La sociedad capitalista relega a sectores enteros de su ciudadanía al vertedero, pero muestra una delicadeza exquisita para no ofender sus convicciones ni cuestionar su afirmación identitaria.
T. Eagleton. Cultura.
I
Vayan o no incluidas en el sueldo, las llamadas a las seis de la mañana no son bien recibidas en ninguna parte. A las seis y veinte tampoco.
Precisamente a tan mal afinada hora sonó el teléfono del comisario García, y el sobresalto despegó unos milímetros más el papel pintado de la pared. El funcionario, que había colocado un teléfono en la mesilla de noche, y no precisamente por lo extraordinario de aquella clase de llamadas, cogió el auricular con un gesto automático mientras su mujer, víctima también de tales sobresaltos sin que se tomaran en consideración en su paga de maestra, daba media vuelta en la cama absolutamente decidida a no enterarse de qué nueva calamidad reclamaba la urgente presencia del comisario.
—García. Dígame.
—Un muerto— empezó el agente al otro lado de la línea, tratando de ése modo de justificar, antes que nada, la urgencia de la llamada.
—¿Dónde?
—En el depósito de cadáveres.
—Mire Gómez, no son horas de tocar....
—El forense, para ser más exactos. En un charco de sangre— se apresuró a explicar el tal Gómez —. Lo ha encontrado la mujer de la limpieza hace cosa de un cuarto de hora.
—Voy ahora mismo. Retengan a la limpiadora hasta que yo llegue.
—No hará falta. Nada más vernos se desmayó y aún no ha vuelto en sí.
Tal y como manda la norma no escrita del Cuerpo, el comisario se vistió sin encender la luz, salió sin hacer ruido y llamó al sargento Saelices desde el teléfono de la salita.
—Tenemos al forense muerto en el depósito de cadáveres —le dijo escuetamente.
—¡Jo-der!
También a escueto hay quien gane.
—Te paso a buscar en diez minutos y vamos para allá.
El comisario había dejado el coche tres calles más allá, y el frío de diciembre tuvo tiempo de acabar de despertarlo mientras llegaba. Como no podía ser de otro modo, se había cruzado bastantes veces con el forense en los últimos años y recordaba perfectamente a aquel hombre pulcro y educado, con sus peculiares gafas redondas de montura de oro, su mirada huidiza y su perenne nerviosismo. No podía decir que le fuera simpático, ni siquiera que se alegrara de verlo cuando se presentaba en comisaría, pero reconocía su eficiencia en el trabajo. Blas Campano se llamaba, recordó al fin, pero tampoco el nombre sirvió para aclarar el difuso recuerdo de los rasgos que guardaba en la memoria.
Saelices tenía todavía peor opinión del difunto, y hasta confesaba que era hombre que siempre le había producido cierta desazón, pero ni él ni el comisario tenían la más remota idea de las causas que podían haber llevado al asesino a acabar con la vida de aquel individuo gris, sin vicios conocidos. Cualquiera que lo hubiese matado tenía que estar loco o necesitar que desapareciese alguna prueba.
El comisario y el sargento repasaron de memoria el par de casos pendientes y concluyeron que la última posibilidad no podía ser la buena. En aquella ciudad, gracias a Dios, sólo habían tenido cuatro casos de muertes violentas en diez años y ninguno lo bastante reciente como para que el culpable quisiera quitarse de en medio al forense.
—También puede ser un suicidio —sugirió el sargento.
García frunció el ceño.
—Pues sí que era pulcro el individuo si ha ido a suicidarse al depósito de cadáveres... —ironizó con la peor intención.
—Ya sabe: siempre hay gente que prefiere no causar molestias en ninguna circunstancia.
El comisario echó mano al bolsillo para buscar el paquete de tabaco pero recordó que estaba dejando de fumar.
—¿Y qué podía estar haciendo el forense a estas horas en el depósito de cadáveres?
—Todavía no sabemos a qué hora ha sucedido —repuso el sargento.
—Ya, pero de todos modos, murió después de la hora de cerrar, porque si no, lo hubiera visto el vigilante. Si lo ha encontrado la mujer de la limpieza, como me dijo Gómez por teléfono, es que entró después del cambio de turno. ¿A qué carajo se puede ir al depósito de cadáveres después de las diez de la noche?
—Otro cualquiera, a nada, pero el forense se pudo dejar alguna cosa olvidada.
El comisario asintió, reconociendo el punto de vista de su compañero.
—En cuanto estemos allí nos enteramos —sentenció.
Diez minutos escasos después estaban ya en el depósito de cadáveres, y tras saludar brevemente a los agentes que los esperaban se encaminaron a la para ellos conocida sala donde se guardaban los restos de los últimos fallecidos. Era una pieza vacía, cubierta hasta media altura de azulejos blancos, demasiado limpios, demasiado tersos, sin más luz que un ventanuco raras veces auxiliado por la lámpara oxidada que colgaba aún del techo. Sobre una mesa, obscenamente desnuda, se hallaba una mujer joven, treinta y pocos años a lo sumo, sin señales evidentes que delataran la causa de su muerte, y en el suelo, rodeado por un grueso charco de sangre, el médico forense, con las ropas desgarradas y el cuerpo encogido en un gesto de agonía crispada. Tenía una gran herida en el cuello que dejaba ver la blanca urdimbre de la tráquea y había quedado con los ojos abiertos, desmesuradamente abiertos, dispuestos a llevar su sorpresa al camposanto.
—Llamad al juez— ordenó el comisario —. Y que venga la mujer de la limpieza si está en condiciones.
—¿No sería mejor que fuéramos nosotros a verla? —sugirió Saelices, que no quería asistir a otro desmayo.
García asintió con un gesto y se encaminaba hacia el pasillo cuando algo le llamó la atención. Aunque los hombres de la brigada científica no se alegrarían de encontrar huellas de sus pisadas en el lugar del crimen, atravesó la estancia hasta la mesa donde reposaba la mujer y confirmó su impresión: allí estaban, perfectamente plegadas, las gafas del forense. Limpias, pulidas, casi expectantes; allí estaban, como si esperaran a que alguien les tomara declaración: ellas, sin duda, lo habían visto todo.
—¿Y a esta qué le habrá pasado? —preguntó el sargento señalando a la muchacha muerta con un gesto de barbilla.
—Esa no es asunto nuestro— atajó el comisario volviendo la vista a la repulsiva semidesnudez del forense. Mirar el cadáver de una vieja no le producía ninguna impresión, pero mirar el cadáver desnudo de aquella muchacha le suscitaba sensaciones y pensamientos demasiado complejos, más ambiguos de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Todo muy raro, ¿verdad?— comentó Saelices, cambiando de tema.
—Mucho. Vamos a ver que nos cuenta la limpiadora.
Y a pesar de sus largos años de servicio, cuando apagó la luz, el comisario no pudo evitar echar la vista atrás con cierto atávico recelo.
La mujer de la limpieza se encontraba ya bastante recuperada pero no les contó gran cosa. Fue a trabajar a las seis porque su marido estaba enfermo y quería terminar a tiempo para llevar a los niños al colegio. Entró en el edificio, saludó al vigilante nocturno, cogió escoba, caldero y fregona en el cuarto de siempre; cuando entró en la sala de autopsias se encontró al forense en el suelo tal y como ellos lo habían visto. Acto seguido corrió a dar aviso para que el vigilante llamase a la policía y se quedó en la calle esperando al coche patrulla. No recordaba nada más.
