurativo.
Siendo una bestia obtusa y de cortos alcances, evidentemente lo hace por puro instinto. Las personas de pocas luces no pueden entender cómo ocurre la cosa, y a veces piden a gritos que se les muestre esa clase de espacio. Si se portan así, es porque no saben que también los electrones -cuya existencia no niega nadie que esté en su sano juicio- se mueven únicamente en el espacio configurativo, dependiendo su suerte de las ondas de probabilidad. Por otra parte, hay quien prefiere creer en los dragones antes que en los electrones, ya que estos últimos no suelen (por lo menos cuando están solos) querer comerse a nadie.
Un colega de Trurl, Harboríceo Cibr, fue el primero en establecer los cuantos del dragón y encontrar la unidad llamada el dracónido, que sirve para calibrar los contadores de dragones. Incluso calculó la curvatura de su cola, lo que por poco le cuesta la vida. Sin embargo, estos progresos en la dragonología dejaban indiferentes a las masas atribuladas por los dragones. Las bestias hacían muchísimo daño pateando y quemando las cosechas, y desvelando con sus rugidos a la gente atemorizada. Por si esto fuera poco, su insolencia era tan grande, que de vez en cuando se atrevían a exigir un tributo de jóvenes vírgenes.
¿Qué les importaba a los desgraciados que los dragones de Trurl, siendo indeterministas y por tanto no locales, se comportaran conforme a la teoría, aunque contra toda la decencia? ¿Qué más les daba que la curvatura de la cola estuviera estudiada y calculada, si los monstruos devastaban las cosechas a golpe de cola? No nos extrañemos pues si las masas, en vez de reconocer el enorme valor de los extraordinarios logros de Trurl, se los han reprochado. El descontento se hizo patente cuando un grupo de individuos -particularmente ignorantes en materia científica- osó levantar la mano al insigne constructor, dejándolo bastante maltrecho.
Pero Trurl, respaldado por su amigo Clapaucio, persistió en su trabajo de investigación, obteniendo nuevos éxitos al demostrar que el grado de existencia del dragón dependía de su humor y del estado de saturación general. El axioma sucesivo evidenciaba el hecho de que el único método seguro para su exterminio era la reducción de su probabilidad a cero, e incluso a los valores negativos. En todo caso, estas investigaciones exigían mucho trabajo y tiempo. Mientras tanto, los dragones ya realizados disfrutaban de libertad, aterrorizando a la gente y devastando planetas y lunas. ¡Y se multiplicaban, que era lo más terrible!
El hecho dio a Clapaucio la ocasión de publicar un brillante opúsculo bajo el título de «Transmutación covariante de dragones en dragoncillos, un caso particular de transmutación de estados prohibidos por la física a otros prohibidos por la policía». El opúsculo tuvo mucha resonancia en el mundo científico, donde nadie se había olvidado todavía de un dragón policial, muy famoso, con cuya ayuda los valientes constructores vengaron el infortunio de sus llorados compañeros en la persona del perverso rey Cruelio.
Y cuáles no fueron las perturbaciones, cuando se supo que un constructor -un tal Basileo Emerdiano- viajaba por toda la Galaxia, provocando con su mera presencia la aparición de dragones en los lugares donde nunca nadie los había visto antes. Cuando el desespero general y el estado de catástrofe nacional llegaban al cenit, Basileo pedía audiencia al rey del país en cuestión y, después de un largo regateo para obtener astronómicos honorarios, se comprometía a exterminar a los monstruos, lo que siempre cumplía puntualmente. Nadie sabía cómo lo hacía, porque siempre actuaba a escondidas y solo. Y para colmo de males, siempre daba la garantía del éxito de su dragonólisis en el sentido solamente estadístico.
Desde que un cierto monarca recurrió al mismo método -pagándole con unos ducados que sólo eran buenos estadísticamente-, solía comprobar con todo descaro, usando el agua regia, la naturaleza del metal de las monedas con que se le pagaba. Así las cosas, Trurl y Clapaucio se encontraron una tarde soleada y, naturalmente, hablaron del asunto.
