El mismo día en el que las fuerzas sublevadas invadieron Gijón, sin resistencia, convirtieron las ruinas de la plaza de toros, bombardeada por el crucero de guerra Almirante Cervera y por el cuartel del Simancas, en campo de concentración. Por allí pasaron alrededor de quince mil personas, de las que no hay recuerdo en este lugar. Han pasado 88 años y el monstruo de la represión sigue presente, aunque se mantenga ocultado.
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