LITERATOS. Compartimos fragmentos.
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¿Para quién he de ser justo?

Ser justo… -me dijo mi padre-, es preciso escoger.

¿Justo para el arcángel o justo para el hombre?

¿Justo para la llaga o para la carne sana?

¿Por qué escucharía yo al que viene a hablarme en nombre de la peste?

Ciudadela. Antoine de Saint Exupery.

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La trampa

He perdido mi antiguo porvenir, y no me ha sido concedido uno nuevo: sólo floto en el presente. Mantengo una rara sensación de supervivencia, de náufrago rescatado, envuelto en una manta y tiritando; entre marineros borrachos que intentan renacerme, pasándose unos a otros la botella: intentando que acerque también mis labios hinchados, azulados, al gollete. ¿Quién va a renacerme? ¿Un grupo de muchachos descontentos, puros, insatisfechos? ¿Acaso sólo deseosos de vagas aventuras? Todas las juventudes aguardan la aventura de la vida; y algunos (como yo a sus años) pudimos planear una aventura de justicia, de coordinación, de responsabilidad. Hacer tabla rasa es un innato ideal juvenil. Pero yo estoy aún en la borda, y no he acercado mis labios a la botella: como si al fondo de mi conciencia clamase una voz: “¿Para qué se empeñan todos en hacerme resucitar?”. Déjenme solo, déjenme huir, a solas, de aquella casa, de esta puerta de ahora, ridiculamente pintada de rosa, con ángeles de yeso. ¿O no son ángeles? Son desgraciadas señoritas desnudas, que intentan despertar un clima erótico, bajo esa luz roja, esos espejos astutamente ladeados, esa mesilla con huellas de vasos. Hay aquí el eco de una agria borrachera que empieza a retirarse.

Ana María Matute, "La Trampa."

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Cuestión de oportunidades

Al señor Mendoza apenas le dio tiempo de ver lo que las manos de la muchacha rubia hacían en el tablero de la mesa. Desapareció inmediatamente; y dos décimas de segundo después volvió a aparecer. El primer sonido que exhaló fue un largo suspiro de alivio. No había grandes cambios en él; solamente su aspecto fatigado, una moradura sobre el ojo izquierdo y un arañazo en la mano derecha, aún goteante de sangre.

 —¡Señor! —resopló, abalanzándose sobre el nuevo Calixto helado que acababa de surgir del tablero de marfil—. ¡Qué barbaridad!

 Esta vez había una clara nota de desprecio en la voz de la señorita Hollister.

 —Si sólo ha estado usted un día… cincuenta créditos, señor Mendoza.

 La aristocrática mano de la joven depositó una moneda sobre la mesa, al lado de la butaca ocupada por el hombre.

 —No era muy peligroso —dijo él, después de dejar el vaso vacío sobre la mesa—. ¿Sabe usted lo que era? ¿O es que les prohíben escuchar…?

 —No; en absoluto. Puede usted decir lo que quiera…

—Bueno; nada más empezar la… oportunidad, me encontré en medio de una masa de seres de color verde, con una especie de plumeros encima de la cabeza…

 —El planeta Traskiliskar —comentó ella.

 —Eso mismo. Yo era como ellos, y resulta que era nada menos que recaudador de contribuciones… Todos se echaron encima de mí, aullando y berreando… Al principio creí que querían matarme, ¿entiende usted? Pero luego resultó que no. Parece que esa gente, los traski… los trasli… bueno, como se llamen, tienen un sentido absurdo de las cosas. ¿Sabe usted? ¡Me perseguían para pagarme los impuestos! ¡Nada menos! Entonces comprendí las prohibiciones: no podía esconderme, ni tirar el dinero. Estaba bien claro. Pero ¡qué barbaridad! Me acosaban, me perseguían, me metían el dinero en las bolsas que yo llevaba en la cintura, me arrancaban los recibos de las manos…

 Y por cierto… ¿sabe usted qué impuesto cobraba yo?

 —No, señor Mendoza…

 —El Impuesto sobre el adulterio triple… entonces sabía lo que era, pero ahora… bueno; no puedo acordarme bien. Era horroroso, palabra… A lo lejos, vi a uno de mis colegas de recaudación cayendo bajo una masa de contribuyentes; el pobre se levantó y siguió cobrando… ¡Qué espanto! Me harté en seguida, palabra. Oiga, señorita Hollister… prefiero otro trabajo más arriesgado, pero con menos gente… ¿Probamos?

Gabriel Bermúdez Castillo, "Cuestión de oportunidades"

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Mercaderes y pedagogos

Prohíbo a los mercaderes alabar demasiado sus mercaderías.

Porque se convierten pronto en pedagogos y te enseñan como fin lo que por esencia es un medio, y al engañarte así cerca del camino que seguir te degradan; porque si su música es vulgar te fabrican, para vendértela, un alma vulgar. Así pues, está bien que los objetos sean fundados para servir a los hombres; sería monstruoso que los hombres fueran fundados para servir de caja de residuos a los objetos.

Ciudadela. Antoine de Saint Exupery

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El periodismo hoy

El ciego va de corresponsal, se lo cuenta al sordo, el tonto lo escribe y los otros periódicos lo plagian.

Ha vuelto. Timur Vermes.

