Mi madre tenía una taberna. Cuando era niño a veces ayudaba con las mesas a cambio de una propinilla.
A diario se sentaba en un rincón un viejo, el Tío Anselmo, a tomarse un porrón. Se lo bebía despacito, lo conduraba toda la tarde. A mí me causaba repugnancia. Olía mal, a vino rancio y sudor. Era viudo y sin hijos, vestía con descuido, estaba medio ciego. No entendía por qué mi madre le seguía poniendo el porrón y aceitunas porque casi nunca lo pagaba. Le atendía el primero, aunque otros hubiesen llegado antes.
Me fui con mi primo a trabajar a Cuba, volví años después al pueblo. Mi madre era ya casi una anciana y seguía en la taberna. El Tío Anselmo era un pajarillo acurrucado en su silla de siempre, apenas vivo. Ese día, conteniendo las lágrimas, yo mismo fui a llevarle el porrón y las aceitunas.
Eran protestas previsibles. Eran integristas biologicistas. Apocalípticos y casi religiosos. Pero si ya teníamos implantes para ver, oir, movernos… la inmortalidad era sólo un paso más. Evidentemente accidentes y enfermedades aun nos podrían matar, pero los biologicistas aun protestaban. Para diferenciarlos, se barajaron varios nombres: Ciborgs, Inmortales... pero al final cuajó Tratados.
Tras el accidente del tren, muchos heridos necesitaron un transplante o donaciones de sangre, que cada vez había menos. Por presiones de los integristas, los protocolos priorizaban a los no Tratados.
Era su 1ª vez en aquel restaurante. Entró.
“¿Mesa para 1?” preguntó el camarero.
“Me acompañarán 2 personas más”, dijo él.
“Mesa para 3 entonces. Sígame. ¿Alguna bebida mientras espera?”.
“Pediré con ellos, no serán más de 5 minutos”.
O eso esperaba. Había desayunado a las 8, así que a las 13 horas su estómago ya rugía. Pero recordaba que cuando habló el día anterior con su colega, sobre las 21 horas, él le había dicho que cogerían el 34. Y con los autobuses nunca se sabe. Recordaba haber esperado 55 minutos al suyo en cierta ocasión.
Aprovechó para ojear el Marca. Nueva remontada del Madrid, en el 89. Y en tenis, victoria de Alcaraz en apenas 144 minutos. Entonces llegaron.
“¡Señor Fibonacci!”, saludó.
“Me alegro de verle. Le presento a mi mujer, Áurea. Sentimos el retraso”.
“Oh, descuide, estuve entretenido, no hay tema como el de su sucesión”.
Hermógenes se pegó un tiro cuando supo que su mujer se iba con otro. Con un hombre casado además.
En realidad no fue todo tan rápido: llevaba siete años casado con Helena y todo iba bien, o eso le parecía a él.
Todo era armónico. No eran ricos pero llegaban a fin de mes sin apreturas. Se acatarraban de cuando en vez pero no padecían peores enfermedades. Discutían lo bastante para no aburrirse pero no tanto como para irritar a los vecinos.
Todo iba bien, pero falló algo.
Nunca supo cómo conoció ella a Ulises. Ulises vivía en un ciudad a doscientos kilómetros de la suya y era médico pediatra. Hermógenes se resignó al abandono de Helena, hizo las maletas y se presentó en casa de Ulises, sabiendo que él no estaría. Lo recibió Andrea, la esposa abandonada, y compartieron la tarde intercambiando amarguras, soledades y orgullos maltrechos.
Antes de irse, Hermógenes le propuso a Andrea que se fuera a vivir con él. No podía ser de otro modo.
Andrea se negó escandalizada y Hermógenes no pudo entenderlo. Para él, aquello era la destrucción de todo lo que era y todo aquello en lo que creía.
Por eso escribió una carta contando lo que le había sucedido y se pegó un tiro.
Sus amigos de la Sociedad Matemática sufragaron su lápida, grabada con unas pocas palabras:
HERMÓGENES
(1968 - 2009)
BIYECTIVO
Pero tampoco solo por tus errores. Porque no actúo como un trepa, pelota, ni palmero, pero tampoco como enemigo. Tampoco soy un castigador. Decidiré si mereces la pena, o no, pero reconociendo que no todo es pefecto, ni todo malo en tí. Con tus grises e incluso con colores. Por eso la vida y las conversaciones nos acercarán y nos alejarán. Me alegro de no ser juez, y no tener que evaluar solo una pequeña fracción de tí. Y también me alegro de poder tener una opinión compleja. Duermo mejor así.