El vigilante, como era de prever, dijo que había comenzado su turno a las diez y cuarto, porque se había retrasado un poco. Su compañero se fue a toda prisa y le dijo que estaba por ahí el forense, trabajando con la ahogada. No se había movido en toda la noche de su cuartito, junto a la puerta de entrada y no había oído nada sospechoso, aunque el oído, lo reconocía abiertamente, no era el mejor de sus sentidos, y menos estando acatarrado como estaba. No le había extrañado que el forense no hubiese salido por la puerta principal porque tenía llave de la puerta trasera y solía dejar su coche aparcado por aquel lado. Para él, había sido una noche de vigilancia normal, de lo más tranquilo, hasta que apareció la mujer de la limpieza dando voces, diciendo que había un hombre muerto en el suelo, con mucha sangre.
El juez llegó un par de horas más tarde; se limitó a ordenar el levantamiento del cadáver y a llamar a un colega del finado para que hiciera la autopsia. Los resultados estarían listos aquella misma tarde.
El sargento y el comisario llamaron al guardia del primer turno y al marido de la mujer de la limpieza, y ambos corroboraron lo ya sabido. Luego, tras comprobar que poco más podrían ventilar ya en el depósito de cadáveres, se fueron a desayunar a una cafetería, forzándose a tomar un bollo y un café que aún les supieron a formol y desinfectante.
—¿Cómo lo ves?— preguntó García, tratando de abordar el tema de manera más o menos directa.
—Muy extraño. Esa herida no era ni de fuego, ni de arma blanca.
El comisario asintió,
—Parecía una mordedura.
—Sí, o algo por el estilo. Puede ser que algún perro vagabundo, atraído por el olor del cadáver entrara de alguna manera en el depósito y se lanzara sobre el forense al verse acosado —propuso Saelices.
—Pero aún falta por saber a qué hora tuvieron lugar los hechos. No me acabo de explicar qué hacía Campano en el depósito a las tantas de la noche.
—No tuvo por que ser a las tantas....
—No, pero el primer vigilante no se fue hasta las diez y ya oíste lo que dijo el segundo: que el difunto forense tenía llave y a veces salía por la puerta trasera sin despedirse.
—Seguramente para no molestar —propuso el sargento.
—O sea que piensas, como yo, que el vigilante del turno de noche duerme como una piedra en su puesto.
—Por supuesto. ¿Qué haríamos cualquiera si trabajásemos en un sitio como el depósito de cadáveres? Dormir a pierna suelta cuando nos tocara noche.
El comisario asintió con la cabeza, pero sus pensamientos habían cambiado ya de punto de objetivo.
—Pudo salir por la puerta de atrás y volver a entrar por esa misma puerta. Hasta que no tengamos los resultados de la autopsia no podemos saber la hora en que murió: sabemos que entró a las nueve y media o diez menos cuarto, pero si tenía llave, eso no nos sirve de nada.
—¿Y si entró de nuevo, a qué entro?, ¿a buscar algo? —preguntó el sargento.
El comisario chasqueó la lengua, preocupado. Algo no le encajaba.
—No lo sé. No hemos visto instrumentos quirúrgicos por ninguna parte...
—Ya. Es verdad. Entonces, no sé...
García recapacitó unos instantes, se frotó lo ojos tratando de alejar otros pensamientos y regresó a la primera teoría en un desesperanzado intento de salvar su último gramo de cordura.
—Será mejor seguir la línea del perro —acotó con un suspiro.
—Sin embargo, la mujer dijo que abrió la puerta de la calle. ¿Por dónde entró entonces el animal?
—Esperamos el resultado de la autopsia y vamos a echar un vistazo.
II
Y así lo hicieron.
A primera hora de la tarde, el forense tenía ya concluido su informe. La herida era efectivamente un mordisco, pero podía descartarse con casi total seguridad que se tratara de un perro o cualquier otro animal carnívoro: ni había señales de colmillos prominentes ni la forma de la herida se correspondía con la de una boca de perro. Por escalofriante que pudiera resultar, lo más probable era que aquella barbaridad hubiera sido obra de un ser humano.
No obstante y para asegurarse, el sargento y el comisario se pasearon por el deposito en busca de un lugar por el que hubiera podido entrar un perro o cualquier otro animal por el estilo. Estaba a punto de encenderse el alumbrado público cuando encontraron, en la parte de atrás, una ventana a la que le faltaba un cristal. Dijera lo que dijese el informe del forense, existía una posibilidad de que un perro vagabundo hubiera penetrado en el edificio y hubiese vuelto a salir luego por el mismo sitio. En pocas horas podrían saber si los de la brigada científica habían encontrado pisadas de perro en la sala de autopsias y el caso estaría cerrado. Los dos estaban seguros de que aparecerían esas pisadas.
Confiados en que su tesis se verificase, los dos policías regresaron a sus casas, felicitándose de antemano de haber mantenido el caso dentro de los cauces rutinarios. Pero nada más abrir la puerta de su casa, el comisario se encontró con que acababa de llamar el vigilante del depósito para pedirle que acudiera enseguida. Había cogido un intruso y lo tenía retenido.
Sin molestarse siquiera en llamar por teléfono, García pasó por casa del sargento y ambos se dirigieron, por tercera vez en aquella larga jornada, al depósito de cadáveres.
Allí, con una venda en la mano, los esperaba el vigilante. Había visto algo moviéndose en el suelo y al incorporarse de su silla sorprendió a un hombre cubierto de harapos arrastrándose por el piso hacia el interior del edificio. El vigilante no tenía ni idea de cómo había entrado aquel hombre, pero suponía que había aprovechado el cambio de turno, porque en esos momentos la puerta quedaba abierta unos minutos. Debió de aprovechar algún descuido mientras se marchaba el del turno de tarde y el vigilante de noche dejaba la fiambrera con la cena sobre su mesa y cubría las hojas de servicio preceptivas. Eso era lo único que se le ocurría. El caso es que intentó detenerlo pero el vagabundo se revolvió con un mordisco y el vigilante no tuvo más remedio que reducirlo a palos y encerrarlo en la sala de las autopsias.
Cuando fueron a por él vieron que se trataba de un hombre de mediana edad, greñudo y sin afeitar, con los ojos entreverados de sangre y cubierto por algo que debió de ser un abrigo alguna vez. A todo lo que le preguntaron respondió únicamente con gruñidos y no llevaba encima documentación alguna.
Saelices sacó las esposas del bolsillo del abrigo y sólo con la ayuda de los otros dos hombres consiguió colocárselas al demente.
—Ya tenemos a nuestro hombre— anunció el sargento con satisfacción. —Se coló en el cambio de turno y escapó luego por el ventanuco roto.
El comisario, que empezaba dos días después sus vacaciones, estaba aún más ansioso que el sargento por acabar aquello cuanto antes, así que pensó dar un empujoncito al asunto.
—¿Hay por aquí yeso, plastilina o lo que sea? Quiero tomarle un molde de los dientes.
—Masilla para los cristales— dijo el vigilante.
—Valdrá.
Entre el comisario y el vigilante lograron a duras penas que el loco mantuviera la boca abierta unos instantes, mostrándoles unos dientes escasos y ralos, pero suficientes para infligir otro mordisco al guarda, que respondió a golpes antes de ir en busca de otra venda.
