En un país donde la corrupción ha dejado demasiadas cicatrices, donde los denunciantes siguen pagando un precio desproporcionado por decir la verdad, la solidaridad se ha convertido en la última frontera de resistencia. No es un concepto abstracto. No es una palabra vacía. Es un acto concreto, cotidiano, casi artesanal, que sostiene vidas que el sistema ha intentado quebrar. Lo vemos en la historia de Ana Garrido Ramos, cuyo gesto de integridad abrió una grieta en el caso Gürtel y, al mismo tiempo, un abismo personal. Lo vemos en los hermanos
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