Me gusta pintar cuadros
con chicles revenidos
poniendo mil sentidos
en tan bella labor.
Me gusta ver las musas
huir, acojonadas,
si añado pinceladas
de aceite de tractor.
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Me gusta que los lienzos
parezcan estropajos
con mil espumarajos,
con trozos de pulmón,
y si alguien me critica
decir que su ignorancia
no alcanza la fragancia
de tanta inspiración.
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Me gusta pintar perstes
berridos y estertores
poniendo mil colores
por ahí, al buen tun tun,
y un día, si es posible,
pintar la sodomía
en la radiografía
de una fosa común.
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Me gusta ver artistas
que van sin disimulo
de porros hasta el culo
mostrarme la verdad,
decirme que han sentido
sus vidas traspasadas
por fuertes oleadas
de amor y libertad.
***
Me gusta que los hippies
se vistan de marranos
y untándose las manos
de tiza o de carbón
proclamen la grandeza
de un mundo donde el arte
no deba tomar parte
del agua y del jabón.
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Me gusta ver la vida
sin cielo y sin sentido,
oyendo el alarido
del genio en mi interior,
me gustan las ideas
que presta la cerveza
y pierdo la cabeza
por ser un gran pintor.
Feindesland. 1997.
Química sangre arrumbada
en siniestros botiquines,
salvación menospreciada,
auxilio de paladines
y consuelo de criaturas.
Tú que sabes que no curas
cáncer, évola ni SIDA,
eres caricia sincera
que reconforta al que espera
que no se infecte la herida.
Tú que no eres engreída
y sabes bien lo que vales,
tú que te mides en gotas
y te importan tres pelotas
los cuarenta principales
del mundo de la farmacia,
tú que paseas la gracia
de tu fogoso color
por medio mundo y aún más,
te merecías quizás
un nombre con más honor.
-
Te llamaron mercromina,
y como aun se pronunciaba
guisaron en la cocina
de los nombres otra aldaba
con que atar tu maldición.
Así fue como un cabrón,
un cabrón de tomo y lomo
te llamo MERCUROCROMO.
Feindesland, 1994
I
Me lo contaron ayé
las lenguas de doble filo,
que te casaste hase un mé…
y me quedé tan tranquilo.
Otro cualquiera, en mi caso,
se hubiera echao a llorá,
Yo, crusándome de braso,
dije que me daba iguá.
Nada de pegarme un tiro
ni enredarme en mardisiones
ni apedreá con suspiros.
los vidrios de tus balcones.
¿Que te has casao? -¡Buena suerte!
¡Vive cien años contenta
y a la hora de la muerte…
Dios no te lo tenga en cuenta!
Que si ar pié de los altares
mi nombre se te borró,
por la gloria de mi mare
que no te guardo rencó.
Porque sin sé tu marío,
ni tu novio, ni tu amante,
yo soy… quien más t’ha querío,
¡con eso tengo bastante!
II
-¿Qué tiene er niño, Malena?
Anda como trastornao…
le encuentro cara de pena
y el colorsillo quebrao.
Y ya no juega a la tropa,
ni tira piedras al río,
ni se destrosa la ropa
subiéndose a coger níos.
¿No te parese a ti extraño?
¿No es una cosa mu rara
que un chavá de dose años
lleve tan triste la cara?
Mira que soy perro viejo…
y estás demasiao tranquila.
¿Quieres que te dé un consejo?
Vigila, mujé… ¡vigila!
Y fueron dos centinelas
los ojitos de mi mare:
-¡Cuando sale de la escuela
se va pa los Olivares!
-Y ¿qué busca allí?
-Una niña. Tendrá el mismo tiempo que é...
¡José Migué, no le riñas,
que está empezando a queré!
Mi pare ensendió un pitillo,
se enteró bien de tu nombre…
y te compró unos sarsillos
y, a mí, un pantalón de hombre.
III
Yo no te dije: ¡te adoro!
pero amarré en tu balcón
mi laso de seda y oro
de primera comunión.
Y tú, fina y orgullosa,
me ofreciste en recompensa
dos sintas color de rosa
que engalanaban tus trensas.
-Voy a misa con mis primos.
-Güeno… te veré en la Ermita.
¡Y qué serios nos pusimos
al darte el agua bendita!
Mas, luego, en er campanario,
cuando rompimos a hablar…
-Dice mi tita Rosario
que la cigüeña es sagrá,
- ¡y er colorín, y la fuente,
y las flores, y el rosío,
y aquel torito valiente
que está bebiendo en el río,
-Y er bronse de esa campana y el romero de los montes
y aquella cinta lejana
que la llaman horizonte.
¡Todo es sagrao! ¡tierra y sielo!
porque too lo hiso Dió...
¿Qué te gusta má? ¡Tu pelo!
¡Qué bonito le salió!
-Pos, ¡y tu boca! ¡y tus brazos!