El sargento volvió para ayudar a su jefe pero ya no era necesario.
—Déjame a solas con éste a ver si se calma y puedo sacarle algo.
Saelices no podía creer que nadie quisiera quedarse solo en aquel sitio, con la sangre del forense aún pegada a las baldosas y un cadáver hinchado que por falta de atenciones empezaba a deshacerse en fétidas viscosidades.
—¿No sería mejor llevarlo a comisaría?
—¡Que te largues, coño!
El sargento cerró la puerta tras de sí con un encogimiento de hombros, dejando a García con la vista clavada donde por la mañana habían estado las gafas del forense. A esas horas reposarían sin duda en una bolsa, esperando a quien supiera interpretarlas. El loco rezongaba en un rincón una incomprensible letanía y el comisario ni siquiera hizo ademán de dirigirse a él. En vez de eso manipuló unos instantes el cadáver de la mujer. Encontró lo que buscaba en sus uñas y en su pelvis, pero ni siquiera se molestó en guardarlo en una bolsa. Luego levantó al loco por el pelo y lo llevó al despacho, donde aguardaban el sargento y el vigilante. Esta vez ni siquiera apagó la luz.
Y así acabó todo, al menos hasta que tuviera lugar el juicio. Al día siguiente el forense confirmó que la dentadura de la masilla tenía grandes, muy grandes posibilidades de ser la misma que desgarró el cuello de su difunto colega. Los principales puntos característicos coincidían a la perfección. El indigente, un pobre loco, no era imputable por la muerte del forense y sería internado en un centro asistencial.
Todo fue como la seda.
Sólo el comisario supo que no había entregado el molde de los dientes del pobre vagabundo, sino el que había sacado de la dentadura de la otra hermosa y fría ocupante de la sala de autopsias: la muchacha ahogada.
Y no durmió en quince días.
Hombres, cadáveres y Fantasmas. Feindesland. 2005
Si dices idioteces eres un idiota, pero si formas parte de un grupo de veinte idiotas que constituyen una academia, entonces recibes la aprobación de tus pares, publicas, y creas un departamento universitario.
Jugarse la piel. Nassim Taleb
Qué quieres que haga? Buscar un protector, un amo tal vez?
Y como hiedra oscura, que sobre la pared medra sibilina y con adulación,
cambiar de camisa para obtener posición?
NO, GRACIAS.
Dedicar si viene al caso versos a los banqueros,
convertirme en payaso? Adular con vileza los cuernos de un cabestro
por temor a que me lance un gesto siniestro?
NO, GRACIAS.
Desayunar cada día un sapo? Tener el vientre panzón?
Un papo que me llegue a las rodillas con dolencias
pestilentes de tanto hacer reverencias?
NO, GRACIAS.
Adular el talento de los canelos, vivir atemorizado por infames libelos, y repertir sin tregua
“Señores, soy un loro, quiero ver mi nombre en letras de oro”?
NO, GRACIAS.
Sentir temor a los anatemas? Preferir las calumnias a los poemas, coleccionar medallas, urdir falacias?
NO, GRACIAS; NO, GRACIAS; NO GRACIAS...
Pero cantar... soñar.... reir, vivir,
estar solo, ser libre…
Tener el ojo avizor,
la voz que vibre.
Ponerme por sombrero el universo,
por un sí o un no batirme o hacer un verso.
Despreciar con valor la gloria y la fortuna,
viajar con la imaginación a la luna.
Sólo al que vale reconocer méritos,
no pagar jamás por favores pretéritos.
Renunciar para siempre a cadenas y protocolo,
Posiblemente… no volar muy alto,
pero solo.
Edmond Rostand - Cyrano de Bergerac
No, la juventud no es un examen, ni una prueba, ni un entrenamiento para la vida que vendrá luego. Es la vida misma. No lo olvidéis nunca.
Doctor Zhivago. Boris Pasternak
A veces la autoridad religiosa tiene utilidades inesperadas: el papa Silvestre II extendió el uso del cero en Occidente mediante diversos decretos y consejos.
En realidad, Silvestre II era el famoso matemático Gerberto de Aurillac, que llegó a Papa por vicisitudes diversas y aprovechó para esto su pontificado.
La sonrisa de Pitágoras. Lamberto García de Cid.
Contexto adicional a El Edicto de Telipinu, rey de los Hititas. Es un fragmento de "Telipinu, o de la solidaridad" un artículo del grandísimo Mario Liverani dentro de su libro "Mito y política en la historiografía del Próximo Oriente Antiguo".
[...]
LOS ACTOS SANGRIENTOS
La promulgación del Edicto vino precedida e inspirada por la protesta de una delegación de «hombres de los dioses» que se presentaron ante el rey para decirle:
Mira, la sangre está por doquier en Hattusha (A ii 33)
El rey convocó inmediatamente al tribunal o Asamblea (tuliya) (ver *¹), explicó sus razones, preparó sus medidas y promulgó las «nuevas» reglas de sucesión al trono.
Este fue el contexto del Edicto, un contexto evidentemente difícil para el rey puesto que hacía muy poco que había sido entronizado tras diversos episodios criminales. La opinión pública, o al menos los miembros de la corte y los habitantes de la capital, cuestionaban a Telipinu. Como mínimo la gente estaba confusa, así que organizaron y formalizaron su malestar a través de una delegación de «hombres de los dioses», es decir, unas personas consideras apropiadas para la grave tarea de enfrentarse al rey²⁸.
Telipinu aprovechó su posición como juez. Contestó transformándose de acusado en acusador, de alguien acusado de un crimen en un ser moralizante. Comparó su caso con una secuencia de casos anteriores similares. Luego trató de desviar la ira de la opinión pública hacia los otros casos, presentándose no como el último de una secuencia negativa, sino como el primero de una nueva secuencia positiva. Es muy probable que Telipinu acabara por imponerse a la población en general o al menos a una parte de della (veremos que su discurso iba dirigido sobre todo al sector cuyo apoyo quería ganarse). Pero al mismo tiempo nos permitía, a los historiadores posteriores, atisbar sus crímenes, que conocemos sólo gracias al Edicto.
Veamos ahora los cargos que se le imputaban, aunque sólo fuera como insinuaciones y sospechas. En primer lugar, está la acusación de haber exiliado al rey Huzziya y a sus cinco hermanos despojándoles de su estatus regio; en segundo lugar el asesinato de Huzziya y sus hermanos; y por último la muerte de la reina Ishtapariya y del príncipe Ammuna. La responsabilidad de Telipinu en estos hechos se insinúa en dos series de acontecimientos. Primero, parece claro que la opinión pública lo consideraba responsable. La delegación le acusó, obligando a Telipinu a defenderse mediante el Edicto. Menciona incluso los cargos y admite al menos una cierta connivencia. Segundo, resulta significativo que Telipinu incluya su propio caso en una secuencia de casos considerados claramente análogos, y al mismo tiempo admita sin problema la culpa de los reyes precedentes. En aquellos casos los reyes habían conocido una situación muy parecida a la que ahora se dirimía.
