Como sabéis, desde finales de diciembre, tomé la decisión de prohibir en la medida de lo posible que usuarios nuevos crearan artículos para generar mal ambiente en Menéame. Para ello, añadí un script en el panel de administración para borrar usuarios de nueva creación (y además, borrar usuarios fantasmas que crea el proceso de registro cada día). El script funcionaba perfectamente hasta ayer.
Ayer, los miembros más activos del Menéame Expandido (nuestros amigos Jose y Rantaplán) en su intensa e infructífera insistencia de promocionar renegados a la vez que critican Menéame publicaron un artículo que llegó a portada para luego editarlo. Algo que les hizo muy felices dado que demostraron un gran «ingenio» en su visión del mundo y que para mí significó que han roto las reglas del juego limpio no escritas.
Yo, ayer y antes de ayer estuve de viaje por lo que me pilló todo esto por sorpresa. Al regresar y al verlo utilicé el script para borrar usuarios. Como el usuario ya estaba autodescartado tuve que modificar el script y metí la pata. Eso llevó a que la portada se rompiera y al regenerarse asignara al id=1 (gallir) los tres artículos publicados del usuario borrado.
Con todo esto quiero librar de sospechas de actividad ilegal a Jose y Rantanplán ya que no han tenido ninguna responsabilidad en la asignación de esos tres artículos. Son porculeros pero no tienen en su catálogo de fechorías de parvulario cometer ilegalidades. Eso sí, ambos han entrado en la misma dinámica que cuando se creó mediatize. Eso significa que, posiblemente, nos espere bastante tiempo con este tipo de actuaciones por parte de ambos.
Por lo tanto, en relación a lo que nos espera de pesadez se aparecen dos alternativas. Restringir el acceso imponiendo el ban a renegados (lo he puesto provisionalmente), que se necesite karma para publicar artículos y bloquear palabras como se hizo con mediatize o jugar con ellos al ratón y al gato para siempre dado que tienen mucho más tiempo libre que yo y ya han olido sangre.
Aún no sé como voy a abordar la situación, pero quiero que tengáis conocimiento de ella. También, tened claro que este tema solo le interesa y/o afecta a un grupo de 20 personas: los dos de renegados, quince hardusers entre los que están los vigilantes de las esencias, el que quiere comprar Menéame y los que están con las palomitas, y los admins.
Hay una escena que se repite casi cada noche en Cisjordania. No sale en los telediarios. Apenas aparece en los periódicos europeos. Pero ocurre. Con la regularidad de un turno de fábrica, con la frialdad de un procedimiento administrativo.
Son las tres de la madrugada. Una familia palestina duerme en su casa. De repente, golpes en la puerta. Gritos en hebreo. Si no abren lo suficientemente rápido, la puerta es derribada. Entran soldados armados, con linternas, con perros. Sacan a toda la familia —ancianos, niños, mujeres— y los obligan a arrodillarse en el suelo, a veces en pijama, a veces descalzos, en mitad de la noche. Los soldados registran la casa. Rompen cajones, voltean muebles, revisan armarios. No buscan nada en particular. Solo quieren que se sepa que pueden hacerlo.
Desde octubre de 2023, más de 14.500 palestinos han sido detenidos en Cisjordania. Muchos sin cargos formales. Muchos de madrugada, delante de sus familias. Muchos de ellos, menores de edad.
Exsoldados israelíes que han dado testimonio en organizaciones como Breaking the Silence describen estas operaciones no como acciones de seguridad, sino como ejercicios de intimidación sistemática: irrumpir en viviendas, obligar a todos los ocupantes a arrodillarse, registrar sin motivo concreto, destrozar mobiliario, marcharse sin explicaciones.
Una de estas tácticas es conocida como “Straw Widow”: ocupar una casa palestina durante horas o días, usarla como puesto militar improvisado, humillar a sus habitantes y abandonarla después. El objetivo no es obtener información. Es dejar un mensaje: no estás a salvo ni en tu propia casa. Investigaciones periodísticas y testimonios recogidos por ONG israelíes confirman el uso sistemático de estas prácticas (theguardian.com).
