Corría enero de 2026 y, mientras el mundo seguía distraído con Groenlandia y la doctrina “Donroe”, la historia de la especie humana acababa de sufrir una fractura silenciosa, casi invisible, pero irreversible. No hubo explosiones, ni desfiles militares, ni presentaciones con luces estroboscópicas al estilo de Elon Musk. Solo un comunicado, una cifra obscena de dinero y un nombre que debería empezar a quitarnos el sueño: Merge Labs.
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No sé si quiero más.