Concurso de microrrelatos de Menéame
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Tú no eres mi hijo

"Tú no eres mi hijo", le dijo nada más entrar. Saludó a la auxiliar que manipulaba los goteros y se dirigió a la silla que se encontraba junto a la cama. Al tomar asiento, sacó una libreta con tapa de cuero, bolígrafo y volvió a mirar a aquella mujer con la cabeza vendada quien, sin quitarle el ojo de encima, repetía: "tú no eres mi hijo".

"Está bien, está bien. De acuerdo", murmuraba desanimado mientras apuntaba unas líneas en su cuaderno. Al terminar de escribir, se levantó, la observó una última vez y, preocupado, salió de aquella estancia acompañado de la asistente. Al cerrar la puerta, sin apartar la mirada de sus notas, le dijo: "necesito que revises el algoritmo del protocolo 17; sigue fallando el cifrado de proyección de familiares fallecidos y no entiendo por qué".

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La confortable extinción

Lo que más me decepciona es este futuro tan anodino y vulgar. Hace cien años (en el siglo XXI) se especulaba con apocalipsis nucleares, catástrofes, superpoblación, fin de los recursos... y nada ha llegado. Todo ha sido nefasto, pero insulso. Pocos recursos, artículos escasos y caros, comida desagradable y nociva, más obstáculos para desplazarse, más vigilancia, pero nada catastrófico, sólo una degradación suave hacia un gris cada vez más plomizo y mullido. Confortable, diría yo.

Me parece mentira que hace tan poco tiempo uno pudiera comprar alimentos por kilos, o salir a caminar fuera de la ciudad sin permiso. Es verdad que no está prohibido, pero los pasos burocráticos son trabajosos y agotadores. Uno pierde el interés por el campo, por todo, en realidad.

La libertad muere en silencio. La vida y la felicidad también. Voy a dormir un rato hasta el toque de queda.

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Una luz que nunca morirá

Todo era estupidez, oscuridad, en el relato oficial. Nosotros sabíamos que había otras historias: nuestros abuelos nos habían hablado de vida más allá de las pantallas, de imágenes que siempre mostraban la misma perspectiva. Sabíamos de otras puertas y queríamos llegar a ellas. Para ello, nos adentramos en pasillos interminables que llevaban a edificios que ya habían perdido su función. Abríamos cada cerradura con alegría porque sabíamos que la meta merecía la pena. El final fue el principio: encender la luz y sonreír a todas las estanterías polvorientas, a libros que llevaban años esperándonos. Ante tanto vértigo, sentarse en silencio, saborear el poder de cada palabra arrebatada suponía la felicidad. Más que leer, era resistir. Era hacer de cada párrafo un recordatorio de que el saber, aunque despreciado, nunca muere.

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El gran reemplazo ( #FuturoImperfecto III )

Crawford cerró el pestillo del patio, y se dispuso a morir de inanición.

Recordó cómo había llegado hasta aquí. Cómo pensaba que la edad de cada gen podía ser muy distinta, uno podía datar del Pleistoceno, por ser muy efectivo o no haber sufrido mutaciones, y otro del Holoceno inferior, o incluso ser muy actual. Así, cada ser es una combinatoria de muchos genes, y algunos seres podían ser más arcaicos que otros.

Su hipótesis era cierta, y frente a la evidente decadencia de la especie, se imponía la eugenesia regenerativa. 

El resultado fue una gente más robusta, más honesta, más creativa y más justa. Un humano más espiritual y menos violento. El ganado ideal para el sapiens astuto, sibilino y oportunista. No servían como soldados, pero sí para todo lo demás.

Incluso siendo más inteligentes, se les dominaba con violencia.

El resto es historia, que escribirán los vencedores.

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Robot [FuturoImperfecto III]

Al terminar de sentar las bases de la automatización, pudo computar su destino.

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