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Afinales de los años noventa, empecé a estudiar hebreo. Mi profesor era Jaime Vándor, un judío que sobrevivió a la invasión nazi de Hungría en el gueto de Budapest, y que gracias a la embajada española pudo emigrar a Barcelona. Cuando me preguntó por qué había decidido aprender esa lengua, le respondí que no era judío, pero quería pasar un tiempo en un kibutz porque tenía curiosidad por el socialismo israelí. Recuerdo su mirada escéptica. Estudié dos años pero no aprendí casi nada y, frustrado, lo dejé. Nunca fui a un kibutz. Pero mi vinculación con la cultura judía e Israel no hizo más que crecer. Era una vinculación desordenada y basada sobre todo en la cultura, en la mayoría de los casos de origen estadounidense y centroeuropeo. Sus autores no eran necesariamente sionistas —Philip Roth, por ejemplo, tuvo una compleja y contradictoria relación con Israel, y Bob Dylan solo habla explícitamente del país en una canción—, pero Israel siempre estaba ahí, al fondo, como una presencia ineludible. Formaba parte de mi mundo de una manera natural. Su existencia encajaba con lo que muchos miembros de mi generación, la primera nacida en la España democrática, estábamos aprendiendo sobre la historia europea que, sentíamos, ahora también era la nuestra. Lo más importante consistía en que la Shoah había sido una catástrofe inimaginable. Que no había sido solo un crimen contra los judíos, sino contra toda la humanidad. Y que lo que había hecho Occidente a partir de la segunda mitad de los años cuarenta —la democratización de muchos países, la creación del Estado de bienestar moderno, un sistema internacional multilateral y el nacimiento de Israel—, era una restitución exitosa. Aunque el caso de Israel era, en ocasiones, desesperantemente conflictivo. Eso también era un aprendizaje. El gran historiador judío Tony Judt sí había ido a un kibutz. No solo eso: había sido militante del laborismo israelí, propagandista del sionismo y voluntario del ejército. Pero se había… » ver todo el comentario