No puedo seguir, escucho... tus comentarios.
Me juzgarán como un cobarde equidistante.
El maestro Cheng continuó con la fábula del Emperador Naranja.
—En todo el reino era sabido que su maldad solo era superada por su estupidez, pero aun así era popular entre la plebe, pues confundían la crueldad con el valor y los argumentos débiles con la sinceridad.
Cuando decidió expulsar a los pelirrojos del reino, el joven Pelodefuego se esforzó en pregonar las bondades de su líder y de sus ideas, pues estaba seguro de que solo se refería a aquellos de los suyos que tuviesen mal corazón. Cuando Pelodefuego fue desterrado al país de los leopardos comecaras, junto con el resto, lloró amargamente por su desdicha, pero jamás se arrepintió de sus actos.
—Dime, joven alumno, ¿qué lección extraes?
—Que hay que ir full con tus ideas, bro. En plan nunca abandones tus sueños.
Aquel día, el maestro Cheng decidió rendirse y jubilarse.
Tema: Libre.
Extensión: 2.048 palabras.
Premio: Diploma.
Abierto a: Residentes en Aldea de Carraspulas y aledaños.
Entidades convocantes: Bar el Potorro de Aldea de Carraspulas y Cerrajería Guali.
Envío: concursocarraspulas(arroba)correo(punto)ez
Entre las normas de esta edición destaca la obligación expresa del uso de inteligencia artificial en la elaboración de los relatos. La organización advierte que cualquier sospecha de escritura personal, humana, sin el uso total y completo de herramientas de I.A. supondrá la descalificación automática del participante, reservándose además el derecho de aplicar mecanismos de verificación.
El jurado estará compuesto por un representante de Cerrajería Guali (por confirmar), la cuñada del dueño del Bar el Potorro (por confirmar), el cura párroco de la aldea vecina “Fogata de Río Negro” y Gumersinda Ozorno, experta informática que ha dado cursos de ofimática para mayores.
Se conocieron en las últimas semanas del otoño. Ella estaba cansada ya de tanto amor superficial y él, harto de relaciones largas y profundas, aunque, claro, los dos mintieron por lo que ambos querían haberse embarcado en la relación ideal. Lo pareció durante días, hasta que los temas de conversación parecían haberse acabado. A ella se le ocurrió decirle que si quería tema y él se abalanzó sobre ella. Lo miró con tristeza y le dijo que, por una vez, le habría gustado que alguien le diera un tema de conversación, aunque fuera sobre filosofía cuántica. Él quedó tan triste como ella pensando que, por una vez, le habría gustado que el único tema de charla fuera el de la pasión y el deseo.
Con el mayor número de meneos de la historia de los microrrelatos La taberna de Un-señor-de-Cuenca se alza victorioso esta semana: www.revistamercurio.es/2026/05/03/la-taberna/
La biblioteca estaba en silencio. El silencio que solo trae calma a los que disfrutan de la soledad. Una lámpara, baja y amarillenta, rompía la penumbra. Dos cabezas compartían la lectura de un viejo volumen. A medida que se concentraban en el texto, la distancia se acortaba. En un momento impreciso, su atención se dispersó. Empezó a respirar un olor a lavanda, que no era de su propio jabón. Inconscientemente giró la cara y, para su sorpresa, noto apenas el roce de unos labios. Le transmitieron un atisbo de calidez que despertó su cuerpo, una zozobra entre el descubrimiento y la negación.
- Perdóneme hermana, no sé lo que me ha pasado.
- Ay, Sor Luisa. A todas, en algún momento, se nos ha nublado el juicio.
Esta semana con 19 meneos ombresaco se corona como ganador con su microrrelato Te juzgarán solo por tus aciertos (yo no)
www.revistamercurio.es/2026/04/19/te-juzgaran-solo-por-tus-aciertos-yo
Nacho ya ha sido juzgado y clasificado, trabaja de chico de compañía en una zona acomodada de la ciudad; los mismos que pagan por sus caricias son los que lo juzgan cada día, cada noche. Su vida es repetitiva y pequeña, siempre las mismas caras pero diferentes.
Nacho conserva sus sueños de libertad, algún día, cuando pague la hipoteca. A veces rememora la historia de abusos, violencia, golpes y vejaciones de todo tipo.
