El resultado es una ciudad cada vez más homogénea en términos de clase y estilo de vida, donde lo diverso —ese valor tan celebrado por el discurso urbano oficial— queda reducido a un decorado. También derechizada políticamente, ya que estos nuevos vecinos no son precisamente votantes de partidos de izquierda. Y aquí aparece una paradoja a destacar: la supergentrificación destruye precisamente aquello que hacía atractivo al barrio. La vida de calle, las redes vecinales, los usos no mercantilizados del espacio público, la mezcla de actividades…
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