
Ante la incredulidad de muchos meneantes que han visto a la UCO reconstruir hasta el último piso, mensaje, viaje, pago y relación personal de Ábalos, pero siguen esperando una precisión parecida con el dinero del novio de Ayuso o las cuentas de Montoro, he creado un prompt para entender el fenómeno:
Actúa como cronista judicial español. Compara la velocidad, intensidad y lenguaje de la UCO cuando investiga casos que afectan al PSOE, al Gobierno o al fiscal general del Estado, frente a casos que afectan al entorno del PP. No afirmes conspiraciones. Limítate a poner juntos los cronómetros, las frases y las cuentas bancarias.
Y el resultado es bastante didáctico.
En el caso Ábalos-Koldo-Aldama, el teniente coronel Antonio Balas, jefe de Delitos Económicos de la UCO, no se limita a decir que hay indicios. Construye relato. Dice que Aldama pagaba, que “el que paga manda”, pero que sin Ábalos “no habría sido posible”. También lo presenta como “miembro cualificado” y figura clave para abrir puertas en la Administración.
Aquí la UCO sabe quién paga, quién manda, quién consigue, quién abre puertas y hasta qué papel sentimental o doméstico juegan determinados pisos. En concreto, se ha informado del pago de 88.000 euros por el piso disfrutado por Jéssica Rodríguez, expareja de Ábalos.
Cuando el foco está en Ábalos, la investigación parece una novela realista: personajes, jerarquía, pisos, frases, pagos, acompañantes, WhatsApps y moraleja.
Luego está Alberto González Amador, pareja de Isabel Díaz Ayuso. Según las informaciones publicadas, cobró 1.973.000 euros de FCS Select por intermediar en la compra de material sanitario durante la pandemia, a través de Maxwell Cremona.
También se ha publicado que Ayuso y González Amador viven o han vivido en una vivienda de alrededor de un millón de euros, comprada después del fraude fiscal investigado.
Y aquí viene el contraste: por 88.000 euros de un piso vinculado a Ábalos tenemos narrativa, intención, jerarquía y psicología criminal. Por casi dos millones de euros en comisiones pandémicas y una casa de lujo donde vive la presidenta de la Comunidad de Madrid, el sistema parece necesitar más tiempo, más prudencia y más siestas procesales.
La UCO fue encargada de investigar el posible origen ilícito del patrimonio de González Amador, y la Audiencia Provincial de Madrid ha rechazado su intento de impedir que la unidad informe sobre ese patrimonio.
Es decir: la investigación existe. Lo curioso es el volumen del altavoz.
El caso del fiscal general del Estado es la obra maestra de la unidireccionalidad.
La Fiscalía investiga el fraude fiscal de González Amador. La defensa del novio de Ayuso había ofrecido reconocer dos delitos fiscales para alcanzar un pacto. Después estalla la batalla mediática por los correos. Miguel Ángel Rodríguez, jefe de gabinete de Ayuso, admitió haber difundido un correo del fiscal que investigaba al novio de la presidenta madrileña.
Pero el condenado acaba siendo Álvaro García Ortiz, fiscal general del Estado, por revelación de secretos. El Supremo lo condenó a dos años de inhabilitación, multa e indemnización a González Amador.
La UCO registró, analizó y pidió datos a Google y WhatsApp. ¿Resultado? No encontró información inédita de interés en esos datos.
Resumen para niños:
si el fiscal general intenta desmontar el relato construido alrededor del novio de Ayuso, acaba condenado.
si Miguel Ángel Rodríguez difunde correos y habla de “órdenes de arriba” como deducción o intuición, el tren judicial no parece coger la misma velocidad.
Leire Díez es el espejo perfecto.
Según las informaciones publicadas, fue imputada por supuestas maniobras para obtener información comprometedora sobre mandos de la UCO y fiscales. Entre esos nombres aparecía Antonio Balas.
La idea es maravillosa en términos institucionales:
si buscas corrupción o trapos sucios contra Balas, acabas investigada.
si la Fiscalía busca el fraude fiscal del novio de Ayuso, acaba condenado el fiscal general.
si la UCO investiga a Ábalos, tenemos relato completo.
si hay que seguir el dinero de Montoro, entramos en modo niebla.
No hace falta decir que todo sea una conspiración. Basta con observar hacia dónde corren los procedimientos y hacia dónde caminan.
