La prensa hablaba de mí provocando al lector para escandalizarle describiéndome como a un monstruo sin sentimientos, indiferente a lo que ocurría en el juicio.
Me odió todo el mundo. No me importó.
Mi vida estuvo, cada día, asfixiada por incertidumbres. El miedo de equivocarse en cada decisión, el horror de comprobar que esa equivocación se había producido. Dilemas, temores y pesadumbres eran mis compañeros indeseados y odiosos.
Nunca sabréis que escuchar la sentencia condenatoria fue un inefable bálsamo. El implícito premio era no tener nunca más que decidir. No tener nunca más que equivocarse.