Había cumplido doce años cuando ocurrió lo que a continuación voy a narrar. Perdonen el desorden cronológico, pero es que mi interés está más focalizado en el orden psicológico y emotivo.
Estudiaba en un gran colegio de educación secundaria, el más importante de esa época en mi comunidad, el G.U.E. “Carlos Wiesse” cuando un día cualquiera, a la hora del recreo, tuve una riña con un condiscípulo. Yo llevaba las de ganar por lo que mi contendor, cobardemente, me clavó el lapicero en la mejilla atravesando mis carnes hasta el extremo de tocar mi dentadura. Casi no sentí dolor, fue mayor la sorpresa; esa traidora acción me llenó de una ira desmedida que aún con el lapicero clavado en mi cara, arremetí contra mi atacante de una manera tan despiadada que terminé rompiéndole la camisa y destrozándole su maletín lo que me valió la expulsión del colegio. Mi padre, luego de darme una severa golpiza como se acostumbraba por aquellos tiempos, tuvo que llevarme a un colegio particular donde aceptaban a todos los expulsados e indeseables de los colegios de la zona.
En aquel centro de educación yo era uno de los de menor edad y aunque mi hermano Carlos Miguel también estudiaba en el mismo colegio, pero en otra aula, pudiendo defenderme de cualquier agresión de mis camaradas de mayor edad, fui marcando mi territorio presencial a fuerza de golpes. Después de ello hubo lugar y tiempo para hacer buenos amigos y compañeros - ya nadie osaba atacarme-. Para entonces éramos como una familia o mejor dicho una manada, siendo yo uno de los Alfa; mis camaradas me apreciaban y respetaban porque pese a que era muy fuerte, nunca fui abusivo y protegía a mis amigos. Comencé siendo un líder juvenil, no era un jefe, los jefes se imponen por la fuerza, por el temor que infunden, por dinero o por otras atribuciones, pero un líder se determina por su esencia, por su carisma, porque infunde respeto… y yo tenía esas innatas cualidades.
En el colegio, los alumnos de los cursos superiores, habían descubierto que inhalar bencina producía efectos alucinógenos en quienes la aspiraban, su consumo casi se había generalizado entre los estudiantes.
Una mañana mi grupo decidió no entrar al colegio para experimentar con este hallazgo de los más grandes. Así fue que nos internamos entre un inmenso sembrío de maíz- la zona en que vivíamos era agrícola y también urbana-.
Al llegar al centro del maizal tumbamos varios tallos de maíz y nos acostamos sobre ellos, empapamos unas telas con la bencina y comenzamos a aspirar. Lo primer que sentí fue enervamiento y el aumento de mi temperatura corporal. En ese preciso instante todos estábamos bajo tierra y el suelo era lo más parecido a una alfombra sobre nuestras cabezas. Levanté la supuesta alfombra con mi mano y me asomé para ver el exterior.
Afuera había un gigantesco “tumi”, un cuchillo ceremonial pre-inca con el rostro de un Dios de nombre Ñam-Lap que ostenta un tocado en forma de media luna y unas argollas colgando de las orejas. El gigantesco “tumi” estaba clavado en la tierra mientras dos aves a motor jugueteaban volando y atravesando los aretes del “tumi”. Al momento de voltearme para decirles a mis camaradas lo que veía, me di cuenta que ninguno de ellos tenía rostro y sobre sus hombros llevaban unos anillos dentados muy parecidos a engranajes. Sentí pánico por lo que estaba observando, inmediatamente me toqué el rostro y comprendí que yo también tenía un engranaje en lugar de cabeza.
Cerré los ojos y cuando los volví a abrir estaba parado en un espacio tan reducido que apenas si cabían mis pies. De repente, el piso comenzó a moverse amenazando con hacerme perder el equilibrio y caer al vacío. Al momento descubrí que estaba parado en la punta de una varita de madera que era empuñada por una mujer y un hombre de rasgos indígenas vestidos a la usanza de la zona andina de Perú. Este par movía la varilla creándome un constante tambaleo mientras reían y entonaban un estribillo que decía “Utpen itjum, utpen itjum, utpen itjum, utpen itjum”
Al momento de retornar al mundo llamado REALIDAD, un fuerte olor a DDT reinaba en el ambiente y pude ver que mis camaradas y yo estábamos completamente cubiertos por puntitos blancos. Durante nuestra alucinante experiencia unos aviones habían fumigado el maizal. Desperté a todos; nos sacudimos el DDT y salimos velozmente de la zona.
No sé qué visiones habrán tenido ellos pero creo que ninguno volvió a ser el mismo que fue esa mañana al entrar al maizal.

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Como ya he explicado, en casa, “los tres restantes” habíamos adoptado la costumbre de no interferir en el contexto vital del otro si el cruce no era solicitado por el propietario del espacio. “Mamá Panchita” en su taller de repostería o en la cocina, “Papá Vicente” deambulando entre las habitaciones que había designado para atender a sus pacientes y nuestro hermoso patio-jardín que usaba a modo de sala de espera para quienes deseaban ser atendidos por él… y yo, voluntariamente enclaustrado en mi taller de escultura, atrapado por mis sueños y alucinaciones que se empeñaban tercamente en asomar al exterior. Tres lobos esteparios conviviendo bajo un mismo techo que se reunían sólo a la hora de alimentarse. Era en esos momentos en que, entre bocado y bocado, nos contábamos lo que teníamos necesidad de comunicar, luego cada cual volvía a su escueto mundo. De ninguna manera significa que hubiera carencia de afectos ¡Nooooo! Nos amábamos y mucho, sólo que aún no superábamos esa confusión que nos dejó la repentina pérdida de Carlos Miguel y al fin que cada uno decidió librar su lucha por separado contra lo que yo suelo llamar “sus propios demonios”. Quizás si los tres restantes hubiéramos juntado nuestra pena y dolor, estos hubieran sido más grandes y densos y por tanto más arduo de afrontar; entiendo que nuestro instinto de conservación nos dictó, al unísono, esa estrategia para cargar tan pesada cruz, cada quien en soledad y como mejor podía.
