En 1886, el psiquiatra Richard von Krafft-Ebing describió un extraño caso: el marido de una pareja de recién casados se conformó la primera y segunda noche con besar a su esposa y «revolverle» el cabello. Luego se dormía. La tercera noche le pidió que se pusiera una peluca con la melena larga. «Ella accedió y entonces él cumplió con creces sus descuidados deberes maritales», escribe el psiquiatra. A partir de entonces, el hombre siempre tenía a mano una peluca que primero acariciaba y luego le ponía en la cabeza a su esposa. En cuanto ella se la quitaba «perdía todo atractivo para su marido». Las pelucas perdían su «eficacia» al cabo de diez o doce días, entonces había que sustituirlas por otras, «siempre de cabello abundante».
En los primeros cinco años de matrimonio tuvieron dos hijos y el marido reunió una colección de setenta y dos pelucas.
Cafe y cigarrillos. Ferdinand Von Schirach
Los periódicos se ocuparon del caso durante todo el mes de septiembre. Las noticias llegaban de puntos tan dispares como Venezuela o Montecarlo: «Localizado el banquero desaparecido». Pero siempre resultaban erróneas. Por último, la desaparición de Norman Winters quedó como uno de aquellos misterios que sólo pueden resolver esos grandes detectives que son el Tiempo y la Casualidad. Sus datos personales fueron difundidos del uno al otro confín del mundo civilizado: estatura, un metro setenta y ocho; descripción, cabello castaño, ojos color gris oscuro, nariz aguileña, piel blanca; cuarenta y seis años; aficiones, historia y biología; señas particulares, un pequeño lunar al borde de la ventana derecha de la nariz.
Su hijo no pudo dedicar mucho tiempo a la búsqueda, pues un mes antes de su desaparición Winters se había retirado prácticamente de los negocios, dejándolos en las capaces manos de aquél. No había ningún indicio en cuanto a sus motivos, porque carecía absolutamente de enemigos y disponía de todo el dinero necesario para satisfacer sus inclinaciones científicas. En octubre, sólo la generosamente pagada agencia de detectives que había contratado su hijo se acordaba del hombre desaparecido. Aquel año la nieve llegó temprana al suburbio de Westchester donde estaba sita la residencia de Winters, cubriendo la tierra con su manto blanco. En las colinas de la otra orilla del Hudson, los osos dormían el sueño invernal en sus madrigueras, debajo de la tierra y el hielo.
En el estanque de la propiedad, los sapos habían desaparecido para ocultarse bajo el barro del fondo: un milagro de hibernación, un desafío a la agudeza de los biólogos. El mundo siguió ocupándose de sus asuntos invernales y se desentendió del banquero desaparecido. Y, sin embargo, les habría bastado fijarse en los sapos... o en los osos, para tener una pista.
Pero el verdadero escondite de Norman Winters era aún más extraño. Yacía quince metros bajo la helada tierra, en una cámara cuya anchura era de tres metros y medio, hecho un ovillo entre suaves edredones apilados hasta un metro y medio de espesor, con los ojos cerrados. Vivía en la oscuridad de la noche eterna y en el silencio absoluto. Durante todo el mes de octubre su corazón latió lenta y levemente y, si alguien hubiera entrado con una luz, habría observado que su pecho subía y bajaba de vez en cuando. En noviembre, incluso esos indicios de vida cesaron y la figura quedó inmóvil.
Transcurrieron semanas y la nieve se derritió. Los osos salieron hambrientos de sus cuarteles de invierno y se dispusieron a restaurar sus carnes enflaquecidas. Los sapos regresaron con las primeras noches cálidas de la primavera, tan melodiosos para los amantes de la naturaleza como odiosos para las personas de sueño ligero. Pero Norman Winters no despertó de su sueño a estos anuncios primaverales. Su cuerpo yacía inmóvil; con la inmovilidad de la muerte y sus rasgos tenían una palidez de cera. No se había iniciado la descomposición, y los tejidos estaban turgentes y frescos. Las heladas no llegaban a tan gran profundidad. Pero la temperatura que reinaba en la cámara no se explicaba por este solo hecho. En efecto, una caja cerrada situada en un rincón había irradiado durante todo el invierno una determinada cantidad de calorías. Por la pared de la cámara descendía una gruesa cañería de plomo procedente de un conducto tallado en la roca, hasta llegar a dicha caja cerrada. Otra tubería similar salía de ésta y desaparecía en el suelo. Sobre la caja había un cuadrante, a primera vista parecido a la esfera de un reloj. Su escala, expresada en millares, tenía cien divisiones, y el índice apuntaba un poco por debajo de la correspondiente al dos mil.
