¿Inocente?

La biblioteca estaba en silencio. El silencio que solo trae calma a los que disfrutan de la soledad. Una lámpara, baja y amarillenta, rompía la penumbra. Dos cabezas compartían la lectura de un viejo volumen. A medida que se concentraban en el texto, la distancia se acortaba. En un momento impreciso, su atención se dispersó. Empezó a respirar un olor a lavanda, que no era de su propio jabón. Inconscientemente giró la cara y, para su sorpresa, noto apenas el roce de unos labios. Le transmitieron un atisbo de calidez que despertó su cuerpo, una zozobra entre el descubrimiento y la negación.

-       Perdóneme hermana, no sé lo que me ha pasado.

-       Ay, Sor Luisa. A todas, en algún momento, se nos ha nublado el juicio.