En las áridas laderas del Alto Atlas marroquí, donde hoy solo sopla el viento sobre la roca, hace unos 168 millones de años caminaba uno de los animales más insólitos que jamás haya existido. Medía apenas cuatro metros de largo y era herbívoro, pero su cuerpo estaba cubierto por una auténtica muralla viviente: placas, espinas y púas afiladas de todos los tamaños sobresalían de su cuello, su espalda, su cadera y sus costillas. Algunas de estas estructuras óseas alcanzaban casi un metro de longitud.
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