La defensa de Telipinu fue la siguiente: «es cierto, rebajé a Huzziya y le envié al exilio, pero tuve que hacerlo porque si no me habría asesinado. Por lo tanto, he llevado a cabo una "represalia preventiva" contra Huzziya, al haberlo sorprendido en el momento de cometer un crimen contra mí. Es más, se que Huzziya me habría matado, pero sólo le degradé, así que fui generoso»:
Que se vayan y se queden (allí), que coman y beban, que nadie les haga daño. Y repito: estos hombres me han lastimado, pero yo no los lastimaré (A ii 13-15, §23).²⁹
La acusación de haber conquistado el trono ilegalmente se transformó en un alarde de generosidad, benevolencia y tolerancia. Pero lo cierto es que con posterioridad Huzziya y sus hermanos fueron asesinados,³⁰ así que la defensa de Telipinu carecía de sentido para un observador imparcial.
La defensa de Telipinu contra los desarrollos posteriores fue que estaba ausente ocupado en la defensa de su país. No sabía lo que estaba pasando. La instigación y la ejecución debían atribuirse a otras personas. Aunque no pudo transformar la acusación en jactancia, al menos pudo alegar que no estuvo involucrado en los hechos. Pero parece evidente que sí hubo algún tipo de implicación. Cuando los auténticos ejecutores del crimen fueron acusados por el pankuš y condenados a muerte, Telipinu les concedió el perdón. Su complicidad era evidente, pero trató nuevamente de transformar la sospecha en alarde, y de nuevo en un alarde de generosidad, benevolencia y tolerancia. Renuente a matar aunque fuera para ejecutar legalmente a los culpables, ¿cómo podía sospecharse de la complicidad de Telipinu en un asesinato ilegal?³¹.
Telipinu se mostró muy evasivo respecto al tercer hecho, el asesinato de la reina y del príncipe. Quizás demasiado evasivo; ni siquiera admitió que fueran asesinados, sólo que «murieron» (A ii 32). Ahora bien, si su esposa e hijo hubieran sido asesinados por la facción rival, es evidente que no se habría mostrado tan evasivo. Al contrario, habría aprovechado la ocasión para protestar y acusar a su vez. O, si las muestres de la reina y del príncipe habían sido naturales, ¿cómo explicar la protesta de la delegación inmediatamente después de ese hecho? La sangre «está por doquier en Hattusha» no se refería ciertamente a unas muertes naturales. Es razonable suponer que a Telipinu no se le consideraba implicado en las muertes de Ishtapariya de Ammuna, la pareja clave para una posible transferencia del trono. Pero es probable que sus muertes ocurrieran de un modo tan sumamente misterioso (tal vez mediante métodos mágicos)³² que resultara imposible presentar acusaciones concretas. Así que Telipinu no tuvo que defenderse de esta acusación.
Estos son los argumentos que Telipinu utilizó para su defensa en relación con los episodios de los que se le hacía responsable. Pero desarrolló implícitamente otra línea de defensa más general, basándose en referencias similares. El asesinato de Huzziya por orden de su cuñado Telipinu tenía un paralelo en el asesinato de Mushili por orden de su cuñado Hantili. Los asesinatos de la reina Ishtapariya y de su hijo tenían un paralelo en los asesinatos anteriores de la reina Harapshili y de sus hijos. La pretendida «ignorancia» de Telipinu respecto al asesinato de Huzziya tenía como paralelo la «ignorancia» de Hantili del asesinato de Harapshili. La utilización de un ejecutor (Tanuwa) para asesinar a Huzziya también tenía paralelos en el pasado: más recientemente, el caso de los ejecutores Tahurwaili y Tarushhu, y antes Ilaliuma.
¿Por qué recordar estos episodios del pasado, sin duda no olvidados, que incluso podían haber provocado enemistades seculares? Parece que Telipinu pretendía sugerir, sin decirlo abiertamente, que aún en el caso de haber sido inculpado, sólo había hecho lo que otros muchos antes que él. Y si esos otros no habían sido inculpados, ¿porqué acusarle a él? Telipinu también sugería que si tantas personas habían actuado así había sido por motivos que trascendían lo personal. La causa debía buscarse en la organización institucional, no en las responsabilidades individuales. Por lo tanto había que cambiar las instituciones, no castigar al individuo. Por último, Telipinu venía a decir que, a diferencia de otros, él era bueno y generoso: «Yo perdono, yo no mato; yo no sabía, yo no estaba allí. Soy el menos culpable de todos, así que ¿por qué os ensañáis conmigo?». Para transmitir el significado de todo esto Telipinu se remitió a causas generales, sin afirmar nada de modo explícito. Al insertar su causa en una larga secuencia de casos parecidos, minimizó su responsabilidad y exageró la relevancia de las causas generales y los posibles remedios. Concretamente, consiguió neutralizar la indignación de la opinión pública, sin duda exacerbada a raíz del último crimen —es decir, su propio crimen— y desviarla contra sus predecesores, colocándose al lado de los acusadores y gritando más fuerte que nadie contra los fantasmas.
[...]
²⁸. El procedimiento de presentar un asunto al rey a través de una delegación era algo habitual en el mundo hitita: KUB XL 62 + XIII 9: I 1-12 (Schuler, 1959,: 446-449) y §55 de las Leyes hititas.
²⁹. La fraseología de la generosidad deriva del Testamento de Hattushili (i 30-38, iii 20-22= Sommer, 1938: 6-7, 12-13), y de Forrer, 1926: n.º 10 (Schuler, 1959: 444).
³⁰. La interpretación opuesta de Hardy (1941:210), aún sostenida por Pugliese Carratelli (1958-1959: 107-109) —una conspiración contra Telipinu en beneficio de Huzziya— se basa en una lectura incompleta y ha quedado hoy excluida. Cavaignac (1930: 9-14) ya clarificó el relevante pasaje e identificó el rol de los ejecutores.
³¹. El argumento implícito de Telipinu es idéntico al argumento explícito que utiliza Hattushili III en su carta al rey de Babilonia en KBo I 10, Rs. 14-23 (véase especialmente su frase final: «Mirad, la gente no habituada a ejecutar a un reo, ¿cómo podría asesinar a un mercader?»).
³². Esta hipótesis explicaría la presencia del último párrafo del Edicto (50), donde se formulan las normas contra el uso de la hechicería en la familia real.
Liverani, M. Mito y política en la historiografía del Próximo Oriente Antiguo: Telipinu, o de la solidaridad. Bellaterra arqueología. pp. 62-65
*¹: En el ámbito hitita la discusión sobre el carácter de las asambleas gira en torno a dos términos: panku- y tuliya-. Estos dos vocablos, que los estudiosos entienden en unos casos como sinónimos y en otros como relativos a colectivos distintos, aparecen en particular en los documentos paleohititas. No hay unanimidad ni sobre el carácter preciso de sus competencias más allá del campo judicial o, concretamente, sobre su capacidad para limitar o compartir el poder detentado por el rey. El término tuliya- es el empleado en el bilingüe hurro-hitita de la Liberación para designar el lugar de «reunión» de los ancianos de Ebla. (Bárbara E. Soláns Gracia, Poderes colectivos en la Siria del Bronce Final. Tesis Doctoral. pp. 139-140)
Miré el valle a mis pies. Sobre los ríos que lo atraviesan se levantaba una espesa niebla, que serpenteaba en espesas columnas alrededor de las montañas de la vertiente opuesta, cuyas cimas se escondían entre las nubes. Los negros nubarrones dejaban caer una lluvia torrencial que contribuía a la impresión de tristeza que desprendía todo lo que me rodeaba. ¿Por qué presume el hombre de una sensibilidad mayor a la de las bestias cuando esto sólo consigue convertirlos en seres más necesitados? Si nuestros instintos se limitaran al hambre, la sed y el deseo, seríamos casi libres. Pero nos conmueve cada viento que sopla, cada palabra al azar, cada imagen que esa misma palabra nos evoca.
