LITERATOS. Compartimos fragmentos.
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La tragedia de la organización moderna

Hoy se prima ante todo la especialización, y parece que eso puede mejorar la eficiencia de cualquier sistema.

Pero el coordinador de cualquier conjunto o tarea debe tener una visión de conjunto, o sea, debe ser todo lo contrario a un especialista.

Así que, si las mejores mentes se convierten en especialistas, entonces la responsabilidad de la coordinación pasa a los menos preparados. Y eso es muy grave.

Cómo la vida imita al ajedrez. Garry Kasparov

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Inteligencia

"Inteligencia es lo que usamos cuando no sabemos qué hacer".

Jean Piaget, psicólogo suizo.

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Quién alimenta a quién

Por eso Matrix y sus secuelas nos ofrecen un paisaje metafórico tan útil para entender la era digital, y es que no se trata solo de la pastilla roja y de la pastilla azul.

En Matrix, los humanos, quienes viven su vida en unos receptáculos sintéticos, no son más que alimento para las máquinas.

Muchos sospechamos que nosotros también nos hemos convertido en alimento para máquinas, y, en cierto modo, así es.

Dopplegänger. Naomi Klein

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El idiota orbital

No sólo era idiota: generaba un campo mental a su alrededor que volvía idiotas a todos los que lo rodeaban a determinada distancia.

El aprendiz de guerrero. Lois McMaster Bujold.

Tengo una idea muy precisa de a quién se lo dedicaría, pero nunca me han metido un strike por insultos directos y no va a ser ahora la primera vez.

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Pauvre...

"En no ser amado sólo hay mala suerte: en no amar hay desgracia".

Albert Camus.

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¿Salvar vidas?

Nadie salva vidas. Algunos, como mucho, las prolongan.

El Gris. Javier Pérez

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Deconstrucción posmoderna de Adriano Erriguel (de esa que odiáis, pero la voy a hacer)

Hoy a mi pesar me encuentro en el tema de querer desmontar mitos. Mitos sobre el posmodernismo y su supuesto anti-intelectualismo y anti-cientifismo. Y bueno... a mi pesar vamos a analizar deconstructivamente el artículo que @feindesland ha publicado de un tal Adriano Erriguel. El artículo en concreto está aquí aunque lo iré citando párrafo por párrafo. Y todos mis respetos tanto a Adriano como a @feindesland. Pero bueno... ¡Vamos allá!

Es bien sabido que, desde un punto de vista filosófico, la posmodernidad irrumpió como la muerte de los llamados “grandes relatos”: las construcciones ideológicas que suministraban explicaciones omnicomprensivas de la realidad: las religiones, el patriotismo, el marxismo, el progresismo, etc. Todas estas construcciones ideológicas eran, huelga decirlo, mortalmente serias 

Desde el inicio, el texto incurre en una generalización abusiva y engañosa: afirma que “es bien sabido que la posmodernidad trajo consigo la implosión de la Verdad”, como si de una ley aceptada universalmente se tratase. Esa fórmula –“es bien sabido”– no es inocente: actúa como dispositivo de autoridad, como si la afirmación no necesitara ser argumentada porque pertenece ya al sentido común. Pero lo que sigue es todo menos incuestionable.

La afirmación de que la posmodernidad eliminó la verdad es una distorsión forzada del pensamiento posmoderno. La crítica que autores como Lyotard, Foucault o Derrida realizaron no se dirigía contra las verdades verificables mediante el método científico, sino contra los “grandes relatos” legitimadores: es decir, las ideologías totalizantes que pretendían ofrecer un sentido universal y definitivo de la historia, del progreso, de la moral o de la identidad. Cuestionar el colonialismo, el patriarcado o el cientificismo como formas de poder no es negar que el agua hierva a 100 °C a una atmósfera de presión.

👉 En ningún momento estos pensadores sostuvieron que las ciencias formales como las matemáticas, o las ciencias naturales como la física, fueran "relatos" intercambiables con la astrología o la religión. De hecho, la matemática sigue funcionando con lógica deductiva y principio del tercero excluido, y la física mantiene su estructura falsable basada en modelos predictivos y estadística empírica. Eso no cambió, ni se implosionó.

Confundir ese tipo de conocimiento con “narrativas” al estilo mitológico o ideológico es caer en un relativismo que los propios posmodernos habrían criticado si se les hubiera atribuido con justicia. Además, esta confusión mina cualquier posibilidad de análisis serio, porque equipara la estructura epistemológica de la ciencia con las estructuras de poder simbólico que la posmodernidad buscó desmantelar.

En resumen: el texto se presenta como “analítico” pero incurre, ya de entrada, en un abuso de autoridad discursiva, en una falsa atribución (la posmodernidad niega la verdad), y en una comparación tramposa entre niveles de realidad radicalmente distintos. Y eso no es "bien sabido". Eso es desinformación.

