Los contenidos se degluten, no hay el suficiente espacio viral para profundizar demasiado en ellos y pasamos a toda prisa a otra cosa con solo deslizar el dedo sobre la pantalla del móvil. Y, claro, la implicación de nuestra memoria dura tan poco como el corazón que aparece fugazmente en pantalla cuando haces doble clic en una foto de Instagram. Porque estamos en la sociedad que olvidamos incluso antes de poder recordarlo.
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Matute hablaba de la fugacidad de la vida. Y de la perpetuidad de la muerte. Aunque ya deberíamos adaptar su frase célebre. Porque hoy "ni ha terminado y todo ya lo hemos olvidado". El exceso de impactos audiovisuales ha acortado tanto nuestra memoria que nos despistamos de las historias incluso antes de que hayan concluido.