Descansamos; una pesadilla puede envenenar nuestro sueño.
Despertamos; un pensamiento errante nos empaña el día.
Sentimos, concebimos o razonamos, reímos o lloramos.
Abrazamos una tristeza querida o desechamos nuestra pena;
Todo es igual; pues ya sea alegría o dolor,
El sendero por el que se alejará está abierto.
El ayer del hombre no será jamás igual a su mañana.
¡Nada es duradero salvo la mutabilidad!
Mary W. Shelley, "Frankenstein o el moderno Prometeo."
«En ese estado de lucidez alucinada, no solo vieron las imágenes de sus sueños, algunos vieron las imágenes soñadas por otros. Eso es de Gabriel García Márquez. Cien Años de Soledad. Parece que hay precedentes de este intercambio de sueños. Quiero decir, ¿será así ahí fuera? ¿Quizás soñemos constantemente los sueños de otros? ¿No será que el mundo del subconsciente es realmente colectivo? ¿No son tus miedos mis miedos? ¿No son tus deseos mis deseos? ¿No bebemos todos de la misma copa humana?
Esto es lo que Carl Jung decía al respecto: «Toda conciencia separa, pero en los sueños tomamos la apariencia de un hombre más universal y verdadero y eterno que habita en la oscuridad de la noche primitiva. Allí él sigue siendo eterno y lo eterno está dentro de él, indistinto de la naturaleza y carente de todo ego. De estas profundidades que todo lo une emerge el sueño, sea infantil, grotesco o inmoral».»
Cerraron sus ojos
que aún tenía abiertos
taparon su cara
con un blanco lienzo;
y unos sollozando,
otros en silencio,
de la triste alcoba
todos se salieron.
La luz que en un vaso
ardía en el suelo,
al muro arrojaba
la sombra del lecho;
y entre aquella sombra
veíase a intérvalos
dibujarse rígida
la forma del cuerpo.
Despertaba el día,
y, a su albor primero,
con sus mil ruidos
despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
de vida y misterios,
de luz y tinieblas,
yo pensé un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!
De la casa, en hombros,
lleváronla al templo
y en una capilla
dejaron el féretro.
Allí rodearon
sus pálidos restos
de amarillas velas
y de paños negros.
Al dar de las Ánimas
el toque postrero,
acabó una vieja
sus últimos rezos,
cruzó la ancha nave,
las puertas gimieron,
y el santo recinto
quedóse desierto.
De un reloj se oía
compasado el péndulo,
y de algunos cirios
el chisporroteo.
Tan medroso y triste,
tan oscuro y yerto
todo se encontraba
que pensé un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!
De la alta campana
la lengua de hierro
le dio volteando
su adiós lastimero.
El luto en las ropas,
amigos y deudos
cruzaron en fila
formando el cortejo.
Del último asilo,
oscuro y estrecho,
abrió la piqueta
el nicho a un extremo.
Allí la acostaron,
tapiáronle luego,
y con un saludo
despidióse el duelo.
La piqueta al hombro
el sepulturero,
cantando entre dientes,
se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
el sol se había puesto:
perdido en las sombras
yo pensé un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!
En las largas noches
del helado invierno,
cuando las maderas
crujir hace el viento
y azota los vidrios
el fuerte aguacero,
de la pobre niña
a veces me acuerdo.
Allí cae la lluvia
con un son eterno;
allí la combate
el soplo del cierzo.
Del húmedo muro
tendida en el hueco,
¡acaso de frío
se hielan sus huesos…!
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¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es sin espíritu,
podredumbre y cieno?
¡No sé; pero hay algo
que explicar no puedo,
algo que repugna
aunque es fuerza hacerlo,
el dejar tan tristes,
tan solos, los muertos!
Gustav Adolf Becker
;-)
En la mesa, a mi lado, brillaba una lámpara y cerca de ella había una pequeña caja. No tenía un aspecto llamativo, y yo la había visto antes, pues pertenecía al médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa y por qué me estremecí al fijarme en ella? No merecía la pena tener en cuenta estas cosas, y por fin mis ojos cayeron sobre las páginas abiertas de un libro y sobre una frase subrayada. Eran las extrañas pero sencillas palabras del poeta Ebn Zaiat: “Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas”. ¿Por qué, al leerlas, se me pusieron los pelos de punta y se me heló la sangre en las venas?
Sonó un suave golpe en la puerta de la biblioteca y, pálido como habitante de una tumba, un criado entró de puntillas. Había en sus ojos un espantoso terror y me habló con una voz quebrada, ronca y muy baja. ¿Qué dijo? Oí unas frases entrecortadas. Hablaba de un grito salvaje que había turbado el silencio de la noche, y de la servidumbre reunida para averiguar de dónde procedía, y su voz recobró un tono espeluznante, claro, cuando me habló, susurrando, de una tumba profanada, de un cadáver envuelto en la mortaja y desfigurado, pero que aún respiraba, aún palpitaba, ¡aún vivía!
Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro y de sangre. No contesté nada; me tomó suavemente la mano: tenía huellas de uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto que había en la pared; lo miré durante unos minutos: era una pala. Con un grito corrí hacia la mesa y agarré la caja. Pero no pude abrirla, y por mi temblor se me escapó de las manos, y se cayó al suelo, y se rompió en pedazos; y entre éstos, entrechocando, rodaron unos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos diminutos objetos blancos, de marfil, que se desparramaron por el suelo.
Edgar Allan Poe, "Berenice."
A veces sentimos que nuestra vida es como nuestra letra: ni nos gusta, ni la entendemos.
Gato encerrado. Andrés Trapiello.
-Existe algo en el hombre de todas las edades, que no se educa ni ciñe por completo a las exigencias de la razón ni de la ciencia, así como suele sobreponerse también a todas las ignorancias y barbaries que han afligido y pueden afligir a la humanidad entera. Y este algo, es el exceso de sensibilidad y de sentimiento de que ciertos individuos se hallan dotados, y que busca su válvula de seguridad, sus ideales, su consuelo, no en lo convencional, sino en lo extraordinario, y hasta en lo imposible también. Ve, si no, a una madre de esas que han sido perfectamente educadas, y que puede decirse instruida, pero que es madre cariñosa al mismo tiempo; mírala a la cabecera de su hijo moribundo, sin esperanza de poder volverle a la vida. Acércate a ella en tan angustiosos momentos, aconséjale el mayor de los absurdos en el terreno de las supersticiones, asegurándole que si hace lo que se le ordena, su hijo recobrará la salud, y verás cómo cree en ti y se apresura a ejecutar exactamente lo que a sangre fría hubiera condenado y ridiculizado en otra cualquier mujer. Y si por casualidad su hijo volviese a la vida, aquella madre será supersticiosa en tanto exista, pese a su propia razón y a cuanto haya de más material y contrario a esa fe ciega, que así puede devolvernos la perdida tranquilidad como conducirnos por el camino de las mayores aberraciones.
Rosalía de Castro, “El primer loco.”