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Los del Norte y los del Sur

Pero las tradiciones no mueren a manos de los hechos, y la tradición de la «tenacidad» norteña sigue viva. La gente cree aún vagamente que, allá donde un sureño fracasa, un norteño «saldrá adelante», es decir, hará dinero. Todo hombre de Yorkshire y todo escocés que viene a Londres tiene, en el fondo de su mente una imagen de sí mismo como Dick Whittington, como el muchacho que empieza vendiendo periódicos y acaba alcalde de Londres. Esto es lo que da origen a su presunción. Pero lo que constituye un grave error es suponer que de esta idea participa también la clase obrera propiamente dicha. La primera vez que fui a Yorkshire, hace unos años, tenía la sensación de que me dirigía a un país de patanes. Estaba acostumbrado a los oriundos de Yorkshire que viven en Londres, con sus interminables peroratas y su orgullo por la supuesta gracia y fineza de su dialecto («un paso a tiempo ahorra ciento», como decimos en West Riding), y esperaba tener que hacer frente a mucha grosería. Pero no fue así en absoluto, y menos entre los mineros. Los mineros de Lancashire y de Yorkshire me trataron con una amabilidad y cortesía que resultaban incluso embarazosas, pues, si hay un tipo de hombre ante el cual me siento inferior, es el minero. Y, desde luego, ninguno de ellos dio la menor prueba de despreciarme por el hecho de proceder de otra región del país. Esto tiene su importancia si se recuerda que los regionalismos ingleses son nacionalismos en miniatura, pues implica que el localismo no es una característica de la clase obrera.

No obstante, existe una diferencia real entre el norte y el sur del país, que confiere un asomo de verdad a la descripción de la Inglaterra meridional como un enorme Brighton habitado por gentes ociosas. Por razones climáticas, el grupo social parásito de los rentistas suele establecerse en el sur. 

En una ciudad algodonera de Lancashire, se pueden pasar meses y meses sin oír a una sola persona de pronunciación «correcta», mientras que en el sur apenas debe de haber una ciudad donde se pueda tirar una piedra sin darle a la sobrina de un obispo.

El camino de Wigan Pier. George Orwell

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Teoría del cuerpo enamorado

Leyendo a Homero, soñaba con las sirenas que fascinan a los hombres con sus voces embrujadoras y abandonan, al alba, en los prados que bordean al mar, las osamentas de los imprudentes que sucumbieron a la tentación; encontré, tomando notas de Diodoro de Sicilia y Filón de Alejandría, a Pasífae enamorada de un toro divino hasta el punto de pedir al ingenioso Dédalo la fabricación de una ternera mecánica como añagaza en la que ella se pudiese arrodillar para recibir la simiente taurina y conocer así la voluptuosidad de las bestias; seguí con Ovidio la metamorfosis de Tiresias, hombre transformado en mujer durante siete otoños por haber desapareado en el bosque a dos serpientes enlazadas, personaje cuya experiencia enseña cómo el placer de las mujeres es nueve veces superior en intensidad al de los hombres; he amado a Argos, el perro de Ulises, cubierto de piojos y tirado sobre el estiércol, desconsolado por la desaparición de su dueño durante dos decenios y muerto después de haberlo reconocido.

Siempre he sentido el interés más vivo por estas figuras, pues ellas expresan nítidamente desde los tiempos más antiguos el ineluctable y peligroso poder del deseo, la naturaleza radicalmente animal del placer, la irreductibilidad del cuerpo del hombre al de la mujer y, finalmente, la fidelidad como un asunto exclusivo de la memoria. Con estas cuatro certezas, modestas pero definitivas, me consolé un poco de no haber podido nunca resolver verdaderamente por mí mismo -es decir, bajo el puro ángulo masculino- cinco o seis cuestiones, especialmente las siguientes: ¿qué es una mujer?; ¿qué se puede planear con el cuerpo del otro que no se sitúe trágicamente bajo el signo de la guerra, del conflicto, y que no tienda por ello a la petrificación en los modelos seculares de la pareja, del matrimonio, de la monogamia, de la procreación y de la fidelidad?; ¿adónde apuntan las semejanzas, dónde se manifiestan las desemejanzas ontológicas entre lo masculino y lo femenino?; ¿qué pueden y qué quieren los cuerpos del uno y de la otra?; ¿las ganas de tener hijos es solamente un deseo femenino que los hombres toleran?; ¿el deseo y el placer son sexuados?

Michel Onfray, “Teoría del cuerpo enamorado”.

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Nulla spes...

"La Inocencia es un leproso que ha perdido su campanilla".

Graham Greene.

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Recetas romanas

Plinio aconsejaba frotar con ortigas el pene de los toros que no funcionasen bien como sementales. Es de suponer que por eso los romanos eran tan buenos en atletismo.

Cómo mojar una galleta. Len Fischer.

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Emociones y lenguaje en educación y política

Observen ustedes que existen dos tipos de discusiones entre las personas. Hay discusiones, desacuerdos, que se resuelven sin que uno vaya más allá de ponerse colorado. Si yo digo que dos por dos es igual a cinco y ustedes me dicen: "¡no hombre, no es así! Mira, la multiplicación se hace de esta manera", mostrándome cómo se constituye la multiplicación, yo a lo más digo, "¡ah! de veras, tienes toda la razón, disculpa". Si esto ocurre, lo peor que me puede pasar es que me ponga colorado y tenga un poco de vergüenza. También puede ser que no me importe nada, porque el desacuerdo no tiene nada más que un fundamento lógico ya que sólo hubo un error al aplicar ciertas premisas o ciertas reglas operacionales que yo y el otro aceptábamos. Nuestro desacuerdo era trivial; pertenecía a la lógica. Nunca nos enojamos cuando el desacuerdo es sólo lógico, es decir, cuando el desacuerdo surge de un error al aplicar las coherencias operacionales derivadas de premisas fundamentales aceptadas por todas las personas en desacuerdo. Pero hay otras discusiones en las cuales nos enojamos (es el caso de todas las discusiones ideológicas);  esto  ocurre  cuando la  diferencia está en las premisas fundamentales que cada uno tiene. Esos desacuerdos siempre traen consigo un remezón emocional, porque los participantes en el desacuerdo viven su desacuerdo como amenazas existenciales recíprocas. Desacuerdos en las premisas fundamentales son situaciones que amenazan la vida ya que el otro le niega a uno los fundamentos de su pensar y la coherencia racional de su existencia.