Dos hilos de platino iban desde la caja hasta la figura inmóvil entre el rimero de edredones, conectados a dos bandas de oro: una que ceñía una muñeca, y la otra el tobillo del lado opuesto. Más allá, una especie de armario empotrado en la roca, cerrado y misterioso como todo lo que contenía aquella cámara. Pero allí no había luz que permitiera ver todo esto, sólo oscuridad, la negrura de la noche eterna, la ciega y sofocante oscuridad de los sepulcros. La luz, fuente de vida y alegría estaba desterrada de aquel lugar. Un forro de plomo inalterable aprisionaba el aire; el polvo en suspensión se había precipitado a los pocos días, cosa que nunca ocurre en la atmósfera de nuestro mundo, dejando la de la cámara tan pura e inmóvil y tan estéril como un cristal. Porque sin cambio y movimiento, no puede haber vida. En el aire flotaba un débil olor a desinfectante, como si las bacterias tampoco estuviesen toleradas en aquel lugar de muerte.
"El hombre que despertó en el futuro." Laurence Manning.
Dijiste: «Iré a otra tierra, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de haber mejor que ésta.
Cada esfuerzo mío es una condena dictada;
y mi corazón está —como un muerto— enterrado.
¿Hasta cuando estará mi alma en este marasmo?
Adonde vuelva mis ojos, adonde quiera que mire
veo aquí las negras ruinas de mi vida,
donde pase tantos años que arruine y perdí.»
No hallarás nuevas tierras, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Vagarás por las mismas
calles. Y en los mismos barrios te harás viejo;
y entre las mismas paredes irás encaneciendo.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otra tierra —no lo esperes—
no tienes barco, no hay camino.
Como arruinaste aquí tu vida,
en este pequeño rincón, así
en toda la tierra la echaste a perder.
La ciudad. Konstantin Kavafis. 1901
Los niños no son el futuro porque algún día vayan a ser mayores, sino porque la humanidad se va a aproximar cada vez más al niño, porque la infancia es la imagen del futuro.
Los niños son el futuro porque el mundo, la sociedad y sus mecanismos, se infantilizan por momentos.
El libro de la risa y el olvido. Milan Kundera.
Lo malo realmente empieza cuando tienes que contratar a alguien para que se mire al espejo en tu lugar.
Una parte del todo. Steve Toltz.
"Absoluto, adj. Independiente, irresponsable. Una monarquía absoluta es aquella en que el soberano hace lo que le place, siempre que él plazca a los asesinos. No quedan muchas: la mayoría han sido reemplazadas por monarquías limitadas, donde el poder del soberano para hacer el mal (y el bien) está muy restringido; o por repúblicas, donde gobierna el azar". Ambrose Bierce, Diccionario del Diablo (1911)
Las leyes con como las telarañas: sólo atrapan a los débiles.
Ilusiones perdidas. Balzac
—Cuando dicen que la palabra es un puente entre culturas y religiones, desconfío que alguien esta metiendo prisa. La palabra es lo que atraviesa ese puente. Primero fue el arquitecto, que es la buena voluntad, luego el presupuesto, que es la tolerancia, y después la empresa constructora, que es la necesidad de entenderse. Y si todas se juntan, se construye el puente, para que pasen los camellos de los contratos, las bicicletas de la poesía y los triciclos de los chistes.
—¿Y los censores? —pregunté irónico.
—Esos son baches y socavones. Estorban, pero nunca consiguieron cortar el tráfico.