Lo más devastador que la biología le hizo al cristianismo fue el descubrimiento de la evolución biológica. Ahora que sabemos que Adán y Eva nunca fueron personas reales, el mito central del cristianismo queda destruido. Si nunca hubo un Adán y Eva, nunca hubo un pecado original. Si nunca hubo un pecado original no hay necesidad de salvación. Si no hay necesidad de salvación no hay necesidad de un salvador. Y sostengo que eso pone a Jesús, histórico o no, en las filas de los desempleados. Creo que la evolución es la sentencia de muerte absoluta del cristianismo.
Con todo, el hecho de que Letonia se presente o se considere una especie de virgen democrática (y, por tanto, rusófoba) no deja de ser desconcertante. Es cierto que un nacionalismo intrínseco permitió a las repúblicas bálticas librarse de la dominación rusa tras la Primera Guerra Mundial. Pero Estonia y Letonia (esta última se correspondía aproximadamente, en la época zarista, con Livonia, que también incluía una parte de la actual Estonia) destacaron por su apoyo al bolchevismo, muy superior a la media rusa. En las elecciones a la Asamblea Constituyente de 1917, la media de los bolcheviques en el conjunto del antiguo Imperio zarista fue del 24% de los votos[1]. ¡En Estonia, obtuvieron el 40% y en Livonia, el 72%! También debemos recordar a la Guardia letona, mimada por Lenin y que desempeñó un papel tan importante durante la Revolución rusa como fuerza encargada de mantener el orden. Una encuesta realizada en 1918 entre los primeros miembros de la Cheka, la policía política bolchevique, precursora del KGB, luego FSB, revela la afinidad de los letones con el comunismo. De una muestra de 894 individuos (los escalafones superiores de la jerarquía), sólo 361 eran rusos y 124 letones, 18 lituanos, 12 estonios, 21 ucranianos, 102 polacos y 116 judíos[2]. La sobrerrepresentación de minorías en una institución revolucionaria es de por sí normal, pero ese 13,8% de letones, que no representaban más del 2% de la población en el Imperio ruso, no está nada mal. Desde un punto de vista antropológico, no hay sorpresas: la estructura familiar tradicional de los Estados bálticos, en particular Estonia y Letonia, era comunitaria de tipo ruso, productora espontánea de autoritarismo e igualitarismo, así pues, de comunismo. Este fondo antropológico báltico se integró en la OTAN y en la Unión Europea en 2004.
Volvamos a las antiguas democracias populares, Hungría al margen. Hay un contraste sorprendente entre, por un lado, su resentimiento hacia Rusia y, por otro, la forma en que perdonaron a Alemania, a pesar de que había arrasado la región durante la Segunda Guerra Mundial y de que la Wehrmacht tuvo un comportamiento más despiadado que el Ejército Rojo. El entusiasmo con que los checos vendieron Skoda a Volkswagen en lugar de a Renault fue asombroso. Dada la importancia de la industria automovilística, se eligió entrar en la misma esfera germánica de la que tanto le había costado salir a Bohemia. De hecho, que países que a menudo fueron mártires del nazismo tomaran decisiones de este tipo plantea un verdadero interrogante al historiador. En momentos de abatimiento y mal humor, a veces me pregunto si, en ciertas naciones de Europa del Este, no hay un reconocimiento más o menos consciente hacia Alemania por haberlos librado de su «problema judío».
La derrota de Occidente. Emmanuel Todd.
Mi papi era sastre y de vez en cuando hasta ganaba dieciocho dólares a la semana. Con todo, no era un sastre normal. El récord que estableció de ser el sastre más inepto que jamás produjo Yorkville no ha sido nunca superado. En este terreno podrían incluirse también algunas zonas de Brooklyn y del mismo Bronx.
La idea de que papi era un sastre constituía una opinión que únicamente era defendida por él. Sus clientes lo conocían como «el mal entallado Sam». Era el único sastre de quien he oído decir que rechazara emplear la cinta métrica. Él sostenía que una cinta métrica podía estar muy bien para un enterrador, pero no para un sastre que tuviera el ojo infalible de un águila. Insistía en que una cinta métrica era una simple muestra de vacilación y un absurdo completo, añadiendo que si un sastre tenía que medir a un hombre nunca podría ser un sastre de primera categoría. Mi papi alardeaba de que él podía sacar las medidas de un hombre con sólo mirarlo y hacerle un traje perfecto. Los resultados de sus apreciaciones eran tan precisos como las predicciones de Chamberlain acerca de Hitler.
Todos nuestros vecinos eran clientes de papi. Era fácil reconocerlos por la calle, ya que todos andaban con una pierna del pantalón más corta que la otra, una manga más larga que la otra o el cuello del abrigo sin decidirse por qué lado asentarse. El resultado inevitable era que mi padre nunca tenía dos veces al mismo cliente. Esto significaba que tenía que estar constantemente a la búsqueda de un nuevo negocio y, a medida que nuestro vecindario se iba poblando de gente vestida con trajes mal entallados, tenía que buscar sectores donde no lo hubiera precedido su reputación. Recorrió diversos sitios a lo largo y a lo ancho: trabajó en Hoboken, en Passaic, en Nyack e incluso más lejos. Cuando aumentaba su reputación, se veía obligado a alejarse más y más de su base hogareña a fin de cazar nuevas víctimas. Muchas semanas sus gastos de locomoción eran mayores que sus ingresos. Además, sus callos y juanetes, atendidos por uno de mis tíos favoritos, el talentudo doctor Krinkler, eran mayores que ambas cosas.
Cómo se las arreglaba mi madre constituye un misterio que supera cualquier explicación. Alexander Hamilton puede haber sido el mejor secretario de la tesorería, pero me habría gustado verle desempeñando el trabajo de mi madre con la misma habilidad con que ella lo desempeñaba.
Groucho Marx, "Groucho y yo."
El nacionalista es, por definición, un ignorante. El nacionalismo es la vía de menor resistencia, el camino fácil.
El nacionalista no tiene problemas. Sabe, o cree saber, cuáles son sus valores, es decir, los valores nacionales, es decir, los valores de la nación a la que pertenece, éticos y políticos. No está interesado en los demás, los demás no son de su incumbencia. Diablos, es otra gente (otras naciones, otras tribus). Ni siquiera hay que aprender nada acerca de ellos.
El nacionalista ve a los demás a su imagen y semejanza: como nacionalistas. Un punto de vista cómodo, como hemos señalado. Miedo y envidia. Un compromiso y una implicación que no requieren esfuerzo. No sólo el infierno son los demás, en clave nacional, por supuesto, sino también: todo lo que no es mío (serbio, croata, francés…) me resulta ajeno.
El nacionalismo es una ideología de la banalidad. Como tal, el nacionalismo es una ideología totalitaria.
Comienzo este texto con la intención de recopilar algunas reflexiones que individualmente abren muchos más debates de los que pretendo abarcar. Pero como esto no deja de ser un juego mental de esos que surgen mientras salgo a caminar, soy honesto y no pretendo aquí más que plantear algunas hipótesis.

Estas navidades monté uno de mis viejos Scalextric analógicos para que mi sobrina de 6 años jugase un rato. La verdad es que casi lo planteé como un experimento:
¿Tendrá gracia para una niña de 6 años jugar a un juego físico de unos coches que para ella están totalmente fuera de contexto?
Es decir; ella verá unos coches (con luces) que van por un carril y su único control es acelerar o dejar de hacerlo. Los coches además no le dicen más que lo que le sugieran sus formas y colores. No estará mentalmente reproduciendo el San Remo del 83 o el Acrópolis del 81 con un Ari Vatanen y su esguince de cuello por no dejar de mirar por la ventana de la puerta de su Escort Rs.
