Estaba agotado y me resguardé de la nieve que no se podía beber. Había cargado con la pata de burro reseca en sal que pesaba como un demonio. Abajo, en el sendero de Atauta, había rematado a dos carroñeros que llevaban un buitre a las espaldas. Hoy estoy muy cansado y me han cortado la cara esos malnacidos. Los he tirado en el barranco para que los lobos se los coman. Me he escondido aquí en cuanto he oído los motores de los pájaros del gobierno, esos malditos helicópteros. Agua ya no me queda. Tendré que asaltar Gormaz aunque me juego el pescuezo y queda lejos. Me estoy quedando sin papel para escribir y el lapicero está quebradizo. Ayer enterré a Miguel, estuve tentado de ponerle una cruz clavada en la tierra pero no soy idiota. Hoy no tengo mucho más que contar.