Fue a los quince años que tuve contacto con la marihuana, droga que recién comenzaba a propagarse en Perú. Mi país pasaba por una etapa de oscurantismo impuesto por el gobierno militar del General Velasco Alvarado y nosotros, los jóvenes, éramos la generación a la que se le negó y/o tergiversó sistemáticamente cualquier información proveniente del exterior, especialmente si procedía de los EE.UU. Sin embargo, el consumo de la marihuana pasó esa barrera, aceptada exclusivamente por la juventud que, con la rebeldía innata de quien atraviesa por la espinosa fase de la adolescencia, buscaba en ella su propia identidad. Ahora lo veo como algo irracional pero que en aquel período se manifestaba como conveniente.
En mi caso, era un portal que me volvía disímil al resto de la sociedad. Recuerdo que llevaba una tupida melena con largos rizos que me cubrían gran parte del pecho y la espalda y me vestía con ropas muy coloridas: pantalones con anchas rayas verticales y camisetas que, al desconocer el batik, ornamentaba con manchas al azar que conseguía aplicando lejía a la tela; adornaba mi cuello con coloreados collares y dijes diversos; “Un bicho raro” paseándose en un mundo convencional con gente que me señalaba sin entender mi excéntrico afán de ser diferente. Me agradaba la extrañeza y el desconcierto que provocaba en los que me observaban, pero si escuchaba un comentario en el que se me tildaba de “marica” por vestir de esa manera, sacaba a relucir mis dotes de buen peleador callejero.
Al comienzo, la aparición de alienados como yo eran casos muy aislados mas en poco tiempo ya teníamos grupos de congregación y cada vez éramos más y más “extraterrestres” vistiendo ropas de colores estridentes y fumando marihuana.
Estudié teoría musical y ejecución de guitarra en un instituto pues debía prepararme para postular al conservatorio, aunque para llegar a él tenía que tocar música clásica, algo que me desanimó; mi cabeza estaba atiborrada de ruidos que comulgaban más con la propuesta del bullente rock & roll. Fue por entonces que conocí a otro joven solitario que, en virtud de respetar su identidad, llamaré “Juanca”. Él no poseía estudios musicales, pero sí un oído prodigioso. Teníamos un amigo en común que me había hablado de él y sentí deseos de conocerlo. Fui a buscarlo, conversamos muy poco, fumamos varios “porros”- marihuana- y nos dimos a la tarea de improvisar; él tocaba las notas graves y yo, dando lo mejor de mí, inventaba sobre la marcha, riffs y punteos que él seguía como si hubiéramos tocado juntos toda una vida; ese día emprendimos lo que sería un gran romance musical que duraría poco más de treinta y cinco años. Jamás volví a tocar con otro bajista que no fuera Juanca.
Aún tengo vívidas las imágenes de aquellas noches de fin de semana en que cada vez concurríamos más chicos de cabellos largos y niñas igual de rebeldes, a reunirnos en casa de Juanca, algunos recorriendo decenas de kilómetros para, en absoluta obscuridad, drogarnos, beber licor y componer interminables improvisaciones instrumentales que concebíamos con nuestras guitarras acústicas. Juanca era huérfano de padre y madre y eso nos permitía “fumar” para estimularnos y deleitarnos de nuestra música experimental, disfrutando hasta el hartazgo y en completa libertad o libertinaje, de nuestra compañía, permanente cofradía de “drogos” amantes de la música y la vida disipada. Unos a otros nos llamábamos con el mote de “loco”, título nobiliario que ostentábamos con orgullo pues ello dejaba ver que éramos diferentes al resto del mundo.
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LOS GUARDIANES DEL LLANTO
Somos "La Esperanza Desesperada”, no existe en nuestra memoria el estigma de la resignación. Alguien escribirá que anduvimos hacia un norte equivocado, pero nadie osará decir que pusimos brazo sobre brazo y nos confiamos a esperar la llegada de la Señora de la túnica, la que con su pestilente aliento se lleva amores, alegrías, nombres ilustres y recuerdos de buenos momentos ¡¡Nooooo!! Rasgaremos el vientre de la tierra y repartiremos dentelladas amenazadoras al viento… Mas cuando llegue el momento de volcarnos al foso, nuestra mirada estará quieta, serena y fija ante las cuencas vacías de esa enigmática y fúnebre presencia porque tanto tú, todo este puñado de locos y yo… ¡Somos "La Esperanza Desesperada"!
Dios... La igualdad... ¿Cual es su tontería? No se preocupe: todos buscamos motivos racionales para creer en cosas absurdas.
Justine, Lawrence Durrell.
"¡El diablo lo entienda! Cuando la gente cristiana se propone hacer algo, se atormenta, se afana como perros de caza en pos de una liebre, y todo sin éxito. Pero en cuanto se mete de por medio el diablo, tan sólo con que mueva el rabo, y no se sabe por dónde, todo se arregla como si cayera del cielo."
Nikolai Gogol, "Noche de mayo o La ahogada."
MARTA:Manelic… que la comida ya está en la mesa.
MANELIC: ¡Ah, sí, la comida! ¡La comida! (Manelic se acerca a la mesa y empieza a cortar el pan. Mientras tanto Marta se dirige al hogar.)
MANELIC: ¡Y no cuesta mucho degollar a un hombre…! ¡Y a ella menos, mucho menos! (Tropieza con la mirada de Marta que se acerca. Aparte.)
¡Si no fuese! ¡Ah! (Arroja el cuchillo sobre la mesa.)
MARTA: Sírvete, Manelic.(Manelic se sirve y después Marta. Pausa. Comen.)
MANELIC:(Aparte.) ¡Ah, quién estuviera hambriento como allá arriba! ¡Porque los hambrientos no sufren! ¡Si no me puede pasar nada por aquí dentro!
MARTA (En voz baja.)¡Ah, Dios mío, ayúdame!
MANELIC (Aparte.) ¡Je! ¡Que la ayude! (Manelic se dispone a hablar pero se calla. )
MARTA ¿Qué? ¡Habla! ¿Qué ibas a decir? (Se le acerca.)
MANELIC (Apartándola con el brazo.) ¡Nada, nada! ¡Aparta!
MARTA ¡Habla una vez en la vida...! Te lo pido, por…
MANELIC (Sarcástico.) ¿Por quién me lo pides?
