La "Operación Furia Épica" no es geopolítica. Es la biografía no autorizada de dos narcisistas con acceso a bombarderos.
Madrugada del 28 de febrero de 2026. En Ginebra, los negociadores iraníes y estadounidenses hacían lo que se supone que hacen los negociadores: negociar. A esas mismas horas, doscientos aviones israelíes cruzaban varios espacios aéreos soberanos camino de Teherán. Las negociaciones no fracasaron. Nunca existieron en serio. Ginebra era el decorado. Los bombarderos, la función de verdad.
Si esto les suena, es porque lo es. En marzo de 2003, Hans Blix buscaba armas de destrucción masiva en Iraq mientras Bush ya había firmado la orden de invasión. La historia no se repite, decía Mark Twain, pero rima. Y esta vez rima con una precisión que da escalofríos.
La épica como confesión involuntaria
Fíjense en el nombre: "Operación Furia Épica". No "Operación Seguridad Nacional" ni "Operación Defensa Preventiva". No. Épica. Nadie bautiza con épica una operación de seguridad. La épica se reserva para las hazañas que quieres que cuenten tus biógrafos.
Netanyahu lo dijo sin pestañear desde la azotea del Ministerio de Defensa: esta operación cumplía un objetivo que había perseguido "durante cuarenta años". No hablaba de la seguridad de Israel. Hablaba de su legado personal. Trump, por su parte, anunció la muerte de Jamenei en Truth Social como quien presume de un buen swing de golf. "Una de las personas más malvadas de la historia", tuiteó. Viniendo de él, que tiene experiencia en el campeonato mundial de modestia, la frase adquiere un matiz involuntariamente cómico.
Dos hombres acorralados con el botón nuclear al alcance
Aquí es donde conviene quitarse las gafas de la geopolítica y ponerse las de la psicología clínica. Trump enfrenta un 2026 complicado: elecciones de medio término, economía tambaleante y la necesidad urgente de un logro que su base pueda tatuar en una gorra. Netanyahu lleva meses con el agua judicial al cuello por corrupción y gobernando con una coalición donde Ben Gvir y Smotrich —dos ministros que consideran el Gran Israel un encargo personal de Dios— no son anomalías sino el motor del gobierno.
Cuando un líder político confunde su supervivencia personal con el destino de la nación, las cosas se ponen interesantes. "Interesantes" en el sentido chino de la expresión, es decir, catastróficas. Trump no cree en el Gran Israel bíblico; cree en el Gran Trump. Netanyahu no persigue la seguridad de su pueblo; persigue la sentencia absolutoria que solo una guerra victoriosa puede escribir. El resultado práctico es idéntico: desprecio por el derecho internacional, mentiras al Congreso y al mundo, y decisiones que afectan a millones tomadas por motivos que caben en un diván de psicólogo.
Sí, Jamenei era un tirano. No, eso no lo justifica todo
Conviene decirlo porque si no alguien lo usará de ariete: el régimen de Jamenei era abyecto. Cuarenta años de teocracia represora, mujeres asesinadas por llevar mal el velo, el movimiento "Mujer, Vida, Libertad" aplastado en sangre. Nadie con dos dedos de frente llorará por esa dictadura.
Pero que un régimen sea injusto no convierte en legítimo cualquier método para destruirlo. Esto no es una opinión progre de salón: es el fundamento del derecho internacional desde Núremberg. Los medios importan moralmente, independientemente de los fines. Si abandonamos ese principio, lo que queda es la ley del más fuerte. Y los más fuertes, como la historia demuestra cada vez que nos olvidamos, no son necesariamente los más justos.
En cuarenta y ocho horas, el fuego se extendió a Líbano, Israel, Arabia Saudí, Emiratos, Bahréin, Jordania e Irak. Los iraníes que celebraban la caída de Jamenei en los tejados y los que lo lloraban en las calles acabaron bajo las mismas bombas. Los civiles israelíes bajo misiles de contraataque. Los trabajadores migrantes del Golfo muertos sin que nadie recuerde sus nombres. Todos ellos, extras prescindibles en la película épica de dos hombres.
Europa: máxima preocupación, mínima vergüenza
¿Y Europa? La UE reaccionó con su especialidad olímpica: "máxima preocupación" seguida de disposición a "colaborar con Estados Unidos". Francia, Reino Unido y Alemania advirtieron de que podrían destruir la capacidad misilística iraní. El PP español apoyó los bombardeos con la misma naturalidad con que apoyó Iraq en 2003. Coherencia, al menos, no le falta.
El derecho internacional sin aplicación no es derecho: es decoración. Y cuando los países que supuestamente lo defienden miran para otro lado porque el infractor es amigo, la decoración se vuelve obscena.
El precio de la épica lo pagan otros
Hannah Arendt escribió que el mayor peligro del poder no es que corrompa, sino que te convenza de que actúas por el bien de la humanidad. Cuando un político se cree protagonista de su propia novela épica, los muertos no son tragedias: son argumento narrativo. La corrupción puede saciarse; la ambición tiene techo. Pero el hombre convencido de cumplir un destino histórico no tiene límite, porque cualquier límite es un obstáculo al Destino con mayúscula.
Trump calcula cuatro semanas para resolver esto. Los historiadores que estudien este momento sabrán, como siempre saben después, cuánto de ese cálculo era análisis y cuánto era pensamiento mágico con corbata roja.
Mientras tanto, en Beirut, treinta y una familias no tienen a alguien en casa esta noche. Pero tranquilos: la operación es épica.