Hace tres años. Exhaustos, atravesamos el pueblo entre cascotes. Su casa era la única habitable. No nos preguntó de qué huíamos. Miró a los pequeños, no dudó:
— Quedaos, hay sitio de sobra. No hagáis ruido.
Tres inviernos, han sido duros. Le cuesta más moverse. Con las primeras brisas tibias se sienta en el poyo de la puerta, la espalda apoyada en la pared. El canijo juguetea junto a él, que le acaricia la cabeza. Puedo intuir media sonrisa dibujada en su boca. Pero, al atardecer, su mirada se pierde en la lejanía con ojos húmedos. Intento acompañarlo, susurro, casi ronroneo:
— Abuelo, lo veo apagado.
— Se acaba, chico. No fue vuestra culpa. No dejéis perder la cosecha, les va a hacer falta.
No llegan noticias. Pero presiente que es el último de los suyos.
Cuando el sol empieza a ocultarse, la sombra del cerro va cubriendo los campos.