El caso Montoro es el mejor ejemplo de cómo el entusiasmo investigador puede sufrir bajadas de azúcar.
La Fiscalía Anticorrupción investiga presuntos favores fiscales vinculados al exministro Cristóbal Montoro y a su antiguo despacho, Equipo Económico. La causa incluye posibles delitos graves de corrupción, tráfico de influencias y fraude a la Administración.
Pero cuando tocaba analizar cuentas, la fiscal del caso reprochó que el informe de la UCO tenía un “alcance reducido”: solo analizaba 10 cuentas de entre más de 200 entregadas. La frase de la fiscal es bastante clara: “Ninguna conclusión puede extraerse del mismo”.
Para Ábalos: mensajes, pisos, pagos, acompañantes, relaciones y relato completo.
Para Montoro: 10 cuentas de más de 200 y ya si eso vamos viendo.
No hace falta afirmar que la UCO actúa por encargo político. Tampoco hace falta decir que todos los jueces, fiscales o guardias civiles participan en una conspiración.
Basta con mirar la dirección del tráfico.
Cuando el caso mira hacia el PSOE, el Gobierno o el fiscal general, la unidad de Antonio Balas encuentra frases, móviles, registros, relatos, cronologías, pisos y hasta psicología de los acusados.
Cuando el caso mira hacia el novio de Ayuso o hacia Montoro, aparecen la prudencia, los tiempos largos, los informes de alcance reducido y las cuentas bancarias que, misteriosamente, se vuelven más difíciles de mirar.
En España la justicia no siempre es lenta.
A veces solo va en una dirección.
Lo reconozco, soy piratilla de Menéame, de esos que no pagan los escasos 5 euros para líbrenos Dios de la publicidad, menos aún los 50 para ser socio de honor, de esos que deciden cosas aunque no tengan por qué saber de qué se trata o qué implica.
Me descargo la portada en el eMule, por los viejos tiempos, con parche en el ojo pero sin garfio por si me apetece rascarme los huevos un rato. La cola de pendientes va por uTorrent, porque sí, porque yo lo valgo desde los días de la difunta mininova.
Pero ahora, ah, amigos, ahora sí que me ha entrado la morriña por los viejos tiempos, la añoranza por la vida a la vuelta del cambio de milenio, aquellos tiempos en los conectarse a Internet implicaba para muchos una ristra de pitidos después de las 18:00, fuese horario de invierno o verano, y esperando una hora más si querías chatear con tu ligue canario.
Ahora es cuando intentaré instalarme el audiogalaxy para poder descargar la música de Menéame, los mejores éxitos de la web, desde "Estos son mis principios, si al consejo consultivo no le gustan tengo otros" de Impávidofal a "Mi ida de pinza de las 03:45 de la mañana" de Fetén-land & los Rostromalos.
Porque está claro que estamos a las puertas de Spotiféame, iVoxéame o, como quiera que se llame, la nueva plataforma de audio de esta nuestra comunidad web.
Por ahora lo único que se escucha es la publicidad, sin opción a pararla, sin vídeo, sin gif animado de niño bailando, nada, te lo tienes que comer entero y con repetición bajo demanda si pulsas F5.
Otro éxito.
Only in selected theaters.

1- Cualquier percepción de dinero público sin contraprestación que reciba alguien que no sea yo será considerada una paguita.
El hecho de dar esas paguitas es profundamente antipatriótico y corrupto.
Su existencia es una conspiración para perjudicarme.
2- Cualquier percepción de dinero público sin contraprestación que reciba yo será considerada una subvención, prestación o ayuda.
El hecho de no darme esa prestación es profundamente antipatriótico y corrupto.
Su ausencia es una conspiración para perjudicarme.
Estos días vi rulando por Instagram un vídeo de una petarda muy enfadada porque decía que tenía que pagar a hacienda un 40%. Que si ladrones, que si vivir del cuento, que si no sé qué. Un 40%, así, redondo. Un 40% de vete a saber cuánto y de qué conceptos. Antes que el vídeo original vi los típicos de reacciones, y por lo visto la niñata es una rentista.