Ella eligió un Seat Córdoba amarillo primero, y luego un Citroën WRC porque tenía una banderita de España (Dani Sordo) Y se lo pasó bien. Tanto que durante los días siguientes quería más. Y aún ahora se acuerda y quiere montar un Scalextric. Divirtiéndose tanto en el proceso de montar las pistas como el de elegir el coche.
¿Por qué entonces hoy día el Scalextric está de capa caída si el juguete es divertido para esta generación?
Yo, como dueño de uno, me incorporé al Scalextric tarde. Ya con 14 años. Pero de pequeño recuerdo aquellos catálogos del Corte Inglés con varias páginas dedicadas al Ibertren y al Scalextric. Los coches de circuito, los Grupo B de rally, los kits de ampliación, los kits de mejora, piezas… se me iban los ojos. Cuando empecé a ganar dinero por mi cuenta como artista precoz, empecé a comprar varios Scalextric de la época que recordaba de mi infancia, así como algunos de los modelos más recientes. Creo que se puede decir que en los 2000-2005 hubo una época dorada del slot. Muchas marcas de calidad y muchas piezas, así como torneos en muchas estaciones de Renfe a lo largo y ancho de España. No se el motivo. Tal vez en esa época muchos “yo” tenían dinero para gastar en esas cosas que recordaban de pequeños.
El caso es que ahora he querido retomar esta afición latente y veo que gran parte de los fabricantes no están. Hay menos producto. Menos repuestos. Muchos kits raros de escalas extrañas y personajes de nintendo en vez de coches de competición. Tunings feos y demás sin sentidos. ¿Eso vende? ¿Eso genera afición? Me imagino al frente de esas decisiones mucho estratega y mucho marketing y poca pasión. Y me vuelvo a preguntar;
¿Por qué entonces hoy día el scalextric está de capa caída si el juguete es divertido?
Supongo que en parte puede estar relacionado con la falta del interés por el automovilismo y su demonización. Los coches son el mal, contaminan, son caros, son “armas en potencia” etc etc. Tal vez mi aproximación al scalextric era porque mientras veía esos coches me sentía como si fuera Walter Röhrl luchando por unos segundos con Michèle Mouton. Reproduciendo las épicas de Sandro Munari con su Stratos. Puede que hubiera en mi cabeza un 50% del juguete y un 50% de imaginación, como tantos niños (y adultos) pero el juguete es divertido por si mismo. Pero no es conocido. Y no es conocido porque ese vector que te llevaba hasta ese juguete está roto hoy día. No existe.
Tal vez parte del problema esté ahí. No hay ya ese vector Motorsport > juguete porque en realidad el mundo del deporte del motor, salvando la F1, es relativamente residual. Eso da pie a otro debate pero lo cierto es que los rallyes importan poco, y las carreras de turismo en pista importan menos aún. Ni con los E-games se recupera el tema. No voy a hacer aquí una crítica a los videojuegos. No creo que sean cosas excluyentes. Yo juego a simuladores y es algo totalmente compatible con el slot. Son sensaciones diferentes. No creo que vayan por ahí los tiros "de que ahora los jóvenes sólo juegan al ordenador".
Pero si que es cierto que una consola ocupa poco y es más “simple”. Compras el hardware, que lo pones bajo la tele, y desde el sofá rápidamente echas una partida. Los pisos de hoy día no dan juego (valga la redundancia) para mucho más. 80 metros cuadrados con habitaciones pírricas en las que es inviable montar una pista de scalextric que puedas mantener montada un par de días. En la consola acumulas todos los juegos que te compres, incluso sin necesidad del soporte físico. Ideal para las mini-casas.
Los juguetes van y vienen y no voy a decir que perdiéndose el scalextric se pierde algo irreemplazable. Otros juguetes lo sustituyen y la vida sigue. Pero me resulta curioso desde un punto de vista romántico, el auge y caída de esos pequeños coches eléctricos que pasaron de ser el sueño de los peques de la casa, la afición de unos adultos, a prácticamente estar arrinconados en tiendas muy especializadas y con una gama a día de hoy residual, comparada con lo que llegó a ser.
Y si. Soy un nostálgico.
Dedico este artículo a @ramsey9000 que es con quien estuve tirando de hemeroteca mental recordando estos coches y sus pistas.
"Los celos no estallaron en nuestros jóvenes ardores. Ese ridículo sentimiento no es una prueba de amor: fruto tan sólo del orgullo y el egoísmo, se debe mucho más al temor de ver preferir un objeto distinto a nosotros que al de perder al que se adora". Marqués de Sade, Juliette
En febrero de 1948, el líder comunista Klement Gottwald salió al balcón de un palacio barroco de Praga para dirigirse a los cientos de miles de personas que llenaban la Plaza de la Ciudad Vieja.
Aquél fue un momento crucial de la historia de Bohemia. Uno de esos instantes decisivos que ocurren una o dos veces por milenio.
Gottwald estaba rodeado por sus camaradas y justo a su lado estaba Clementis. La nieve revoloteaba, hacía frío y Gottwald tenía la cabeza descubierta. Clementis, siempre tan atento, se quitó su gorro de pieles y se lo colocó en la cabeza a Gottwald.
El departamento de propaganda difundió en cientos de miles de ejemplares la fotografía del balcón desde el que Gottwald, con el gorro en la cabeza y los camaradas a su lado, habla a la nación.
En ese balcón comenzó la historia de la Bohemia comunista.
Hasta el último niño conocía aquella fotografía que aparecía en los carteles de propaganda, en los manuales escolares y en los museos.
Cuatro años más tarde a Clementis lo acusaron de traición y lo colgaron. El departamento de propaganda lo borró inmediatamente de la historia y, por supuesto, de todas las fotografías.
Desde entonces Gottwald está solo en el balcón. En el sitio en el que estaba Clementis aparece sólo la pared vacía del palacio. Lo único que quedó de Clementis fue el gorro en la cabeza de Gottwald.
El libro de la risa y el olvido. Milan Kundera
Si deseas tener conocimiento carnal con una quinceañera, no le pongas un dedo encima. Si odias a tu padre, está bien, pero no le atices con un bate de béisbol.
Acéptate, vale, pero joder... No seas tú mismo.
El hombre de los dados. Luke Reinhart
-Y allá está la Biblioteca- dijo Tomasz.
En efecto, la habitación vecina, un recinto amplio y cuadrado, estaba llena de libros y de manuscritos, amontonados en el suelo, como si hubieran sido Botados de unas carretillas; montañas que llegaban hasta el techo; y entre aquellas montañas, qué abismos, cimas y barrancos, valles, dunas, cráteres y nubes de polvo que producían escozor en las narices. Sobre las montañas estaban sentados unos Lectores flaquísimos dedicados a leer todo aquel material; debían ser unos siete u ocho.
-¡Ah, sí, la Biblioteca! ---dijo Gonzalo---, la Biblioteca pero, qué de problemas me da, qué de conflictos me produce. Contiene las Obras más preciosas, las más veneradas, escrita por los máximos genios, por los espíritus más selectos de la Humanidad; pero, de qué me sirven, Señores, si se muerden, se muerden una a otra, y también debido a su número excesivo se devalúan, su excesiva abundancia las Abarata, porque hay Demasiadas, Demasiadas, y cada día llegan más y nadie puede leerlas porque son Demasiadas, ay, demasiadas. Entonces yo señores, he debido contratar Lectores, y les pago un buen sueldo, porque me da vergüenza que todas estas obras se queden sin ser Leídas, pero son Demasiadas y estos hombres no pueden leer todo, aunque lean sin darse tregua el día entero. Lo peor es que los libros se Muerden como Perros, se muerden hasta darse Muerte.