Nacho se evade todas las mañanas, al terminar sus trabajos, con un largo paseo por los puentes de la ciudad camino a su apartamento, estas caminatas siempre comienzan con esa expresión de derrota en la cara que se va transformando a medida que ve a la gente normal a su alrededor, esos que no lo juzgan. Y con una sonrisa en los labios repite una y otra vez: "¡Mañana será otro día!"
Esta semana post futura ha visto a Jansmite alzarse con el trono del microrrelato de la semana con No pasará
Carmen no daba más de sí. Las fuerzas, tras días de trabajo sin descanso, sencillamente le abandonaron. Cayó redonda sobre la acera. Katy, compañera de oficio, el oficio más viejo del mundo, se acercó corriendo a atenderla mientras pedía ayuda:
-¡Por favor, llamen a una ambulancia!
Un habitual del barrio, viendo la escena, espetó con desprecio:
-Bah, pero si es una puta…
No le dio tiempo a terminar la frase, los verdes ojos de Katy lo atravesaron:
-Y tú un carterista, te he visto desplumar a los viandantes, ladrón.
-Pero, pero…
-¡Pero nada! Carmen tiene dos hijos que mantener y un alquiler que pagar, y, al contrario que tú, no hace daño a nadie. ¡Atención al carterista, ojo al ladrón! ¡Señora, ojo con la cartera, que este tipo se la quitará en cuanto se descuide!
El tipo salió corriendo y nunca más se le volvió a ver por allí.
Después de que al acusado se declarase culpable, el jurado pensó que aquello acabaría enseguida, pero el abogado defensor aún tenía algo que decir.
—Nuestro hombre es culpable y con él la sociedad entera. Hijo de un padre alcohólico, que los maltrataba a él, a su madre y a sus dos hermanos y una madre toxicómana. Durante su adolescencia vio como uno de sus amigos moría de sobredosis y otros dos eran encarcelados. Este hombre tuvo que pelear desde el primer día por cada trozo de pan que se llevó a la boca. Este hombre es un delincuente, sí, pero también y antes que nada, una víctima de esta sociedad injusta, corrompida por la miseria y las desigualdades
—¡Cago en tu madre! —tronó una voz en el público. Era Melquiades, el patriarca local de los gitanos.
—¡Oden!— Intentó imponer el juez.
—Pero es que esto no se pué aguantá. Que los demás tuvimos una vida tan mala y peor que la suya y no robamos, ¡cojones!
- Pili, cariño, hoy te acompaño al acostarnos. No voy a quedarme escribiendo hasta tarde.
- Ah, ¿sí? ¿De verdad? Pues mira, hoy no hay tema.
- ¿Cómo lo sabes? ¿Al final me has hecho caso? ¿Te has conectado a Menéame?
- Juanillo, tú eres tonto.
Ella me juzgó y condenó en un solo acto, sin necesidad de mayores rituales. Supe de inmediato que no había apelación posible, que la súplica era inútil, que la esperanza había acabado con aquella última mirada sólida que me atravesó el estómago. Supe, con un estallido de dolor, como un boxeador que recibe el directo que lo derrota, que recordaría cada palabra, cada gesto, cada silencio de aquella condena dictada sin defensa posible; que el hecho de que yo fuera inocente era parte del castigo, del no ser suficiente, de la cruel forma que tiene la vida de humillarnos.
Era el fin del mundo.
Aquel día, perdí el juicio.
Artikan con El premio Leopardo vence esta semana en nuestro certamen de microrrelatos
Mantener a algunos mayores resultaba deficitario, en promedio, entre la pensión y la asistencia sanitaria. Apareció un nuevo modelo de negocio, las empresas de asistencia universal, que compraban los activos tóxicos. La seguridad social pagaba X a la empresa, y a cambio ésta debía proporcionar todos sus servicios hasta que el activo muriese. Entonces estas empresas empezaron a ofertar la eutanasia a sus activos más tóxicos. Voluntaria, por supuesto. "Renuncie a su vida ahora, y todo este dinero (<X) será entregado a sus descendientes". Entonces comenzaron las presiones de hijos con poco apego a sus progenitores que les conminaban a aceptar estas ofertas. Surgió un nuevo movimiento que redefinía lo humano. Humano era sólo quien contribuía positivamente a la sociedad. “Lo humano primero”. Llamaban inhumanos a quienes no aceptaban quitarse de enmedio cuando ya sólo eran una carga. Y así, lo humano acabó con lo humano.
El sargento no dejaba de empujar a su pelotón hacia delante. La masacre debía continuar, pesara a quien pesara. Y su unidad era la mejor.