A partir de los años setenta del pasado siglo la posmodernidad introdujo un elemento de juego, de aleatoriedad y de cinismo en un mundo en el que la Verdad había implotado, y en el que los metarrelatos daban paso a una miríada de microrrelatos, todos ellos tan válidos como irrelevantes. Conviene tener presente que la posmodernidad filosófica se define, ante todo y por encima de todo, por los juegos de lenguaje . Desde sus presupuestos casi todo se reconduce a una cuestión de semiótica , al libre juego entre el significante y el significado , a la desacralización del lenguaje, que se ve expuesto como envoltura retórica con infinitos niveles de lectura. Nada hay, por tanto, que pueda salvarse de la quema: todo es susceptible de ser deconstruido en inacabables juegos lingüísticos con un horizonte de autonomía absoluta desde el momento en que ninguno de ellos remite a una realidad trascendente .

Claaaaro, el problema es que el posmodernismo juega con el lenguaje. ¡Qué travesura! Como si antes del posmodernismo todo el mundo hubiera usado el lenguaje con bisturí quirúrgico y respeto sagrado. Pobrecito el significante, desamparado, sin su significado, vagando por los márgenes de la historia mientras Derrida se ríe con voz de villano.

Y por supuesto, la... ¡chan chan cháaaaan! semiótica... esa cosa malvada que vino a decirnos que el lenguaje es una herramienta y no una paloma blanca enviada por los dioses. ¡Escándalo! ¿Cómo se atreven a decir que antes de contar vacas necesitamos comunicarnos para que no nos maten mientras las contamos? Pero bueno… sigamos culpando al posmodernismo de todo: del caos, del lenguaje, de la alergia primaveral y de que se nos quemen las tostadas. Porque sí, el lenguaje es una herramienta, y además una de las más antiguas, versátiles y democráticas que tenemos. No hay nada que “desacralizar” porque nunca fue sagrado: fue útil. Antes de contar ovejas ya nos comunicábamos y hasta hay gente que dice que para tener una propiedad pública y común que arrastrábamos en caravanas, cuando las riquezas y lo no prescindible pesaban demasiado.

El lenguaje sirve para sobrevivir, para coordinar, para amar, para engañar, para imaginar… ¿y ahora resulta que jugar con él es algo peligroso o radical? No, lo peligroso sería no poder jugar con él.

👉 Que haya quien use el lenguaje para provocar, crear, subvertir o simplemente decir estupideces… pues claro. Para eso sirve. Como cualquier herramienta: depende de quién la use y para qué. ¿O acaso el martillo es malo porque alguien lo usó para romper una ventana? 

Toda esta cocción deconstruccionista –cuyas cabezas pensantes serían conocidas en América como la “french theory”– pasaría a proporcionar, en los años setenta, cierta credencial teórica al vendaval de gamberradas y de provocaciones que pasó a alojarse bajo el nombre de contracultura . Tomando el relevo de los situacionistas de los años 1950 y 60 (que estaban todavía lastrados de utopismo marxista) los “jóvenes airados” de la posmodernidad se alzaban sobre la quiebra del sistema valorativo burgués, al tiempo que cabalgaban las angustias e incertidumbres de la nueva sociedad posindustrial. En cierto modo estos jóvenes representaban la inversión nihilista y sarcástica del activismo progresista de 1968
Con la llegada de la posmodernidad, los dogmatismos ideológicos cedían el paso a una época en la que los punk se adornaban con esvásticas (corte de mangas al establishment de la Segunda Guerra Mundial), en la que las bandas de rock tenían nombres fascistas o anarquistas –Joy Division , New Order , Durruti Column –, en la que el “sex pistol” Sid Vicious disparaba sobre el público en un concierto y en la que el rockero Alice Cooper anunciaba que iba a colgar a un enano en el escenario. Provocaciones que hoy serían imposibles, pero que entonces a nadie se le ocurría tomar demasiado en serio. Al fin y al cabo, todo era una gigantesca broma –los punk eran compulsivos bromistas (pranksters )–, una distorsión irónica entre significantes y significados. Siguiendo la semiótica posmoderna todo parecía indicar que, al negarse la univocidad y la objetividad del lenguaje, al reivindicarse su inagotable polisemia, se llegaría a un estadio de libertad absoluta en que sería posible decirlo todo, cualquier cosa, anything goes . Y sin embargo …

Eeeem... aquí se están mezclando churras con merinas. A ver:

La contracultura de los 60 y 70 NO fue un producto directo del posmodernismo filosófico. Más bien, fue un movimiento social y cultural popular que emergió de la protesta contra la guerra de Vietnam, la injusticia racial, el consumismo, y la rigidez moral de la posguerra. El posmodernismo filosófico, en cambio, fue un desarrollo mucho más académico, elitista y teórico, que en esos años florecía en universidades europeas mayormente (e incluso algunas estadounidenses) con pensadores como Foucault, Derrida, Lyotard, que trabajaban sobre análisis del lenguaje, el poder y las estructuras culturales, pero sin un impacto masivo inmediato en la calle. El posmodernismo es, sobre todo, occidental. Tal y como puedan serlo también el marxismo y por desgracia el fascismo y la frenología.