— ¿Has oído hablar de ese Basileo? -preguntó Trurl.
— Claro que sí.
— ¿Y qué te parece?
— No me gusta esa historia.
— A mí tampoco. ¿Qué opinas de él?
— Creo que se sirve de un amplificador.
— ¿De la probabilidad?
— Sí. O bien de un sistema razonador.
— O de un generador de dragones.
— ¿Te refieres al dragotrón?
— Sí.
— En efecto, es posible.
— ¡Hombre! Si fuera de veras así -exclamó Trurl-, sería una canallada. Significaría, en cierto modo, que él se lleva los dragones consigo en estado potencial, con la probabilidad cercana al cero. Una vez bien instalado y ambientado a los planetas, va aumentando la probabilidad, la eleva a potencias cercanas a la seguridad y, naturalmente, sucede una virtualización, concretización y totalización plena y manifiesta.
— Seguro. Probablemente rasca en la matriz las letras «gón» y pone «cula». Así obtiene un «Drácula». ¡Dragón vampiro! ¿Te das cuenta?
— Sí. Creo que no puede existir cosa más terrible que un dragón vampiro. ¡Qué horror!
— Y dime, ¿crees que los anula luego con un retrocreador aniquilante, o sólo disminuye momentáneamente la probabilidad y se marcha con la pasta?
— Es difícil de decir. Pero si sólo los desprobabilizara, sería una canallada todavía más gorda, ya que tarde o temprano las cerofluctuaciones tienen que conducir a la activación de la dragomatriz, ¡y ya tenemos toda la historia vuelta a empezar!
— Sí, pero para ese momento él y el dinero están ya lejos… -gruñó Clapaucio.
— ¿No te parece que deberíamos escribir una carta avisando a la Oficina Principal de Regulación de Dragones?
— ¡Eso sí que no! Al fin y al cabo, puede que no lo haga. No tenemos ninguna prueba, ni seguridad de ninguna clase. Ten en cuenta que las fluctuaciones estadísticas ocurren a veces incluso sin un amplificador. Antaño no había matrices ni amplificadores, a pesar de lo cual a veces aparecían dragones. Accidentalmente.
— Tal vez tengas razón… -dijo Trurl- y, sin embargo… Fíjate que, en este caso, aparecen tan sólo cuando él llega al planeta.
— Es cierto. Pero, de cualquier manera, escribir sería una incorrección: no se puede denunciar a un colega. Sea como fuere, somos de la misma profesión. ¿Y si tomáramos algunas medidas por nuestra cuenta?
— Podría hacerse.
— De acuerdo, pues. Opino igual. A ver, ¿qué hacemos?
Aquí los dos insignes dragonólogos se enfrascaron en una discusión profesional incomprensible para toda persona ajena al ramo, ya que sólo emplearon palabras enigmáticas, por el estilo de: «contador de dragones», «transformación descolada», «débil influencia dragonística», «difracción y dispersión de dragones», «dragón duro», «dragón blando», «espectro discontinuo del basilisco», «dragón en estado de excitación», «aniquilación de una pareja de dragones de signos vampíricos opuestos en un campo de vector e inducción caóticos», etc.
El resultado de ese análisis exhaustivo del fenómeno fue una nueva expedición -tercera en el orden-, para la cual los dos constructores se prepararon con mucho esmero, cargando su nave con multitud de aparatos complicados. Entre los más importantes figuraban un difusador y un cañón que disparaba anticabezas.
