¿Se fue?

—Quillo, Gonzalo. ¿Qué te cuentas?

El silencio en la estancia se hizo tan notorio que resultaba ensordecedor. Jamás hubiera imaginado que Gonzalo se hubiese ausentado de su sempiterna silla gamer auscultando las redes en busca de noticias con las que indignarse. Pero lo improbable había ocurrido, y allí estaba, visible por primera vez en mucho tiempo, el cojín naranja con forma de donut que utilizaba para mitigar el escozor de las hemorroides.

Aún así, volví a llamarlo, elevando el tono con la esperanza de que hubiera tomado un pequeño respiro para miccionar o para meterse entre pecho y espalda un bocata de nocilla. No hubo respuesta.

Ya estaba a punto de marcharme cuando un tenue zumbido llamó mi atención. Me quedé quieto, aguanté la respiración para minimizar el ruido y comencé a girar la cabeza con todo mi foco en los oídos para intentar descubrir qué era aquello y de donde procedía.

No tardé mucho en averiguar que el sonido sordo salía de un altavoz alimentado con mayor potencia de la que necesitaba. Aquella especie de estática sonora resultaba en cierto modo cautivadora, reconfortante. Pareciera que me estuviese invitando a resonar con ella, a fundirme en su frecuencia.

No sé muy bien qué pasó, pero las yemas de mis dedos apenas rozaron el altavoz, y un chasquido sordo atravesó mi sesera con tal fuerza que no dejó nada más en ella por un lapso indeterminado.

Cuando volví en mí, comprobé que me encontraba en otro sitio. Un espacio cerrado mucho más oscuro, totalmente desprovisto de objetos. Con excepción de un bulto que yacía en la esquina opuesta a donde me encontraba. El bulto se movió.

—Gonzalo, ¿eres tú?

Pero no, no era Gonzalo. Gonzalo se había ido, ya no estaba allí. En aquel espacio no quedaban ni sus quejumbrosos lamentos al revisar las noticias de La Razón.

La persona que allí se acurrucaba en posición fetal me era mucho más familiar. Giró su cabeza hacia mí y preguntó:

—Quillo, Gonzalo, ¿eres tú?