Sí, hubo cierta coincidencia temporal y alguna influencia mutua, pero no es correcto ni serio decir que la contracultura fue la “manifestación popular del posmodernismo” o que el movimiento punk o las provocaciones eran esencialmente posmodernas. Más bien, fueron respuestas rebeldes, con un carácter político claro y ancladas en realidades concretas, como la resistencia contra la guerra y la autoridad, no en juegos semióticos o deconstructivos. El posmodernismo llegó después para teorizar, analizar y criticar la modernidad desde la academia, mientras que la contracultura fue más bien la explosión social y cultural que expresaba el malestar de la época.

Por cierto: lo que también destila el último párrafo ¿no es un poco peligroso? Lo que se está insinuando aquí es, en realidad, bastante serio: que no hay ningún terreno firme desde el cual discutir o poner a prueba las afirmaciones. Pero todo puede (y debe) ser puesto en cuestión: ya sea mediante el método científico —que, por cierto, no es rechazado por el pensamiento posmoderno, aunque sí cuestionado en su pretendida objetividad y en su papel como único garante de verdad— o a través de la argumentación racional, basada en el lenguaje, que también tiene sus reglas.

👉¿No es eso, al fin y al cabo, lo que algunos llaman el “mercado libre de ideas”? La posibilidad de debatir, de contrastar perspectivas, de criticar incluso los marcos desde los que criticamos. Ese es el verdadero escepticismo, el que nos ha hecho desechar científicamente tanto cuentos de hadas como la astrología, mala ciencia soviética como la que se opuso a Nikolái Vavílov o puro racismo hecho ciencia como la frenología.

Sin embargo, sucedió justamente lo contrario. Al cabo de dos décadas un nuevo puritanismo –la corrección política– desencadenó una purga inquisitorial sobre el vocabulario; listas enteras de palabras quedaron proscritas, malditas, para ser sustituidas por una una orwelliana “Nuevalengua” destinada a blindar los dogmas del sistema. La risa pasó a contemplarse con desconfianza, en cuanto casi siempre es irrespetuosa, suele ser cruel y es además susceptible de ofender a alguna minoría. Por eso la risa pasó a enlatarse en las fórmulas previsibles y pasteurizadas de los guiñoles televisivos y del “entretenimiento informativo” (infotainment ). Las sofisticaciones posmodernas cedieron al paso a un furor moralista y justiciero que todo lo invadía y que no toleraba ambigüedades. La empresa positiva de unificación benéfica de la humanidad no tolera bromas fuera del guión: autocensura y vigilancia, todos somos pecadores.

Aquí todo bien, ¿no? Hablando de “purga inquisitorial” y de una “Nuevalengua orwelliana” como si la corrección política fuera un mal absoluto que impone censura masiva. Pero hay que distinguir bien las cosas. La censura auténtica, como la histórica lista Haines en la televisión norteamericana, sí existió: prohibían palabras y contenidos para no ofender al “público general” según criterios muy conservadores y muchas veces arbitrarios. Eso era censura, punto. Pero lo que hoy llamamos corrección política, en realidad, no es censura sino la negativa a tolerar discursos de odio y discriminación. No se trata de silenciar opiniones o pensamientos críticos, sino de no darle espacio social a la intolerancia y la violencia simbólica. No es cerrar bocas, sino establecer límites para que la convivencia sea posible. 

Ser intolerantes con la intolerancia no es censura; es una cuestión de justicia social y respeto básico a la dignidad de personas y grupos LQTBiQa+ y otras minorías. El lenguaje del odio no debe tener cabida en una sociedad que se dice democrática. Así que hablar de “purga” y “Nuevalengua” es confundir intencionadamente la legítima lucha contra la discriminación con un supuesto totalitarismo lingüístico. 

¿Cómo va a ser la risa “pasteurizada” y vigilada la que llaman woke o posmoderna? ¿Acaso no hemos visto suficientes sitcoms estadounidenses? Esa es una crítica demasiado simplista y un poco desconectada de la realidad histórica del humor en la televisión. Ese humor “neutro” del que hablan no es woke ni mucho menos progresista; más bien era el humor conservador, encorsetado en normas de la época, que apuntaba a mantener el orden social tradicional. Se regía por un sentido “familiar” que, lejos de ser inocente, actuaba como un filtro para evitar cuestionamientos profundos y para mantener en su sitio a “los sospechosos habituales”: minorías, disidentes, grupos marginados.

Este humor edulcorado no es producto de la corrección política moderna, sino un reflejo del control social previo, que limitaba la libertad de expresión a la comodidad del statu quo y la complacencia con estructuras opresivas. Lejos de promover un debate real o una crítica social, ese tipo de humor funcionaba para domesticar, para evitar que la gente se cuestionara lo esencial.