Durante el viaje, mientras aterrizaban en Encia, Pencia y Cerúlea, comprendieron que, a menos de cortarse en pedazos, no les sería posible rastrear todo el terreno infestado por la plaga. La solución más sencilla era, evidentemente, trabajar por separado. Por lo tanto, después de celebrar un consejo de planificación, cada uno se marchó en dirección opuesta. Clapaucio pasó mucho tiempo laborando en Prestopondia, contratado por el emperador Extrandalio Ampetricio, que prometió darle a su hija por esposa si liberaba al país de los monstruos. Los dragones de probabilidad más elevada se paseaban incluso por las calles de la capital del imperio, y los virtuales pululaban por doquier en cantidades escalofriantes. Aunque, conforme a la opinión de personas del montón y de cortos alcances, los dragones virtuales «no existían», es decir, su existencia no era concretamente «comprobable», ni tampoco hacían nada para manifestarse, los cálculos de CibrTrurlClapaucioMinogo demostraban incontestablemente (sobre todo la ecuación de la onda dragonística) que un basilisco pasaba del espacio configurativo al real con la misma facilidad con que el hombre pasa de una habitación de su casa a la otra. Por consiguiente, por poco que aumentara la probabilidad, uno podía toparse con un dragón y hasta un superdragón en su propia vivienda, su sótano o su jardín.
En vez de perseguir a cada bestia por separado (lo que en cualquier caso hubiera tenido poca eficacia), Clapaucio, como el verdadero científico que era, actuó con método y lógica: colocó en las plazas y jardines de aldeas y ciudades unos autorreductores probabilísticos y, al poco tiempo, no quedaba títere con cabeza entre la estirpe dragoniana. Tras embolsarse los honorarios, un diploma honorífico y una copa grabada a su nombre, Clapaucio arrancó el vuelo para reunirse con su amigo.
Por el camino vislumbró un planeta donde alguien le llamaba con signos angustiosos. Pensando que tal vez era Trurl, que se encontraba en apuros, aterrizó. Resultó que los que le llamaban eran habitantes de Truflofora, súbditos del rey Pstricio. Era un pueblo terriblemente supersticioso, supeditado a unas creencias primitivas; su religión, la pneumatología draconiana, afirmaba que los dragones aparecían en castigo de los pecados y que tenían almas, pero impuras. Clapaucio pronto se dio cuenta de la insensatez -para usar un término suave- de toda discusión con los dracólogos del reino, ya que los únicos métodos que aplicaban para combatir la plaga se limitaban a quemar incienso en los lugares infestados y repartir reliquias, de modo que optó por efectuar sondajes en el terreno.
Sobre el planeta vivía en aquel momento un solo monstruo, pero perteneciente a la clase más terrorífica de todas, los Abyectosauria Draculii. Cuando el científico ofreció sus servicios al rey, éste le contestó de manera evasiva, sin concretar nada: se notaba la influencia que sobre él ejercía la absurda doctrina, según la cual las causas de la aparición de dragones no eran de este mundo. Al estudiar la prensa local, Clapaucio se percató de una curiosa falta de unanimidad: mientras unos consideraban al Abyectosaurio como ejemplar único, otros lo tomaban por un ser múltiple, capaz de encontrarse en varios sitios a la vez. El hecho le dio que pensar, aunque no le extrañó demasiado, puesto que la localización de aquellas asquerosas bestias dependía de las llamadas anomalías draconianas, por cuya causa algunos ejemplares -sobre todo los más distraídos-, quedan a veces «chapuceados» en el espacio -lo que no es otra cosa que un simple efecto isóspino de amplificación del momento cuántico-; así como una mano, al emerger del agua, muestra encima de la superficie cinco dedos aparentemente independientes e individualizados, igual los dragones, al emerger del espacio configurativo al real, parecen alguna vez múltiples a pesar de ser uno solo.