Casa por casa, eliminando la resistencia y volándola. No importaba si todavía quedaba gente dentro.
Tras volar la última casa, oyeron ruido bajo los escombros. Eso, normalmente, no hubiera importado, pero también escucharon los llantos de un bebé.
Bajo un montón de escombros, alrededor de una mesa, asomó la cabeza de una mujer, completamente cubierta de polvo. Cubría sobre su pecho con una manta, intentando protegerlo, al bebé que lloraba a todo pulmón. El sargento se adelantó para ayudarla a salir.
-¡NO ME TOQUES!-, le espetó la mujer gazatí. -¡HABÉIS ASESINADO A TODA MI FAMILIA, QUE NO OS HABÍA HECHO NADA!
Sin mediar palabra, el sargento levantó el subfusil y le descerrajó una ráfaga. No más reproches, no más llantos.
Lo humano primero… si conviene.
1, 2, 3, 5, 8, 13... y así hasta el infinito: www.revistamercurio.es/2026/05/10/de-numeros-no-hay-tema/
Un hombre sólo llega a lo más alto de la política mediante la corrupción o por la revolución (o por ambas). El caso que nos ocupa, a quien llamaremos "El Político", era un indiscutible ejemplo del segundo tipo. Había empezado levantando a los jóvenes de su sueño imbécil con palabras aladas que aseguraban un futuro brillante. La elegancia de sus discursos y la seriedad de sus ideas le elevaron aún más a manos de millones de desencantados de la política. Su honradez demostrada sin alardes preocupaba a ciertos grupos que acostumbraban a moldear el mundo con sus fortunas.
Se intentó derribarle con falsas acusaciones de corrupción, de conductas inapropiadas, de oscuros secretos. No funcionó.
Finalmente en un despacho alguien dio con la solución y unos meses después le concedieron el Premio Nobel de la Paz.
[ Nota del autor: había puesto este microrrelato como comentario de contrapunto en el estupendo relato de @ombresaco, "Los humanos primero", pero después he pensado que valía la pena ponerlo como microrrelato independiente, ni que sea fuera de concurso (sólo se puede presentar uno, y, además, éste se pasa del tope de palabras). Además, he aprovechado para hacer alguna corrección. ]
Al pequeño Henry le brillaban los ojos de la alegría. Sabía que hoy pasaría algo, sabía que hoy habría sorpresa. Al ver acercarse el coche de sus padres empezó a dar saltitos de la emoción. Corrió a la puerta…
-¿Que te pasa, Henry?- le dijo su padre, divertido, socarrón, poniendo a prueba al niño.
-¡¿Dónde está, dónde está?!
-¿Dónde está, el qué?
-¡EL GATITO!
-¡Jajajajaja! Lo trae tu madre, en una caja.
El niño salió corriendo a buscar a su madre, que sacaba la caja con el gato del coche, con tan mala suerte que tropezó con el escalón de la entrada y rompió con la cabeza uno de los macetones de la entrada. La madre dio un respingo:
-¡Henry, ¿estás bien?!
-¡Sí, mamá!-, mientras se levantaba y se sacudía la tierra, corriendo de nuevo hacia su madre.
-Vaya, tienes una brecha en la frente, cariño. Mira, acompáñame dentro y te aplico Bondaflex, y después puedes jugar con el gatito hasta la hora de comer.
-Sí, mamá.
-Y mientras nosotros comemos, acuérdate de ponerte en el pod de recarga, que estás casi sin batería.
-Sí, mamá.
Henry le dió un beso a su madre y se fue a jugar con el gatito.
Eramos una extraña pareja. Yo llegué a las fuerzas de interposición empujado por el hambre, él por unos ideales. Yo era apateísta, él era creyente devoto. Lo suponía un fanático que poco ayudaría a apaciguar el conflicto. Pero me cayó bien. En las largas noches de guardia era un conversador culto e interesante. Cuando le preguntaban, invariablemente, contestaba que hablábamos sobre lo humano y lo divino. Hasta que llegó esa noche en que nuestra mera interposición no fue suficiente. Las dos fes chocaron ciegamente; las dos divinidades se mostraron en toda su gloria de muerte y destrucción.
Pese a la oscuridad y el humo pudimos ver el origen del llanto, una niña pequeña, maltrecha y expuesta. Mientras la protegía cubriéndola con su cuerpo, pude ver lo diferentes que eran. Esa noche, lo último que hizo fue poner lo humano primero.
...pues tampoco hay relato
menéame