Se me solicitó una continuación de Mi abuelo bolchevique, yo ultraderecha y un año después decido continuar. Esto serán palabras de un viejo, posiblemente anécdotas y fechas que recuerdo de mala manera, y alguna observación desde la distancia que me dio el tiempo.
Pondré alguna foto en medio para que no se haga muy pesado el texto.
Hong Kong, o cómo entendí que la libertad no es una teoría
Llegué a Hong Kong en 1995, si no recuerdo mal fue en otoño. Aún era colonia británica. El gobernador era Chris Paten y ya se hablaba abiertamente de la transferencia a China en 1997. Yo venía de Rusia, de ese caos de privatizaciones improvisadas, de subastas de empresas estatales que acababan en manos de antiguos cuadros del Partido. Lo que después llamarían “los oligarcas”.
Hong Kong era otra cosa.
No era un paraíso moral. No era una utopía. Pero funcionaba. Funcionaba de una manera que a mí me resultaba casi obscena después de haber vivido en la URSS. Las leyes eran (generalmente) predecibles. Los contratos se cumplían. La policía no te pedía sobornos en cada trámite. El impuesto de sociedades rondaba el 15% y no había IVA. Yo no sabía entonces si aquello era fruto del genio británico o simplemente de dejar a la gente trabajar. Venía de un sistema donde todo era “de todos” y, en la práctica, no era de nadie. En Hong Kong entendí que cuando la propiedad es clara, también lo es la responsabilidad. Puede parecer una obviedad, pero yo había vivido décadas en la ambigüedad.
Recuerdo mi primer apartamento en Sheung Wan. Pequeño, carísimo para mis estándares, pero con algo que nunca había tenido: seguridad jurídica. Nadie podía expropiarlo por “interés social”. Nadie iba a cambiar la ley retroactivamente porque el Politburó lo decidiera. Parece mentira que diga esto sabiendo cómo es Hong Kong ahora.
A veces la libertad no se siente como una emoción. Se siente como ausencia de miedo.
1997: la noche del cambio

En el verano de 1997 vi por televisión la ceremonia de transferencia. Recuerdo ese día muy bien porque ese día me tropecé en la calle y me rompí el meñique al apoyarme.
El príncipe Carlos, Jiang Zemin, la bajada de la bandera. No fui a la ceremonia oficial porque yo no era nadie relevante, pero aquella noche salí a caminar por la zona de Nathan Road. Como curiosidad, Bruce Lee vivió por allí en su momento.
Muchos amigos míos estaban preocupados. El principio de “un país, dos sistemas” debía garantizar 50 años de autonomía hasta 2047. En ese momento parecía plausible.
Yo, quizá por haber vivido el colapso de un imperio unos años antes, no confiaba en fechas largas. Los sistemas cambian antes de lo previsto.
Aun así, durante muchos años, Hong Kong siguió siendo ese laboratorio extraño donde el capitalismo operaba bajo soberanía de un partido comunista. Una contradicción fascinante pero que siempre entendí como la forma que tenía (y tiene) China de practicar el capitalismo manteniendo las distancias.
Viajaba con frecuencia a Shenzhen. Me impresionaba recordar que en 1980 aquello era prácticamente un pueblo de pescadores cuando Xiaoping la declaró Zona Económica Especial. En 2005 ya era una ciudad industrial gigantesca.
Aquello no era planificación central pura. Era liberalización selectiva. Y sin embargo, incluso esa liberalización parcial bastó para generar más prosperidad en veinte años que muchas décadas de planificación total. No creo que eso demuestre necesariamente la superioridad del mercado, pero al menos demuestra la insuficiencia del control absoluto.
China había aprendido algo del colapso soviético. No renunciaron al poder político, pero sí al suicidio económico.
España y la ilusión de estabilidad

