Cada persona vale tanto en este mundo como ella misma se hace valer. Esta es una regla de oro, un tema que podría llenar todo un volumen en folio: hablar sobre el esprit de conduite y sobre los medios de lograr nuestros propósitos en el mundo; una máxima cuya verdad queda confirmada por la experiencia de todas las épocas. Esta experiencia enseña al aventurero y al fanfarrón a persuadir a la multitud de que es un hombre importante, a hablar de sus conexiones con príncipes y estadistas, con hombres que con frecuencia ni siquiera saben que ellos existen, en términos que les procuren, al menos, alguna comida gratis y acceso a las mejores familias. Conocí a un hombre que hablaba de esta manera del Emperador José y del Príncipe Kaunitz, aunque yo sabía de sobra que ellos apenas le conocían por el nombre y le tenían por un hombre turbulento y un panfletista. Entretanto, como nadie inquiría la verdad de sus pretensiones, obtuvo durante un breve periodo de tiempo tal crédito que gente que quería pedir algo a Su Majestad, el Emperador, se dirigía a él. En estas ocasiones solía escribir de la manera más desvergonzada a algún personaje importante de Viena, y en estas cartas se preciaba tanto de sus otros amigos nobles que, si no conseguía su propósito, al menos obtenía alguna respuesta cortés de la que luego se aprovechaba.
Esta experiencia hace tan atrevido al hombre de conocimientos superficiales como para que decida sobre cosas de las que, una hora antes, apenas había leído u oído algo; y a dar su opinión de una manera tan decidida que ni siquiera el modesto literato presente se atreve a contradecirle ni a plantear preguntas que expondrían al charlatán.
Esta es la experiencia por la cual el arribista incompetente va escalando puestos en el Estado, pisoteando a hombres de mérito, y sin encontrar a nadie que le ponga en su sitio.
Es la experiencia por la cual los ingenios más inútiles y perversos, personas sin talento ni conocimientos, fanfarrones y soplagaitas, se las arreglan para hacerse imprescindibles a los grandes de esta tierra.
Es la única experiencia por la cual la mayoría de los eruditos, músicos y pintores adquieren la fama.
Apoyándose en esta experiencia el artista extranjero reclama cien luises de oro por una pieza que un nativo haría cien veces mejor por la mitad de precio; no obstante, la gente pierde los papeles por las obras del extranjero; pero él no puede satisfacer toda la demanda de sus numerosos clientes, así que a la postre emplea a nativos para que trabajen para él, y vende los productos con su nombre en el extranjero.
Alentado por esta experiencia, el escritor consigue subrepticiamente una reseña favorable al hablar en el prefacio de la segunda parte de su aburrido libro, con el mayor descaro, sobre la buena acogida que tuvo la primera parte entre los especialistas en la materia, vanagloriándose de su amistad con ellos.
Esta experiencia anima al noble insolvente, que quiere tomar prestado dinero sin la intención de devolverlo, a pedir créditos con tales expresiones que el rico usurero considera un honor dejarse estafar por él.
Todas las peticiones de ayuda y protección expuestas con ese tono, encuentran una acogida positiva y nunca son rechazadas, mientras que el cliente modesto y temeroso casi siempre lo único que recibe es desprecio, reservas y frustración.
Esta experiencia enseña al sirviente a creerse el más importante en casa de su señor, y al que ha recibido un favor a considerarse tan poderoso como para hacer creer al benefactor que es muy afortunado por haber tenido la posibilidad de servir a hombres semejantes.
¡En suma!, la máxima de que cada uno vale ni más ni menos que lo que se hace valer es la gran panacea de los aventureros, los fanfarrones, los soplagaitas y otras cabezas de poco fuste para medrar en este mundo nuestro, así que no doy un centavo por ese remedio universal. ¡Pero alto!, ¿realmente no nos sirve de nada esa máxima? ¡Sí, amigos míos!, nos puede enseñar a no revelar nuestras debilidades económicas, físicas, morales o intelectuales, a menos que sea por necesidad urgente o porque así nos lo exija nuestra profesión. Así pues, sin caer en la fanfarronería ni en las mentiras infames, no se ha de desperdiciar la oportunidad de mostrarnos por nuestras facetas más ventajosas.
Esto, sin embargo, no puede hacerse de una manera grosera, demasiado evidente, vanidosa o llamativa, pues así perderemos más que ganaremos; sino que más bien habremos de inducir a los demás, imperceptiblemente, a que piensen que poseemos más habilidades y méritos de los que se pueden ver a primera vista. Si nos colgamos un cartel demasiado espléndido, despertaremos por ello una atención excesiva, y ello invitará a otros a investigar más a fondo esos pequeños defectos de los que ningún ser humano está libre, y así perderemos de golpe todo nuestro esplendor. Muéstrate, por lo tanto, con cierta conciencia modesta de dignidad interna y ante todo haz que resplandezca en tu frente la conciencia de la verdad y de la honestidad. Muestra sensatez y conocimientos cuando se presente la ocasión adecuada; sin exagerar, para no provocar envidia o no caer en la sospecha de tener pretensiones desmesuradas, ni muy poco como para ser ignorado o callado. Muéstrate reservado, pero evita que se te tome por un original o un tímido o por arrogante.
