Querida señorita

Soy testigo (a mi pesar) de tus miserias, de tus errores y de las prosaicas servidumbres que dan los años juntos en la misma casa. Tú también eres mi testigo. Alguna vez recordamos cuando creíamos o queríamos creer que el otro no tenía mácula, aliento agrio, pelos en partes extrañas, olores y ruidos impropios del amor.

Es a la vez penoso y tranquilizador que ya no nos asalte la furia amorosa de hace no tantos años, que compensamos con satisfactorios ratos en los que no ocurre nada.

Pero a veces, como hoy en este día de campo, el sol poniente y la brisa te desnudan de lo gastado y me miras sonriente con ojos de gato. No te muevas, por favor.