Carrero tenía una obsesión clara: el arma atómica. No era un capricho bélico, sino la única vía para garantizar que España fuera realmente independiente. En su magnicidio colaboraron dos organizaciones que, a efectos prácticos, actuaron como bandas criminales coordinadas: CIA y ETA. Cada uno tenía sus motivos. Unos querían eliminar a un preboste del régimen como trofeo; los otros, pilotar la Transición española a imagen y semejanza del Imperio, asegurándose de paso que este país jamás tuviera la bomba atómica, como así ha sido.
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