Por eso existen disputas que jamás se van a resolver en el plano en que se plantean. Por ejemplo, la guerra en Irlanda del Norte no tiene solución a menos que un acto declarativo saque a ambos bandos del espacio religioso donde, dentro de los fundamentos de una creencia, niegan los fundamentos de la otra, y los lleve a un dominio de mutuo respeto. 

No basta con que se reúnan a conversar los bandos oponentes desde la tolerancia al error del otro. Si lo hacen así, terminarán peleándose, porque ambos bandos están defendiendo sistemas que, aunque coherentes en sí, tienen premisas fundamentales diferentes que se excluyen mutuamente, y que sus cultores aceptan o rechazan no desde la razón sino que desde la emoción: las premisas fundamentales de una ideología o de una religión se aceptan a priori y, por lo tanto, no tienen fundamento racional.

Más aún, si uno llega a proponer un argumento racional para escoger estas u otras premisas, reclamando para su sistema ideológico un fundamento racional,uno lo hace ciego a lo dicho más arriba, esto es, lo hace ciego al hecho de que las premisas fundamentales últimas que fundamentan la racionalidad del argumento convincente las aceptamos a priori. Por esto, no podemos pretender una justificación trascendente para nuestro actuar al decir: "esto es racional". Todo argumento sin error lógico es obviamente racional para aquel que acepta las premisas fundamentales en que éste se funda.

Lo humano se constituye en el entrelazamiento de lo emocional con lo racional. Lo racional se constituye en las coherencias operacionales de los sistemas argumentativos que construimos en el lenguaje para defender o justificar nuestras acciones. Corrientemente vivimos nuestros argumentos racionales sin hacer referencia a las emociones en que se fundan, porque no sabemos que ellos y todas nuestras acciones tienen un fundamento emocional, y creemos que tal condición sería una limitación a nuestro ser racional.

Humberto Maturana, “Emociones y lenguaje en educación y política.”

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La voz del enemigo

La voz del enemigo nos acusa, y el silencio del amigo nos condena.

Anaxágoras.

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Canto del arpista

Es un decreto de este gran Benévolo Osiris: el buen destino se debilita; las generaciones se desvanecen y desaparecen, otras ocupan su lugar desde el tiempo de los ancestros.

De los dioses que existieron antes y reposan en sus pirámides. ¿qué es de ellos?

Nobles y gentes ilustres están enterrados en sus tumbas. Construyeron casas cuyo lugar ya no existe. ¿Qué ha sido de ellos?

He oído sentencias de Imhotep y Herdidif, que se citan como proverbios y que duran más que todo. ¿Dónde están sus moradas?

Sus muros se han desplomado; sus lugares ya no existen, como si nunca hubieran sido.

De allí no viene nadie; que se nos diga su forma, que se nos diga su suerte, y se alegre nuestro corazón. Hasta que lleguemos al lugar al que se han ido.

Alegra tu corazón para olvidar esto; lo que es útil para ti es seguir tu corazón mientras estés con vida.

Ponte olíbano en la cabeza. Vístete de lino fino. Úngete con las maravillas auténticas de las cosas divinas.

¡Acrecienta tu bienestar, para que tu corazón no desfallezca! ¡Sigue a tu corazón y haz lo que sea bueno para ti!

Haz tus asuntos sobre la tierra según tu corazón hasta que llegue para ti el día de los funerales.

Aquel que tiene el corazón cansado no oye su llamada. Si el dios Osiris no entiende sus lamentaciones, sus ceremonias fúnebres no salvan el corazón de los hombres en la tumba.

Hazte por tanto el día dichoso, y no te canses nunca de esto. ¿Ves?, nadie se ha llevado sus bienes consigo. ¿Ves?, ninguno de los que se fueron ha vuelto.

Poema egipcio datado en el Siglo XXI a. C. a finales del Primer periodo intermedio. Se ha conservado en la capilla funeraria del faraón Intef (siglo XVI a. C.) es.wikipedia.org/wiki/Canto_del_arpista

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La ciencia de las velas

A empujones, sin silencio,

estremecidos en cuerdas

que sólo vibran a golpes, 

que sólo a golpes recuerdan

la cuna de sus acordes

y la patria de sus penas,

también llegaremos tarde

a la ciencia de las velas,

y exigiendo algún recuerdo, 

y buscando dejar huellas

en la piedra o la memoria

con que nuestros pies tropiezan

olvidaremos de nuevo

que el sentido de los cirios

es la luz, y no la cera.

Pregúntale tú a la esfinge. Feindesland. 2004

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Los Ícaros caídos

Tras la caída de la Unión Soviética, la filósofa francesa Chantal Delsol hizo la más inolvidable analogía del estado en el que se encontraban actualmente los europeos modernos. En su obra Le Souci Contemporain (1996) traducido al inglés como Icarus Fallen (Ícaro caído) indicaba que la condición del hombre de la Europa moderna era la misma condición que habría tenido Ícaro si hubiera sobrevivido a su caída. Nosotros, los europeos, hemos intentado alcanzar el sol, hemos volado demasiado cerca de él y nos hemos precipitado a la tierra. Ciertamente hemos fracasado en el intento; posiblemente nos quedamos aturdidos por el golpe recibido pero, en cierto modo, hemos podido sobrevivir: todavía estamos aquí. A nuestro alrededor están los restos del naufragio —metafórico y real— de todos nuestros sueños, de nuestras religiones, de nuestras ideologías políticas y de mil otras aspiraciones, todas las cuales se mostraron falsas llegado el momento. Y aunque no nos han quedado ni ilusiones ni ambiciones, todavía seguimos aquí. Así pues. ¿Qué debemos hacer?