En el transcurso de una posterior audiencia, Clapaucio preguntó al rey si, por casualidad, Trurl no estaba en ese planeta. Cuál no fue su sorpresa cuando oyó que sí, en efecto, que su colega había estado hacía poco en Pstricia y que incluso se había comprometido a anular al Abyectosaurio, habiendo cobrado una suma a cuenta de los honorarios y marchado a unas montañas cercanas, donde se había visto a la dragona (parece que era hembra) repetidas veces. Al día siguiente regresó, pidió que se le completara el pago, enseñando como una prueba fehaciente de su éxito cuarenta y cuatro colmillos de dragón. Sin embargo, surgieron ciertas complicaciones y el pago fue retenido hasta que se aclarara el asunto. Al parecer, el hecho enfureció a Trurl de tal manera que en público y en voz alta dijo sobre el monarca cosas rayanas en el ultraje a la majestad; acto seguido, se alejó en una dirección desconocida, y no se le volvió a ver más. No así la Abyectosauria, que, ni corta ni perezosa, hizo al poco tiempo un nuevo acto de presencia, dedicándose a devastar, más cruelmente todavía, pueblos y ciudades sumidos en el terror.
Clapaucio encontró la historia bastante confusa, pero le era difícil poner en tela de juicio la veracidad de las palabras pronunciadas por boca del rey. Preocupado, cargó su mochila con productos dragonicidas de gran potencia y emprendió solitaria marcha hacia las montañas, cuya nevada sierra se elevaba majestuosamente por la parte este del horizonte.
Pronto vio en las rocas las primeras huellas del monstruo; pero aunque no las hubiera advertido, le hubiera alertado de su presencia el característico tufo a gases de azufre. Intrépido, prosiguió el camino, alerta y pronto a hacer uso del arma colgada del hombro; observaba continuamente su contador de dragones. La manecilla, después de haberse mantenido en el cero durante un buen rato, empezó a agitarse de manera inquietante, para colocarse lentamente, como si tuviera que vencer una resistencia invisible, cerca del número 1. Ahora Clapaucio ya no podía dudar: la Abyectosauria estaba rondando por allí.
Era un hecho verdaderamente sorprendente: a Clapaucio no le cabía en la cabeza que Trurl, su compañero de hazañas y científico de gran renombre, hubiera podido cometer un error en sus cálculos y dejar escapar viva a la bestia. Quien conociera a Trurl, sabía que esta eventualidad era tan inverosímil como el hecho de que volviera a la corte sin haber cumplido su cometido y exigiera pago por lo que no se había hecho.
Al poco rato topó en el camino con una columna de indígenas, cuyas miradas llenas de inquietud y su manera de andar -en una apretada fila- demostraban que el miedo los embargaba. En fila india, doblados bajo el peso de los fardos que transportaban sobre sus espaldas, ascendían lentamente por la ladera de la montaña. Después de saludarles, Clapaucio los hizo detener y preguntó a su guía qué hacían y adonde iban.
— Digno señor -contestó aquél, un funcionario de estado de rango inferior enfundado en una casaca remendada-, llevamos tributo al dragón.
— ¿Tributo? ¡Oh, sí, claro! ¿Y de qué consta ese tributo?
— De lo que le apetece al dragón, señor: oro, piedras preciosas, perfumes extranjeros y un sinfín de otras cosas…, todas muy caras.
Aquí el asombro de Clapaucio creció vertiginosamente, ya que los dragones nunca exigían semejantes ofrendas, sobre todo perfumes -incapaces de vencer su hedor natural- o dinero -que no necesitaban para nada-.
— ¿Y vírgenes no pide el dragón, buen hombre? -volvió a preguntar.
— Ya no, señor. Antes sí lo hacía; aún el año pasado se le llevaban, diez, una docena, según se le antojaba. Pero desde que vino aquí uno de fuera, quiero decir un extranjero, señor, y se puso a andar por las montañas en soledad, con cajas y aparatos… -aquí el hombrecillo interrumpió la frase, fijando la inquieta mirada en los instrumentos y armas de Clapaucio, entre los cuales destacaba el enorme dial del contador de dragones con su tictac quedo y su manecilla roja moviéndose sobre la esfera blanca-. ¡Pero si lo tenía todo igualito que su excelencia! -dijo, con un temblor en la voz-. Las mismas cosas llevaba encima y… lo mismo…
— Las compré de ocasión en un mercado de viejo -cortó Clapaucio, para mitigar el recelo de su interlocutor-. Y dígame, amigo, ya que hablamos de ello, ¿no sabe por casualidad qué se hizo de aquel extranjero que andaba por ahí?