Uno de los comentarios era del clásico autónomo cuñao -fitness coach según su perfil- diciendo que los autónomos son esclavos del trabajo, que tienen que pagar no sé cuánto para malvivir y que otros vivan de ayudas. Le respondí que si tanto sufre, que deje el negocio y que pida esas ayudas. Por lo visto para él mi respuesta fue mediocre. Un latinoamericano que de todos los países prósperos y libres a los que podía haber ido, eligió este infierno que es España.
Hoy vi por LinkedIn al típico que te ayuda a mejorar tu marca personal con un post que pretende ser graciosete diciendo que Hacienda te quita la mitad de lo que ganas (o facturas, pretendía decir una cosa pero ni él mismo se aclaró).
A nadie le gusta pagar impuestos, yo no los pago con alegría. A veces me encabrono viendo como algunos despilfarran en gilipolleces el dinero recaudado, no digamos ya robándolo. Hace unos cuantos años ya, una familiar mía pilló cáncer. Le ponían unas inyecciones que decía que costaban 300 euros cada una, no sé cuántas le tuvieron que poner. Eso aparte de otros tratamientos, cirugías y estancia prolongada en el hospital. Evidentemente no pagó un duro y no tuvo que hacerse narcotraficante. Le dieron la incapacidad permanente y una pensión. Ahí sigue dando guerra bastantes años después.
Sigo leyendo de vez en cuando la afiirmación de que dato mata a relato, y casi recuerdo con ternura los tiempos en que se discutía si esto era así o no.
Quien escribe semejante cosa suele ser una persona de entre cincuenta y sesenta años que quiere decir que la verdad se comprueba mediante fuentes, aportando datos, y dejando a un lado la palabrería, porque las palabras mienten pero los números no. Esta idea, de un infantilismo y una ingenuidad conmovedoras, se ha ido desechando progresivamente a medida que todos hemos aprendido, en nuestras carnes, que la única manera solvente de mentir es con datos, que debatir sobre las fuentes es tan inútil y sesgado como debatir sobre las consecuencias de algo, y que los números son tan venenosos o más que las palabras, y más fáciles de adulterar, además.
Y encima, para colmo, la era de la inteligencia artificial aporta un nuevo significado negativo a esa frase. Porque si para los viejos "dato mata relato" apuntaba a una tontería humanista, para los más jóvenes señala a una amenaza totalitaria.
Hoy, "dato mata relato" indica la evidencia de que ya no vale la pena debatir nada, porque el imperio del big data y la inteligencia artificial toma las decisiones, también las políticas, al margen del debate público. Hoy, el dato mata al relato cada vez que una gran compañía como Palantir reúne datos sobre nuestras vidas para abular nuestros relatos sobre ellas. Hoy dejan de importar los relatos en cuanto ineficientes, incapaces de moldear la realidad, para dejar este poder a los datos, los que reúnen sobre nosotros, los que sobre nosotros modelizan, en un acto de control y desocializacion.
El dato mató al relato, sí. Pero el relato era nuestro y el dato no lo es. Hemos pasado de granjeros a ganado. Un detalle insignificante, vaya.
Yo, como el juez García-Castellón, también os amenazo: seguiré poniendo estos artículos mientras los sigáis leyendo. Que me lleva cinco minutos.
García-Castellón se ha mostrado muy ofendido con quienes hablan de lawfare o prevaricación judicial. De hecho, llegó a decir que si alguien cree que un juez prevarica, que presente denuncia. Como no queremos disgustar al magistrado jubilado, vamos a hacer otra cosa: no decir que prevaricó, sino imaginar qué decisiones alternativas habría podido tomar para que ningún malpensado dudase jamás de su imparcialidad.
García-Castellón se hizo fama de azote de algunos poderosos en su primera etapa en la Audiencia Nacional, con casos como Banesto o Jesús Gil. Después pasó muchos años como juez de enlace en Francia e Italia y regresó en 2017 al Juzgado Central de Instrucción número 6 para heredar algunas de las causas más sensibles de la política española: Lezo, Púnica, Villarejo, Kitchen, Dina, Podemos y Tsunami Democràtic.
Prompt:
Actúa como asesor legal de apariencia de imparcialidad judicial. Analiza las decisiones más polémicas del juez Manuel García-Castellón en causas políticamente sensibles. Para cada caso, no afirmes que haya cometido delito alguno. Indica únicamente qué decisión tomó y qué alternativa procesal, perfectamente legalista, garantista y prudente, habría podido adoptar para que ningún ciudadano escéptico dudase de su voluntad de buscar la verdad caiga quien caiga.