Por eso, atribuir este tipo de humor a un furor moralista y justiciero posmoderno es confundirse y olvidar que ese control del humor ya venía de mucho antes, desde una cultura televisiva bastante conservadora y rígida, nada que ver con la crítica progresista que intenta abrir espacios de diversidad y respeto.

¿Eso era, a fin de cuentas, la posmodernidad? Si en sus inicios ésta se presentaba como un horizonte de posibilidades infinitas, desde el punto de vista de las libertades concretas –libertad de pensar, libertad de disentir, libertad de crear, libertad de provocar– el experimento desembocó en todo lo contrario: en el Imperio del Bien (Philippe Muray) con sus devotos, sus capillas y sus “ligas de la Virtud”. Un monumental fiasco. Cabe por tanto preguntarse si la posmodernidad –que al fin y al cabo anunciaba el fin de los “grandes relatos”– no fue adulterada o traicionada, hasta ser reconducida hacia un nuevo/viejo “gran relato” progresista, biempensante y mundialista, nada cínico y mortalmente serio.

Vamos a dejar las tonterías de comparar el progresismo con una religión, ¡que ya cansa! Es la misma retórica vieja que usan los más retrógradas, esos mismos que se autodenominan “Alt-right en EEUU” y que se quejan de las “capillitas” progresistas como si el activismo por la justicia social fuera una secta. Lo que pasa es que no quieren perder privilegios ni que se cuestione su poder. Lo de “lo bienpensante” se usa como insulto para desacreditar cualquier postura que defienda la inclusión, como si eso fuera algo negativo. Pero pregunto yo: ¿no es mucho mejor tener una cultura que lucha contra el odio, que protege a las minorías y que pone límites claros al discurso de la intolerancia? ¿Desde cuándo defender la empatía, la diversidad y el respeto se volvió algo malo? ¿Y desde cuándo eso fue posmoderno, que no es más que una rama de la filosofía que se ocupa del conocimiento e indirectamente del problema de la demarcación? ¿También nos damos cuenta que la mayor parte de lo que en derecha se llaman "políticas identitarias" no tienen ninguna cabida en el posmodernismo más clásico igual que no lo tienen Marx y otras identidades como las nacionales?

Lo que el texto llama un “fiasco” es en realidad una batalla constante por expandir libertades reales, no una traición ni una vuelta a ningún “gran relato” dogmático (sobre todo si es posmodernismo) sino la lucha por una sociedad más justa, plural y humana.

Como final: Y por si queda alguna duda: el posmodernismo y el escepticismo científico no son enemigos. De hecho, comparten algo esencial: la desconfianza ante los relatos únicos, cerrados, que pretenden explicarlo todo.

👉 El escepticismo científico parte de la duda. No da nada por sentado, somete las ideas a revisión constante, y asume que el conocimiento siempre es provisional.

El posmodernismo, por su parte, invita a poner en cuestión los discursos dominantes. No para negar la realidad, sino para entender quién habla, desde dónde, y a quién beneficia esa "verdad".

Ambas posturas comparten una actitud crítica: la resistencia a aceptar verdades absolutas sin examen, ya sean científicas, políticas o culturales.

No se trata de relativismo sin brújula, sino de una conciencia más profunda de los límites del saber. De que incluso nuestras certezas están enmarcadas en contextos, intereses y perspectivas.

En el fondo, no hay tanto abismo entre ambos enfoques. Solo distintas maneras de hacerse una misma pregunta:

¿cómo es que sabemos lo que creemos saber?

Y sin más aquí tenéis mi problemática y deconstrucción al articulete de marras. Un abrazo a todas, todos y todes.

Edit: en artículos no sé cómo poner etiquetas, voy a ponerlas como hargstags...

#Posmodernismo #Crítica #Conocimiento #Problematización #Woke #Progresdemierda #regres

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E. Kant...

"... quien llevó sus exigencias de veracidad incondicional hasta el extremo extravagante de afirmar que si alguien ve a una persona inocente que huye de un asesino y éste último la interroga, su deber será contestar la verdad y señalar el escondite de la persona inocente, aunque tenga la certeza de que con ello será causa de un asesinato. Y para que no se creyera que tal doctrina se le había escapado con el calor de la controversia, al reprochársela un célebre autor francés, Kant la reiteró solemnemente y expuso sus razones."

Thomas de Quincey "Del asesinato considerado como una de las bellas artes".

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Soledad en pareja, Michel Houellebecq

Soledad en pareja, Michel Houellebecq

“La soledad en pareja es un infierno consentido... Estos problemas crecen poco a poco, en silencio, hasta que unos años después terminan por explotar y destruir cualquier posibilidad de vida en común”.

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"El callejón de los milagros", Naguib Mahfuz

"El callejón de los milagros", Naguib Mahfuz

"Las lágrimas se han secado, pero nos queda la risa. La risa es más fuerte que las lágrimas, y su resultado más positivo. Reíros desde el fondo del corazón, reíros hasta que nos oigan los dueños de las tiendas de nuestra calle feliz".

