Mohammed von Rosenkreutz salió del aseo, ya pasado el temblor de manos y tras refrescarse la cara con agua fría, se recompuso y volvió a la salón de actos del Partido. Nunca una campaña electoral se había vuelto tan canallesca, irrespetuosa e indigna. Él, que se había formado primero en las calles de olvidados arrabales, y ya de adulto en los círculos de empresarios más despiadados, se sentía vaciado y al borde de perder los nervios. A duras penos llegó al final de la campaña, y por fin, al recuento de votos.
Como un animal estúpido, la masa de asesores, aduladores y espías se le acercaba a saludarle, lo que acompañaban de manidas e impostadas demostraciones de alegría. Le daba asco esa gente.
Una vez recontados los votos personales, empezaron a volcarse en los centros de datos lo que se llamaba "opiniones del pueblo", con valor de medio voto. Trustpilot, los "Me gusta" de Facebook típicos de los pensionistas, Google YouVote y hasta Booking Politics.. Miró la pantalla, el Otro subía a varios miles por segundo, el Partido también, al mismo ritmo, las gráficas roja y azul peleaban por la cabeza como dos bólidos de competición, como caballos a punto de reventar. Finalmente todo se paró. El Otro, había ganado el Otro. Por 357 míseros votos. Lamentó no haber tenido tiempo de comprar más bots israelíes.