Existen un buen número de posibilidades. La más obvia es que los Ícaros caídos pudieran entregar exclusivamente su vida al placer. Como afirmaba Delsol, esta postura no es nueva entre aquellos que han perdido a sus dioses. «El gran colapso de los ideales produce con frecuencia una cierta clase de cinismo: si se ha perdido toda esperanza ¡divirtámonos al menos!». Como ella señala, eso es lo que los líderes soviéticos, entre otros, hicieron cuando perdieron la fe en sus ideales utópicos. Cuando vieron que el sistema en el que tenían puesta toda su fe, y al que habían dedicado sus vidas, no solo era impracticable, sino una mentira, una élite perteneciente al Imperio soviético se dedicó, pese a la inimaginable miseria que había por todas partes, a lograr su comodidad personal. No obstante, como también señala Delsol, nuestra situación está incluso más allá de aquella en la que se encontraban los líderes soviéticos que decidieron dedicarse a la buena vida cuando vieron que su dios había fracasado. «Para nosotros no solamente está ahora la imposibilidad de conseguir de nuevo aquellas verdades que nos dijeron que abandonáramos», asegura, «No nos hemos convertido en unos cínicos “absolutos”, pero nos hemos convertido en unos profundos recelosos de todas las verdades[11]». El hecho de que todas nuestras utopías fracasaran de forma tan estrepitosa no solamente destruyó nuestra fe en ellas, destruyó también nuestra fe en cualquier tipo de ideología.

La extraña muerte de Europa. Douglas Murray

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Cosas de urbanismo

No podremos construir un gran edificio si cualquier cerdo se cree con el derecho de construir una pocilga en su parte del terreno.

El espía que surgió del frío. John Le carré.

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La rosa de Milton

De las generaciones de las rosas

que en el fondo del tiempo se han perdido

quiero que una se salve del olvido,

una sin marca o signo entre las cosas

que fueron. El destino me depara

este don de nombrar por vez primera

esa flor silenciosa, la postrera

rosa que Milton acercó a su cara,

sin verla. Oh tú bermeja o amarilla

o blanca rosa de un jardín borrado,

deja mágicamente tu pasado

inmemorial y en este verso brilla,

oro, sangre o marfil o tenebrosa

como en sus manos, invisible rosa.

Jorge Luis Borges.

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«Análisis tardío»

«Análisis tardío»

Sé bien, sé bien que estoy en el fondo de la fosa;

que todo aquello que toco ya lo he tocado;

que soy prisionero de un interés indecente;

que cada convalecencia es una recaída;

que las aguas están estancadas y todo tiene sabor a viejo;

que también el humorismo forma parte del bloque inamovible;

que no hago otra cosa que reducir lo nuevo a lo antiguo;

que no intento todavía reconocer quién soy;

que he perdido hasta la antigua paciencia de orfebre;

que la vejez hace resaltar por impaciencia solo las miserias;

que no saldré nunca de aquí por más que sonría;

que doy vueltas de un lado a otro por la tierra como una bestia enjaulada;

que de tantas cuerdas que tengo he terminado por tirar de una sola;

que me gusta embarrarme porque el barro es materia pobre y por lo tanto pura;

que adoro la luz solo si no ofrece esperanza.

Pier Paolo Pasolini

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Hay que respetar las tradiciones y agregar algún rasgo original (para sentirse un artista libre)

[...] en una historia, como en otras cosas, hay necesidades y necesidades. Sé poco de estilo literario, pero he aprendido mientras avanzaba, y descubro que este arte no difiere tanto, como se lo podría creer, de aquel en que me ejercité antaño.

Muchas veintenas, y a veces muchos centenares de personas, asisten a presenciar una ejecución, y he visto balcones que se desprendían de las paredes por el peso de los espectadores, matando a más en un único derrumbe que yo en toda mi carrera. Estas veintenas y centenares pueden equipararse a los lectores de una crónica escrita.

Pero hay otros, además de los espectadores, que es preciso satisfacer: la autoridad en cuyo nombre actúa el carnificario; los que le pagan para que el condenado tenga una muerte sencilla (o dura); y el carnificario mismo.

Los espectadores se sentirán satisfechos si no hay largas demoras, si se le permite hablar al condenado y éste lo hace bien, si la hoja alzada resplandece al sol un momento antes de descender, dándoles así tiempo de contener el aliento y codearse unos a otros, y si la cabeza cae con un satisfactorio flujo de sangre. De manera semejante vosotros, que algún día os zambulliréis en la biblioteca del maestro Ultan, requeriréis de mí que no haya largas demoras; personajes a los que se les permita hablar con brevedad pero con corrección; ciertas pausas dramáticas que señalen que algo importante está por ocurrir; emoción; y una buena cantidad de sangre.

Las autoridades por las que actúa el carnificario, los chiliarcas o arcontes (si se me permite prolongar la metáfora de mi discurso), no tendrán queja si al condenado se le impide escapar, o inflamar demasiado a la plebe; y si al final está indiscutiblemente muerto. Esa autoridad, que me guía mientras escribo, es también el impulso que me conduce a desempeñar mi tarea. Ella requiere que haya siempre en esta obra un tema central, que no se pierda en prefacios o índices, o en otra obra por completo diferente; que no se permita que la retórica la abrume; y que se la conduzca a una conclusión satisfactoria.