De Trasatlántico, de Witold Gombrowicz, Edición Barral Editores, pág. 103.

A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer.
Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí sólo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo.
Imagínate una tormenta como esta. "
Haruki Murakami
El hombre más fácil de asustar es, ciertamente, quien cree que todo ha acabado cuando se ha extinguido su fugaz apariencia. El que piensa que no hay mundo tras él: el hombre sin futuro, ni proyecto, ni hijos, que se considera nudo final de su hilo. Ese es el hombe terminal. El vanidoso supremo, que no considera que nada importante pueda hacerse tras su paso.
Los nuevos mercaderes de esclavos saben eso y en ello es en lo que se funda la importancia que para esa gente tienen las doctrinas materialistas.
Ernst Jünger. La Emboscadura
Hace mucho tiempo, en una clase de Lengua, aprendí la definición de metáfora, que era más o menos así:
Una metáfora es una figura retórica que describe un objeto o una acción de un modo que no es literal, pero que ayuda a explicar una idea o a establecer una comparación. […] Las metáforas se utilizan en la poesía, la literatura y siempre que alguien quiere adornar un poco su vocabulario.
Mi profesor de Lengua nos dio ejemplos de metáforas, incluidos los versos más famosos de Shakespeare. «¿Qué luz alumbra aquella ventana? / Es el este, y Julieta es el sol». O «La vida es una sombra que camina, un mal actor / que en escena se inquieta y contonea / y nunca más se le oye». Y así sucesivamente. Me quedé con la idea de que la metáfora se utilizaba sobre todo para condimentar lo que, sin ella, podría ser anodino.
Muchos años después, leí el libro Metáforas de la vida cotidiana, escrito por el lingüista George Lakoff y el filósofo Mark Johnson. Mi anterior concepción de la metáfora sufrió un vuelco (si me perdonan la metáfora). La tesis de Lakoff y Johnson es que nuestro lenguaje cotidiano no solo está repleto de metáforas que suelen sernos invisibles, sino que nuestra comprensión de básicamente todos los conceptos abstractos se basa en metáforas derivadas de conocimientos físicos básicos. Lakoff y Johnson aportan pruebas de su tesis en forma de una amplia colección de ejemplos lingüísticos, que demuestran cómo conceptualizamos conceptos abstractos como tiempo, amor, tristeza, ira y pobreza usando términos de conceptos físicos concretos.
Por ejemplo, Lakoff y Johnson señalan que hablamos del concepto abstracto de tiempo con términos que se aplican al concepto más concreto de dinero. «Gastamos» o «ahorramos» tiempo. A menudo «no podemos desperdiciar el tiempo». A veces el tiempo que gastamos «vale la pena» y hemos «utilizado el tiempo de forma provechosa». Quizá conocemos a alguien que tiene «los días contados».
Del mismo modo, conceptualizamos estados emocionales como la felicidad y la tristeza en forma de direcciones físicas, hacia arriba y hacia abajo. Podemos «sentirnos hundidos» y «caer en una depresión». Nuestro estado de ánimo puede «caer a toda velocidad». Nuestros amigos suelen «levantarnos el ánimo» y nos dejan con «la moral alta».
Si vamos más allá, solemos conceptualizar las relaciones sociales en términos de temperatura física. «Me dieron una cálida bienvenida». «Me miró con frialdad». «Me trató fríamente». Estas expresiones están tan asentadas que no nos damos cuenta de que estamos hablando en lenguaje metafórico. La afirmación de Lakoff y Johnson de que estas metáforas revelan la base física de nuestra comprensión de los conceptos apoya la teoría de Lawrence Barsalou de que comprendemos mediante la simulación de modelos mentales construidos a partir de nuestro conocimiento básico.
Los psicólogos han investigado estas ideas a través de muchos experimentos fascinantes. Un grupo de científicos observó que la zona del cerebro que se activa cuando una persona piensa en el calor físico parece ser la misma que cuando piensa en el calor social. Para investigar las posibles consecuencias psicológicas, los investigadores llevaron a cabo un experimento con un grupo de sujetos voluntarios. Cada sujeto hizo un corto viaje en ascensor, acompañado por un miembro del equipo, hasta el laboratorio de psicología. Durante el trayecto, el miembro del laboratorio pedía al sujeto que sostuviera una taza de café caliente o helado «durante unos segundos» mientras él escribía el nombre de esa persona. Los sujetos no sabían que eso formaba parte del experimento. En el laboratorio, cada sujeto leía una breve descripción de una persona ficticia y se le pedía que valorara varios rasgos de su personalidad. Los que habían sostenido el café caliente en el ascensor consideraron a la persona de ficción mucho «más cálida» que los que habían sostenido el café helado.
Otros investigadores han obtenido resultados similares. Además, esta vinculación entre «temperatura» física y social también parece existir a la inversa: otros psicólogos han descubierto que las experiencias sociales «cálidas» o «frías» hacen que los sujetos sientan más calor o frío físico.
Aunque estos experimentos e interpretaciones siguen siendo objeto de controversia en el mundo de la psicología, se puede interpretar que los resultados respaldan las teorías de Barsalou y de Lakoff y Johnson: entendemos conceptos abstractos en términos de conocimientos físicos básicos. Si se activa mentalmente el concepto de calidez en sentido físico (por ejemplo, al sostener una taza de café caliente), se activa también el concepto de calidez en sentido más abstracto y metafórico, como al juzgar la personalidad de alguien, y viceversa.
Es difícil hablar de comprensión sin hablar de conciencia. Cuando empecé a escribir este libro, tenía pensado evitar por completo la cuestión de la conciencia, porque está llena de problemas científicos. Pero he decidido que me voy a permitir especular un poco. Si nuestra comprensión de conceptos y situaciones consiste en realizar simulaciones utilizando modelos mentales, quizá el fenómeno de la conciencia —y toda nuestra concepción del yo— proviene de nuestra capacidad para construir y simular modelos de nuestros propios modelos mentales. No solo puedo simular mentalmente, por ejemplo, el acto de cruzar la calle mientras hablo por teléfono, sino que puedo simularme mentalmente a mí misma pensándolo y puedo predecir lo que quizá voy a pensar a continuación. Tengo un modelo de mi propio modelo. Modelos de modelos, simulaciones de simulaciones: ¿por qué no? Y así como la percepción física del calor, por ejemplo, activa una percepción metafórica del calor y viceversa, nuestros conceptos relacionados con las sensaciones físicas pueden activar el concepto abstracto del yo, que se retroalimenta a través del sistema nervioso para producir una percepción física del yo, o de la conciencia, si se prefiere. Esta causalidad circular es similar a lo que Douglas Hofstadter llamaba el «extraño bucle» de la conciencia, «en el que los niveles simbólico y físico se retroalimentan mutuamente y vuelven la causalidad del revés, de forma que parece que los símbolos tienen libre albedrío y han adquirido la capacidad paradójica de mover las partículas, en lugar de lo contrario».
Inteligencia artificial. Melanie Mitchell.
menéame