De cómo tratar con las personas. Adolph Knigge
"Hacia 1830 el número de tasmanos se había reducido de unos 5000 a solo 220 o 72 (según las fuentes), que fueron finalmente recluidos hasta su muerte. En 1860 murió el último varón tasmano; un miembro de la Royal Society of Tasmania, George Stokell, mandó abrir su tumba para hacerse una maleta con su piel. "
Extraído de Dieta de Noticias de Rolf Dobelli
Las noticias no tienen poder explicativo. Los mensajes cortos son como burbujas de jabón pequeñas y relucientes que estallan en la superficie de un mundo complejo. Y aún es más absurdo que la industria mediática se imagine que informa de los hechos tal como son. Esos hechos de los que da cuenta no suelen ser más que efectos secundarios y consecuencias de causas más profundas. Aunque devores las últimas imágenes y noticias de Siria cada día, no entenderás mejor esta guerra. De hecho, sucede al revés: cuantas más imágenes de guerra y noticias del frente recibas, menos entenderás qué y por qué está sucediendo en la zona de guerra. Las empresas de la industria mediática y los consumidores de noticias sucumben al mismo error: la yuxtaposición de los hechos se confunde con la comprensión de los contextos funcionales del mundo. «Facts, facts and more facts» («Hechos, hechos y más hechos») es el credo que recitan casi todas las empresas del mundo de la información.
En realidad, lo que deberíamos entender son los «generadores» que subyacen a los acontecimientos visibles. De hecho, deberíamos explorar la «sala de máquinas» desde la que se originan las noticias. Por desgracia, hay muy pocos periodistas capaces de explicar las conexiones causales. Porque los procesos que determinan importantes transformaciones culturales, intelectuales, económicas, militares, políticas y ecológicas son, en su mayoría, invisibles. Son complejos, no lineales y difíciles de asimilar para nuestro cerebro. Por eso las empresas de la información se centran en cosas ligeras: anécdotas, escándalos, historias de famosos y fotos de desastres. Son baratas de producir y fáciles de asimilar.
Es más, los contados periodistas que podrían entender y escribir sobre la «sala de máquinas» no tienen espacio para ello. Por no hablar de tiempo para reflexionar. El motivo es que la masa de lectores prefiere consumir diez canapés de noticias telegráficas antes que un solo artículo de fondo. Diez escándalos crujientes uno detrás de otro captan más la atención —y, por lo tanto, automáticamente más ingresos publicitarios— que un texto inteligente de la misma longitud. Quizá recuerdes de tu infancia esas páginas en blanco en las que solo se veían unos puntos numerados. El pasatiempo consistía en unir con líneas los puntos por orden numérico. Una vez acabado, aparecía el dibujo. Las noticias no son más que puntos, pero el caso es que nadie se toma la molestia de conectarlos y resolver el pasatiempo. Y así, por más noticias que consumas, no aparece ningún dibujo.
Para trazar un panorama general, hay que establecer conexiones; en concreto, inserir los sucesos en la historia, establecer las interdependencias, la retroacción, los efectos inmediatos y, finalmente, las consecuencias secundarias que a su vez se desprenden de los mismos efectos. Pero a los periodistas informativos eso no les importa. Las noticias son lo contrario de la comprensión global, pues sugieren que solo existen sucesos, sucesos inconexos; en otras palabras, «hechos, hechos y más hechos».
En realidad, es al revés: casi todo lo que sucede en el mundo es complejo. De manera que pretender que cada uno de estos fenómenos es independiente equivale a una mentira, una mentira que los productores de noticias difunden y que nosotros, los consumidores de noticias, encontramos muy apetecible. Y eso es trágico, porque consumir noticias para «entender el mundo» es peor que no consumir ninguna noticia. Ya en el año 1800, Thomas Jefferson, uno de los padres fundadores de Estados Unidos, reconoció que «quien no lee nada es más instruido que quien solo lee los periódicos». Los hechos te impiden pensar. Tu cerebro se ahoga en un mar de hechos. Cuando consumes noticias, sucumbes a la ilusión de que entiendes el mundo. Y esta ilusión conduce a un exceso de confianza (en argot profesional inglés, overconfidence).
En un estudio bien conocido, el profesor Paul Slovic, de la Universidad de Stanford, evaluó la calidad de las apuestas hípicas proporcionando a los participantes cada vez más datos sobre los caballos. Preguntó a los participantes no solo qué caballo ganaría la carrera, sino también hasta qué punto estaban convencidos de la calidad de su estimación. ¿El resultado? La cantidad de información sobre cada caballo en concreto (es decir, la información obvia) no influyó en la calidad de las apuestas, sino en la confianza de los participantes. La cautela, el escepticismo y la humildad necesarios quedaron sepultados por el alud de información. Las evaluaciones cautelosas cedieron su sitio a fracasos seguros.
Tú, querida lectora, querido lector, no quieres ser víctima de semejante alud de noticias. Tú eres consciente de que la calidad de tus decisiones disminuirá si se basa en «hechos, hechos y más hechos». Si, en cambio, renuncias a las noticias, en primer lugar debes aceptar que el mundo no es fácil de entender. Serás más humilde en tus conocimientos, más cauteloso, más reflexivo, y no serás víctima de un exceso de confianza.
«Nadie sabe lo que está pasando. Solo los periódicos, día tras día, actúan como si ellos sí lo supieran», escribió el clarividente Max Frisch hace más de cuarenta años. La actualidad eclipsa la comprensión. Lo mejor que puede hacerse es prescindir por completo del suministro diario de noticias. Lee libros y artículos largos que hagan justicia a la complejidad del mundo, y huye de los titulares brillantes. Nada de meras fuentes de hechos. Nada de puntos sin líneas que los relacionen. Al cabo de unos pocos meses, te verás recompensado con una comprensión más clara del mundo.
En resumen:
Las noticias proporcionan lo contrario de una comprensión global. Despídete de la llovizna de noticias. Lee buenos libros y artículos largos y de calidad que te darán una idea de la «sala de máquinas» del mundo.
menéame