Volví a España un par de veces entre 1998 y 2007. Era la época del euro recién estrenado (2002), de la expansión inmobiliaria, de las hipotecas fáciles. Madrid y Barcelona crecían de tal manera que parecían dispuestas a atropellar a sus propios habitantes con tal de no frenar. Galicia seguía perdiendo población; nunca dejada en libertad, pero tampoco atendida por el Gobierno centralista.
Recuerdo conversaciones en 2006 donde todo el mundo hablaba de comprar un segundo piso “como inversión segura”. Me recordaba, salvando las distancias, a la fe ciega en el sistema que vi en la URSS en su momento. Cuando nadie cuestiona nada porque todo parece funcionar.
Luego llegó 2008.
La caída de Lehman Brothers en septiembre fue un golpe psicológico global. Yo estaba en Hong Kong cuando ocurrió. Los mercados asiáticos reaccionaron con pánico. En España el desempleo se disparó en pocos años hasta superar el 20%. En Rusia el rublo volvió a sufrir (cuándo no lo ha hecho). En China activaron un enorme plan de estímulo.
Muchos hablaron entonces del fracaso del capitalismo.
Yo no estaba tan seguro de que aquello fuera capitalismo sin más. Veía bancos rescatados, políticas monetarias expansivas, deuda pública disparándose. No era la URSS, evidentemente, pero tampoco era un mercado libre sin interferencias.
Puede que mi análisis esté condicionado por mis lecturas. Lo reconozco.
El primer aviso
No sabría decir el año exacto. Debió de ser quizá 2015. Fue después del llamado “Movimiento de los paraguas” en Hong Kong, cuando las protestas estudiantiles reclamaban sufragio universal real. Yo no participé en nada. A mi edad ya no estaba para romanticismos políticos. Pero sí cometí una imprudencia.
En una cena privada con clientes europeos, hice un comentario comparando la concentración de poder en Pekín con los últimos años de la URSS. No fue un discurso, ni siquiera una crítica directa. Algo casi académico. Incomodé bastante a los allí presentes.
Dos semanas después, al cruzar a Shenzhen, me retuvieron en inmigración más tiempo de lo habitual. Me llevaron a una sala lateral tres funcionarios muy correctos.
Me preguntaron por mis actividades en Hong Kong, por mis contactos extranjeros, por mis opiniones sobre la estabilidad política de China. Siempre fueron muy educados y no me levantaron la voz. No me amenazaron explícitamente. Sin embargo, sabían cosas. Detalles de reuniones privadas. Comentarios casi textuales.
Negué cualquier intención política. Me limité a insistir en que era consultor comercial y que mis análisis eran puramente económicos. Después de unas horas, me devolvieron el pasaporte y me dejaron ir. Se quisieron hacer una foto conmigo, como si fuera un tipo importante.
Durante casi un año cada vez que cruzaba la frontera experimentaba retrasos, revisiones más exhaustivas, preguntas repetitivas. Aprendí rápido.
Comprendí que el colectivismo contemporáneo no necesita uniformes ni desfiles masivos. Le basta con mecanismos administrativos lo suficientemente opacos como para que la mayoría prefiera no arriesgarse. El resultado es el mismo: autocensura preventiva.
En la URSS el castigo podía ser brutal y visible. En la China contemporánea, al menos en mi experiencia, el control era más fino. Más quirúrgico. Te recordaban que estaban ahí. Por si acaso, no volví a hacer comentarios comparativos en público.
Yo no era lo suficientemente relevante como para merecer algo más serio, así que al final terminaron con su "operación".
Comprendí que la seguridad personal no dependía tanto de la inocencia como de la irrelevancia. Y esa es una lección que ya había aprendido antes, en otro sistema, décadas atrás.
Moscú, 1991: el momento exacto

Recuerdo el 19 de agosto de 1991. El intento de golpe contra Gorbachov. Yo estaba en Moscú por trabajo. Tanques en las calles, Yeltsin subido a uno frente a la Casa Blanca rusa. Parecía un mal guion de una película de Steven Seagal, pero era real.
En diciembre de ese mismo año, la bandera roja fue arriada del Kremlin y entonces la URSS dejó de existir oficialmente..
No hubo explosión ni hubo guerra civil generalizada. Solo una sensación extraña de vacío inquietante.
Había dedicado mi juventud a estudiar economía política marxista-leninista. De repente, el marco conceptual desapareció. Ese tipo de ruptura deja cicatrices invisibles.
Galicia otra vez
Volví a la aldea de mi abuelo. Las casas estaban más vacías que nunca. La emigración ya no era hacia América o la URSS, sino hacia Madrid, Barcelona o Alemania.
Caminé por aquellos caminos embarrados que él me describía de niño. Intenté imaginarlo joven, convencido de que la Revolución era la aurora de una nueva era. Yo terminé defendiendo casi lo contrario.
A veces me pregunto si ambos éramos producto de nuestro contexto. Él vivió la pobreza rural extrema y la represión de la posguerra. Yo viví la planificación central, las purgas, el desabastecimiento y luego el pseudo-capitalismo de amigos post-soviético.
Ninguno de los dos vio un sistema perfecto.
2019 y la sensación de deja vu
No voy a entrar en demasiados detalles, pero los acontecimientos globales de 2019 en adelante me produjeron una inquietud difícil de explicar.
No por las medidas concretas (cada país actuó como consideró necesario) sino por la rapidez con la que sociedades enteras aceptaron restricciones amplias sin debate profundo.
No era la URSS. No había Gulag. Pero reconocí algo: la facilidad con la que el miedo justifica la expansión del poder.
Quizá exagero. Quizá comparo realidades incomparables. La experiencia personal distorsiona la percepción. Pero cuando has vivido bajo un sistema donde disentir podía costarte todo, desarrollas un radar particular.
Con esto no quiero decir que no fueran necesarias, igual que fueron necesarias medidas durante la fiebre española.
¿Ultra derecha?
Si he llegado a defender el anarcocapitalismo, u otras formas "radicales" de libertad socioeconómica, no ha sido por reacción juvenil, sino por décadas de observar cómo el poder concentrado, sea rojo, azul, gris marengo o tecnocrático, tiende a expandirse.
No creo en paraísos. Desconfío de las promesas colectivas. Confío más en incentivos que en intenciones.
A veces imagino una conversación con mi abuelo. Tal vez me llamaría burgués, aunque no sea adinerado. Tal vez yo le hablaría de los compañeros desaparecidos en Khabarovsk.
Quizá terminaríamos en silencio. Porque al final, lo que nos unía no era la ideología. Era la experiencia de haber sido arrastrados por fuerzas históricas que ninguno de los dos controló.
Y eso, más que cualquier teoría económica, es lo que me hizo desconfiar del poder.
carakola
montaycabe