Y el resultado es bastante didáctico.
Decisión polémica:
Decisión alternativa perfectamente legalista:
Decisión polémica:
Decisión alternativa perfectamente legalista:
Decisión polémica:
Decisión alternativa perfectamente legalista:
Decisión polémica:
Decisión alternativa perfectamente legalista:
Decisión polémica:
Decisión alternativa perfectamente legalista:
Decisión polémica:
Decisión alternativa perfectamente legalista:
Decisión polémica:
Decisión alternativa perfectamente legalista:
Decisión polémica:
Decisión alternativa perfectamente legalista:
El problema no es que todas esas decisiones sean necesariamente ilegales. El problema es que, vistas juntas, obligan a una pregunta muy sencilla:
¿Qué habría pasado si García-Castellón hubiera aplicado siempre la misma intensidad investigadora, el mismo escepticismo y la misma prudencia, afectara el caso al PP, a Podemos o al independentismo?
Porque algunos jueces no necesitan ser prevaricadores para que sus decisiones parezcan escritas por un guionista con demasiada militancia ambiental.
No le llamaré prevaricador.
Le llamaré juez.
Y en España, a veces, eso ya dice bastante.
Una de las facetas de la guerra de Irán que más perplejos mantiene a los expertos es intentar responder a la pregunta de qué sucede en caso de que no se decida nada y no se haga nada.
En Ucrania, por ejemplo, si por distintas razones los contendientes decideran no hacer nada, se podría llegar a la paz. Un día se dejan de disparar. A las dos semanas, cada cual empieza a largarse a su casa, dejando la línea fronteriza donde la última batalla la dejó. Y se acabó. No es que piense que vaya a suceder, pero es útil como ejemplo de resolución de una guerra, y ha sucedido infinidad de veces en conflictos fronterizos que se activan y desactivan un par de veces por década.
¿Y qué pasa en Irán? La cuestión es que los norteamericanos han desplazado hasta allí tres portaaviones y casi cincuenta mil hombres. La cuestión es que cada día que pasa, el calendario se acerca más a las fechas en las que puede haber 45 grados y toda acción militar es poco menos que una locura. La custión es que la logística de ese despliegue, con el estrecho de Ormuz cerrado, es una verdadera pesadilla, porque hay que traerlo todo del quinto carajo, para muchísima gente y durante muchísimo tiempo.
Los iraníes se van o no la ruina, pero como en su día los afganos, están sentados en una piedra del desierto, de su desierto, esperando a ver qué hacen los otros. Sólo en botellas de agua, sin contar nada más, ¿Os imagináis el trasiego que tienen que organizar los americanos a diario? ¿Cuánto tiempo se pueden quedar allí sin hacer nada?
Parece una pregunta baladí, pero es una especie de sensor para determinar el estado real de la situación. El que puede permitirse no hacer nada, va ganando. El que se ve obligado a moverse, está en peor posición. Veremos qué estupidez deciden, porque soluciones inteligentes no hay muchas.
El CEO de una gran empresa decide que es mejor despedir a una cantidad enorme de empleados con el objetivo cortoplacista de reducir el costo de nómina, mostrar mejor rentabilidad y llevarse una jugosa bonificación y el aplauso de inversionistas. Sin embargo, a largo plazo, la empresa sufrirá la pérdida de talento humano experimentado.
Una ingente cantidad de empresas contaminan el ambiente, explotan indiscriminadamente los recursos como si no hubiese un mañana (ni siquiera permiten que se regeneren algunos recursos), para obtener beneficios lo más pronto posible sin pararse a pensar que a largo plazo eso terminará pasando factura, con una escasez de recursos o volviendo el ambiente inhabitable.
La contradicción total, queremos dejar un gran lugar para nuestros hijos y nietos, pero el afán del enriquecimiento en muy poco tiempo está destruyendo ese lugar. Las generaciones futuras van a vivir en un entorno muy hostil.
Y es que nuestra cultura y sociedad, nos empuja a pensar a muy corto plazo:
No dejes que llegue la vejez, ¡Viaja a destinos exóticos ya que sólo pueden ser disfrutados siendo joven! . Así que a buscarse la pasta a como de lugar para ir a esos sitios.
La vida es muy corta, ¡Disfrútala ya! Así que busca pasta rápido y como sea para consumir.