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La búsqueda desinteresada de la verdad

«Moralmente, un filósofo que emplea su competencia profesional para algo que no sea la búsqueda desinteresada de la verdad, es reo de una especie de traición. Y cuando da por supuesto, antes de haberlo indagado, que ciertas creencias, verdaderas o falsas, son capaces de fomentar la buena conducta, está limitando de ese modo el alcance de la especulación filosófica y haciendo filosofía trivial; el verdadero filósofo está dispuesto a examinar todos los conceptos previos. Cuando se ponen límites, consciente o inconscientemente, a la búsqueda de la verdad, la filosofía se paraliza por el temor y se prepara el terreno para una censura gubernamental que castigue a los que expresan "pensamientos peligrosos" —de hecho, el filósofo ha establecido ya tal censura sobre sus propias investigaciones»

Bertrand Russell «Historia de la filosofía occidental» capítulo XXXI

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La Edad de los imperios

Lo que hay que señalar es simplemente que los analistas no marxistas del imperialismo han tendido a argumentar lo contrario de lo que decían los marxistas, y al hacerlo han oscurecido el tema. Han tendido a negar cualquier conexión específica entre el imperialismo de finales del siglo XIX y del siglo XX con el capitalismo en general, o con la fase particular de éste que, como hemos visto, pareció surgir a finales del siglo XIX. Negaban que el imperialismo tuviera alguna raíz económica importante, que beneficiara económicamente a los países imperiales, y mucho menos que la explotación de las zonas atrasadas fuera en algún sentido esencial para el capitalismo, y que tuviera efectos negativos en las economías coloniales. Argumentaron que el imperialismo no condujo a rivalidades ingobernables entre las potencias imperiales, y que no tenía ninguna relación seria con el origen de la Primera Guerra Mundial. Rechazando las explicaciones económicas, se concentraron en las explicaciones psicológicas, ideológicas, culturales y políticas, aunque por lo general se cuidaron de evitar el peligroso territorio de la política interna, ya que los marxistas también tendían a subrayar las ventajas para las clases dominantes metropolitanas de las políticas y la propaganda imperialistas que, entre otras cosas, contrarrestaban el creciente atractivo para las clases trabajadoras de los movimientos obreros de masas. Algunos de estos contraataques han demostrado ser poderosos y eficaces, aunque varias de esas líneas argumentales eran incompatibles entre sí. De hecho, gran parte de la literatura teórica pionera del antiimperialismo no es sostenible. Pero la desventaja de la literatura anti-anti-imperialista es que no explica realmente esa conjunción de desarrollos económicos y políticos, nacionales e internacionales, que los contemporáneos de alrededor de 1900 encontraron tan sorprendente que buscaron una explicación global para ellos. No explica por qué los contemporáneos sintieron que el "imperialismo" en ese momento era un desarrollo novedoso e históricamente central. En resumen, gran parte de esta literatura equivale a negar hechos que eran bastante obvios en su momento y que siguen siéndolo. 

Dejando a un lado el leninismo y el antileninismo, lo primero que debe restablecer el historiador es el hecho obvio, que nadie en la década de 1890 habría negado, de que la división del globo tenía una dimensión económica. Demostrar esto no es explicar todo sobre el imperialismo de la época. El desarrollo económico no es una especie de ventrílocuo con el resto de la historia como muñeco. Incluso el empresario más resuelto que persiguiera el beneficio en, por ejemplo, las minas de oro y diamantes sudafricanas, nunca puede ser tratado exclusivamente como una máquina de hacer dinero. No era inmune a los llamamientos políticos, emocionales, ideológicos, patrióticos o incluso raciales que estaban tan claramente asociados a la expansión imperial. Sin embargo, si se puede establecer una conexión económica entre las tendencias del desarrollo económico en el núcleo capitalista del globo en esta época y su expansión hacia la periferia, resulta mucho menos plausible poner todo el peso de la explicación en los motivos del imperialismo que no tienen una conexión intrínseca con la penetración y la conquista del mundo no occidental. E incluso los que parecen tenerla, como los cálculos estratégicos de las potencias rivales, deben analizarse teniendo en cuenta la dimensión económica. Incluso hoy en día, la política de Oriente Medio, que dista mucho de ser explicable por simples motivos económicos, no puede analizarse de forma realista sin tener en cuenta el petróleo.

La edad de los imperios, 1875-1914, Eric Hobsbawm.