Los que pagan al carnificario para que la ejecución resulte indolora o dolorosa, pueden equipararse a las tradiciones literarias y a los modelos aceptados, ante los que estoy obligado a inclinarme. Recuerdo que un día de invierno, cuando la lluvia fría daba contra la ventana del aula en que nos dictaba clase, el maestro Malrubius —tal vez porque vio que estábamos demasiado desanimados para trabajar con seriedad, tal vez porque él mismo lo estaba—, nos contó que hacía muchos años, un cierto maestro Werenfrid, teniendo mucha necesidad de dinero, aceptó una remuneración de los enemigos del condenado y también de sus amigos; y que colocando una facción a la derecha del tajo y la otra a la izquierda, hizo, por su gran habilidad, que a cada una le pareciera que el resultado había sido satisfactorio. De esta misma manera, las partes contendientes de la tradición tironean de los escritores de historias. Sí, aun de los autarcas. Una parte desea sencillez; la otra riqueza de experiencia en la ejecución… de la escritura. Y yo he de intentar frente al dilema del maestro Werenfrid, pero careciendo de su habilidad, satisfacer a ambas. Eso es lo que he intentado hacer.

Queda el carnificario mismo; ése soy yo. No le basta recibir las alabanzas de todos. No le basta ni siquiera llevar a cabo lo que tiene que hacer de modo enteramente meritorio y de acuerdo con la enseñanza de los maestros y las antiguas tradiciones. Además de todo esto, si ha de sentir plena satisfacción en el momento en que el Tiempo levante por los cabellos su propia seccionada cabeza, tiene que agregar a la ejecución algún rasgo, por minúsculo que sea, que le pertenezca por entero y que él nunca repetirá. Sólo así podrá sentirse un artista libre.

Fragmento de La sombra del torturador (1980) de Gene Wolfe

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Mierda de revolución

En 1919, enseguida nos dimos cuentas de que algo iba mal en aquella Revolución porque, al día siguiente de la Revolución, nos pegaron a los chavales en el colegio por jugar a la Revolución.

Historia de un alemán. Sebastian Haffner.

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Vive y deja morir

Dexter se quedó pensativo.

—De acuerdo —respondió al fin—. Probablemente eso no hará ningún daño. Pero no se dejen ver demasiado. Y procuren no exponerse a ningún peligro, porque no habrá nadie que pueda ayudarlos. Y no vayan por ahí alborotándonos las cosas. Este caso no está maduro todavía. Y mientras siga así, nuestra política con el señor Big es la de «vive y deja vivir».

Bond miró a Dexter con aire burlón.

—En mi profesión —dijo—, cuando me tropiezo con un hombre como ese, tengo otra divisa: «vive y deja morir».

Dexter se encogió de hombros.

—Tal vez —respondió—, pero ahora está bajo mis órdenes, señor Bond, y me sentiré complacido si las acata.

—Por supuesto —le aseguró Bond—, y gracias por toda la ayuda que me ha prestado. Espero que tenga suerte con su parte del caso.

Dexter alzó un brazo para detener un taxi. Se estrecharon la mano.

—Hasta pronto, muchachos —fue la breve despedida de Dexter—. Conserven la vida.

El taxi se incorporó al tráfico que ascendía hacia la parte alta de la ciudad. Bond y Leiter se sonrieron el uno al otro.

—Un tipo capaz, diría yo —comentó Bond.

—En su profesión todos lo son —admitió Leiter—. Con tendencia a mostrarse algo pomposos y estirados. Un poco quisquillosos cuando se trata de sus derechos. Siempre están riñendo con nosotros o con la policía. Pero supongo que en Inglaterra tenéis más o menos el mismo problema.

—Desde luego —asintió Bond—. Siempre vamos a contrapelo del MI5, y ellos siempre le pisan los callos a la brigada especial. La de Scotland Yard —aclaró—. Bueno, ¿qué me dices acerca de darnos una vuelta por Harlem esta noche?

—Me parece bien —respondió Leiter—. Te dejaré en el St. Regis y pasaré a recogerte a eso de las seis y media. Te esperaré en el bar King Colé de la planta baja. Supongo que quieres echar un vistazo a ese señor Big —dijo con una sonrisa—. La verdad es que yo también, pero no habría sido conveniente decírselo a Dexter.

Hizo señas para detener un taxi.

—Al St. Regis —ordenó al taxista—. En la esquina de la Quinta Avenida y la Cincuenta y cinco.

Entraron en el automóvil, una caja de hojalata recalentada que olía a humo de cigarro de la semana anterior.

Leiter bajó la ventanilla.

—Pero ¿qué quiere hacer? —preguntó el taxista por encima del hombro—. ¿Matarme de una neumonía?

—Exacto —respondió Leiter—, si con eso evitamos morir en esta cámara de gas.

—Es un tío listo, ¿eh? —dijo el taxista, haciendo chirriar el cambio de marcha. Se quitó una colilla de cigarro masticada de detrás de la oreja—. Tres por veinticinco centavos —declaró con tono ofendido.

—Ha pagado veinticuatro de más —le aseguró Leiter.

El resto del trayecto transcurrió en silencio.

Se separaron al llegar al hotel y Bond subió a su habitación. Eran las cuatro de la tarde. Pidió a la telefonista que lo llamara a las seis. Pasó un rato mirando por la ventana del dormitorio. A su izquierda, el sol se ponía en medio de un incendio de color. En los rascacielos se encendían las luces, convirtiendo la ciudad en un dorado panal de abejas. Abajo, las calles eran ríos de luces de neón carmesí, azul, verde… El viento suspiraba tristemente en el aterciopelado ocaso, confiriendo a la habitación una atmósfera aún más cálida, segura y lujosa. Echó las cortinas y encendió las luces suaves que había encima de la cama. Luego se quitó la ropa y se metió entre las finas sábanas de percal. Pensó en el cortante frío de las calles londinenses, en el calor insuficiente que despedía la estufa de gas de su despacho del cuartel general del Servicio Secreto, en el menú escrito con tiza en la pizarra del pub donde había estado el último día que pasó en Londres: Salchicha gigante al horno con mantequilla y verduras.

Se desperezó con una profunda sensación de placer. Casi de inmediato se quedó dormido.

