A partir de 1992 se sostuvo el mantra de que no había que dejar crecer más al sector hotelero y que lo que había que hacer era más turismo residencial. Que todo el mundo se pudiera beneficiar. No se aplicó con rigor el urbanismo y, en el momento en el que metieron actividad turística en zona residencial, el lío estaba servido. El gran efecto perverso se produjo entre los propietarios al dedicar residencial a vivienda turística, quitando esa oferta de la vivienda habitual y provocando el rechazo de los residentes”. (Accesible en modo Lectura)
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