Uno nunca sabe cuando la muerte llegue a nuestra puerta, ¡no pierdas tiempo, vive la vida ya!. Igual que el anterior.
El futuro no existe, pueden pasar muchas cosas, ¡vive el presente! Igual que el anterior.
¿Para qué ahorras tanto si la inflación termina devorando esos ahorros? Consume ahora.
¿Para que tantos planes? Viene un COVID o una guerra o una enfermedad grave y a la mierda con esos planes.
Hasta algunos se la juegan con ¡Quiero disfrutar esto de joven! y cosas como el consumir tabaco, bebidas alcohólicas, trasnochar, alimentarse de comida chatarra, no cuidar la dieta, pasan una espantosa factura a futuro: dinero para intentar recuperar la salud perdida, mucho miedo, mucho dolor, tiempo en exámenes y consultas médicas, sacrificios y desesperanza.
¿Solución? Difícil, porque hay que lograr un delicado equilibrio entre lo corto, mediano y largo plazo. Más que esa dualidad que muestran en algunas películas y TV entre el "yo malo" (disfrazado de diablo) y el "yo bueno" (disfrazado de ángel), tenemos realmente un enfrentamiento entre un "yo pronto" vs "yo dentro de unos meses" vs "yo dentro de varios años".
Llevaban un rato sin hablar. Fuera llovía de esa manera gris y continua que hace que la tarde parezca más larga de lo que es.
—Buñuel decía que detestaba la simetría —dijo uno de ellos, sin venir demasiado a cuento.
Nadie preguntó por qué lo decía. Tampoco hacía falta.
—Tiene sentido —respondió la otra después de un momento—. La simetría cierra el espacio antes de que nadie entre en él. No deja sitio para nada que no estuviera ya previsto.
—Como las películas de ahora —dijo el tercero, que hasta ese momento había estado mirando por la ventana—. Todas con el mismo color. Ese gris verdoso, ese azul frío. Villeneuve, que te veo. Puedes ver la corrección. Notas que alguien ha pasado horas asegurándose de que nada salga mal.
—Y por eso se parecen tanto entre sí. Lo mismo ha pasado en Instagram con el rollo digital. Durante años todo el mundo con la misma paleta, el mismo grano simulado, el mismo preset de película analógica aplicado a una foto hecha con un móvil de última generación. La imperfección como filtro. El error como cosmética.
—Que no es lo mismo.
—No es lo mismo en absoluto. Porque el error de verdad no se elige. Aparece. Y cuando aparece te descoloca, te obliga a parar un momento. El preset solo confirma lo que ya esperabas ver.
Hubo una pausa. Alguien sirvió más café.
—Lo curioso —continuó la primera— es que al mismo tiempo han ido apareciendo cosas que van en dirección completamente contraria, y esas sí que tienen algo distinto. El glitch, el vaporwave. Toda esa gente que trabaja con formatos rotos, con señales degradadas, con lo que se supone que hay que tirar.
—El vaporwave es interesante porque no es solo nostalgia —dijo el tercero—. Es retrofuturismo, que es otra cosa. La nostalgia mira al pasado con melancolía. El retrofuturismo mira al pasado para rescatar sus errores de predicción: los futuros que no llegaron, las promesas que se quedaron a medias, las estéticas de lo que iba a ser y no fue. Hay algo casi arqueológico en eso. Desenterrar los glitches del tiempo.
—Y esos glitches del tiempo son exactamente eso: errores. El futuro que imaginaron los años ochenta era un fallo de cálculo sobre lo que vendría. Un error de predicción masivo y colectivo. Y el vaporwave lo toma como material, no para corregirlo sino para habitarlo.
—Como si el error fuera más honesto que la realidad que vino después.
—O más fértil, al menos. Que es lo mismo que pasa en biología. Los errores de copia en el ADN no son anomalías del sistema. Son el sistema. Sin mutación no hay variación, sin variación no hay selección, sin selección no hay nada que se adapte a nada. Todo lo que existe es el archivo de los fallos que funcionaron. La evolución no avanza a pesar del error; avanza porque el error es el único mecanismo que introduce algo genuinamente nuevo.
—Y sin embargo seguimos tratando el error como vergüenza —dijo la otra—. Se mide, se penaliza, se oculta. Como si corregirlo todo fuera la condición del progreso, cuando en realidad es justo al revés. Un sistema que no tolera ninguna desviación se vuelve frágil. No aprende. Solo repite.