 Ian Fleming, "Vive y deja morir".

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Era en verdad Inevitable

El viejo se detuvo junto a otro cadáver, con los ojos arrancados y las órbitas sangrantes—. [...] Y ahí detrás de ese arco está aún otro, un gran guerrero con su armadura. Y ahí…, y ahí… —señaló, señaló—. Y ahí…, y ahí…, como moscas aplastadas.

Volvió su acuosa mirada a Liane.

—Regresa, joven, regresa…, a menos que quieras que tu cuerpo yazca aquí envuelto en tu verde capa para pudrirse sobre estas piedras.

Liane extrajo su espada y la blandió.

—Soy Liane el Caminante; dejemos que me causen miedo. ¿Y dónde está el Lugar de los Susurros?

—Si quieres saberlo —dijo el viejo—, está al otro lado de ese obelisco roto. Pero ve por tu cuenta y riesgo.

—Soy Liane el Caminante. El peligro va conmigo.

El viejo se mantuvo inmóvil, como una estatua carcomida por el tiempo, mientras Liane proseguía su camino.

Y Liane se preguntó: supongamos que este viejo era un agente de Chun, y que en este momento está yendo a avisarle… Será mejor tomar todas las precauciones. Saltó sobre un alto entablamiento y corrió agachado de vuelta hacia donde había dejado al anciano.

Allí estaba, murmurando para sí mismo, inclinado sobre su bastón. Liane dejó caer un bloque de granito tan grande como su cabeza. Un golpe, un crujido, un jadeo…, y Liane prosiguió su camino.

Rebasó el obelisco roto y se halló en un amplio patio…, el Lugar de los Susurros. Directamente opuesto a él había un amplio salón, marcado por una columna inclinada con un enorme medallón negro, el signo de un fénix y un lagarto de dos cabezas.

Liane se mezcló con las sombras de una pared y aguardó atisbando como un lobo, alerta a cualquier indicio de movimiento.

[…] Se acercó al edificio por la parte de atrás y apretó el oído contra la piedra. Estaba muerta, sin vibración. Rodeó el lado…, observando arriba, abajo, a todas partes; una brecha en la pared. Liane miró dentro. Al fondo colgaba medio tapiz dorado. Por lo demás, la sala estaba vacía.

Liane miró hacia arriba, hacia abajo, a un lado, al otro. No había nada a la vista. Prosiguió rodeando el salón.

Llegó a otro lugar roto. Miró dentro. Al fondo colgaba el tapiz dorado. Nada más a derecha a izquierda, ningún sonido, nada visible.

Liane prosiguió hacia la parte frontal del salón y buscó bajo el alero; todo muerto como el polvo.

Tenía una clara vista de la estancia. Desnuda, yerma, excepto aquel trozo de tapiz dorado.

Liane entró, avanzando con largos pasos suaves. Se detuvo en mitad del salón. La luz llegaba hasta él desde todas partes excepto la pared del fondo. Había una docena de aberturas por las cuales huir, y ningún sonido excepto el apagado latir de su corazón.

Dio dos pasos hacia delante. El tapiz estaba casi al alcance de la yema de sus dedos.

Y detrás estaba Chun el Inevitable.

Liane gritó. Se volvió sobre piernas paralizadas, y eran de plomo, como las piernas de un sueño que se niegan a correr.

Chun se separó de la pared y avanzó. Sobre sus negros hombros relucientes llevaba una túnica de ojos engarzados con seda.

Liane estaba corriendo, a toda velocidad ahora. Saltaba, flotaba casi. Las puntas de sus pies apenas tocaban el suelo. Fuera de la sala, cruzando la plaza, atravesando la selva de estatuas rotas y columnas caídas. Y detrás estaba Chun, corriendo como un perro.

Liane aceleró a lo largo de la cresta de un muro y saltó una gran brecha hacia una fuente rota. Detrás de él llegó Chun.

Liane enfiló un estrecho callejón, trepó a una pila de escombros, a un tejado, bajó a un patio. Detrás llegó Chun.

Liane corrió a toda velocidad descendiendo una amplia avenida alineada con unos cuantos viejos cipreses atrofiados, y oyó a Chun muy cerca tras sus talones. Se volvió hacia el interior de una arcada, pasó su anillo de bronce por encima de su cabeza, lo bajó hasta sus pies. Saltó fuera, introdujo el anillo dentro de la oscuridad. Refugio. Estaba solo en un oscuro espacio mágico, desvanecido de la mirada y el conocimiento terrestres. Un cavilante silencio, un espacio muerto…

Sintió una agitación a sus espaldas, un suspiro del aire. Junto a su codo una voz dijo:

—Soy Chun el Inevitable

Fragmento de Liane el caminante, relato de Jack Vance incluido en Mazirian el mago (1950)