— ¿Qué se hizo de él? Ay, no lo sabemos, señor. Bueno, verá, fue así. Una vez, hará unas dos semanas… ¿digo bien, compadre Barbarón? ¿Hará unas dos semanas, poco más o menos?
— Pues sí, compadre, decís bien, eso será. Unas dos semanas o cuatro. Tal vez seis.
— Eso. Pues se llegó al pueblo, entró en casa, comió, pagó bien (eso sí, dio las gracias, no puede decirse nada), miró por todas partes, golpeó las paredes, charló amablemente, preguntó por los precios del año pasado, dispuso los aparatos en la mesa grande, leyó en las esferas y se lo apuntó todo, cosa por cosa, con tanta premura que le temblaban las manos, en una libreta pequeña, roja, que llevaba en un bolsillo, luego sacó aquel ter…, ¿cómo se dice, compadre? el ter…, temper… no me sale la palabra…
— ¡El termómetro, alcaide!
— ¡Eso mismo! Sacó, pues, ese termómetro y dijo que era contra los dragones. Lo metió en un sitio, en otro, escribió otra vez en la libreta, metió los aparatos en un saco, se cargó el saco sobre la espalda, se despidió y se marchó. Y ya no volvimos a verle, señor. Lo que pasó, solamente, es que aquella misma noche hubo un ruido muy grande, como un trueno; pero lejos, como si fuese tras el pico de Midragor… es aquél, fíjese; cerca de aquel otro que es como una cabeza de halcón y se llama Pstriciano por el nombre de Su Majestad el rey, al otro lado, aquel que tiene otro muy cerca, como si fueran (con permiso) dos posaderas: aquél se llama la Pacusta, y es porque una vez…
— Dejemos los picos en paz, mi buen indígena -cortó Clapaucio-; así pues, dice que durante la noche hubo como un gran trueno. ¿Qué pasó luego?
— Luego ya nada más, señor. Cuando aquel estruendo, la casa se ladeó y me caí del catre al suelo. Pero ya tengo costumbre, porque cuando la dragona toca a veces de culo a la casa, le hace saltar a uno más todavía. Para decirle, por ejemplo, el hermano de Barbarón aquí presente, se cayó dentro de la tina de la ropa (porque justo hacían la colada) cuando se le antojó a la dragona rascarse la barriga contra la esquina de la casa…
— ¡Al grano, alcaide, al grano! -exclamó Clapaucio-. Estábamos en que tronó, usted fue a parar al suelo, ¿y qué más?
— Ya le he dicho que no hubo más. Si hubiera algo, tendría de qué hablar, pero si no hay nada, no hay nada y no vale la pena gastar saliva. ¿No es verdad, compadre Barbarón?
— Mucha razón tenéis, compadre alcaide.
Clapaucio se despidió con un gesto de cabeza y se apartó; la columna de porteadores reanudó entonces su fatigosa marcha, resollando por el peso del tributo que llevaban para el dragón. El constructor conjeturaba que lo depositarían en alguna cueva indicada por el monstruo, pero no quería hacer más preguntas, tanto le había extenuado la conversación con el alcaide y su compadre. Por otra parte, había oído antes cómo un hombre decía al otro que «por suerte», el dragón «escogió un sitio que estaba cerca para él y para nosotros».
Clapaucio se puso a su vez en camino, andando a buen paso y orientándose según las reacciones de un dragoindicador que se había colgado del cuello. No se olvidaba tampoco de consultar el contador, pero éste marcaba continuamente ocho décimas de dragón.