Exsoldados israelíes de la organización Breaking the Silence han descrito esta práctica con detalle. Un exsoldado declaró en 2016:
"No había razón militar. Solo entrábamos para mostrar presencia. Para que supieran que podíamos entrar cuando quisiéramos".
Otro testimonio, recogido en 2019, relata:
"A veces nos decían: 'Esta noche hacemos diez casas'. Elegíamos al azar. No importaba quién viviera ahí".
Estas no son denuncias de activistas extranjeros. Son confesiones de quienes ejecutaron las órdenes. Y lo que describen no es guerra. Es ocupación colonial.
Nada de esto es información oculta. Está documentado en informes de:
Europa tiene acceso a esta información. Sus diplomáticos la leen. Sus servicios de inteligencia la conocen. Sus periodistas podrían publicarla.
Y sin embargo, el silencio persiste.
Mientras todo esto ocurre, la Unión Europea sigue comerciando con Israel, invirtiendo en asentamientos ilegales y evitando sanciones efectivas. Pese a las advertencias de la Corte Internacional de Justicia y a las conclusiones de Amnistía Internacional —que califican el sistema israelí como apartheid y advierten del riesgo de complicidad—, la UE mantiene intactos sus acuerdos clave con Tel Aviv (amnesty.org).
Las cifras hablan por sí solas:
El Acuerdo de Asociación UE-Israel de 1995 incluye una cláusula que condiciona la cooperación al respeto de los derechos humanos. En casi tres décadas, nunca ha sido activada.
Algunos Estados miembros continúan exportando armas. Otros bloquean cualquier medida por "falta de consenso". Todos, en mayor o menor medida, ganan tiempo.
España ha sido una excepción parcial en el discurso. En los hechos, Europa sigue mirando hacia otro lado.
Mientras tanto, Europa sanciona a Rusia por la ocupación de Crimea, impone restricciones a Myanmar por la persecución de los rohingya, y emite comunicados de condena por violaciones de derechos humanos en decenas de países.
Observa cómo hablan las instituciones europeas cuando, ocasionalmente, se pronuncian sobre Palestina:
El lenguaje diplomático tiene una función precisa: permitir que se hable sin decir nada. Crear la ilusión de que se actúa mientras se garantiza que nada cambie.
Si un país europeo demoliera sistemáticamente casas de una minoría étnica, lo llamaríamos limpieza étnica. Si sus soldados entraran de noche en hogares civiles para aterrorizar a familias, lo llamaríamos terrorismo de Estado. Si sus colonos quemaran granjas con impunidad mientras la policía detiene a las víctimas, lo llamaríamos régimen de apartheid.
Pero cuando ocurre en Cisjordania, buscamos eufemismos. Tensiones. Complejidad. Conflicto histórico.
La pregunta es simple: ¿Los derechos humanos son universales o dependen de quién los viola?
Si dependen, entonces todo el edificio normativo europeo —la Carta de Derechos Fundamentales, el Convenio Europeo, los tratados de derechos humanos que Europa dice defender— es una ficción selectiva. Un instrumento de poder disfrazado de ética.

Hoy mismo se está produciendo un ataque masivo de colonos en Al-Halawa. Reportan que al menos cuarenta colonos están atacando a la población, incendiando propiedades y bloqueando el paso a las ambulancias y hay decenas de heridos.
Hace dos días Andrey, un jóven reportero y activista que se dedica a documentar el apartheid israelí, compartía que Ras al-Auja había desaparecido. Se han derribado las últimas casas. Mil personas más víctimas de la limpieza étnica israelí.
Esto es el sionismo.
Europa no es neutral en Palestina. Nunca lo ha sido.
Su silencio financia la ocupación. Su comercio la legitima. Su diplomacia la perpetúa.
Y cuando, dentro de décadas, se escriba la historia de este período, no solo se juzgará a quienes cometieron los abusos. Se juzgará también a quienes los hicieron posibles.
A quienes sabían y callaron. A quienes veían y miraban hacia otro lado. A quienes firmaban acuerdos comerciales mientras se demolían casas.
El silencio nunca es neutro. El silencio es una elección.
Y Europa, cada día, elige activamente no ver.
menéame