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Vivos o Muertos

Hasta tal punto estamos desligados de la vida, que hasta sentimos aversión hacia la auténtica ‘vida viva’ y no soportamos que nadie nos la recuerde. Hemos llegado al extremo de tomarla por un trabajo, como si de un servicio se tratara, y en nuestro fuero interno nos persuadimos de que es mucho mejor vivir conforme a los libros. ¿Y qué andamos escarbando frecuentemente por ahí, de qué nos encaprichamos, y qué es lo que pedimos? No lo sabemos ni nosotros mismos. Y todavía sería peor para nosotros si se cumplieran todos nuestros deseos y caprichos más remotos. ¡Inténtelo!, ofrézcanos más autonomía, desaten las manos a cualquiera de nosotros, amplíen el campo de nuestras actividades, debiliten la influencia de la tutela, y… les aseguro, que al instante pediríamos ser protegidos nuevamente por la tutela. Sé que ustedes probablemente se enfaden conmigo y griten dando patadas al suelo: ‘¡Hable usted de sí mismo y de sus miserias del subsuelo, pero no ose decir todos nosotros!’ Permítanme señores pero no me estoy disculpando con esta generalización. Respecto de mí, he de decir, que he llevado hasta el último extremo lo que ustedes no se han atrevido a llevar ni a mitad del camino, y por si fuera poco, toman por cordura su propia cobardía y se tranquilizan engañándose a sí mismos. ¡Hasta posiblemente resulte que esté yo más ‘vivo’ que todos ustedes! ¡Vayan con más cuidado! ¡Ni siquiera sabemos en qué consisten las cosas vivas, ni qué es lo vivo, ni qué nombre tiene! ¡Déjenos solos y sin libros, y al momento nos extraviaremos, nos perderemos, no sabremos qué hacer, ni dónde dirigirnos; qué amar y qué odiar, qué respetar y qué despreciar! Nos pesa ser hombres, hombres auténticos de carne y hueso. Nos avergonzamos de ello, lo tomamos por algo deshonroso y nos esforzamos en convertirnos en una nueva especie de seres omnihumanos. Hemos nacido muertos y hace tiempo que ya no procedemos de padres vivos, cosa que nos agrada cada vez más. Le estamos cogiendo gusto. Pronto inventaremos la manera de nacer de las ideas...



Memorias del subsuelo, de Fiodor Dostoievski

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Pasión y lectura

"Durante veinte años, de los siete a los veintisiete, Sonechka había leído casi sin tregua. Cuando se sumía en la lectura era como si entrara en trance y sólo volvía en sí al pasar la última página del libro.

Atesoraba un talento excepcional, tal vez una suerte de genialidad para la lectura. Su empatía con la letra impresa era tal que confería a los personajes de ficción la misma categoría que a las personas de carne y hueso, parientes y amigos, y el sufrimiento sublime de Natalia Rostova junto al lecho del moribundo príncipe Andréi era para ella tan auténtico como el dolor desgarrador experimentado por su hermana cuando perdió a su hija de cuatro años como consecuencia de una estúpida distracción. Mientras hablaba por los codos con la vecina, no se dio cuenta de que la niña, regordeta, había caído dentro de un pozo...

¿Qué era aquello? ¿Una incapacidad total para comprender el elemento lúdico inherente a todas las artes, la confianza pasmosa de una niña que no ha crecido, la falta de imaginación que llegaba a borrar la frontera entre ficción y realidad, o bien, por el contrario, una huida obstinada al reino de la fantasía donde todo lo que quedaba fuera de sus confines perdía el sentido y la sustancia?

La devoción de Sonechka por la lectura, que se había transformado en una forma leve de locura, no cesaba de avivarse mientras dormía. Parecía incluso que leyera en sueños, imaginando novelas trepidantes. Según la naturaleza de la acción, visualizaba el estilo de la tipografía, y por un extraño instinto, sentía aflorar los párrafos y puntos suspensivos. La sensación de desplazamiento espiritual que le provocaba su pasión enfermiza se redoblaba incluso durante el sueño, porque era entonces cuando desempeñaba de pleno derecho el papel de heroína o héroe, morando en la delgada frontera entre la voluntad tangible del autor, de la cual era consciente, y su ambición personal de movimiento, aventura y acción. ".

Sonechka de Liudmila Ulítskaya

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Como se gesta un Demente (Novela autobiográfica) Cap. 4

Como se gesta un Demente (Novela autobiográfica) Cap. 4

La incapacidad de sentir“amor de pareja”fue otra secuela que me dejó

la temprana pérdida de mi hermano Carlos Miguel, pasé mi juventud

imposibilitado de enamorarme. Mi vida transcurría reparando en mis amigos

ilusionados, pletóricos de sueños con ese sentimiento que ellos definían como

sublime y que yo conceptuaba como una simple banalidad, una mezcla de deseo

sexual y egoísmo extremo; eso era el amor para mi. Hurgué mucho en el tema

desde mi posición de simple espectador basándome en mi obsesivo análisis del

comportamiento humano. Solía repetirme a mi mismo: Si el amor es querer lo

mejor para el ser amado ¿Por qué muchas veces, un enamorado, aún a sabiendas

de que él no es ni por asomo lo mejor para el ser que dice amar, persiste en lograr

para sí al objeto de su amor? Recalcando además “Si no es mía no será de nadie”.

Muchos serán los que refuten esta convicción mía pero les diré que no es motivo

para rasgarse las vestiduras. Mi convicción partía desde las elucubraciones de un

jovencito indocto que profanaba terrenos de la filosofía, empujado sin más que el

ímpetu propio de mi adolescencia puesta en medio de la calle, en la efervescente

década de los‘70. Lógicamente tuve muchas relaciones amatorias pero todas ellas

carentes de ese sentimiento que la mayoría define como amor. Hubo simpatía,

agradecimiento y atracción sexual… pero sólo eso.

Como muchos jóvenes de mi época fui rápidamente absorbido por la

contracultura, el hipismo y el rock & roll, fui amamantado por todos esos contrastes.

Como se decía en aquellos tiempos, “quemaba cerebro” buscando explicaciones

extrañas a lo más simple y simpleza en las cosas más extrañas y la marihuana era

una excelente cómplice para divagar entre tantos novedosos estímulos.

