Lisfranc se dio cuenta de un patrón macabro entre los jinetes de caballería. Cuando un soldado caía del caballo pero su pie se quedaba atrapado en el estribo, el peso del cuerpo y la inercia destrozaban la parte media del pie. Los ligamentos estallaban, los huesos se desplazaban y el arco del pie colapsaba. La gangrena venía después. La única solución era amputar. Y Lisfranc, cronómetro en mano, desarrolló una técnica para desarticular la parte delantera del pie en menos de un minuto. 15 segundos. Sin anestesia la velocidad era la única piedad.