MARTA Por… por…
MANELIC ¿Por… él? ¿Por quién? (Esperando la respuesta de Marta.)¡Qué asco me da esta mujer! ¡Ea! ¡Hártate tú sola…! (Se levanta. )¡Yo me vuelvo para mis montañas…! (Se dirige hacia la puerta.)
MARTA ¡No! ¡Manelic, no! ¡Y escúchame! ¡Y perdóname…!
MANELIC (Exaltado. ) ¿Que te perdone? ¡Ira de Dios! ¿Qué te había hecho yo? ¡Habla! ¿Por qué me tuviste que engañar? ¿Por qué?
MARTA ¡Porque yo no era nadie! ¡Que era una mujer sin voluntad y obedecía! ¡Y no te había mirado jamás! ¡Ni te quería! ¡Ni sabía lo que era tener cariño por otro!
MANELIC Entonces, ¿por qué te casaste conmigo y no te casaste con aquel hombre? ¡Dilo! (Cada vez más furioso.) ¡Que no sé por qué, y me consumo y estoy loco por saberlo! (Avanza rápido hacia Marta.)
¿Por qué? ¿Por qué? ¡Contesta!
MARTA ¡Ah, eso sí que no! ¡Eso no! ¡Que me odiarías todavía más de lo que me odias!
MANELIC ¿Odiarte? ¡Lo que yo debería hacer es matarte que es lo único que mereces!
MARTA ¡Oh, sí, matarme, sí! ¡Eso es lo que quiero!
MANELIC ¡No, no! ¿Prefiero irme, irme de aquí para siempre…!
MARTA (Furiosa para retenerle.) ¡Pero si no te atreves a hablarme! ¡No, no; no te atreves! (Le persigue desesperada.) ¡Y es que me tienes miedo, miedo, me tienes miedo a mí!
¡Cobarde! ¡Miedo! ¡Miedo!
MANELIC Se detiene. ¿Qué? ¿Qué yo tengo miedo? (Cuando Manelic se detiene, Marta rompe a llorar para que se quede. )
MARTA ¡Háblame! ¡Insúltame! ¡Pégame! ¡Pero no te vayas!(Se abraza a las rodillas de Manelic sollozando.)
MANELIC ¡Déjame ir porque todo esto no es más que un charco de miserias! ¡Ah! ¡Revuélcate en él! (Manelic se desprende de Marta y se dirige hacia la puerta. Marta cae apoyando un brazo en el suelo. )
MARTA (Para retenerle, furiosa, mientras ríe y llora.) ¡Sí, sí, como el que yo quiero! (Arrodillada se dirige hacia la puerta.) ¡Sí, te he engañado! ¡Y tú no me castigas! (Manelic se detiene y Marta dice aparte: )¡No se va! Suplicando.)¡Manelic! (Manelic que estaba dudando parece que va a cruzar la puerta. )
¡Y soy para el otro! ¡Y no soy para ti! ¡No lo soy!
MANELIC (Retrocede y la amenaza con el puño.) ¡Calla! ¡Calla! ¡Calla!(Marta se ha levantado.)
MARTA (Satisfecha porque logra que Manelic no se vaya. )¡Y te he engañado yo! ¡Y estoy contenta de haberte engañado!
¡Y mira, me río de ti, como todo el mundo, mira! (Ríe como una loca.) ¡Sí, sí, me río! ¡Y todavía espero al otro! (Manelic corre hacia la mesa y agarra el cuchillo.)
MANELIC ¡En nombre de Dios que aquí mismo…!
MARTA (Corre a sujetarle el brazo izquierdo.)¡Sí, sí, te engaño! ¡Sigo engañándote! ¡Y ahora vendrá el otro! (Estalla en una carcajada feroz. )
MANELIC (Levanta el cuchillo.)¡Te mataré!
MARTA (Ríe y llora.) ¡Mátame! ¡Mátame! Por qué no me matas?
MANELIC ¡Iba a hacerlo! ¡Pero no puedo!
MARTA (Afirmándose al ver que Manelic se aparta.)
¡Ah, cobarde! ¡Bien se ve que te has vendido por dinero! (Se agarra a Manelic para que la hiera. )
MANELIC ¡Pues torna, maldita! (La hiere en un brazo.)
MARTA ¡Ah! (Satisfecha.)¡Por fin!
MANELIC (Arrojando el cuchillo con espanto.)¡Dios mío! ¡Qué he hecho!
MARTA ¡Es sangre! ¡Sangre mía! ¡Y has sido tú…! (Agarrándose a la mesa.)¡Oh, qué alegría! ¡Pero si estoy riendo!
¡Mira como río! ¡Y ahora río de alegría!
MANELIC ¡Maldito de mí! ¡Maldito de mí que soy como las fieras salvajes! (Cae sentado en una silla, apretujándose la cabeza entre las manos.)
No es la sal.
No son las harinas.
No es el refresco.
No es el azúcar.
No es la comida.
No es el gluten.
Son tus EMOCIONES
Son tus DECISIONES
¿Por qué te duele el cuerpo?
Te duele porque aún no has aprendido a disfrutar, porque acumulas viejos odios y rabia.
Te duele porque te niegas a desarrollar tu vitalidad y elasticidad corporal, porque lo castigas con adicciones e inmadurez emocional.
Te duele el cuerpo porque rechazas el presente y permites que los recuerdos te definan. Te duele porque no cierras etapas y te vistes de víctima en el drama que creaste.Te duele porque amas la herida que no quieres sanar.
Te duele el cuerpo porque has sucumbido a la apatía y te has dejado ganar. Te duele porque dudas merecer una vida sin traumas y alas para volar. Te duele porque has cedido tu voz al clan familiar.
Te duele el cuerpo porque no vives en paz.
Te duele el cuerpo porque no te atreves a valorarte más.
Te duele porque callas cuando debes gritar. Porque culpas al amor de tu obsesión por dominar. Porque exiges un respeto que no te atreves a generar.
Te duele el cuerpo porque confundes una relación con un ring donde poderte desahogar.
Te duele porque no te atreves a conectar con tu divinidad. Porque te da miedo la libertad.
Te duele el cuerpo porque no te permites recordar que has nacido para crecer y trsscender desde el amor que ya eres.