Hombres, cadáveres y fantasmas. Javier Pérez
"Los imperativos de la Ilustración se dirigen contra la ceguera del tener por cierto sin hacerse cuestión; contra las acciones que no pueden efectuar lo que intentan –como las acciones mágicas– porque descansan en supuestos que pueden demostrarse son falsos; contra la prohibición del preguntar e indagar sin restricciones; contra los prejuicios tradicionales. La Ilustración pide un ilimitado esforzarse por alcanzar la evidencia y una conciencia crítica de la índole y los límites de toda evidencia"
Karl Jaspers - «La filosofía desde el punto de vista de la existencia»
Maldita sea, el entorno de Méndez, o sea la Calle Nueva de la Rambla, había sido inventado por segunda vez. El primer invento lo hizo, según se dice, un capitoste llamado Conde del Asalto, amante del orden, la paz pública y se supone que de las mujeres llenitas, porque las delgadas pertenecían entonces a las clases revolucionarias. El invento consistió en una calle recta y lo bastante ancha para que por ella pudiese cargar un escuadrón de caballería y, sable en mano, darles lo suyo a los obreros en huelga, los anarquistas que no creían en Dios (y además lo decían), las mujeres de los revolucionarios (que no tenían ni seguro de viudedad, las muy burras) y las putas que no podían trabajar porque aquella semana tenían la regla. El invento urbanístico del señor Conde del Asalto, que permitía correr a sablazos a los obreros desde la Rambla al Paralelo, fue muy elogiado por fabricantes, banqueros y obispos de toda clase que iban en peregrinación a Roma.
Pero las ciudades y las calles necesitan ser inventadas, pensaba Méndez, y no las inventan los urbanistas ni los coroneles de caballería: las inventan los seres más o menos desamparados que viven en ellas. Y así la calle Conde del Asalto —ahora calle Nueva de la Rambla— la inventaron con su hambre los jornaleros de las fábricas del Raval, con sus trampas los dueños de las timbas, con su coño las putas de las cercanías y con su esperanza los poetas y las niñas de las academias de baile.
Bueno, eso era la calle Nueva de la Rambla, pensaba Méndez mientras iba sigilosamente hacia su lugar de trabajo.
Pero ahora, maldita sea, había sido inventada otra vez, lo cual —la verdad sea dicha— no disgustaba del todo a Méndez. Ahora había más luz, más casas nuevas, más duchas y más encuentros de cama entre tía y tío (o entre tía y tía o entre tío y tío) realizados en condiciones sanitarias. Pero la historia estaba siendo expulsada de la calle. Ya no había, como antes, ratas centenarias ni madames centenarias aferradas al retrato de su abuela, que fue la primera que hizo la calle y contribuyó, por tanto, al sosiego de la ciudad. Ya no había bares donde se consumieran peces del neolítico ni hoteles para parejas donde el marido y la esposa hacían lo posible para no coincidir a la misma hora.
Acoso sexual (Méndez) - Francisco González Ledesma
El nazismo es el horror sagrado de los griegos puesto al alcance de la pequeña burguesía.
La caza salvaje. Jon Juaristi
"Oh! ya sé que en la actualidad puedes beber lo mismo, y si eres un bebedor apasionado puedes levantarte a la mañana siguiente con una resaca de tamaño natural, pero al menos bebes whisky, y el whisky auténtico no te mata, a menos que seas un cerdo..."
Groucho Marx.
"Ya que él sabía lo que esa multitud alegre ignoraba, y que podemos leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece nunca, que puede permanecer durante decenas de años dormido en los muebles y la ropa, que espera pacientemente en las habitaciones, los sótanos, los baúles, los pañuelos y los legajos, y que, quizás, vendría el día en que, para desgracia y la enseñanza de los hombres, la peste despertaría a sus ratas y las enviaría a morir en una ciudad feliz".
A. Camus (La Peste) -Pozí!-
Líder es el hombre capaz de convertir la masa en Pueblo.
El mito del siglo XX. Alfred Rosenberg.