Tengo grabado en mi memoria un día que fui a una gran tienda de discos y

revisando entre las carátulas de los vinilos hallé una que tenía el rostro de un

moreno empuñando en sus manos una guitarra eléctrica; en la tapa, el nombre:

Jimi Hendrix. Era el álbum“Bandadegitanos”. Esa colorida carátula me impactó

tanto que invadido por una desmedida curiosidad pedí el disco y fui a escucharlo a

una de las cabinas de prueba. Cuando empezó a sonar la música, esta me cautivó

y al escuchar los primeros acordes de la guitarra no me quedó duda de que estaba

ante un ser de otro planeta ¿Cómo podía ser que alguien terrenal pudiera arrancar

esos sonidos a una guitarra? Me sentí transportado a lugares insólitos y claramente

pude oír que la guitarra me hablaba, me narraba historias fantásticas valiéndose

de un lenguaje desconocido pero que me resultaba fácil de entender. Al abandonar

la cabina aún estaba en trance, me costaba ubicarme en la realidad, a duras penas

atiné a pagar el monto y salí a la calle sintiéndome un iniciado que llevaba en las

manos el estigma de ser“un diferente”.

Mi alma y mi desordenada mente siempre estuvieron embarazadas de visiones

e historias fantásticas, surreales y retorcidas que con un lenguaje convencional me

hubiera sido imposible narrar a los demás, a quienes siempre llamé“los de afuera”.

Sin embargo tenía la imperiosa necesidad de contar lo que en mi interior sucedía.

Por entonces había pasado la etapa de mi adiestramiento de copiar y plasmar

a través del dibujo en papel cuanta figura veía a mí alrededor, cada imagen que

dibujaba iba tornándose cada vez más irreal y onírica. No entendía por qué pero

me agradaba la nueva estética plástica que mis manos parían; esa transición de

lo figurativo a lo surreal fue sistemática, invasiva y hasta subliminal si se quiere.

No me di cuenta en qué momento fue que mi visión plástica se tornó surreal,

sólo sé que había logrado un idioma con el cual expresarme y exteriorizar mi

subconsciente.

Inicialmente,mi interés plástico estuvo centrado en la forma, desdeñando el

color. Esto me llevó a incursionar en la escultura desde la técnica del modelado de

manera autodidacta. Dibujaba bocetos, soldaba estructurasde metal y las recubría

con yeso cerámico, creando unos personajes extremadamente delgaduchos y

alargados, provistos de larguísimos penes.

Todos mis personajes tenían actitudes y poses pensativas pero cargadas de una

atmósfera de profunda desolación. Era lógico,en casa,“los tres restantes” éramos

como lobos esteparios, vivíamos bajo el mismo techo pero jamás invadíamos el

espacio del otro. Papá Vicente con sus pacientes, mamá Panchita con su repostería

y yo con mis demonios en mi taller, cada uno tragándose su soledad con sus

propios dientes en una enorme casa de tres pisos con una dimensión de doscientos

cincuenta metros cuadrados, con habitaciones a las que nunca ingresábamos ni

ocupábamos jamás. Papá Vicente la diseñó así para que cuando Carlos Miguel y

yo fuéramos adultos, tuviéramos unpiso que ocupar pero ahora tanto espacio

nos pesaba como una maldición.

O. Mejìa, Arte y Cultura

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Del pez al hombre

En este punto haremos un alto. Resulta curioso el modo en que en unas condiciones extremas se produjo una evolución tan decisiva. Ésta es una característica de la evolución, el caprichoso desarrollo del árbol filogenético. Y no es menos característico el que estos avances en condiciones extremas, en nuestro caso en pantanos desecados, tengan también más tarde efectos en direcciones completamente distintas.

El paso de la aleta de pez al pie del animal terrestre puede parecer dirigido, planificado por un voluntarioso creador. Sin embargo, si observamos con más atención, vemos la ausencia de dirección en todo el proceso. El punto de partida fue la aparición de un pulmón primitivo, una evaginación del intestino, una vejiga dotada de musculatura. Sin embargo, equipados con esta vejiga, algunos de estos peces conquistadores de la tierra regresaron de nuevo al mar. ¿Para respirar aire con ella? En modo alguno. Para ello disponían, como antes, de las branquias. No obstante, de pronto pudieron equilibrar el impulso ascendente. El pulmón primitivo se transformó en su caso en una vejiga natatoria. Con la ayuda de este nuevo órgano superaban, en ciertos aspectos, a los otros peces que habían permanecido en las aguas. Desplazaron y aniquilaron a muchas especies. Todos los peces óseos actuales proceden de aquellos peces pulmonados que, tras el contacto, en tiempos geológicos, con el mundo aéreo, regresaron a las aguas.

¿Un camino evolutivo premeditado? En realidad, no. Si en este proceso hubiese participado una fuerza creadora directora, un espíritu sabio, no habría sido necesario para la formación de la vejiga natatoria, que es una ventaja decisiva para los teleósteos, dar un rodeo a través del pulmón. Podemos objetar que lo único que cuenta es el ser humano, pero, como veremos, algunos de los órganos de importancia decisiva en el hombre aparecieron también mediante rodeos de este tipo, por ejemplo, algunas partes de nuestros órganos auditivos y del habla, es decir, órganos esenciales para la consecución del ser humano.

En el caso de los teleósteos, la evolución se produjo de la manera siguiente. A su retorno al mundo submarino, la vejiga natatoria recién adquirida les confirió importantes ventajas, las aletas pectorales y abdominales no tenían que dedicarse a gobernar los movimientos en dirección ascendente o descendente y de este modo pudieron convertirse en instrumentos de navegación muy perfeccionados. La trucha lo demuestra y aún más los delicados peces de los arrecifes coralinos. Con movimientos de gran precisión giran y orientan su cuerpo sin cambiar de posición, lo hacen avanzar o retroceder en las grietas más angostas. Durante el rito nupcial provocan sinfonías de perturbaciones del agua que excitan al compañero, que las percibe y comprende. Entre estos movimientos de las aletas y la mano humana tocando el piano no existe ni mucho menos un abismo tan profundo. Estas aletas, si bien no pueden agarrar ni construir herramientas, son capaces de crear música y acariciar a través de las ondulaciones del agua.

Hans Hass, "Del pez al hombre" (1994)

menéame