Te duele el cuerpo porque no inviertes en silencio ni haces las paces con tu soledad y con tu oscuridad.
Eres un ser de amor en constante expansión. Deja ya de encasillarte, frenarte y atrofiarte. DESPIERTA A TU MAGIA Y A TU PODER.
Haz valer el amor que ya eres.
Autor: desconocido

WINFREY: Los invitados que tenemos con nosotros esta mañana van a hablar sobre los marcianos. Ya sé que todos ustedes han estado oyendo hablar de los marcianos a cada minuto desde las Navidades, pero creo que tenemos algunas personas aquí que pueden hablarnos de ellos desde distintos puntos de vista.
Empezando por mi derecha al fondo, tenemos a Marchese Boccanegra —espero haberlo pronunciado bien, ¡Marchese!—, que es el autor de: La verdad definitiva: el sorprendente acertijo detrás de las oleadas de «platillos», y ha ocupado todas las cabeceras con sus declaraciones de que los marcianos han estado muchas veces antes en la Tierra. A continuación está Bill Wexler, que es presidente de la Sociedad L-5 de Terre Haute, Indiana, y ex consultor del programa de la Lanzadera Espacial; seguido por El Sorprendente Randi, el famoso mago de escenario que se ha dedicado a poner al descubierto ante la gente los fraudes y los charlatanes. A mi izquierda está el célebre científico Carl Sagan, y finalmente Anthony Makepeace Moore, que ha venido desde su Retiro Astral Eudorpano.
Me alegra tenerlos a todos reunidos aquí hoy.
MOORE: Yo no me alegro, señorita Winfrey. No me dijo usted que toda esta gente iba a estar en el programa; de otro modo, no hubiera aceptado venir.
SAGAN: A mí tampoco me entusiasma estar con usted, señor Moore. Debo empezar afirmando que creo que las estupideces populacheras de gente como usted causan un gran daño a la investigación científica del espacio.
RANDI: ¿Por qué es usted tan generoso, Carl? Eso es algo peor que estupideces populacheras. Es un claro y patente fraude.
WINFREY: Oh, vamos, caballeros. Los he reunido aquí porque, de una u otra forma, todos ustedes tienen un interés especial en los marcianos. Sé que no están de acuerdo entre ustedes. Por eso precisamente les pedí a todos que vinieran. Pero el público tiene derecho a oírles a todos ustedes…, empezando, creo, por el menos controvertido, Bill Wexler. Bill, ¿cómo afectan los marcianos a su movimiento de construir los hábitats L-5 en el espacio?
WEXLER: Son simplemente una prueba más de que la vida puede medrar y florecer fuera de nuestro planeta. Nosotros en el programa del hábitat lo sabemos desde hace años, desde que el doctor O’Neill, en Princeton, efectuó la primera investigación detallada de los requerimientos para construir un enorme hábitat autosuficiente para seres humanos en órbita. Por supuesto, las ventajas prácticas son obvias. Satélites movidos por energía solar. Energía eléctrica barata de microondas que enviar a la Tierra para iluminar nuestras casas y hacer funcionar nuestras industrias, sin polución ni miedo a los accidentes nucleares. Fabricación en el espacio a gran escala. Alivio para nuestras superpobladas ciudades… El espacio nos ofrece una capacidad para crecer casi infinita. Un lugar seguro para los seres humanos incluso si una guerra nuclear llegara a decla…
WINFREY: En realidad, lo que nos interesa esta mañana son los marcianos.
WEXLER: Ahora llego a ello. Una vez tengamos los hábitats L-5 en el espacio en torno a la Tierra, todo lo que se necesita es proveerlos de motores y podremos ir a cualquier parte. Si hubiéramos empezado en 1965, cuando el profesor O’Neill concibió este plan, tendríamos algunos de ellos en órbita alrededor de Marte desde hace tiempo. Hubiéramos descubierto a esos marcianos mucho antes. En estos momentos lo sabríamos todo sobre ellos, incluido cualquier conocimiento científico que pudieran añadir al nuestro…
BOCCANEGRA: No poseen ninguno. No han alcanzado el nivel theta de consciencia.
WEXLER: No sé nada acerca de ningún nivel theta, pero deberíamos empezar ahora. ¡Podemos tener un hábitat en torno a Marte en un plazo de ocho años! Con frecuentes amartizajes con lanzaderas para estudiar todo lo que hay allí…, y luego Venus, Mercurio, las lunas de Júpiter…
MOORE: No malgaste su tiempo con Venus. Está muerto. Los Maestros Eudorpanos tuvieron que acabar lamentablemente con sus habit antes hace once mil años, debido a la maligna dirección materialista que había tomado su falsa ciencia.
RANDI: ¡Oh, vamos! Oprah, ¿tenemos que soportar esto?
BOCCANEGRA: ¡Escuchen la voz del escéptico profesional! ¡Nadie es tan ciego como aquel que no quiere ver! Pero la verdad resplandecerá. Señor Randi, ya sabe usted que Anthony Makepeace y yo hemos tenido fuertes desacuerdos en el pasado…
RANDI: Seguro que sí. No han dejado de ponerse mutuamente la zancadilla en sus fatuos embaucamientos.
BOCCANEGRA: Su observación se halla por debajo de mi desdén. Escúchenme, por favor. Deseo aprovechar esta oportunidad para admitir públicamente que el Maestro Moore nos ha ayudado a ver una verdad tan estremecedora y reveladora que constituye un punto culminante en los asuntos del espíritu humano…, ¡y yo acabo de hallar la prueba objetiva de sus afirmaciones!
MOORE: Gracias por lo que acaba de decir, doctor Boccanegra, aunque debo admitir que me siento un tanto sorprendido. No sabía que se hubiera convertido usted en un estudiante de la iluminación Eudorpana. ¿A qué pruebas se refiere?
SAGAN: Sí, oigámoslas. No he podido soltar una buena carcajada desde hace semanas.
BOCCANEGRA: Todos ustedes saben, supongo, que, utilizando sus técnicas Eudorpanas de proyección astral, el Maestro Moore ha conseguido establecer contacto con las Antiguas Mentes de la anterior raza marciana…
RANDI: No, háblenos de ello. Esta mañana no he leído el National Enquirer.