—¿Por dentro? ¿Por dentro de quién? ¿De ti?, ¿de mí? Nosotros no tenemos dentro. Cuando no dirían que aquí no pasa nada es cuando pudiesen verse por dentro de sí mismos, de ellos, de los que leen. El alma de un personaje de drama, de novela o de nivola no tiene más interior que el que le da...
—Sí, su autor.
—No, el lector.
Niebla, Miguel de Unamuno.
Antipatía
s. Sentimiento que nos inspira el amigo de un amigo.
Año
s. Período de trescientos sesenta y cinco desengaños.
Apelar
v. i. En lenguaje forense, volver a poner los dados en el cubilete para un nuevo tiro.
Apetito
s. Instinto previsor implantado por la Providencia como solución al problema laboral.
Aplauso
s. El eco de una tontería. Monedas con que el populacho recompensa a quienes lo hacen reír y lo devoran.
Ambrose Bierce, "El diccionario del diablo."
No hay manera de vivir correctamente una vida equivocada.
Theodor Adorno.
Podría ser el mejor lanzador de cuchillos del circo, pero se duerme mejor siendo payaso.
Fake. Manuel Albero.
Muchos lo niegan, pero un termómetro averiado, que marca cinco grados más de los que hay en realidad, ¡genera calor!
Joseph Goebbels. 1928
Fuerte es aquel que desde el presente configura el pasado y forja el futuro. Débil es quien sigue el camino contrario.
Heliópolis. Ernst Jünger.
No basta con amar a la Humanidad. Además, hay que saber soportar a los hombres.
Archipiélago Gulag. Alexandr Solzhenitsyn
Los mortales se atreven, ¡Ay!, siempre a culpar a los dioses porque dicen que todos sus males nosotros les damos, y son ellos que, con sus locuras, se atraen infortunios que el Destino jamás decretó.
Odisea (Canto I)-Homero
Es en el momento de empezar cuando hay que cuidar atentamente que los equilibrios queden establecidos de la manera más exacta. Escribo esto bajo una fuerte tensión mental, ya que cuando llegue la noche habré dejado de existir. Es posible que yo ya tuviera entonces cierto presentimiento de mi futuro. Escribiré mi informe como si contara una historia, pues me enseñaron siendo niño que la verdad nace de la imaginación. Todo esto sucedió, más o menos. Dormíamos en lo que, en otros tiempos, había sido el gimnasio. La cárcel es profunda y de piedra; su forma, la de un hemisferio casi perfecto, si bien el piso (que también es de piedra) es algo menor que un círculo máximo, hecho que agrava de algún modo los sentimientos de opresión y de vastedad. Un edificio gris, achaparrado, de sólo treinta y cuatro plantas. El sol se alzó lentamente, como si no estuviera seguro de que el esfuerzo valiera la pena. Cuando un día que usted sabe que es miércoles comienza como si fuese domingo, algo anda muy mal en alguna parte. Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece. Después de lo que me pareció una eternidad, todo llegaba a su conclusión. ¿Y ahora qué pasa, eh? —Es una herejía —me dijo—. Había una mano en la oscuridad, y esa mano sostenía un puñal, cuyo mango era de brillante hueso negro, y la hoja, más afilada y precisa que una navaja de afeitar. Más temprano o más tarde, tenía que suceder. Pronto habría demasiado calor.
Varios autores
Remendado con únicamente las frases iniciales, una detrás de otra, de:
-Dune de Frank Herbert
-Dagon de H.P. Lovecraft
-La sombra del torturador de Gene Wolfe
-La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin
-Matadero Cinco de Kurt Vonnegut
-El cuento de la criada de Margaret Atwood
-La escritura del dios de Jorge Luís Borges
-Un mundo feliz de Aldous Huxley
-La luz fantástica de Terry Pratchett
-El día de los trífidos de John Wyndham
-1984 de George Orwell
-Los nueve príncipes de Ámbar de Roger Zelazny
-La naranja mecánica de Anthony Burgess
-El camino de la Cruz y el Dragón de G.R.R. Martin
-El libro del cementerio de Neil Gaiman
-Cita con Rama de Arthur C. Clarke
-El mundo sumergido de J.G.Ballard
menéame