— Será un dragón particularmente discreto, o ¿quién sabe? -se preguntaba Clapaucio, mientras ascendía la pendiente, deteniéndose de vez en cuando para respirar, ya que los rayos del sol quemaban como el fuego.
El calor hacía temblar el aire por encima de los peñascos ardientes y en todo el contorno no había ni rastro de vegetación; sólo la tierra calcinada y resquebrajada en los huecos de las rocas y pedregales interminables y candentes que se extendían hasta los majestuosos picos. Pasó una hora; el sol bajó del cenit a la otra mitad del cielo, y Clapaucio seguía caminando, subiendo entre piedras y rocas, hasta que llegó a un terreno de barrancos estrechos y grietas llenas de frescor y oscuridad. La manecilla roja avanzó hasta la novena rayita bajo el número uno y se detuvo, temblando.
El científico dejó su mochila sobre una roca plana y empezó a sacar la desdragonadora, cuando el indicador se agitó violentamente; cogió su reductor de la probabilidad y oteó con atención los alrededores. Desde las rocas en que se encontraba, su vista alcanzaba al fondo del barranco, donde algo se estaba moviendo.
«¡No cabe duda, es ella!», pensó, puesto que el monstruo era una hembra.
Se le ocurrió que tal vez por eso, por ser una hembra, no exigía ahora doncellas. Sin embargo, anteriormente se las hacía traer. Extraño… muy extraño. Pero ahora, lo que importaba era tener buen pulso y apuntar con esmero, y todo terminaría bien, pensó. Sólo por si acaso, volvió a abrir la mochila para extraer su dracodestructor, cuyo émbolo enviaba a los dragones a la inexistencia.
Se asomó por encima de la roca. En el fondo del barranco, por el lecho seco del torrente, avanzaba una dragona gris pardusca; de colosal tamaño, pero con los flancos hundidos como si padeciera hambre. Las ideas se agolparon caóticamente en el cerebro de Clapaucio. ¿Cuál era el proceder más eficaz? ¿Aniquilarla, tal vez, gracias al cambio de signo de la matriz dragoniana del positivo al negativo, de modo que la probabilidad estadística de desdragón venciera a la de dragón? ¡Pero cuan arriesgado era, teniendo en cuenta que un movimiento casi imperceptible podía causar un cambio de consecuencias catastróficas! Fueron muchos los que en circunstancias semejantes obtuvieron en vez de desdragón, desazón.¿Cómo se puede hacer depender de tan pocas letras cosas tan grandes?
Además, una desprobabilización total haría imposible la investigación de la naturaleza de la Abyectosauria. Clapaucio vacilaba, hecho un mar de dudas, teniendo ante los ojos de su imaginación el agradable cuadro de una enorme piel de dragón extendida en su estudio entre la ventana y la biblioteca. Pero no era el momento de soñar, aunque otra eventualidad -la de donar un ejemplar de gustos tan especiales a un dragozoo- se le ocurrió mientras se arrodillaba; incluso tuvo tiempo de pensar qué trabajito científico tan bien hecho se podía confeccionar, si se lo basaba en una pieza bien conservada; de modo que pasó el fusil con el reductor a su mano izquierda, y cogió con la derecha un trabuco cargado con un anticabeza, apuntó cuidadosamente y apretó el gatillo.
¡Un estruendo de mil demonios! Una nube de humo nacarado rodeó la boca del cañón y a Clapaucio, que por un momento perdió al monstruo de vista, pero el humo se dispersó en seguida.
Las viejas leyendas cuentan sobre dragones multitud de cosas que no son ciertas. Dicen, por ejemplo, que algunos de ellos llegan a tener siete cabezas; en realidad esto no ocurre jamás. El dragón sólo puede tener una cabeza, ya que la presencia de dos conduce infaliblemente a violentos altercados y peleas entre éstas. Los pluritestas (nombre que les dieron los científicos) se extinguieron a causa de contiendas internas. Estos monstruos, de naturaleza obtusa y terca, no soportan la menor oposición, y por eso la posesión de dos cabezas en un solo cuerpo lleva a una muerte rápida: cada una, queriendo perjudicar a la otra, se niega a tomar alimento, e incluso se abstiene de respirar. Se puede adivinar fácilmente cuál es el resultado.