WINFREY: Espere un momento, Marchese. ¿Me está diciendo usted que esas cosas estúpidas tienen mentes?
BOCCANEGRA: No, no, no esos lamentables restos que halló la expedición Seerseller. No son más que animales degenerados. Estoy hablando de los seres originales que habitaron no sólo Marte sino nuestra Luna, la luna joviana Callisto, e incluso nuestro propio planeta…
MOORE: Discúlpeme, Marchese. ¿Está confundiendo usted los Maestros Eudorpanos con esos seres originales?
BOCCANEGRA: En absoluto, Maestro Moore. Ésa es la maravillosa noticia que tengo para usted. A través del análisis del nivel theta de realidad, fui capaz de localizar uno de los Centros Muy Armónicos usados por esos seres avanzados durante su estancia en nuestro planeta. Se halla en las orillas del que llamamos río Mississipi, aunque en sus notaciones ello lo llaman el Ur-Papagat. Dejaron un registro gráfico, que he visto con mis propios ojos.
MOORE: ¡Esto es sorprendente, Marchese!
RANDI: Eso es pura mierda, Marchese…, disculpe la expresión, Oprah. ¿Qué van a hacer ahora ustedes, vender entradas?
BOCCANEGRA: Por supuesto que no. Voy a pedirle al Maestro Moore que se una conmigo en una investigación científica de esas sorprendentes pruebas de sus teorías…
MOORE: ¡Por supuesto que lo haré, Marchese!
BOCCANEGRA: …tan pronto como hayamos arreglado la financiación imprescindible para todos los instrumentos necesarios para medir las propiedades electromagnéticas, ópticas y Kirlian de las reliquias.
RANDI: Oh, ahora lo capto. Van a solicitar contribuciones para la «investigación», ¿verdad?
WINFREY: ¡Caballeros, caballeros! Todos tendrán oportunidad de hablar, pero quizá fuera mejor que empezáramos respondiendo a las preguntas que nos formula nuestra audiencia…, inmediatamente después de la publicidad.
Frederik Pohl, "El día que llegaron los marcianos".
Los hombres no sucumbimos a las grandes penas y a las grandes alegrías. Y es porque esas penas y esas alegrías vienes esbozadas de una inmensa niebla de pequeños incidentes. Y la vida es eso, niebla. La vida es una nebulosa.
A las dos de la mañana si abres la ventana y escuchas
Oirás los pies del viento que va a llamar al sol.
Y susurran los árboles en sombras y relucen los que alumbra la luna.
Y aunque sea noche profunda y cerrada, te parece que la noche se ha acabado.
Fragmento de El viento de amanecer de Rudyard Kipling
"Sé paciente con todo aquello que esté sin resolver en tu corazón e intenta amar las preguntas en sí mismas. No busques las respuestas, no se te pueden dar, pues no serías capaz de vivirlas. Y la clave está en vivirlo todo. Vive las preguntas ahora. Quizá, poco a poco, sin percatarte, vivas hasta llegar, un día lejano, a la respuesta".

"No quisiera morir sin haber dejado escrita mi creencia en que el sufrimiento puede ser superado. ¿Qué es lo que hay que hacer? No se trata de lo que llamamos: ir más allá. Hay que someterse. Acéptalo enteramente. Que el dolor sea parte de tu vida".

Existe una incertidumbre mortera que elimina todo atisbo de esperanza, en la idea de que conforme los días pasan, más cerca se halla nuestro encuentro. Menos letras conforman a 'la espera'.
La realidad sin embargo, nos come. Los días no son ya las horas. Y al dormir en la noche paciente, yo sueño contigo y tu cara. Despierto contigo en el alma, y el día se viste de blanco. Y entiendo que es cierto el aviso: volveremos a vernos mañana*
Remembranza nómada : de Zavala Martínez, Marta.
Si supiéramos la verdad moriríamos sin redención pisible.
De cuánta verdad son capaces los hombres, se preguntaba Nietzsche recluído en su cueva ascética y milenaria.
Si alcanzáramos a conocer la verdad las puertas del infierno se abrirían de par en par .
El paraíso siempre estuvo perdido, únicamente podemos aspirar a la verdad y no cabe mirar hacia atrás como la mujer de Lot. Sólo una salida, nada más por delante que una escapatoria, veritas,veritatis.
t José Miguel Gándara C.
Una prueba de vida,Un deseo de realidad,
Una tragedia orgánica,
La primavera,la insolencia de su sol
Y el declive de toda una civilización.
JMG
«Los olores son máquinas del tiempo que nos llevan a épocas remotas sin necesidad de pagar pasaje. Los olores no pasan por el tamiz de la razón: quedamos indefensos ante sus hechizos»

Allá a lo lejos, en una choza próxima al bosque vivía un leñador con su esposa y sus dos hijos: Hansel y Gretel. El hombre era muy pobre. Tanto, que aún en las épocas en que ganaba más dinero apenas si alcanzaba para comer. Pero un buen día no les quedó ni una moneda para comprar comida ni un poquito de harina para hacer pan. "Nuestros hijos morirán de hambre", se lamentó el pobre esa noche. "Solo hay un remedio -dijo la mamá llorando-. Tenemos que dejarlos en el bosque, cerca del palacio del rey. Alguna persona de la corte los recogerá y cuidará". Hansel y Gretel, que no se habían podido dormir de hambre, oyeron la conversación. Gretel se echó a llorar, pero Hansel la consoló así: "No temas. Tengo un plan para encontrar el camino de regreso. Prefiero pasar hambre aquí a vivir con lujos entre desconocidos". Al día siguiente la mamá los despertó temprano. "Tenemos que ir al bosque a buscar frutas y huevos -les dijo-; de lo contrario, no tendremos que comer". Hansel, que había encontrado un trozo de pan duro en un rincón, se quedó un poco atrás para ir sembrando trocitos por el camino.
- Y dígame ministro, por qué fue que renunció?
- Es que la cosa no daba para más, no tiene arreglo.
- Pero imagino que cuando aceptó el cargo usted ya lo sabía y habrá tenido un plan, verdad?
- Por supuesto!
- Y qué pasó con el plan?
- Y... no pudo cumplirse, pasaron cosas en medio.