—El jazz sabía esto hace cien años —dijo el que miraba por la ventana—. La cerámica japonesa también. El wabi-sabi es una teoría del error como condición de la belleza. Una grieta no es un defecto, es la prueba de que algo ocurrió.
Otro silencio. Este más largo.
—Por eso funciona la improvisación —dijo alguien—. El teatro de grupo, la deriva, caminar sin saber adónde. No es que no haya estructura. Es que la estructura no aplasta el proceso.
—Es una forma de estar —dijo la primera, despacio—. No de no-estar. De estar de otra manera. Sin ocupar todo el espacio, sin anticipar cada movimiento, sin cerrar las posibilidades antes de que aparezcan. Estar abierto, pero de verdad: de una forma que no te quite grados de libertad a ti ni se los quite a los demás.
—Como escuchar de verdad, en lugar de esperar tu turno para hablar.
—Exacto. O como caminar sin destino y que eso no sea una pérdida de tiempo sino otra forma de percibir. Estar disponible para lo que aparezca sin forzarlo, sin nombrarlo demasiado pronto. Porque en el momento en que lo nombras ya lo has cerrado un poco.
El que había estado mirando por la ventana se giró.
—El error no va a pasar de moda. Los sistemas siempre van a intentar cerrarse. Y mientras lo hagan, va a seguir habiendo fugas. Gente que trabaja con lo que sobra, que construye con lo que nadie quería. No como rebeldía. Solo porque ahí, en esas costuras, es donde las cosas todavía pueden sorprender.
Nadie añadió nada. El que había estado mirando por la ventana volvió a mirar por la ventana. La otra cogió su taza con las dos manos. El tercero se quedó con la frase a medias, como quien guarda algo sin saber todavía para qué.
Fuera seguía lloviendo.

Este envío me ha conducido a una pequeña reflexión que me parece interesante:
Económicamente, podemos clasificar a los seres humanos en dos categorías:
Categoría A: los que opinan que está bien, también a nivel técnico-teórico-económico, que un ser humano se haga inmensamente rico de manera injusta e inmerecida, no por su mérito ni por su esfuerzo propios, sino por el mérito y el esfuerzo ajenos.
Categoría B: los que opinan que no está bien, mucho menos a nivel técnico-teórico-económico, que un ser humano se haga inmensamente rico de manera injusta e inmerecida, solo que no se ponen de acuerdo entre sí sobre cómo impedir este fenómeno aberrante, desequilibrado y antieconómico (unos opinan que la forma es el comunismo, otros opinan que la forma es que el gobierno obligue a los ricos a pagar impuestos o les ponga techos de riqueza, otros opinan que la forma es implementar de manera verdaderamente correcta el liberalismo económico, y otros opinan que en realidad no hay ninguna forma auténticamente válida de solucionar este problema).
ADVERTENCIA: LOS HUMANOS DE LA CATEGORÍA "A" EXISTEN. MUCHO PEOR AÚN, SON UN PORCENTAJE MUY IMPORTANTE DE LA SOCIEDAD.
De hecho, el 98% de los votantes de derechas considera que el objetivo prioritario de la derecha debería ser precisamente el procurar y garantizar que haya seres humanos que se hagan inmensamente ricos de manera injusta e inmerecida, no por su mérito ni por su esfuerzo, sino por el mérito y el esfuerzo ajenos. Si se implementa un liberalismo económico, debe hacerse precisamente de forma que no perjudique ni impida ese enriquecimiento aberrante, desequilibrado y antieconómico (es decir, liberalizándose solo el factor trabajo). Y, en general, cualquier política económica que implemente el gobierno, no solo no debería perjudicar u obstaculizar ese enriquecimiento inmerecido e injusto, sino que de hecho la función del gobierno debería ser favorecer y hacer posible que haya gente que se haga inmensamente rica de manera inmerecida e injusta.
Y luego nos preguntamos cómo es posible que en España haya gente viviendo con niños pequeños en autocaravanas o suicidándose por los desahucios.
Solo tenéis que recordar que estamos pidiendo racionalidad político-económica en un país en el que se defiende como un derecho el poder hacer nacer a las proles en la pobreza, en la precariedad, y en el fraudulento régimen parasitario capitalista y monárquico que las causa.