Éste, precisamente, fue el fenómeno aprovechado por Euforio Bondal para su invento del trabuco anticabeza. Se dispara al dragón, alojando en su corpachón una pequeña cabecita electrónica, fácil de manejar, y al momento se originan disputas y escenas violentas. En consecuencia, el dragón se queda inmóvil y tieso en un sitio, como si le diera parálisis, durante un día, una semana, un mes; incluso hubo casos en que sucumbía al agotamiento sólo al cabo de un año. Cuando se halla en este estado, se puede hacer con él lo que se quiera.
Sin embargo, el dragón alcanzado por el disparo de Clapaucio se comportó de manera muy extraña. Bien es verdad que se enderezó sobre las patas traseras con un rugido que hizo caer de la montaña una avalancha de piedras, que batió con la cola las rocas de sílex con tanta fuerza que el olor y los destellos de chispas llenaron todo el barranco, pero después se rascó la oreja, carraspeó y prosiguió tranquilamente la marcha, con la única diferencia de que había acelerado y pasado al trote. Sin dar crédito a sus propios ojos, Clapaucio corrió por la cresta peñascosa buscando un atajo hacia la salida del barranco: lo que ahora se le dibujaba en la mente ya no era algún que otro trabajito científico o artículo en el «Almanaque Dragonero», sino, por lo menos, una monografía sobre papel vitela, con los retratos de dragón y autor.
Al llegar a la punta, se acurrucó detrás de unas rocas, se acercó al ojo su lanzaimprobabilidad, apuntó e hizo funcionar los desposibilidadores. La culata le tembló en la mano; del arma recalentada se desprendió un vaho de neblina, el dragón quedó rodeado de un halo -como la luna cuando pronostica mal tiempo-, pero no se esfumó. Clapaucio volvió a la carga, para hacer la existencia del monstruo imposible.
La intensidad de la imposibilitatividad creció tanto, que una mariposa que volaba por allí empezó a emitir en alfabeto Morse el «Segundo Libro de la Selva»; entre las anfractuosidades de las rocas se materializaron sombras de hadas, brujas y espectros, y el poderoso ruido de cascos al galope anunciaba que se estaban acercando unos centauros, sacados de la imposibilidad por la tremenda tensión del arma. Sin embargo, el dragón, como si no hubiera ocurrido nada, se sentó pesadamente, bostezó y empezó a rascarse con fruición con las patas traseras la colgante papada.
El arma sobrecalentada quemaba los dedos de Clapaucio, quien seguía apretando febrilmente el gatillo. El científico nunca había vivido nada semejante: las piedras cercanas, no muy grandes, se elevaban libremente en el aire, y el polvo que el dragón echaba al rascarse por debajo del trasero, formó, al posarse, una frase bien legible: SU SEGURO SERVIDOR. Oscureció, el día daba paso a la noche, grandes peñascos calcáreos fueron a dar un paseo charlando en voz baja de sus cosas…; en una palabra, un milagro seguía al otro, pero la espantosa bestia que reposaba a treinta pasos de Clapaucio no quería desaparecer.
Clapaucio descartó el lanzador, sacó del bolsillo una granada antidragón y, encomendando su alma a la Gran Madre de las Transformaciones Irreversibles, la lanzó sobre el monstruo. Resonó un estruendo ensordecedor, y unos fragmentos de piedra volaron al aire junto con la cola del dragón; este último gritó en voz completamente humana «¡Socorro!» y galopó directamente hacia Clapaucio, quien, viendo la muerte tan próxima, saltó de su escondrijo blandiendo una corta pica de antimateria. Se aprestaba ya a tirarla, cuando oyó otros gritos:
— ¡Quieto! ¡Quieto! ¡No me mates!