- Ah, el famoso "pasaron cosas". Pero todo plan que se precie de tal tiene que tener en cuenta las contingencias, no?
- Si si, claro, pero en éste país no hay preparativos que valgan. Es como un cuento de fantasía y te terror a la vez.
- Claro. Y me podría decir cuál era el plan? Porque ni antes de asumir su cargo, ni después, lo supimos.
- Er... bueno, es un poco complicado.
- Por favor, no se deje intimidar por la pistola. Era la única forma de llegar a hablar con usted. Pero espero que podamos tener una conversación honesta de todos modos.
- Claro...
- Volviendo a su plan, déjeme ayudarlo un poco: Consideró bajar el gasto público?
- Ehmmm... no...
- Y bajar los impuestos a las pymes, para incentivar la producción?
- No... Tampoco.
- Entonces quizás su plan se basó en emitir billetes...
- Mire, la verdad es que veces la sutiación lleva a improvisar..
- O sea que no hubo plan.
- Bueno... no es tan así.
- Mire, no me conteste más. Veo que su compulsión a mentir es incluso más fuerte que el amor a su vida. Pero le voy a dar una oportunidad de redimirse.
- Cómo?
- Usted ha asumido un cargo, el pueblo ha pagado su sueldo, y no ha hecho nada más que empeorar las cosas. Entonces, lo justo sería que devuleva lo que ganó, mas intereses y actualizado con la inflación que usted mismo generó.
- Lo que me está pidiendo es una locura!
- No. Locura es asumir sin estar capacitado. Eso o codicia. Hacer mal e irse es de cobardes.
- ...
- Pero no lo tome personal. En éste preciso momento hay un compañero de la organización hablando con la actual ministra, tal cual yo lo estoy haciendo con usted. Y unos cuantos más hablando con otros funcionarios y ex funcionarios.
- Organización? Qué organización?
- No tenemos nombre todavía. Sólo somos un grupo de ciudadanos hartos de que los políticos nos roben que hemos decidio actuar. Pocos por ahora, pero se van sumando.
- Pero lo que ustedes hacen es ilegal!
- Somos concientes de ello. Pero creemos que es menos grave que lo que hacen ustedes. Y considerando que las leyes también las hacen ustedes, no lo vemos ni siquiera inmoral.
- ...
- Pero sigamos con nuestro asunto. Si usted devolviera lo que "robó" -entre comillas- podríamos dejarlo vivir. Obviando las consecuencias que su inacción puedan accarrear a futuro. Yo lo veo como una ganga.
- Pero yo cobré por desempeñar ese cargo durante ese tiempo!
- No señor! Ningún puesto de trabajo paga por el tiempo! Se paga por lo que ustede sabe y debe hacer!
- ...
- Si fuera un cargo común y corriente, alguien habría determinado su idoneidad antes de entrar. Al no haberse hecho, recae sobre usted la responsabilidad. Imagínese si yo, siendo fontanero, me ofrecieran un puesto de piloto de aviones, y lo tomara sólo porque pagan mejor, poniendo en riesgo la vida de miles de personas.
- Pero no es lo mismo.
- No, es peor, porque usted puso en riesgo la vida de todo un país. Sólo que de manera indirecta.
- Mire, está bien, voy a devolver el dinero.
- Bien. Espero que su desición sea fruto de nuestra conversación y no de que estoy amenazando su vida, pues la próxima vez no hablaremos. Buenas noches.
El presente se caracteriza por sustituir la violencia física por la psicológica; en lugar de dar palizas, se organizan sesiones de humillación.
La ira. Zygmunt Milozewsky
La bala perdida no excluye el crimen.
La fiebre del heno. Stanislaw Lem.
El rasgo más característico de la clase media es su capacidad para posponer el placer.
Planeta Champú. Douglas Coupland
Lo que el corazón palpita, la herida lo amplifica
Javier Pérez. El corazón de la herrumbre.
Aún quiero a mi marido, es cierto, su presencia es cómoda, nuestras complicidades, cotidianas o excepcionales aún son reales, no se difuminan ni se debilitan a pesar de los años. ,¿ Pero por qué aún veo a Juan? por alguna razón él me hace pensar que la vida no es un guión cerrado, quízá no le ame. Ni siquiera. Sé que no le amo, pero mantener esos encuentros (cada vez un hotel diferente, otras horas, otro restaurante) me hacen sentir que aún es posible esa sensación, que la felicidad personal era posible, como la que tuve aquel dia desde el mirador del Trocadero con la llanura de París a mis pies.
Ha llegado a nuestros días un informe interno sobre los logros conseguidos por GlavLit en los años 1938-1939. En él se puede leer que, durante aquel período, el órgano central de censura retiró 7.806 obras «políticamente perjudiciales» de 1.860 escritores diferentes. Otros 4.512 títulos fueron reciclados, al ser considerados «de ningún valor para el lector soviético». En total fueron destruidos 24.138.799 ejemplares.
Ingenieros del alma. Frank Westerman
Siempre se puede emplear a la mitad de los pobres para matar a la otra mitad. Son así.
Jason Gould
A Victor Miesel no le falta encanto. Sus facciones angulosas han ido suavizándose con los años, el pelo tupido, la nariz romana y la piel aceitunada recuerdan en cierto modo a Kafka, un Kafka vigoroso que habría conseguido superar la cuarentena. Es alto y aún delgado, aunque el carácter sedentario propio de su oficio lo haya abotargado un poco.
Y es que Victor escribe. Lamentablemente, a pesar de la buena recepción crítica de dos de sus novelas, Las montañas vendrán a nosotros y Fracasos malogrados, a pesar de haber recibido un premio literario muy parisino, de esos cuya faja roja no despierta sin embargo demasiadas pasiones, sus ventas nunca han superado unos pocos miles de ejemplares. A estas alturas ya ha asimilado que no es ninguna tragedia, que la desilusión es lo contrario del fracaso.