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El peligro de las obras hidráulicas

Las esclusas de Epifano es la historia de un proyecto hidráulico demencial que concluye con una decapitación en el Kremlin. El proyecto es idea de Pedro el Grande, y la acción empieza cuando un tal Bertrand Perry, ingeniero de Newcastle, se presenta en el Instituto para Canales y Obras Hidráulicas de San Petersburgo. El zar Pedro quiere que el Volga y el Don «se comuniquen» mediante una conexión fluvial permanente: «Es nuestro propósito unir para siempre los principales ríos del Imperio en un sistema hidráulico único». El dirigente anuncia la inauguración de la era de las Grandes Construcciones. «El guerrero manchado de sangre o el explorador fatigado será desplazado por el ingeniero inteligente». Para hacerse cargo de esta ofensiva de progreso y de civilización (más concretamente, para la construcción y el trazado del sistema de canales) «nos llega de Inglaterra el ingeniero Bertrand».

Al ingeniero extranjero se le conceden los poderes de un general; se le permite organizar todo un ejército de trabajadores para las obras de excavación. Así y todo, Bertrand se enfrentará en la Rusia profunda con «una sucesión de desgracias». Sus mejores colaboradores mueren de paludismo. Personas de su confianza desertan. Todo lo que han logrado construir el primer verano amenaza con desaparecer bajo las lluvias de primavera. Sin embargo, una vez eliminada el agua del deshielo, el nivel del Don desciende alarmantemente. Debido a la primavera seca, el nivel es demasiado bajo para llenar de agua el canal de enlace. Para colmo de males, Bertrand recibe una carta de su amada desde Newcastle: está embarazada de otro. En un intento por olvidarse de sus desdichas personales, Bertrand se consagra en cuerpo y alma a su trabajo. Con la esperanza de facilitar el suministro de agua al Don, ordena excavar un pozo en el lago Ivan que sirva de manantial, pero mientras sus hombres taladran la tierra desde una balsa, el agua del manantial desciende hacia capas terrestres más profundas e inalcanzables.

Al realizar la inspección de las construcciones hidráulicas encomendadas, resulta que ni un barquito de remo puede navegar del Don al Volga. El ingeniero británico es conducido a Moscú, esposado, donde se le notificará la sentencia del zar: muerte por decapitación.

Un agente de policía entrega al prisionero a un «tipo siniestro de gran estatura» en la mazmorra de la torre del Kremlin.

—¿Dónde tienes el hacha? —alcanza aún a preguntarle Bertrand.

—¿El hacha? —responde el verdugo—. Contigo me las apañaré perfectamente sin hacha.

Las esclusas de Epífano. Andrei Platonov

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El modo en que tú me atraes

Existe un tipo de atracción que yo no conocía: tú me atraes en la ficción.

Me siento como un personaje de un libro que tiene que enamorarse de otro.

El ladrón de memorias. Mois Benarroch.

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Crash de J. G. Ballard

Helen Remington estaba sola entre las butacas y nos observaba. Vaughan clavó los ojos en el coche destruido, casi como si fuera a abrazarlo. Acarició los desgarrones del capó y el techo. Mientras, los músculos de la cara se le abrían y cerraban como pinzas. Se inclinó a mirar dentro de la cabina, inspeccionando los maniquíes. Yo esperaba que les dijera algo, y mis ojos pasaban de las melladas curvas del capó y los guardabarros a la raya entre las nalgas de Vaughan. La destrucción de este coche y sus ocupantes parecía autorizar la penetración sexual del cuerpo de Vaughan; en ambos casos, se trataba de actos conceptualizados y despojados de todo sentimiento, cargados con cualquier idea o emoción que nosotros quisiéramos ponerles.

Vaughan raspó las astillas de fibra de vidrio en el rostro del conductor. Abrió de un tirón la portezuela y acomodó el muslo en el asiento, aferrando con una mano el volante retorcido.

—Siempre quise conducir un coche chocado.

Tomé la observación como una broma, pero Vaughan estaba serio. En realidad parecía más tranquilo, como si este choque de coches le hubiera aflojado algunas tensiones corporales, o hubiese expresado para él algún acto violento reprimido hasta ahora.

—Muy bien —anunció Vaughan, sacudiéndose las astillas de las manos—. Nos vamos ya… Te llevo.

—Viendo que yo titubeaba, afirmó–: Créeme, Ballard, todos los accidentes se parecen.

¿Llegaba a advertir que yo estaba duplicando en mi mente una seria de posturas sexuales donde participábamos él y yo, Helen Remington y Gabrielle, y que reactualizaría la prueba mortal de los maniquíes y el motociclista de fibra de vidrio? En los mingitorios del parque, Vaughan expuso con deliberación el pene semierecto, dando un paso atrás y dejando caer en el suelo embaldosado las últimas gotas de orina.

Cuando nos alejamos del Laboratorio, recobró la agresividad de costumbre, como si los coches que pasaban le despertaran el apetito. Tomó la ruta de acceso a la autopista, hostigando con los destartalados y pesados paragolpes a los vehículos más pequeños, hasta que los apartaba del camino.

Señalé el tablero de instrumentos.

—Este coche… un Continental de hace diez años. ¿He de entender que tomas el asesinato de Kennedy como una especie de accidente automovilístico?

—Es posible.

—¿Pero por qué Elizabeth Taylor? Mientras corres de aquí para allá en este coche, ¿no la pones en peligro?