«¿Será el dragón quien habla?», pensó Clapaucio. «No…, me estaré volviendo loco»
Sin embargo, preguntó:
— ¿Quién habla? ¿Es el dragón?
— ¡Al cuerno con el dragón! ¡Soy yo!
En efecto, en medio de la nube de polvo apareció Trurl, tocó el cuello del monstruo, dio la vuelta a una cosa, y el gigante cayó lentamente de rodillas, inmovilizándose con un chirrido prolongado.
— ¿Qué es esta mascarada? ¿Qué significa? ¿De dónde ha salido ese dragón? ¿Qué hacías dentro de él? -le abrumó a preguntas Clapaucio.
Trurl se sacudía el polvo de la ropa, tratando de calmar con los gestos a su amigo.
— De dónde, qué, dónde, cómo… ¿Quieres dejarme hablar? Yo aniquilé al dragón y el rey no quiso pagarme…
— ¿Por qué?
— Debió de ser por tacañería, no lo sé. Dijo que era por culpa de la burocracia, que debía confeccionarse un protocolo formal de la vista de los hechos, mediciones, autopsia, reunión de Concejo del Instituto Nacional, que aquí, que allá, etc. El celador superior del Tesoro dijo que no sabía cómo efectuar el pago, que no era asunto del fondo de salarios, ni del impersonal; en una palabra, aunque yo pedía, insistía, iba de caja en caja, del rey al Concejo, nadie quería atenderme. Incluso me obligaron a producir una biografía con fotos; fui adonde el dragón, pero fue inútil: estaba ya en un estado irreversible. Lo despellejé, corté unas ramas de avellano, encontré luego un viejo poste de telégrafos y no necesité gran cosa más; lo rellené y me puse a fingir…
— ¡No puede ser! ¿Recurriste a un truco tan bajo? ¿Tú? Pero… para qué, ¿no te han pagado? No entiendo nada.
— ¡Qué tonto eres, hombre! -Trurl se encogió de hombros con conmiseración-. ¿Y los tributos que no paran de traerme? Ya cobré más de lo que me correspondía.
— ¡Oh, claro! -la luz de la verdad iluminó a Clapaucio. Sin embargo, añadió-. Pero está feo obligar…
— ¿Qué tiene de feo? Por otra parte, ¿qué daño hice? Me paseo por las montañas y de noche rujo un poco. Estoy terriblemente cansado… -suspiró, sentándose al lado de Clapaucio.
— ¿De qué? ¿De rugir?
— No; verdaderamente, no entiendes nada. Seguro que no es de rugir. Cada noche tengo que acarrear los sacos de oro desde la gruta convenida, allá arriba -indicó con la mano una loma lejana-. Me preparé allí una pista de despegue. Ya te quisiera ver a ti transportando fardos tan pesados durante noches enteras… ¡Verías lo que significa!
» Y comprende, este dragón también tiene lo suyo: la piel sola pesa unas dos toneladas, y yo he de llevarla encima, rugir, patear, todo el día; y después, en vez de descansar, ¡esa tarea agotadora! Me alegro de que hayas llegado, estaba ya más que harto…
— Está bien. Dime, solamente, ¿por qué este dragón, mejor dicho este fantasmón relleno, no desapareció cuando disminuí la probabilidad hasta permitir los milagros? -quiso todavía saber Clapaucio.
Trurl carraspeó, un tanto confuso.
— Es gracias a mi prudencia -aclaró-. Al fin y al cabo, aquí podía meter baza algún cazador tonto, Basileo, por ejemplo; así que instalé bajo la piel unas pantallas antiprobabilísticas. Y ahora, ven; quedan allí todavía unos sacos de platino. Es lo más pesado de todo, ya no tenía ganas de llevarlos yo solo. ¿Ves qué bien? Me ayudarás…
Stanislaw Lem. Ciberiada
menéame