A sus cuarenta y tres años, quince de los cuales dedicados a la escritura, el mundillo literario le parece un tren grotesco en el que unos listillos sin billete se cuelan descaradamente en primera, con la complicidad de unos revisores incompetentes, mientras en el andén se quedan los genios modestos (una especie en extinción a la que no se hace ilusiones de pertenecer). Pero Miesel tampoco es un amargado; ha acabado por no darle importancia, se conforma con estar sentado en las ferias de libros firmando cuatro ejemplares en otras tantas horas; cuando un confraternal fiasco deja a su vecino de mesa con tanto tiempo libre como a él, charlan desenfadadamente. Miesel, que a primera vista parece alguien ausente y distante, tiene reputación de ser gracioso sin quererlo. Pero ¿acaso la gente realmente graciosa no lo es siempre «sin quererlo»?
Miesel se gana la vida con las traducciones. Del inglés, del ruso y del polaco, lengua en que le hablaba su abuela cuando era niño. Ha traducido a Vladímir Odóyevski y a Nikolái Leskov, autores decimonónicos que ya nadie lee. También ha hecho cosas disparatadas, como adaptar para un festival Esperando a Godot en klingon, la lengua de los crueles extraterrestres de Star Trek. Para no dejar tiritando su cuenta corriente, Victor traduce también del inglés best sellers entretenidos, de esos que dan a la literatura un estatus de arte menor para menores. Su profesión le ha abierto la puerta de los editores más prestigiosos, por no decir poderosos, sin que sus propios manuscritos hayan conseguido pasar del rellano.
Miesel tiene una superstición: lleva siempre en el bolsillo de los vaqueros una pieza de Lego, la más común, la de dos por cuatro, de color rojo intenso. Procede de la muralla del castillo fortificado que estaba construyendo con la ayuda de su padre cuando se produjo el accidente en la obra y la maqueta se quedó a medias, junto a la cama. El pequeño pasó mucho tiempo observando en silencio las almenas, el puente levadizo, las figuritas, el torreón. Tanto desmantelar el castillo como seguir construyéndolo en solitario habría supuesto aceptar la muerte del padre. Un día desenganchó una pieza de la muralla, se la metió en el bolsillo y desmontó la fortificación. De eso hace ya treinta y cuatro años. Victor ha perdido dos veces la pieza, y dos veces ha conseguido otra igual. Primero con dolor, luego sin remordimientos. Cuando murió su madre, el año pasado, metió la pieza en el ataúd y la reemplazó acto seguido. Ese pequeño paralelepípedo rojo no es su padre, sino más bien el recuerdo de un recuerdo, el símbolo de la filiación y de la fidelidad.
Miesel no tiene hijos. En el terreno sentimental, va de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo. A menudo distante, no acaba de convencer a las mujeres y aún no ha encontrado a ninguna con quien compartir su vida durante un largo periodo de tiempo. O quizá es que las escoge para no conseguirlo.
Mentira: encontró a la mujer hace cuatro años, en las jornadas de traducción de Arles: mientras daba una charla sobre cómo «traducir el humor en Goncharov», la vio en primera fila. Intentó mirarla solo a ella. Al terminar, un editor lo retuvo —¿Y si traduce para nosotros a la feminista rusa Liubov Gurevich? ¿Qué le parece? Una escritora estupenda, ¿verdad?— y no pudo escabullirse. Pero dos horas más tarde, mientras atendía pacientemente en la cola de los postres, se dio cuenta de que la tenía detrás, sonriendo. Lo cierto es que, en cuestiones de amor, el corazón es el primero en enterarse y lo clama a gritos. Desde luego, no va uno a declararse así como así, de buenas a primeras. No lo entendería. Mejor obviar que hemos caído en sus redes y darle conversación.
Al llegar al final de la zona de postres, a la altura de los coulants de chocolate, Victor se volvió y la abordó. Le preguntó, balbuceando, cómo se traducía «crema inglesa» al inglés, ya que french cream es la crema Chantilly. Sí, por desgracia no había encontrado nada mejor. Ella se había reído, educadamente, y había respondido Ascot cream con una voz ronca maravillosa, antes de volver a la mesa con sus amigas. Miesel necesitó su tiempo para entender que Ascot, como Chantilly, era un hipódromo, pero inglés.
Intercambiaron varias miradas cómplices, según le pareció a Victor, que se dirigió al bar de manera ostensible, con la esperanza de que ella lo siguiera, pero estaba enfrascada en una discusión a todas luces apasionante. Sintiéndose como un estúpido adolescente, se marchó al hotel. No la encontró entre las fotos de los participantes, pero estaba convencido de volver a verla y se pasó toda la mañana, bajo tal o cual pretexto, asistiendo a los diferentes talleres. Fue en vano. Tampoco estaba en la fiesta de clausura de las jornadas. Se había evaporado. En su último desayuno en el hotel, se la describió a un amigo de la organización, pero bajita, morena y fascinante nunca han sido adjetivos demasiado relevantes.
Victor volvió a las jornadas de Arles los dos años siguientes, y si lo hizo, no quería engañarse, fue con la esperanza de encontrarla de nuevo. Desde entonces —en una grave falta de profesionalidad—, cuela en sus traducciones pequeñas referencias al hipódromo de Ascot o a la crema inglesa. La primera vez que cometió semejante fechoría fue en el volumen de artículos de Gurevich: en el texto introductorio, «Почему нужно дать женщинам все права и свободу», «Por qué hay que dar a las mujeres todos los derechos y la libertad», Miesel se las arregló para escribir: «La libertad no es la crema inglesa en un pastel de chocolate, es un derecho». Era bastante sutil y, ¿quién sabe?, al fin y al cabo ella se había interesado por Goncharov. Pero no. Si leyó el libro, no se dio cuenta del añadido, como tampoco lo hizo el editor, ni en realidad ningún lector. Victor dejó que la vida siguiera su curso, y fue una pena.
