Hubo un tiempo en que la huelga implicaba sacrificio. El trabajador perdía salario, asumía riesgos y se enfrentaba a la empresa porque creía defender sus derechos. Era una herramienta de presión real. Costosa. Incómoda. Coherernte. Pero llegó el sindicalismo profesionalizado subvencionado y con él apareció una figura casi mágica: el "sindicalista" vividor que acude a la huelga, la promueve, anima a otros trabajadores a secundar la huelga, participa e incluso organiza los piquetes, ataca a los esquiroles (...)