Si uno quiere diseñar un sistema complejo que realmente funcione (como una red de transporte, una empresa de software o el intento heroico de poner orden en un cajón de cables), debe partir de una base incómoda pero ineludible: el mundo no es lineal, las buenas intenciones rara vez bastan y los sistemas no son máquinas de relojería suiza sino criaturas temperamentales que responden a incentivos, no a ideales. Como quien intenta criar a un gato con normas.
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