—¿Por qué?

—Por Seagrave. Está medio loco.

Vi cómo conducía a lo largo de los últimos tramos de la autopista, sin tratar de aminorar la velocidad, pese a los letreros de advertencia.

—Vaughan… ¿ella tuvo algún choque?

—Nada serio… Es decir que en el futuro la espera todo un mundo. Con un poco de organización, podría morir en una colisión única, que transformaría nuestras fantasías y nuestros sueños. El hombre que muera con ella en un accidente…

—¿Seagrave está de acuerdo?

—A su manera.

Nos acercamos a una rotonda. Casi por primera vez desde la salida del Laboratorio, Vaughan aplicó los frenos. El coche pesado resbaló y patinó un poco hacia la derecha, poniéndose en el camino de un taxi que ya había empezado a virar. Vaughan apretó el acelerador y dobló frente al taxi. El chillido de los neumáticos sofocó la bocina enardecida. Vaughan le gritó por la ventanilla al chófer, y corrió hacia el estrecho ramal del norte.

Ya más tranquilos, tomó un maletín del asiento de atrás.

 —He estado haciendo una encuesta entre la gente del proyecto. Dime si olvidé algo.

J. G. Ballard, “Crash”.

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Asesinato de calidad

En el otro extremo de la mesa Charles Hecht, que jamás había logrado dominar el arte de no escuchar a Fielding, enrojeció y dio muestras de agitación.

—¿Acaso no les enseñamos nada, Fielding? ¿Es que se olvida de los premios y becas que hemos conseguido?

—Yo en toda mi vida no he enseñado nada a uno siquiera de mis alumnos, Charles. Casi siempre porque el muchacho no era lo bastante inteligente, pero en otras ocasiones porque no lo era yo. Comprenda que, en la mayoría de muchachos, la percepción muere con la pubertad. Es cierto que en unos pocos persiste, pero nosotros, en cuanto la descubrimos, nos apresuramos a matarla. Y si a pesar de nuestros esfuerzos sobrevive, el muchacho se hace con un premio o una beca… Shane, sea paciente conmigo que éste es mi último semestre.

—Ya sea su último semestre o no, está hablando por hablar, Fielding —dijo Hecht, enojado.

—Es tradicional en Carne: esos éxitos a que se ha referido son en realidad fracasos, los raros alumnos que no aprendieron la lección de Carne. Los que han ignorado el culto a la mediocridad. Nada podemos hacer por ellos. Pero para los otros, desorientados cleriguillos y soldaditos fanáticos, para ellos, la verdad de Carne está escrita en sus muros con letras de fuego y nos odian.

Hecht hizo un esfuerzo por reír.

—¿Por qué, si tanto nos odian, tantos de ellos vuelven a vernos? ¿Por qué se acuerdan de nosotros y vienen a visitarnos?

—Porque somos nosotros, querido Charles, somos nosotros las inscripciones en letra de fuego. La única lección de Carne que no olvidan jamás: vuelven para leernos, ¿no se da cuenta? De nosotros fue de quienes aprendieron el secreto de la vida: hacerse viejo sin hacerse mejor. Se dieron cuenta de que aquí no ocurría nada, de que envejecíamos sin la impronta de la cegadora luz que sorprendió a san Pablo camino de Damasco, sin ninguna sensación de madurez.

John le Carré, "Asesinato de calidad."

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El artista del hambre

En los últimos decenios, el interés por los ayunadores ha disminuido muchísimo. Antes era un buen negocio organizar grandes exhibiciones de este género como espectáculo independiente, cosa que hoy, en cambio, es imposible del todo. Eran otros los tiempos.

Entonces, toda la ciudad se ocupaba del ayunador; aumentaba su interés a cada día de ayuno: todos querían verle siquiera una vez al día; en los últimos días del ayuno no faltaba quien se estuviera días enteros sentado ante la pequeña jaula del ayunador; había, además, exhibiciones nocturnas, cuyo efecto era realzado por medio de antorchas; en los días buenos, se sacaba la jaula al aire libre, y era entonces cuando les mostraban el ayunador a los niños.

Para los adultos aquello solía no ser más que una broma en la que tomaban parte medio por moda, pero los niños, cogidos de las manos por prudencia, miraban asombrados y boquiabiertos a aquel hombre pálido. con camiseta oscura, de costillas salientes, que, desdeñando un asiento, permanecía tendido en la paja esparcida por el suelo, y saludaba, a veces, cortamente o respondía con forzada sonrisa a las preguntas que se le dirigían o sacaba, quizá, un brazo por entre los hierros para hacer notar su delgadez, volviendo después a sumirse en su propio interior, sin preocuparse de nadie ni de nada, ni siquiera de la marcha del reloj, para él tan importante, única pieza de mobiliario que se veía en su jaula. Entonces se quedaba mirando al vacío, delante de sí, con ojos semicerrados, y sólo de cuando en cuando bebía en un diminuto vaso un sorbito de agua para humedecerse los labios.