A principios de año, un organismo francoestadounidense financiado por los servicios culturales de la embajada de Francia le otorga un premio de traducción por uno de los thrillers que le dan de comer. A primeros de marzo, Miesel viaja a Estados Unidos para recibirlo y el avión sufre unas turbulencias monstruosas. Durante un tiempo interminable, la tempestad bandea el avión en todas direcciones. El comandante intenta tranquilizar a los pasajeros, pero nadie tiene ninguna duda —y Miesel el que menos— de que van a caer al mar y a estrellarse contra un muro de agua. Durante unos minutos que le parecen eternos, resiste, se aferra al asiento, tensa los músculos para aguantar mejor los bandazos. Evita mirar por la ventanilla, que da a una noche de granizo. Entonces, varias filas más adelante, cerca de un rubio con capucha amodorrado que parece no enterarse de nada, la ve. Si se hubiese fijado en ella al embarcar, no podría haber dejado de observarla. Sin ser idénticas, le recuerda cruelmente a su arlesiana desaparecida. Por su fragilidad, por la finura de sus rasgos, por la textura de su piel, por la gracilidad de su cuerpo parece una chavala, pero las minúsculas patas de gallo revelan que ronda la treintena. Las almohadillas de sus gafas de carey le dibujan en la nariz efímeras alas de mosca. De vez en cuando sonríe a su vecino, un hombre mayor que ella, tal vez su padre, y los tumbos del aparato parecen divertirlos, a menos que mostrarse desenfadados sea una estrategia para mantener la calma.
Pero el avión entra en una nueva bolsa de aire y, de pronto, algo se rompe en Victor, cierra los ojos y se deja zarandear en todas direcciones, sin intentar controlar su cuerpo. Se ha convertido en uno de esos ratones de laboratorio que, sometidos a un violento estrés, dejan de luchar y se resignan a morir.
Finalmente, tras un tiempo interminable, el aparato deja atrás la tormenta. Pero Miesel permanece postrado, atrapado en una terrible sensación de irrealidad. La vida se reanuda a su alrededor, la gente ríe, llora, pero él lo mira todo a través de un cristal borroso. El comandante prohíbe a los pasajeros desabrocharse el cinturón hasta que el avión aterrice, aunque Miesel se ha quedado tan exhausto que sería incapaz de separarse de su asiento. En cuanto se abren las puertas del avión, los pasajeros se precipitan a la salida, impacientes por abandonarlo, pero Miesel permanece sentado mientras el aparato se vacía, mirando por la ventanilla. Cuando una azafata le pone la mano en el hombro, hace un esfuerzo y se levanta. Solo entonces piensa en la joven, con mayor intensidad aún. Presiente que solo ella podrá rescatarlo del abismo de inexistencia en que se encuentra, la busca con la mirada, pero no la ve, ni ahora ni en la cola del control de inmigración.
El responsable de la Oficina del Libro acude a recogerlo al aeropuerto y se muestra solícito con el traductor taciturno y desorientado.
—¿Seguro que se encuentra bien, señor Miesel?
—Sí. Diría que hemos estado a punto de morir. Pero estoy bien.
El tono monocorde inquieta al hombre del consulado. No intercambian ni una palabra más hasta llegar al hotel. Cuando al día siguiente por la tarde vuelve a buscarlo, comprende que el traductor no ha salido de su habitación en todo el día, y que ni siquiera ha comido. Se ve obligado a insistirle para que se duche y se vista. La recepción tiene lugar en la librería Albertine, en la Quinta Avenida, frente a Central Park. En un momento dado, tras un gesto apremiante del agregado cultural, Miesel saca del bolsillo el discurso de agradecimiento que ha escrito en París y, con voz apagada, afirma que el papel del traductor consiste en «liberar, transponiéndolo, el puro lenguaje que permanece cautivo en la obra», expone sin brillo todas las virtudes que no piensa de la autora norteamericana, una rubia enorme y mal maquillada que no para de sonreír a su lado, y se calla abruptamente. Ante el desconcierto general, la escritora coge el micro para darle las gracias de manera efusiva y anunciar que su saga fantástica tendrá otros dos volúmenes. Luego, durante el cóctel, Miesel se muestra ausente.
«Ya le vale, con la pasta que nos cuestan estas celebraciones podría hacer un pequeño esfuerzo, ¿no?», masculla en un aparte el consejero cultural. El responsable de la Oficina del Libro defiende sin demasiada convicción a Miesel, que toma el avión de regreso a la mañana siguiente.
Cuando llega a París, se pone a escribir como al dictado, y la mecánica incontrolable de su propia escritura lo sumerge en un abismo de ansiedad. El libro acabará titulándose La anomalía y será el séptimo en la carrera del escritor.
«En toda mi vida no he hecho un solo gesto. Sé muy bien que desde siempre han sido los gestos los que me han hecho a mí, que ningún movimiento ha sido realizado bajo mi control. Mi cuerpo se ha limitado a moverse entre unas líneas que yo no he trazado. Es una vanidad creer que dominamos el espacio, cuando no hacemos más que seguir las curvas que suponen el menor esfuerzo. Límite de límites. Ningún despegue desplegará jamás el cielo.»
En pocas semanas, un Victor Miesel grafómano rellena un centenar de páginas de esta índole, oscilando entre el lirismo y la metafísica: «La ostra que sufre a la perla sabe que no hay más conciencia que la del dolor, incluso que no hay más placer que el del dolor. […] La frescura de la almohada me devuelve siempre a la vana temperatura de mi sangre. Si tirito de frío es porque mi capa de soledad no consigue calentar el mundo».
Los últimos días ni siquiera sale de casa. El último párrafo que manda a la editorial muestra cómo esta experiencia de desrealización linda con lo inextricable: «Nunca he sabido en qué cambiaría el mundo si yo no hubiera existido, ni hacia qué confines lo habría desplazado si hubiera existido con mayor intensidad, y no se me ocurre de qué modo mi desaparición podría alterar su movimiento. Heme aquí, caminando por un sendero cuyas piedras ausentes me conducen hacia ningún lugar. Soy el punto donde la vida y la muerte se unen hasta confundirse, donde la máscara del vivo se alivia en el rostro del difunto. Esta mañana de cielo despejado alcanzo a verme y soy como todo el mundo. No pongo fin a mi existencia, doy vida a la inmortalidad. En vano escribo, al fin, esta última frase que no pretende demorar el momento».
Una vez tecleadas estas palabras y enviado el archivo a su editora, Victor Miesel, abrumado por una intensa angustia que no sabría definir, sale al balcón y cae al vacío. O se arroja. No deja ninguna nota, pero todo el texto lo conduce hacia ese gesto final.
«No pongo fin a mi existencia, doy vida a la inmortalidad.»
La anomalía. Herve Le Tellier
menéame