¡y tus manos reonditas!
¡y tus pies fingiendo er paso
de las palomas suritas!
Con la puresa de un copo
de nieve te comparé…
te revestí de piropos
de la cabesa a los pies…
A la güerta te hise un ramo
de pitimin, presioso,
y luego nos retratamos
en el agüita del poso…
Y hablando de estas pamplinas
que se inventan las criaturas,
llegamos hasta la esquina
cogidos por la sintura.
Yo te pregunté: -¿En qué piensas?
Tú dijiste: -En darte un beso.
¡Y yo sentí una vergüenza
que me caló hasta los güesos!
De noche, muertos de luna,
nos vimos por la ventana…
-Mi hermaniyo está en la cuna,
le estoy cantando la nana.
"Quítate de la esquina,
chiquillo loco,
que mi mare no quiere
ni yo tampoco."
Y. mientras que tú cantabas
yo - inosente - me pensé
que la nana nos casaba
como a marío y mujé.
IV
¡Pamplinas, figuraciones
que se inventan los chavales!
después la vía se impone…
¡tanto tienes, tanto vales!
Por eso yo, al enterarme
que llevas un mes casá,
no dije que iba a matarme,
sino que me daba iguá.
Mas, como es rico tu dueño,
te vendo esta profesía:
Tú, cada noche, entre sueños
soñarás que me querías.
Y recordarás la tarde
que tu boca me besó.
Y te llamarás cobarde
como te lo llamo yo…
Y verás, sueña que sueña,
que me morí siendo chico.
Y se llevó la sigüeña
mi corazón en er pico.
Pensarás: ¡no es sierto nada!
¡Yo sé que lo estoy soñando!
Pero allá, a la madrugada,
te despertarás llorando
por el que no es tu marío,
ni tu novio, ni tu amante,
sino el que más t’ha querío…
¡con eso tengo bastante!
Rafael de León.
Cuando el dulce silencio al pensamiento
me trae los recuerdos del ayer,
y al ver lo que he perdido me atormento,
y en mi antiguo dolor vuelvo a caer,
mis ojos, que ya el llanto han olvidado,
baño por los amigos que amé un día,
y lloro nuevamente lo llorado
cuando me los quitó la muerte impía.
Y entonces, al gemir lo ya gemido,
de dolor en dolor, dejo saldada
la triste cuenta del dolor sufrido,
cual si no la dejara antes pagada.
Pero al pensar en ti, prenda querida,
todo lo hallo y mi pena se me olvida.
Traducción de Federico Maristany.
Las grandes obras que solo son planes,
pero no se llegan a crear;
las palabras sabias que solo se intuyen,
pero no se llegaran a expresar;
las rimas que no se cantan..
Las semillas sin fertilizar...
¿Quién sabe si este mundo a medio hacer no será
el mayor tesoro por descubrir?
Oscar Blumenthal
En los ásperos muelles del puerto
Mi ardiente corazón aún te busca.
La aguja imantada del recuerdo
No tiene más norte que tú cuerpo
Y en todos los cuadrantes te dibuja.
Feindesland 1999
Era más de media noche,
antiguas historias cuentan,
cuando en sueño y en silencio
lóbrego, envuelta la tierra,
los vivos muertos parecen,
los muertos la tumba dejan.
Era la hora en que acaso
temerosas voces suenan
informes, en que se escuchan
tácitas pisadas huecas,
y pavorosas fantasmas
entre las densas tinieblas
vagan, y aúllan los perros
amedrentados al verlas;
en que tal vez la campana
de alguna arruinada iglesia
da misteriosos sonidos
de maldición y anatema,
que los sábados convoca
a las brujas a su fiesta.
El cielo estaba sombrío,
no vislumbraba una estrella,
silbaba lúgubre el viento,
y allá en el aire, cual negras
fantasmas, se dibujaban
las torres de las iglesias,
y del gótico castillo
las altísimas almenas,
donde canta o reza acaso
temeroso el centinela.
Todo en fin a media noche
reposaba, y tumba era
de sus dormidos vivientes
la antigua ciudad que riega
el Tormes, fecundo río
nombrado de los poetas,
la famosa Salamanca,
insigne en armas y letras,
patria de ilustres varones,
noble archivo de las ciencias.
Súbito rumor de espadas
cruje y un «¡ay!» se escuchó;
un «¡ay!» moribundo, un «¡ay!»
que penetra el corazón,
que hasta los tuétanos hiela
y da al que lo oyó temblor.
Un «¡ay!» de alguno que al mundo
pronuncia el último adiós.
El ruido
cesó,
un hombre
pasó
embozado,
y el sombrero
recatado
a los ojos
se caló.
Se desliza
y atraviesa
junto al muro
de una iglesia,
y en la sombra
se perdió.
El estudiante de Salamanca. José de Espronceda (fragmento)
menéame