Aparte de los espectadores que sin cesar se renovaban, había allí vigilantes permanentes, designados por el público (los cuales, y no deja de ser curioso, solían ser carniceros); siempre debían estar tres al mismo tiempo, y tenían la misión de observar día y noche al ayunador para evitar que, por cualquier recóndito método, pudiera tomar alimento. Pero esto era sólo una formalidad introducida para tranquilidad de las masas, pues los iniciados sabían muy bien que el ayunador, durante el tiempo del ayuno, bajo ninguna circunstancia, ni aun a la fuerza, tomaría la más mínima porción de alimento; el honor de su profesión se lo prohibía.

Franz Kafka, "El artista del hambre"

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Sobre putas y puteros

¿Pero quién hace más mal,

aunque cualquiera mal haga?

¿La que peca por la paga

o el que paga por pecar?

Sor Juana Inés de la Cruz

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Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras

Salieron de la ciudad de Soria, no sé si arrojados de la pobreza o de alguna travesura de mancebos, Francisco y Roque de Torres, ambos hermanos de corta edad y de sana y apreciable estatura. Roque, que era el más bronco, más fornido y más adelantado en días, paró en Almeida de Sayago, en donde gastó sus fuerzas y su vida en los penosos afanes de la agricultura y en los cansados entretenimientos de la aldea. Mantúvose soltero y celibato, y el azadón, el arado y una templada dieta, especialmente en el vino, a que se sujetó desde mozo, le alargaron la vida hasta una larga, fuerte y apacible vejez.

Con los repuestos de sus miserables salarios y alguna ayuda de los dueños de las tierras que cultivaba, compró cien gallinas y un borrico; y con este poderoso asiento y crecido negocio empezó la nueva carrera de su ancianidad. Siendo ya hombre de cincuenta y ocho años, metido en una chía y revuelto en su gabán, se puso a arriero de huevos y trujimán de pollos, acarreando esta mercaduría al Corrillo de Salamanca y a la Plaza de Zamora. Era en estos puestos la diversión y alegría de las gentes, y en especial de las mozas y los compradores. Fue muy conocido y estimado de los vecinos de estas dos ciudades, y todos se alegraban de ver entrar por sus puertas al sayagués, porque era un viejo desasquerado, gracioso, sencillo, barato y de buena condición. Con la afabilidad de su trato y la tarea de este pobre comercio, desquitaba las resistencias del azadón y burló los ardides y tropelías de la ociosidad, la vejez y la miseria. Vivió noventa y dos años, y lo sacó de este mundo (según las señas que me dieron los de Sayago) un cólico convulsivo. Dejó a su alma por heredera de su borrico, sus gallinas, sus zuecos y gabán, que eran todos sus muebles y raíces; y hasta hoy, que se me ha antojado a mí hacer esta memoria, nadie en el mundo se ha acordado de tal hombre.

Diego de Torres Villarroel, "Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras". (1743-1751,  publicado por entregas).

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La puñetera posteridad

Los que creen que serán reconocidos por la posteridad no es que se sobrevaloren a sí mismos, es que sobrevaloran la posteridad.

La ignorancia. Milan Kundera.

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El valor y la humanidad de la derrota

Pienso que es necesario educar a las nuevas generaciones en el valor de la derrota. En manejarse en ella. En la humanidad que de ella emerge. En construir una identidad capaz de advertir una comunidad de destino, en la que se pueda fracasar y volver a empezar sin que el valor y la dignidad se vean afectados. En no ser un trepador social, en no pasar sobre el cuerpo de los otros para llegar el primero.
Pier Paolo Pasolini

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Los que no leen

La gente que no lee libros desconoce que una infinidad de genios muertos espera su llamada.

Una parte del todo. Steve Toltz.

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Total... pa qué

Ultimamente he dejado de ver los telediarios, total pa qué si ya me los sé.

Drip Pop-Miguel Ángel Hernando Trillo

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Antología de la literatura fantástica

Tornasolando el flanco a su sinuoso

paso va el tigre suave como un verso

y la ferocidad pule cual terso

topacio el ojo seco y vigoroso.

Y despereza el músculo alevoso

de los ijares, lánguido y perverso,

y se recuesta lento en el disperso

otoño de las hojas. El reposo…

El reposo en la selva silenciosa.

La testa chata entre las garras finas

y el ojo fijo, impávido custodio.

Espía mientras bate con nerviosa

cola el haz de las férulas vecinas,

en reprimido acecho… así es mi odio.

Enrique Banchs, "La Urna".

Extraído de "Antología de la literatura fantástica" de Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares. (1977)

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No preguntes

No preguntes a los hombres lo que quieren. ¿Acaso le preguntas a la tierra si quiere concebir el trigo? ¿Acaso le preguntas al trigo si quiere convertirse en pan?

Ciudadela. Antoine de Saint Exupery.

menéame